El Despertar del Lobo Capítulo 76
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Capítulo 76

Anna no se explicaba cómo llegaron hasta allí; solo que Ángel de repente estaba en la cajuela y la abrazó junto con Jevremcito, y ahora estaban frente a los escalones de la puerta principal de la villa.

—¡¿Qué eres tú?!

Aullidos.

Muchos aullidos por el rededor.

Lamentos…

Tristeza.

De repente ambos se percataron de los aullidos de los centinelas ubicados por los jardines frontales y de los lobos comunes que se lamentaban en la lejanía del valle y las montañas.

—¡No! —Ángel lloró y corrió al interior. Anna fue consciente del porqué de su mortificación, tan pronto notaron el lóbrego ambiente.

Apretó a su lobezno a su pecho y enseguida cruzó el vestíbulo hacia las escaleras.

La desconcertó la cantidad de empleados y sirvientes que se hallaban fuera de sus puestos de trabajo, a la espera de que les informasen sobre el asesino de Erik Brankovic.

La jefa de mantenimiento y sus subordinados, cuchicheaban apesadumbrados entre ellos, y se callaron en cuanto notaron su presencia.

Los cocineros parecían estatuas blancas de mirada perdida.

Los de Sistemas y Monitoreo no superaban su desconcierto.

Anna se percató de la señora Blanka, que se enjugaba las lágrimas, sentada, esta, en una de las sillas que colindan con el ala oeste de la villa.

El mayordomo –que era más un portero que mayordomo– se hallaba de pie, al lado del ama de llaves de la mansión de los Hamptons; no la consolaba, pero estaba pendiente de que la rolliza pelirroja no se desmayara por la evidente tristeza que expresaba.

En los primeros escalones para ir a los pisos superiores, Eliana y Claudia se hallaban sentadas, sufriendo el duelo que todos allí compartían. Zafira no se divisaba por el área del vestíbulo, pero Anna asumía que debía estar arriba, desgarrada de dolor.

Pasó por el lado de las dos asistentes de Isabel, y subió sola las escaleras, Ángel había desaparecido sin ella darse cuenta.

Al llegar a la segunda planta, se topó con una muchedumbre más apiñada que la de abajo. Ella también lloraba, comprendía lo que significaba la aflicción de los guardias y los empleados.

—¡Anna! —Emilia abrazó a su hija y la colmó de besos, aliviada de que el Soberano la haya rescatado. George le dio un sentido abrazo y esto la derrumbó, ella había visto el asesinato desde el automóvil.

Oh, Erik...

Lloró.

Él había acudido a rescatarla de ser abusada por Édgar. Fue tan valiente, arrancando la puerta del auto, enfrentándose a un alfa mucho más fuerte que él, y, después…

—¿Lo tienen arriba? —Le entregó su lobezno a Emilia, y se abocó en abrirse paso por las escaleras hacia la tercera planta, luciendo ahora su vestido de gala rosado, harapiento y sucio.

Torres y Hill le bloquearon el acceso.

—Déjenme pasar.

—No está permitido para los que no son familia.

—Pero soy amiga cercana… —Con la mirada mortificada, buscó a Zafira, a ver si abogaba por ella, pero no la vio por ahí, sino a la señora Gianforte, y esta le dio la espalda para ignorar cualquier ayuda que le solicitara.

Anna no se tomó la molestia, de rogarle, podría estar ella, de rodillas allí, y el ama de llaves ni se apiadaría.

En cambio, Zafira, a pesar de su hosquedad, tenía ciertos principios.

Por desgracia, no la hallaba entre los que se mantenían en los pasillos de la tercera planta.

Tal vez la asistente estaba adentro o en alguna otra parte donde pudiera llorar a mares sin que nadie la juzgase por su relación con Erik.

—Lo siento, señorita —Torres, le replicó, con una mirada que lamentaba, ella sufriría por él tener que acatar órdenes superiores.

