Capítulo 75 #2
Entonces, ocurrió algo que nadie esperó.
Ni siquiera el mismo Jevrem…
De un momento a otro, se vio volando sobre ellos mismos, como si su alma hubiese desencarnado; no era una experiencia onírica sino una clarividencia de la que sin querer poseyó a un ser viviente particular.
Las ondas de su mente captaron la atención de un halcón peregrino.
El ave no opuso resistencia ni temió a la voz que le susurraba como si fuese su propia consciencia. Desde las alturas, enfocó hacia abajo y enseguida supo lo que debía hacer por orden telepática del metamorfo.
Se fue en picada contra la cara del blanco señalado.
—¡Argh! —Édgar se cubrió el rostro con los brazos, para proteger sus ojos de ser arrancados por el halcón, cuyas garras y pico se clavaban feroces en su cabeza.
Le jaloneaba el cabello, le hacía sendas hendiduras en las mejillas y frente; el alfa de las tierras cusqueñas no era capaz de atrapar al ave cazadora.
La distracción bastó para que Jevrem actuara con rapidez.
El empujón fue violento contra la arboleda a sus espaldas.
El auto se balanceó y más gasolina se derramó.
Édgar no pudo detener al que se le fue encima, propinándole golpes.
Los humanos que descendieron de sus autos accidentados no hacían nada por separarlos, se daban cuenta de que no debían intervenir, estaban presenciando el asesinato de un sujeto que le debía cuentas a un lunático encuerados que era dueño de una manada de lobos gigantes, y tal vez ellos morirían después si no se largaban de allí por haber sido testigos.
Los humanos que se preocupaban por los conductores que se aproximaban en la vía, sonaban sus cláxones de sus autos abollados, dando aviso a aquellos de lo que pasaba, para que no se estrellaran contra los vehículos que formaron un tapón en la carretera; algunos derraparon y lograron frenar a tiempo, pero otros no tuvieron la suerte de controlar sus vehículos que venía a más de 100 kilómetros por hora, y acababan impactando contra los parachoques traseros de los que hallaron inmóviles en su camino.
Hubo volcamientos.
Y uno estos, levantó fuego.
Por fortuna, el ocupante logró salir antes de sufrir quemaduras. Sin embargo, las llamas –débiles, pero constante– se dirigían hacia el auto donde Anna y su lobezno se hallaban atrapados.
Y nadie se daba cuenta.
—¡NO! ¡ESE MALDITO ES MÍO!
—Máteme. ¡Máteme! —A Édgar lo invadió el temor cuando observó que se acercaba otra manada hacia ellos. Y, entre estos, el rey de todos los lobos americanos, que debió haber cambiado su anatomía en cuanto vislumbró a la distancia lo que su sobrino pretendía hacer. Esa muerte no era suya.
La espalda de Jevrem impactó en el pavimento luego de haber sido barrido por el poderoso brazo de su tío, que lo mandó a volar antes de que él tomara justicia por su propia mano.
Al ser apartado de manera ruda, el alfa casi se desmaya; el cielo nocturno le daba vueltas, como si él estuviese montado sobre una rueda giratoria para cachorros.
Bowman y Castell, lo ayudaron a levantar, ya ellos en su forma bípeda. Los humanos que presenciaron el cambio, de animal a hombre, huyeron aterrados por la carretera en el sentido por donde ellos antes habían manejado; ¡eso eran cosas del diablo!
—No intervengas —Everett le pidió en tono severo a Jeverem, quien trató de reclamar para sí, la muerte del alfa peruano. Pero, al notar los ojos llorosos de su tío, consideró que él debía devolver el derecho a venganza que este le otorgó en las mazmorras contra Armagan Wolaver.
Calmado en su furia, asintió sin reticencias ni malas caras; la tristeza de su tío pesaba más en su alma, le habían acabado de asesinar a su hijo mayor, del que fue especial en su nacimiento y crecimiento, en su parecido al padre y en su valentía. Jevrem tenía que hacerse a un lado.
Édgar no alcanzó a disfrutar de cómo Anna y el crío morirían carbonizados. Chilló en cuanto el Soberano lo agarró de las greñas, para luego estamparle el rostro de vuelta al pavimento.
Lo hizo varias veces; uno más fuerte que el otro.
La sangre brotando de su boca y nariz; ya no tenía dientes, todos esparcidos en la brea que aplanaba los caminos.
Édgar vomitaba espumarajos de sangre; con un severo daño en su corteza frontal y el tabique de la nariz; tosía para reactivar la respiración que se le había alterado a causa de los impactos.
Sonrió, desdentado, y esto ocasionó a que Everett se tornara más violento. ¿Le causaba risa?
Lo volteó hacia él.
Puños y puños y puños… Los nudillos severamente apretados de Everett fracturaban la mandíbula y los pómulos del extranjero.
