El Despertar del Lobo Capítulo 74
89%

Capítulo 74

Las rodillas de Everett cayeron laxas en el suelo pedregoso, en cuanto él retrocedió su transformación. Con lágrimas desbordadas de dolor y furia, contemplaba a su hijo inerte. ¡Oh, Erik! ¡Oh, esto no puede ser…! Isabel… Ella…

Se preocupó.

Ella iba a morir cuando se enterara.

—Mi señor…

Las sacudidas de cabeza, de Everett, fue una negativa enérgica a los hombres que él se encontró en la escena del crimen.

No necesitó que Emmett, Ryder o Wyatt, quienes cumplían órdenes de Jevrem, de custodiar el cuerpo de Erik, le explicaran a él lo sucedido, porque lo evidente saltaba a la vista.

El pecho de su amado muchacho tenía un hueco en donde antes hubo un órgano palpitante; el maldito de Édgar Ruíz, lo mató, y él iba a matar a este por robarle su felicidad y la de su familia.

Lloró, allí, sin ropas que cubrieran su desnudez.

Jamás esto lo ha cohibido frente a los demás y menos en un momento tan desgarrador.

Ahora comprendía la aflicción de Damir, en los meses en la que su hermano creyó que Jevrem estuvo muerto.

Jamás llegó a dimensionar el dolor de un padre por la muerte de un hijo, de un primogénito…

Tanto que lo cuidó, que lo aconsejó, y todo esto para nada…

Alguien más se encargó de hacer realidad sus temores.

Siendo cuidadoso, levantó el torso de Erik, como si lo fuese a sentar para que se «recuperara del malestar que provocó su desmayo», pero era para acunarlo entre sus brazos; recordando los tiempos no tan lejanos en la que Erik era un travieso cachorrito que se escapaba durante las noches de luna llena, para recorrer los bosques o nadar en el riachuelo.

Everett no se percataba de que los guardaespaldas levantaron la mirada compungida, por encima de él, hacia el fondo del valle, ante el ruido de múltiples pisadas y el polvo levantado que cada vez más los tenía cerca.

Él se lamentaba de no haber tomado sus previsiones, ahora Erik estaba muerto.

¿Cómo es que esto pasó y él no pudo protegerlo?

¿Qué le iba a decir a Isabel? A sus hijas, a Ángel…

¿Qué clase de rey era él que un extranjero fue capaz de invadir sus dominios para arrebatarles al hijo, al hermano… ?

—¿QUIÉN ES ESE? ¿QUIÉN ES ESE?

—Mi señor: la reina… —Emmett intentó llamar su atención, pues desde la lejanía, la avistaron, corriendo hacia ellos junto con los hombres que permanecieron en la villa.

Pero Everett los ignoró, abrazando aún a Erik.

¿Qué le iba a decir a su familia? Tantas medidas de seguridad, tantos guardaespaldas y reglamentos para controlar a los enemigos… , y Erik estaba muerto.

—Oh, no… ¡ERIK! ¡¡ERIK!!

—Mi señora, no lo vea…

—¡SUÉLTAME! —Isabel luchó para que Harper la dejase acercar. Le asestó las garras en el brazo y este la soltó enseguida.

Durante el trayecto, ella fue cambiando su anatomía lobuna mientras sus piernas cuadrúpedas casi volaban rasantes por el suelo pedregoso, hasta que la velocidad de estas se redujo por el par de piernas bípedas, que la impulsaron a erguir su columna vertebral, y continuar corriendo hasta comprobar que no era lo que ella más temía; le había ganado la ansiedad por utilizar sus cuerdas vocales para preguntar a la manada que rodeaba al alfa y a un cuerpo que no se movía, ¿qué era lo que pasaba?

Al ver la palidez mortuoria de su hijo, jadeó.

—¡¿Quién le hizo esto?! —Pasaba la vista, desconsolada, por cada uno de sus hombres, y estos mantenían la mirada gacha y entristecida; ninguno reparaba en la desnudez de la reina, doblegada, ella, en el suelo; justo al frente de su esposo que no dejaba de acunar a su primogénito—.

¡¿Qué pasó, Everett?! —le inquirió, rota de dolor, palpando temblorosa las heridas sangrantes de Erik, en los brazos, en las piernas y una gran mancha de sangre en el pecho.

Ahí estaba la que ocasionó su muerte, pero no podía verla—¡QUÉ PASÓ!

Él, bañado en lágrimas, levantó la mirada hacia ella.

—El que secuestró al lobezno de Anna, es el mismo que asesinó a nuestro hijo.

—¿Y quién ese que mató a mi hijo?

—Édgar Ruíz.

—¡¿Qué?! —Los ojos de Isabel ardieron como brasas—.

¡¿Édgar Ruíz? —¡¿Y cómo es que ese sujeto seguía vivo?

!—. ¡Maldito! ¡MALDITO! ¡¿Por qué nos hizo esto?

! —reprochaba hecha un mar de lágrimas—.

¿Por qué mató a mi muchacho? —Carecía de sentido que aquel descargara su furia contra alguien que nada tenía que ver en la efímera relación que hubo entre este y su amiga Anna.

Le arrebató el cadáver de su hijo –aún tibio– a Everett, y lo recostó en su pecho, para darle besitos en la frente.

Emmett y Wyatt se prepararon a un posible ataque de histeria de la progenitora en cuanto se diera cuenta de lo que le faltaba al cadáver.

Pero esta no parecía notar ese cruel hecho. Ella solo lo acunaba.

Las lágrimas y gritos de Isabel estremecieron hasta las bestias mimetizadas entre los arbustos más próximos a la poderosa manada de metamorfos.

Allí la reina lloraba inconsolable por la muerte de Erik Brankovic.

¿Por qué tanta maldad?, ¿por qué se llevaban a los que eran unos preciosos seres que merecían todas las bendiciones de los dioses?

¿Por qué se ensañaron de esa manera contra Erik? Desde bebé tuvo que luchar por vivir.

«¡Y cómo pretendes que madure si me mantienen atado!», para tormento de Everett, él recordaba la discusión que sostuvo con Erik en el comedor, cuando este pretendía emparejarse con Anna Morris.

«No hay que ser un idiota para adquirirla —él le había replicado, sin dejar hablar a Isabel que le llamaba la atención a Erik—. Todo debe darse a su debido tiempo».

«¿Y cuándo es propicio, papá?»

«Aún no.»

«¿Por qué? Soy…»

«No. ¡No lo eres! Aún posees el espíritu de un cachorro, al igual que Ángel».

Everett lloraba furioso, porque jamás pudo reconciliarse con su hijo; siempre hubo entre ellos, desavenencias, discusiones y acusaciones por lo que él ahora consideraba tonterías.

Besó en la frente a su primogénito, cuya cabeza inerte ahora reposaba en los muslos desnudos de Isabel, y les prometió a ambos que traería la cabeza de ese alfa de las tierras incas que este ha deshonrado, al cometer asesinato.

Kevin y Harper y los tres hombres de Jevrem que resguardaron el cuerpo de Erik, permanecieron junto a la abatida reina, mientras que el Soberano y el resto de sus hombres corrieron tras el maldito asesino que acabó con una vida que prometía haría grandezas.

La aflicción les hizo a todos olvidarse de Anna, del lobezno y de Jevrem, que ya debía de darle alcance a Édgar Ruíz.

Pero faltaba uno más y a este aún no lo localizaban.

¿Dónde está Ángel?