Capítulo 77
La oscuridad se movía diferente por ese entorno.
Parecía seguir a Erik, luego de pasar fugaz por varios lugares donde no pudo permanecer por más de un segundo, para «saludar» a las personas que allí estaban y volver a disfrutar de esos «espacios» donde antes se divirtió, lloró y se enojó.
Sus pies descalzos no dejaban de avanzar hacia un punto que cada vez a Erik se le hacía más distante.
Quiso detenerse en la terraza de la cabaña de su padre, donde se le había antojado danzar un rato, pero alguien lo sujetó con rudeza y lo sacó de allí de volada, para luego pasearlo como títere que cambia de escenario en un parpadeo frente a un público que se mantiene oculto.
La terraza, el riachuelo, el bosque, la aldea de Kuvani, las montañas nevadas, el río Tanana…
Todo desapareció frente a sus ojos; fueron cambios que lo lanzaron de manera alterna por Montana, Alaska y Nueva York. Trató de aferrarse a un mueble del que pasó cerca, pero sus dedos ni alcanzaron a rozarlos. Para cuando se dio cuenta de no haberlo logrado, ya estaba en otro escenario.
Ahora se hallaba en un lugar que no se movía a la velocidad de la luz.
La quietud y el vacío le causó desesperanza.
¿Qué era ese lugar?
—¡Hola! —saludó al que sea que por ahí estuviese, tal vez igual de asustado que él—. ¡Holaaaaaa!, hay alguien más por aquíííí!
¿Dónde, carajos, estaba él? Tenía la sensación de que había pasado muchas horas, desconectado del paso del tiempo; caminaba sin rumbo fijo, sin nadie que le informara del porqué se hallaba allí.
—¡Huy, ¿qué fue eso?! —Algo trató de agarrarlo, pero Erik se echó rápido hacia atrás para impedir que lo llevaran de «paseo» por segunda vez.
El instinto de supervivencia se activó al instante y corrió a ciegas para alejarse de lo que constantemente lo perseguía; si bien, él preguntaba si había otra persona por ahí, desconfiaba de lo que percibía.
Nada bueno. ¿Por qué está ahí? Se estrujaba las neuronas para tratar de recordar cómo fue que terminó allí. Él estaba…
Corría, corría… Él estaba…
Estaba…
Se detuvo.
—Mamá… —Lloraba sin lágrimas en cuanto su mente obtuvo claridad, y de inmediato se llevó la mano al pecho—.
No… —¿Qué iba a pasar con su familia en cuanto se enterasen de que él estaba muerto?
Su mamá, su papá…, iban a pasar por otro funeral y este les tocó mucho más cerca—.
Esto es un error, yo no puedo morir… —aún era joven y estaba enamorado—, tengo que volver.
—Dio un giro completo para hallar alguna puerta; así como entró, saldría…
Ni la más diminuta bombilla le iluminaba el camino.
Erik no tenía idea de hacia dónde dirigirse; no había ni una pared, puerta, muebles ni autos, ni plantas ni animales…
, con el que él se tropezara; podría correr a toda velocidad, que seguiría sin toparse con nada hasta que se hartara de seguir corriendo en esa perpetua oscuridad.
—¡Yo no puedo estar muerto! ¡No! ¡NO! ¡ES UN ERROR! —gritaba de frustración y tristeza, porque, de estarlo, no volvería a ver a su familia, ni a Anna ni a…
Sus ojos rápido rodaron a su izquierda al divisar una silueta apenas perceptible en la lejanía. ¿Y aquello que es?
La aprensión de lo que le fuese a pasar en ese lugar extraño, lo hizo olvidarse de momento de su desconsuelo.
Aquello que observaba se acercaba a él, envuelto en neblina.
Aún no definía si era un animal o entidad…
Podría ser un bisonte que recorría las praderas en la noche tardía sin luna y estrellas, caminando apacible como si nada le afectara.
