El Despertar del Lobo Capítulo 75
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Capítulo 75

Édgar daba volantazos.

El costado de un lobo pardo impactaba contra el vehículo, para sacarlo de la vía.

Sus colmillos amenazaban con desgarrarle las extremidades; debió permanecer en el anonimato donde nadie se hubiese dado cuenta de que él también estaba vivo, al igual que el alasqueño, pero se obsesionó con poseer a toda costa a Anna Morris y a su crío.

Golpe tras golpe tras golpe…, en lo que quedaba de la carrocería del lado del piloto.

Jevrem tenía que obligarlo a frenar o de hacerlo caer en una cuneta; lo perseguiría hasta el fin de los tiempos; si no se detenía, este seguiría cometiendo muchos crímenes.

En cuanto lo matara, llevaría el cadáver de ese sujeto, así sea a rastras, a los pies de Isabel y de su tío Everett.

Pero la satisfacción de despedazarlo sería suya.

Finalmente, el auto salió de la vía.

Cayó en una cuneta.

Édgar descargó su frustración contra el volante. ¡Qué imbécil fue de no poder esquivarlo!, de la cuneta solo lo sacaban con grúa y, para entonces, ya sería tarde. En breve tendría que enfrentarse al otro.

Debido a que aquel mocoso arrancó la puerta del Audi, le frustró a él las ganas de arrancarla de una patada. Salió del auto e irguió sus dos metros de estatura al plantar sus zapatos deportivos en el pavimento.

Los instintos salvajes emergieron ante el gruñido atronador que emitía mientras su boca se deformaba y sus mortales dientes se alargaban.

Su rival a él no lo iba a detener; ya tenía lo que era suyo, y cruzaría las fronteras hasta estar a salvo con su clan.

El aumento de su musculatura desgarraba la tela y las costuras de su mugrosa camiseta y sus vaqueros que parecían habérselo despojado a un vagabundo.

Édgar se hacía cada vez más grande y abultado, desbordándose de sus ropas y zapatos; sus pies sobresalieron de la línea de la suela y el cuero sintético que moldea el calzado.

La estructura ósea que antes le permitía mantenerse bípedo, ahora se alineaba de manera consciente para postrase en sus cuatro patas, aún Édgar en proceso de transformación.

Bajo las capas de piel en sus manos y extremidades, la sangre burbujeaba y los músculos se inflaban y encogían, realineando los tejidos adiposos, musculares y venosos de su cuerpo; jamás era fácil cambiar de bípedo a cuadrúpedo por los estiramientos de la carne y los huesos, se asemejaba a los castigos medievales donde las máquinas de tortura sujetaban de las muñecas y los tobillos, a los esclavos y prisioneros, y los estiraban hasta desprenderles los brazos y las piernas, del torso.

Así era las veces en que Édgar invocaba al lobo que los dioses le han conferido habitar en su fuero interno.

Y la última fase ocurría tan rápido como el cambio que sufría.

De los millones de poros capilares en su animalesca anatomía emergía gruesas hebras de pelo, que, al crecer a una velocidad inimaginable formaban en conjunto una densa capa negra, del cual lo hacía lucir mucho más grueso y gigante a los ojos de los lobos que en ese instante lo rodeaban.

Maxwell fue el primero que lanzó una dentellada a Édgar-lobo, desatando, junto al auto, un intercambio de feroces mordidas entre los dos.

Pero Jevrem, el líder indiscutible de la manada que recién rodeó al bastardo asesino y secuestrador, le gruñó a Maxwell, para que retrocediera, porque el brutal enfrentamiento él lo sostendría contra Édgar Ruíz.

Las fauces de Jevrem-lobo se plegaron para mostrar la hilera de dientes y colmillos preparados a destrozar al maldito; sus ojos acerados enfocados directo sobre este, con apenas tres o cuatro metros de distancia.

Maxwell estaba que saltaba contra el extranjero, pero Castell y Bowman, quienes siguieron a Jevrem Brankovic, en cuanto abandonó la villa, para rescatar a la señorita Morris y a su lobezno, le gruñeron al beta para que no interviniera o se ganaría un mordisco en el lomo y las patas por parte de ellos mismos; debían respetar la decisión del alfa: este se iba a cobrar el naufragio, la muerte de Erik y el rapto de Anna y Jevremcito.

El cambio evolutivo en Édgar, le tomó segundos, era rápido para lo que un carnicero adulto tardaba en transformar cada extremidad que lo conformaba. Su pelaje oscuro y erizado lo hacía lucir feroz, pero no más intimidante al lobo gris que se abalanzó hacia él, con la intención de destrozarlo.

Ambos gruñían, chillaban adoloridos con cada mortífera mordida; la sangre teñía sus pelajes, la piel se abría bajo estos, profunda y dolorosa.

—¡Sáquenos de aquí! —Desde la cajuela del Audi se escuchaban golpes y pedidas de auxilio de una hembra y los lloriqueos de un lobezno. Jevrem procuraba no angustiarse por ellos, la caída del auto en la cuneta fue violenta, menos mal que no se volcó, pero debieron golpearse al estar encerrados.

Bowman atendió al pedido de la joven progenitora, pero sufrió un zarpazo en la cara cuando las garras de Édgar impidieron que los demás se acercaran a socorrer a la alasqueña.

