Capítulo 70
Tuvo que escapar…
No había otra opción sino esa. Le había rogado a Ángel de no detenerla, pese a que él le advirtió de las intenciones de Édgar.
Pero Anna era consciente del peligro al cual se enfrentaba, y era preferible esto a que Jevrem muriese de nuevo por ella; esta vez no había un dios que le permitiera retornar, esa suerte no se repetiría más.
Así que, le ordenó a Ángel, de avisar a los demás, de lo que ella iba a hacer; tenía que darse prisa si deseaba ayudarla.
En cuanto él cruzó la puerta hacia los pisos inferiores de la residencia, Anna saltó por el balcón.
Nadie la interceptó, pero captó un revuelo a unos metros de allí; algunos centinelas olfateaban un bulto que ella no alcanzaba a ver, olía como a sangre...
Pero tampoco se detendría a averiguar si se trataba de algún animal que cazaron y arrastraron hasta ese lugar; aprovechó el descuido de los centinelas y se marchó de las inmediaciones de la propiedad hacia el punto acordado por Abby Rose y Édgar Ruíz.
Su vestido se desgarró al trepar por los setos hacia el exterior, el afán no la hizo darse cuenta del rastro que dejaba tras de sí, ensartada la tela del ruedo entre las tupidas ramas.
Desde lo alto del muro natural saltó hacia el suelo del otro lado, y de allí se desplazó casi a gatas para no ser vista por las cámaras de video y por los centinelas que vigilaban el entorno.
Las plantas de sus pies se lastimaron por las piedrecillas del terreno pedregoso que conformaban la extensión del valle hacia las rocosas.
Apretó los dientes, y después de haber saldado una distancia prudente donde no la descubrieran, comenzó a correr desesperada por su lobato.
Quizás Abby Rose, a ella la mataría mientras Édgar permaneciese inmóvil, con su hijo en brazos, como venganza de su «desamor».
O, tal vez, entre los dos la golpearían y patearían y luego desgarrarían sus carnes y esparcirían sus vísceras, para que los carroñeros se comieran su cadáver.
Pero Anna estaba dispuesta a sufrir la peor muerte si esto salvaba la vida a Jevrem; él aún no estaba en su óptima condición como para confrontar a una mole de dos metros, que en dos oportunidades a este venció.
Que la llamaran tonta, insensata, de pocas neuronas; su amor por Jevrem era más grande que la preocupación por sí misma.
Además, y en esto lo sentía muy dentro de su ser, era que Édgar no le haría daño a su propio hijo.
Él la amenazó, en aquel bote, de arrancarle de las entrañas al feto, creyendo fue engendrado por su rival. Pero si ya tenía en su poder al lobezno, debió descubrir que genéticamente le pertenecía.
Solo le pediría a Édgar, antes de que proceda a despedazarla, de ser buen padre para Jevremcito, a pesar de que él mataría a la madre.
Corrió descalza hacia Bozeman, del cual le tomó unos minutos a Anna y sin esfuerzos, lo que resultó ser nada en comparación al recorrido que ella hizo hacia Granite Peck.
El pueblo dormía, siendo Anna la única persona que cruzaba por las calles en dirección hacia la antigua estación del tren. Estaba un poco perdida, puesto que ella no había tenido ocasión de visitar los atractivos turísticos de dichas localidades, apenas iluminados por las luces de los postes.
En dos ocasiones se detuvo a leer los letreros que indicaban las rutas. A escasos metros divisó la estación: pequeña en dimensión y construida en ladrillos rojos y techo a dos agujas.
Saltó la malla metálica y cruzó el breve espacio del suelo pedregoso y rieles que dejaron de recibir hacía décadas a los trenes provenientes de otros poblados o ciudades, para dirigirse hacia la edificación.
La visión nocturna de Anna le permitía apreciar en tonalidades verde-azuladas, las siluetas del entorno y del cual le alertaría los que se escondiesen en las sombras.
Aún nadie aparecía, aunque se sentía observada.
Cuidaba sus pisadas a fin de evitar hacer ruido sobre el piso de tablas.
Caminaba lento mientras que sus ojos se movían rápido, de un extremo a otro, mirando ella de adelante hacia atrás; atenta al menor ruido, respiración o palpitaciones, o lo que fuese que la alertara de una trampa.
No obstante, Anna no quería arriesgarse en marcharse, tenían a su hijo; si no esperaba, a este lo lastimarían.
—¿Es Anna Morris?
La voz de un chico se escuchó, detrás de ella, preguntándole como si allí hubiese más personas aguardando por un tren que jamás volvería a arribar por esas dependencias.
La joven giró sobre sus talones desnudos y comprobó que a poca distancia de ella se hallaba un lobato de unos trece o catorce años, ataviado en ropa deportiva y holgada. Su mirada era inexpugnable.
—Sí —respondió, temblorosa de lo que este le podría hacer; se requería de una pistola para cegarle la vida, al perforarle el corazón. No supo determinar si estaba hipnotizado; Abby Rose o Édgar podrían haberlo manipulado o amenazado para que se prestara a sus malas intenciones.
—Vamos, la esperan.
—¿Hacia dónde nos dirigimos? —Lo siguió, mortificada, se estaba entregando a aquellos sin antes garantizar la vida de su hijo. Pero ¿qué otra opción le quedaba?
Salieron del mismo modo en cómo entraron: saltando por encima de la cerca.
Un Volkswagen negro aguardaba, dos manzanas más abajo.
Nadie lo ocupaba, tampoco se requirió deducir que el escarabajo le pertenecía al lobato; la hizo subir al asiento del copiloto, sin darle tiempo a Anna de sopesar si atacar a este o gritar por ayuda.
Era solo el mensajero y el encargado de trasladarla hacia los que se cuidaron de no ser vistos por los pobladores o de ser detectados por algún metamorfo que le fuese con la cotilla al Soberano.
El motor rugió como carraspeo de fumadora empedernida, y de inmediato rodaron por la vía.
—¿Mi hijo? —le preguntó al lobato, a ver qué sabía al respecto, pero este mantenía su atención puesta en el parabrisas, en una actitud aletargada.
A Anna no le quedó más opción que dejarse conducir hacia el punto de encuentro; se despedía en su fuero interno de su familia, de Jevrem, de Isabel y los demás que ella apreciaba.
Rezaba y rezaba y rezaba… para que Licaón protegiese a su lobezno, de la obsesión de Édgar Ruíz y de la inquina de Abby Rose Obrenovic.