Entonces, dicha silueta que apenas era una mancha negra, poco a poco comenzó a adquirir forma. Era alta y curvilínea, de cabello...
—No… —Su corazón no palpitó porque ya no estaba vivo, pero comprendía que, si lo estuviera, habría latido fuerte por la conmoción.
Ya estaba cerca, sin los afanes que solían crispar los nervios a los empleados en la villa. Venía sola, tranquila, con un aura misteriosa debido a la neblina.
—¡¿También tú?! —lo entristeció verla allí. ¿En qué momento la lastimaron?
Zafira esbozó una mirada de no comprender a lo que él se refería.
—¿También qué? —Parecía aturdida, aún sin percatarse de su situación.
En apariencia, seguía «usando» el vestido de gala, pero con manchas de sangre que caían desde la cien hasta la tela drapeada a la altura del pecho.
Según lo que Erik, observaba: Zafira recibió un fuerte golpe por la línea del cabello que caía ensortijado sobre el pabellón de su oreja izquierda y una estocada que le perforó el corazón, siendo estas dos graves heridas las que acabaron con su vida.
—¿Eres consciente de lo que te pasa? —Se anduvo con cuidado de no traumarla, porque hacía minutos él chilló encolerizado por haber muerto a manos de aquel sujeto, que ahora debía estar lastimando a Anna.
—Eh… —dudó de lo que le iba a responder—.
Estoy perdida —asumió que ese era el motivo—, no sé cómo llegué hasta aquí.
Caminaba en dirección hacia mi dormitorio, y luego…
—Se llevó la mano a la cabeza como si estuviese estrujando sus pensamientos para recordar.
No se daba cuenta de la sangre que emanaba profusa de sus heridas.
El que se las provocó tuvo claras intenciones de matarla—.
Debí girar por el ala equivocada —sonrió, apenada, pero en sus ojos miel había consternación.
Enseguida reparó en el aspecto de Erik.
—¡¿Y a ti qué te pasó, te dieron una revolcada en la tierra o qué? Estás muy sucio…
A diferencia de Zafira, él no lucía ensangrentado. Su torso desnudo, limpio de zarpazos y el hueco en su pecho estaba cerrado como si no le hubiesen arrancado el corazón.
—¿Recuerdas algo más de camino a tu dormitorio?
—Estaba enojada contigo y… —Se tocaba la herida en la cabeza, aún sin fijarse en sus dedos ensangrentados.
—Pero no es por mí que estás aquí.
—¿No?
—Sino por alguien más.
—¿Quién?
—¿No lo recuerdas? —Era evidente que ella trataba de recordar, pero no podía. Su mente estaba bloqueada.
—¿Recordar qué…?
Amnesia por trauma, pensó Erik. Al parecer, ella había borrado de su memoria la identidad de su asesino.
Le dio rabia y pesar. ¿Quién fue tan traicionero de atacarla justo en la residencia del lobo más poderoso de América y por qué motivo?
Él también casi olvida, pero fue capaz de recordar lo sucedido en el valle; trajo los sucesos de su propia muerte a su actual realidad, era consciente de que cayó en el enfrentamiento con, el que parecía ser, la expareja de Anna.
Lloró un rato, maldijo a aquel alfa extranjero y luego pensó en sus padres y hermanos.
Ahí se obligó a buscar una solución para volver.
Si Jevrem lo logró.
Él también.
—Lo sabes, Zafira, lo estás sintiendo.
—¿Sentir qué?
—Lo que tocas. Mira tu mano. —Tenía que darse cuenta de lo que le pasaba o estaría por siempre preguntándose cómo fue que llegó hasta allí.
En movimientos lentos como si estuviese dopada, Zafira alzó la mano, a la altura de sus ojos, y, por un momento, permaneció impávida.
Movía los dedos, con lentitud, quizás para comprobar que aún tenía capacidad motriz: los encogía, los estiraba, los movía todos en una secuencia como si los pusiese a marchar en el aire como soldaditos que tenían prisa por ir a la guerra.