Todos debían permanecer a raya.

Las dos moles se enfrentaban entre sí; los autos que por la autopista circulaban, giraban en una «U» abrupta para evitar colisionar contra esos lobos monstruosos, que tuvieron que saltar hacia la arboleda para que no se los llevaran por delante; un sedán se volcó y otro chocó frontal contra un árbol.

Los conductores que lograban frenar, gritaban aterrados y huían en reversa, sin razonar qué ocasionó que esos animales fuesen así de grandes.

Una de las enormes bestias del alasqueño estaba decidido en hacer justicia por su propia cuenta, mientras que al extranjero no le importaba el daño que ocasionaba, pues disfrutaba herir y matar.

Y entonces…

Los ojos lobunos del extranjero se agrandaron cuando un camión de carga larga a los dos se los llevó por delante.

Édgar cayó por un extremo de la vía.

Jevrem por el otro.

Los dos malheridos.

*****

Mover un brazo jamás había sido un esfuerzo doloroso para Jevrem. Todo se desenvolvía con una lentitud que no parecía que él estuviese en su propio cuerpo.

Escuchaba gruñidos y gritos, y estos parecían provenir a kilómetros de ellos. Los tímpanos se afectaron por una presión ejercida en los oídos.

Su brazo derecho se fracturó y su muslo una vez más presentaba un nuevo tajo sobre sus cicatrices desaparecidas. Pero comparado a otras circunstancias, las condiciones físicas por las que en ese instante él pasaba, eran mejores, requiriendo tomarse un minuto para la regeneración de sus heridas.

Al ponerse en pie, su desnudez quedó visible a los humanos, quienes lo señalaban estupefactos; aún incrédulos de lo que presenciaban.

Jevrem sacudió la cabeza, atontado por el arrollamiento; las manchas de sangre oscurecían la piel detrás de su oreja y en el muslo de la pierna que había mejorado, días atrás.

Se tambaleó y logró equilibrar sus piernas bípedas en cuanto Luttrell y Bowman se aproximaron, a cada extremo, como apoyo para el alfa.

Sin embargo, no intervenían en atacar al invasor, habían recibido la orden silente de mantenerse a raya; no podían cobrar la deuda que este les debía, pues ellos no eran los afectados. Los Brankovic, sí.

Al único que nadie se acercó a revisar, a ver si estaba bien, se levantó por su propia cuenta, superando el dolor que sentía en la pierna derecha y en el hombro del mismo costado, porque, si no lo hacía, estaría en completa indefensión de esos bastardos.

Evaluó rápido su condición y se percató de que no podría invocar de nuevo a su lobo interno.

Estaba magullado, sangrando y con una fractura en el fémur que le impediría correr en bolas por la autopista.

Tragó saliva. «¡Carajo, ¡líbrame de esta, Licaón!, después te pago el favor con sacrificios».

Édgar observó que su final se acercaba; estaba rodeado y de allí ni sus patas humanizadas quedarían. Así que tomó una opción que no había pensado antes, pero que ahora se le pasó por la mente como un fogonazo que iluminó su desesperación.

Cojeó adolorido y en retroceso sobre sus pasos; sus palmas hacia adelante, acercándose él poco a poco al auto ladeado en la cuneta; «ya va…

», «tranquilo», le expresaba al sobrino del Soberano, del cual este fue capaz de salir bien librado del container.

Le gruñía por el desastre ocasionado y porque le debía desde hacía mucho una gran deuda; Édgar no pretendía pagársela, que se jodiera ese alasqueño; más bien, se apoderó de lo que era suyo, era la pareja de Anna, esta le dio hasta descendencia.

La pierna fracturada mermó sus fuerzas y la capacidad de mantenerse envarado hacia los demás lobos que le mostraban la hilera de dientes; tenía que arrastrarla como una extremidad inerte mientras se apoyaba de la pierna izquierda; cojeaba en su postura encorvada y nerviosa, lo iban a matar y él sin darse el gusto de llevarse por delante a unos cuantos.

Al menos, se llevaría a los que provocarían muchas lágrimas.

—¡Quieto! —Terminó de volcar el auto, y los gritos de Anna y los lloros del lobezno estremecieron a Jevrem.

Un zarpazo rompió el tanque de gasolina. Las garras largas de Édgar, en alto, pretendiendo crear chispas contra el metal del Audi o el pavimento. La gasolina se regaba por la vía.

Jevrem se angustió.

¡¿Qué pensaba hacer ese obsesionado psicópata?!

—Te dejo escapar, pero no la pagues con ellos.

—¿Y por qué no? ¡Son míos! Anna es mía; la hice mía antes de huir… —Rio mientras se olía los dedos impregnados a la vagina de la joven hembra—. Le gustó…

No hubo celos que ardieran en el pecho del otrora Alfa de Kenai y Denali, por temor a perder el amor de su prometida; más bien, la furia le hizo olvidarse de las martirizantes punzadas en sus recientes heridas.

Jevrem apretó los dientes y sus puños. El maldito había abusado de Anna, y él no pudo llegar a tiempo de salvarla de otra afrenta a su cuerpo.

Lo iba a despedazar como hizo él con Armagan, que no se arrepintió ni pidió perdón de sus actos perversos, pero sería una muerte lenta y muy dolorosa.