Un puñetazo por las lágrimas que provocó en su amada esposa, un puñetazo por las lágrimas que debe estar derramando Ángel por su hermano, un puñetazo por lo que le hizo a Anna Morris, un puñetazo por querer matar a su propio lobezno, un puñetazo por lo de Jevrem y un puñetazo por él mismo…
Justo cuando Édgar Ruíz estaba a punto de morir…
Con la misma furia desmedida que este hizo contra su hijo, Everett le perforó el pecho de un puñetazo y le arrancó el corazón.
Lo estrujó en su mano y luego los restos lo aplastó con su pie en el pavimento. No lo lanzaría al halcón peregrino para que se alimentara, el órgano estaba contaminado de la maldad del dueño.
—¡Anna! —Jevrem se percató del peligro que acechaba a su prometida, y corrió hacia el Audi de Abby Rose.
Maxwell y Bowman se apuraron en empujar los autos accidentados para alejarlos de una posible explosión en masa. Luttrell lanzaba con sus zarpas una nube de tierra sobre el pavimento para cortar el avance del fuego hacia el auto en la cuneta.
—¡Anna! —Jevrem intentaba abrir, con una mano, la cajuela trabada del auto.
Su brazo derecho apenas regeneraba el hueso, no podía mover los dedos, por lo que su fuerza estaba limitada.
Aun así y a pesar de estar mareado por el golpe que le dio su tío, fue capaz de arrancar con la mano izquierda, la tapa de la cajuela, desde las bisagras.
Jadeó.
—Anna…
—¡¿Dónde están?! —A Castell le sorprendió no hallarlos cuando se asomó para ayudar a sacarlos de la cajuela.
—Deben haber sido arrojados cuando el auto se encunetó, ¡búsquenlos! —Jevrem les ordenó, angustiado. ¿Cómo era posible que no estuviesen ahí, si él los escuchó hacía segundos?—. ¡Anna! —la llamaba en voz alta—. ¡Anna!
«¿Dónde estás, mi hada? ¿Estás herida?», empleó la telepatía por si ella lo escuchaba de esa manera. Había logrado establecer contacto mental con el halcón, que en ese instante sobrevolaba a poca distancia de él, sin atacarlo. Tal vez con Anna suceda lo mismo.
Pero no recibía ninguna contestación.
Se introdujo por el área boscosa cercana al auto, para buscar por dónde Anna y el lobezno habrán caído. Sin embargo, las cornamentas de un alce sobresalieron de entre las ramificaciones altas de un álamo joven.
Los dos seres intercambiaron miradas.
Debido a que le interrumpieron la degustación de las hojas frescas del álamo, el alce bordeó el árbol y caminó tranquilo hacia el metamorfo que buscaba desesperado a su amada.
Jevrem no le temió.
La enorme bestia se inclinó ante este.
Acción majestuosa que no pasó desapercibida por Luttrell, a quien le pareció el hecho de lo más sorprendente.
«¿Has visto a dos bípedos: una hembra y un infante en brazos? —Sacudió la cabeza—. ¿Los percibes?».
La mandíbula del alce apuntaba hacia el auto volcado que se alcanzaba a ver por sobre el cerco de enebros rastreros que crecían al borde de la vía.
¿Adónde cayeron? Jevrem se preguntaba mientras se alejaba del alce, que volvió hacia el árbol del que se alimentaba.
Mientras tanto, Everett había recogido la cabeza abollada de Édgar Ruíz y la escupió a la cara un par de veces; se la llevaría a Isabel, para que ella la pisoteara. A sus hombres les permitiría destrozar el cuerpo.
Cada brazo, pierna y torso arrancado del cadáver del alfa peruano terminó en las brasas del fuego que aún emanaba del otro vehículo volcado.
—¡ANNA! — Jevrem buscaba a Anna y al lobezno, con la mirada, barriendo el entorno en toda su periferia.
Él la percibió, ¡la olió!, estuvo encerrada junto a Jevremcito en la cajuela del Audio.
Entonces, ¿qué sucedió? Ahí dentro no había nadie; no pudo haber sido lanzada hacia la arboleda mientras el auto se volcaba, nadie logró rescatarla.
Jevrem la escuchó pedir ayuda y al lobezno llorar; sus aromas se habían percibido debajo de la carrocería—.
¿Qué pasó con ellos? —preguntaba a Castell.
Su tío Everett –sosteniendo la cabeza de Édgar– también buscaba por los rededores.
Llamaban a Anna, a los gritos, ¿será que logró salir a tiempo por alguna parte del vehículo?
Anna ha demostrado que es capaz de liberarse de situaciones que superan sus fuerzas.
—No están por acá.
—¡Tienen que estarlo, los percibí hace poco! —No podía verla, ni comunicarse telepáticamente con ella. ¿Dónde estaban? Es como si hubiesen desaparecido en el aire.