Luego giraba ambas manos para estudiar con detenimiento las palmas y los dorsos; fruncía el ceño, algo no le gustaba en lo que observaba; apretaba los labios…
Y como si le costara aceptar lo que era evidente, palpó una vez más la herida en su cabeza.
—Me dolió…
Lloró.
Erik la rodeó con sus brazos, para que ella descargara el llanto sobre su hombro.
Si los dos hubiesen despertado allí, juntos, habrían llorado a la vez como un par de chiquillos asustados.
Pero le tocó a él descubrir primero ese hecho en una soledad abrumadora que creyó lo envolvería por la eternidad.
—Lo siento mucho… —Acariciaba su cabello afro, para tranquilizarla.
Él ya se había trazado un plan. Ahora se sumaba Zafira, no iban a trascender, aguardarían por su hermano, del que él estaba seguro que se contactaría en cuanto supiese lo que les ha pasado.
Iban a superar esa dura experiencia y se la contarían hasta sus tataranietos.
Escribiría libros de esto, diseñaría una nueva coreografía sobre el proceso por la cual pasaría el alma para ir al otro plano.
Los personajes en su obra musical no la tendrían fácil, ataviados en sedosas túnicas blancas, debían superar los saltos breves a los que son sometidos en sus diversas etapas desde que nacieron hasta que murieron, y el limbo, la zona que los hace meditar de todos los errores que ellos cometieron durante su vida.
La separó de su pecho.
En los ojos de Zafira no había lágrimas, pero sí una inmensa tristeza que a Erik lo destrozaba.
—¿Quién te mató, Zafira? —En cuanto volvieran a la vida, él acabaría con este. Tal vez fue el mismo hijo de puta que tenía a Anna y a Jevremcito, y a él lo mató por querer rescatarla.
—No sé, no le vi la cara.
—Su olor… ¿Alcanzaste a percibir algo antes de ser golpeada?
En un acto involuntario, Zafira se llevó una vez más la mano a la cabeza, pero se detuvo abrupto.
—Perfume…
—¿Masculino o femenino?
—No lo supe definir… Creo que por ser de esos perfumes unisex…
—¿No te pareció conocido? ¿Lo oliste en alguien más?, ¿un guardia, un empleado?
Su boca se torció en una sonrisa amarga.
—¿De qué sirve investigar ahora?, ¡estamos muertos!
—replicó, enojada, porque desde el más allá sus investigaciones serían inútiles, si ellos no lograban cruzar la línea de la vida y la muerte.
¿Quién se haría de esa información? Los muertos no hablaban, solo mostraban la evidencia en su cadáver.
Y a veces esto no era suficiente para atrapar a los asesinos.
—Sabrás tu verdad.
—¿Y es importante?
—Lo es, Zafira. Al menos, yo sé mi verdad: morí luchando por la honra de una amiga. —Que no pudo salvar.
La manera en como ella, lo miró, le dio a entender a Erik, la rabia que aún envenenaba a su asistente.
—¿Y esa quién fue? —inquirió como serpiente lista a clavar sus colmillos en su rival—.
Seguro que por Anna Morris... ¿Fue por ella?
Ay, Licaón… —Él se mantuvo hermético, y Zafira asumió que se trataba de esa alasqueña desgraciada.
De otro modo, ¿por quién más, él estaría dispuesto a morir?
Tenía que ser por una pendeja que no lo amaba…
Aun así, más allá de los celos que le despertara el hecho de que él fuese el caballero de una hembra que no necesitaba ser defendida, porque ya tenía quién lo hiciera por ella, la afligía observar todo lo que Erik se perdería.
«Me estoy planteando asentarme un tiempo por acá —le había comentado, tras haber follado un buen rato—. Tal vez después de que mi primo vuelva a sus dominios. Estos bosques rezuman paz, me agrada recorrer las tundras y las montañas… Siento que vuelvo a casa cada vez que recorro Denali».