—Déjenla, que le rinda respeto al occiso, les aseguro que nuestros amos no se molestarán —Maverik, el amable guardia rubio que estuvo pendiente de ella durante su embarazo e incluso del cáncer de Matilde, fue el que intercedió para que Anna entrara a la suite de Erik.

—¡De ninguna manera! —Adela Mulder, taconeó fuerte para aproximarse rápido hacia ellos—. ¿Qué no entendiste de «solo familia»? —increpó a Maverik, y este le sostuvo la mirada a la pedante secretaria del senescal.

—La señorita Morris es la protegida de los amos, la consideran un miembro más de la familia.

—¡Pero no lo es!

—Usted no me va a impedir que yo…

—Permítanle pasar —de repente, el señor Ospina apareció en el campo visual del grupo a punto de reñir.

Torres giró el picaporte y abrió ligeramente la puerta de la suite. Adela contuvo su rabia, pero no pudo protestar, el senescal asumía toda responsabilidad de lo que allá adentro se desatase por desobedecer órdenes.

Anna esbozó una sonrisa y un silente «gracias», tanto para el señor Ospina como para Maverik.

Al entrar al área de la sala, se encontró con el tío abuelo de Jevrem: el señor Teodor –amo temporal de la señora Blanka– conversando con el señor Damir y la señora Vesna, quien esta última, la miró a ella, con desdén, cómo preguntándose para sus adentros qué hacía una sirvienta allí y en esas condiciones.

No los saludó ni estos repararon en su presencia, cruzó con la mirada gacha hacia el dormitorio.

Y al alzar la mirada hacia el interior…, sintió que se derrumbaba.

Su mano en el pecho.

Los ojos anegados en lágrimas.

El lamento se unía al de Isabel, al de las princesitas y a Ángel, que lloraba este sobre su hermano muerto.

—Isa…

La reina levantó la cara llorosa hacia ella.

—Me lo mataron… —Y rompió una vez más en un desgarrador llanto que se escuchaba hasta en el vestíbulo de la planta baja. La mayoría de los invitados se habían marchado por órdenes del señor Ospina. Solo permanecían los familiares y los empleados.

Anna atrajo a Isabel hacia su torso, mientras esta seguía sentada a un costado de la cama del hijo asesinado.

No tenía palabras para consolarla, cuando ella misma estaba que lloraba a mares.

Erik murió tratando de salvarla; la Señora Muerte no es de las que perdonan al que les llegó la hora; en caso de que algo así sucediera, se llevaba a otra: «Si no vengo por ti, voy por otro…

». Jevrem retornó, y fue Erik al que reclamaron en su lugar.

El balance siempre debía efectuarse: alguien digno debía cruzar por otro digno.

En su fuero interno, le agradeció, y, cada noche, de los miles que ella tendría junto a su lobezno y Jevrem, le haría el detalle de elevar una plegaria a los dioses, en honor a su memoria, por el resto de su existencia. «Gracias, Erik, gracias por salvarnos».

*****

El dormitorio era un punto de lamento. Durante horas las lágrimas se enjugaban en pañuelos negros o dorsos de manos que secaban los ojos hinchados y trasnochados de los dolientes.

Las plegarias eran expresadas por los adultos y los pucheros por los cachorros afligidos.

Aún el luto riguroso no los ataviaba, pues ni siquiera han posado sus cabezas en las almohadas para descansar cinco minutos.

Estarían allí, en vela, hasta que fuese la hora del crematorio.

—No me responde… —Ángel, sollozó, sin apartarse de su gemelo; su cabecita posada donde a este le recolocaron el corazón estrujado y le zurcieron la enorme herida con hilos quirúrgicos. La mortaja le cubría la palidez mortuoria que Erik había adquirido tras su última exhalación en el valle.

—Vamos, noble pequeño, los ancianos deben ungir el cuerpo…

—¡No quiero! —Manoteó al señor Ospina, del cual a este solicitaron al cabo de una hora, para retirar a los cachorros del dormitorio.

Las princesitas fueron obedientes de seguir a Adela, quien las llevó de inmediato a descansar, por el deterioro físico que presentaban, al estar aún despiertas por el duelo.

Winona fue la que más lloró toda la noche, mientras que Erika mantuvo la mirada perdida, con su boquita torcida en una mueca triste de extrañar a su hermano mayor.

El senescal intentó de manera infructuosa de apartar Ángel, del cadáver en mortaja, pero el híbrido le gruñó. Estaba furioso consigo mismo, porque había fallado dos veces; le aterraba alejarse del cuerpo de su gemelo; si lo hacía, jamás volvería a verlo.

Isabel les pidió a los ancianos, de retirarse, no había afán, comprendía que era costumbre iniciar el funeral, horas después del deceso, con inciensos y cánticos pesarosos; pero tenían que darles tiempo a ellos para llorar y despedirse de Erik.

Ángel necesitaba que le concedieran un poco más; para él, la muerte de su hermano mayor sería dura de sobrellevar.

—¡Anna! —Jevrem entró intempestivo al dormitorio, junto a su tío Everett, y rodeó a Anna entre sus brazos, llorando ambos de felicidad y de tristeza.

No se hallaban desnudos a la vista de todos, la señora Gianforte intuyó que el Soberano y los demás necesitaban cubrir sus cuerpos carentes de ropas; a todos les entregó albornoces blancos, yéndose dos hacia la tercera planta y el resto se fueron a vestir a la zona acuartelada.

Damir se alivió al comprobar que su hijo estaba bien, pero no alcanzó a abrazarlo, porque este se había dirigido rápido hacia donde se hallaba la hija de George Morris.

El joven alfa aún procesaba lo ocurrido; hasta hacía poco ellos celebraban entre champaña y baile, por su bienvenida a la vida y por el compromiso con Anna.

Y, ahora… lloraban el sueño eterno del primo.

—No me responde, no lo siento… ¡Erik! ¡Erik, ven! ¡¡Ven!! —Ángel tenía la voz rota de tanto llorar.

Jevrem deshizo el abrazo con Anna, y caminó hacia el pequeño. La mano posada en el hombro de este. Isabel alzó sus brazos para que su tío Everett la acunara; él algo le dijo a ella, y la llevó al ventanal al costado del jardín.

Se impactó.

Luego dejó de llorar.

Su mirada glacial, satisfecha.

Afuera, la cabeza arrancada de Édgar Ruíz, reposaba en la grama como si fuese un balón de fútbol, listo a ser pateado.

Harper y Colton la custodiaban; la reservaban para que la reina consorte la volviera mierda con el bate que sostenían, como hicieron ellos con la de los implicados en el secuestro de Anna Morris y su lobezno.

—Quémala, aplástala, haz lo que quieras, amor —Everett le expresó a su oído y ella permaneció impasible; podría hacer eso, pero no le devolvería a su hijo.

—Me basta con verla así… —dijo, apesadumbrada—. Lo que los muchachos quieran hacer me da igual. —Que el alma de ese sujeto no tenga paz, porque ella ya no la tendría jamás.

No hubo necesidad de que Everett repitiera la orden.

Harper y Colton escucharon desde su sitio, y, con una sonrisa perversa, de las greñas recogieron la cabeza de Édgar.

¿Alguien deseaba sumarse a jugar fútbol?

, ya tenían el balón… Los guardias bípedos se apuntaban y de allí una decena se dirigió al valle, a ver si convidaban a los yakaramath a un partido de campo abierta.

—Apenas lo tuvimos por cinco años, y ya partió… —Isabel le expresó a Everett, lamentando que Erik no cumpliese en el futuro su primer siglo. Pensar en que los años pasarán y que su hijo permanecerá en la tumba, le rompía el corazón. Fue tan joven, tan soñador, que ni lo del ballet pudo cumplir.

Lloró abrazada a Everett.