Y no volverá.
Ni ella ni él. No volverán a casa ni a los bosques de Denali ni a ninguna otra parte. La muerte a los dos los sorprendió.
Lamentando esa circunstancia, la joven plantó sus manos en el pecho de Erik, sin saber que posaba una justo donde las garras del extranjero acabaron con él.
No sentía las palpitaciones cardíacas que se suponía constatan la conexión con la vida.
La piel de ese venerable cuerpo masculino estaba fría al tacto al igual que las manos oscuras de Zafira, pero Erik no se quejaba ni hacía gestos de no soportar la gelidez fantasmal o de lo que sea que eran ellos en ese momento.
La miraba como si quisiera expresarle algo más, pero no se atrevía, tal vez para no empeorar su enojo.
Mientras estén perdidos en esa zona sin fin, debían mantenerse juntos.
—También lo siento por ti, Erik, lo tenías todo, y…
La reacción para una réplica que no es capaz de expresar la profundidad de los sentimientos hacia otra persona, es la de encogerse de hombros.
Sin embargo, Erik no se dejó abatir por la tristeza, medio sonrió, pues ya nada importaba.
Sus respectivas familias a ambos les harían su funeral, según las normas para cada linaje: Zafira sería enterrada en el cementerio de Bozeman o llevarían sus restos mortuorios a su tierra natal, mientras que, a él, le cremarían su cuerpo en el valle o en las Rocosas.
—Nuestro tiempo fue corto —le dijo a ella sin que un nudo en la garganta enronqueciera su voz ni las lágrimas cristalizaran sus ojos.
—Nos estafaron con la fecha de caducidad, debió ocurrir en muchos años…
—Pero la pasamos bien, ¿no? —Le guiñó el ojo, con socarronería. Al menos no podía quejarse de que él no haya disfrutado de una buena retozada.
La otra puso los ojos en blanco.
—Ni aquí te comportas... —Entonces, volvió a centrarse en el lugar donde se hallaban—.
¿Dónde estamos? —La neblina le impedía observar si por ese entorno había árboles, edificaciones o montañas.
Se le hacía que estaban lejos de casa, como si hubiesen cruzado una puerta cósmica que los llevó al otro extremo del país.
—No lo sé. Alguna estación o puente…
—¿Para ir adónde?
Se encogió de hombros.
—Hacia donde tengamos que ir… Espero que no nos busquen los chicos malos.
De estar viva, la joven asistente se habría puesto blanca como un papel.
—¿Qué clase de «chicos malos»? —Se preocupó—. ¿Demonios que arrastran las almas al infierno? Oh, Licaón… Yo… —Sus labios temblaron—. Yo me he… —¿Portado bien? ¡Caramba!, ha sido rencorosa, malgeniada, envidiosa, lujuriosa… A ella la iban a arrojar al caldero más ardiente para purgar sus pecados.
«¡Erik! ¡Erik!»
El llamado de una voz conocida, acalló la respuesta de Erik. Y esto lo hizo sonreír de oreja a oreja, a la vez en que Zafira giraba su rostro en dirección por donde provenía dicha voz.
—¡¿Es Ángel?! ¡¿Él también está aquí?! —Se escuchaba en todos lados como un eco que resuena en el fondo de un acantilado.
«¡Erik!»
El joven alfa aguzó el oído y luego cabeceó.
—Está afuera. —Con los vivos.
—¿Y por qué lo escuchamos aquí?
—Porque me llama… —Ángel intentaba guiarlo como hizo con Jevrem.
Antes, no lo recordó, pero él sirvió de ancla a su hermano, para que este señalara al primo, el camino que debía tomar para salir de allí antes de que fuese inevitable seguir adelante.
Los pies de Zafira volaron por los aires en cuanto Erik la abrazó al tomarla de la cintura y la hizo girar, de felicidad. Esto era buena noticia, había esperanza de salvarse.