Capítulo 69
Desde lo alto de un peñasco, Édgar observaba tranquilo sin que nadie reparara en él.
El valle en sí era el espacio del cual aún no era prudente cruzar.
No obstante, desde su sitio vigilaba el auto que desde hacía horas aguardaba, quién sabe a qué maldito.
La placa del auto estaba removida, pero según la marca de fábrica debería pertenecer a alguien de cierto estatus en la sociedad.
Notaba que allá dentro había una hembra que permanecía quieta en el asiento del piloto, apenas tamborileando los dedos en el volante; quizás impaciente o llevando el ritmo de alguna música que escuchaba en el reproductor del salpicadero mientras esperaba…
¿Y quién era la hembra?
No la abordó, no estaba seguro de si era una trampa para él o para los idiotas que pretendían invadir los terrenos, solo para joder a los que allá dentro festejaban.
Édgar aún buscaba el modo de colarse en esa propiedad, pero, por más que cambiara su apariencia u ocultara su olor con lodo o perfumes, corría el riesgo de ser descubierto.
En aquel lugar se hallaba el rey de los lobos americanos, también el maldito sobrino y todo el tropel de pulgosos que le darían caza en cuanto a él lo olfatearan.
Everett Brankovic sabía que él estaba vivo. Tuvo que haberlo visto cuando huyó.
—¿Qué hace esa tipa? —se preguntaba de la rubia de dedos convulsos—, ¿por quién espera? —La atención de esta puesta también hacia la casona que tenía encendida todas las luces.
Se encogió cuando una figura, con algo que mantenía pegado contra su hombro derecho, corría hacia el auto.
Édgar achicó los ojos y observó que se trataba de una omega, entrada en años; alguien de la servidumbre, según su estampa de pobre.
—Ese olor… —Diez metros los separaban, y él lograba captar, gracias a la dirección del viento, de que la omega cargaba algo que le pertenecía a su morenita.
Algo como… —Jadeó—. ¡¿Esas hijas de puta me están ganando la partida?
! —Rio, incrédulo de lo que presenciaba.
Aquellas dos hembras actuaban como si estuviesen cometiendo un delito grave.
El bulto debía ser…
Olfateó para que el viento que golpeaba suave su rostro le trajera de nuevo dicho aroma.
Gruñó. ¡¿Qué estaba percibiendo?! Sus piernas se pusieron en marcha hacia el auto, antes de que él mismo razonara por sus actos.
De un jalón arrancó la puerta del asiento trasero del vehículo, y allí se sentó, como si hubiese sido convocado a última hora a una reunión furtiva.
—Hola, hermosas damiselas… —las saludó con un acento tosco, pero bastante entendible—. ¿Van a compartir lo que cargan o tendré que disputárselos?
Antes de que Abby Rose volviese su rostro feroz hacia el sujeto extraño y le ordenarle a su cómplice, de largarse de allí cuanto antes, Édgar le arrancó la cabeza de cuajo a la que estaba sentada en el asiento del copiloto.
La sangre salpicó el interior del vehículo, bañando un costado del traje costoso de la rubia, y, al mismo sujeto que las sorprendió de repente.
La cría, sobre el regazo del cadáver decapitado, rompió en llanto.
Los vellos en la nuca y en los brazos del alfa peruano se erizaron, como si un gran abismo se abriera bajo sus pies. Seguro era el hijo de Anna, pero el padre…
—Entrégamelo y no te pasará lo mismo que a la otra —amenazó a la rubia, y esta, paralizada por la impresión, levantó a la criatura con cuidado.
Retiró la manta que lo cubría, y, por un segundo, sopesó utilizarlo para protegerse.
—Soy más rápido que tú. Si lo muerdes, tu cabeza terminará donde arrojé el de tu cómplice. ¡Dámelo!
Las manos ensangrentadas de Édgar se extendieron hacia la hembra temblorosa.
Tras recibirlo, a Édgar lo sacudió una sensación que casi lo ahoga ahí mismo.
La cría era suya, así lo sentía, él era su padre; reconocía su propio aroma y el de Anna en este.
La condenada y la maldita madre, del maldito Alfa de Kenai, le habían mentido, porque el crío que sostenía era de su propia sangre.
—Ahora vas a responderme, y ni pienses en mentirme: ¿Por qué lo tienes?
—¿Quién…? ¿Quién es usted?
Con la mano libre la agarró del cabello y la estampó contra la puerta de su asiento. La ventanilla se quebró. Abby Rose chilló de dolor; la parte posterior de su cabeza sangraba.
—Última oportunidad: si no contestas, te descabezo.
—El lobezno es p-para atraer a una hembra —no le quedó otra alternativa que revelar sus planes, que de repente se tornaron en su contra.
—¿A quién?
—A Anna Morris.
Édgar no reaccionó en un principio, mientras sostenía, un tanto torpe al lobezno que lloraba sin parar. Tantas horas maquinando el modo de entrar, para raptar a Anna, y la rubia se lo facilitó de esa manera. Por lo visto aún le servía viva, era muy astuta.
—¿Qué cuentas tienes con ella, para llevarse sin su permiso a su cría?
¡Oh, sí, perrita, lo han raptado!… Yo habría hecho lo mismo.
—Ni siquiera lo pensó, se recriminaba por no haber considerado esa alternativa.
¿Cuántas empleadas estarían dispuestas a traicionar o vender a una hembra que no es de su territorio por dinero?
Abby tragó saliva. El cuero cabelludo y la parte posterior de su cabeza le dolían por el golpe sufrido. La sangre manchaba su cabellera rubia, sumándose la que tenía de la nodriza, confiriéndole a ella un aspecto salvaje.
—Ella… —dudó responder, notaba que el sujeto procuraba calmar el llanto del lobezno—. Ella me pidió que la ayudara a escapar.
Édgar no le creyó.
Se impulsó hacia Abby, y, de un empujón lateral la estampó contra el volante.
—Anna Morris es la protegida de los reyes —le comentó por si no lo sabía—. ¿De qué coños va a escapar? De la pobreza no será… Ni de la soledad, porque al parecer se ha follado hasta el hijo mayor del Soberano. ¿Qué tienes tú contra ella?
Tal vez las mismas cuentas que ese sujeto tiene contra Anna Morris, pensó Abby Rose. El lobezno olía a él.
—Ella me… —ahí fue consciente del temor que implicaba revelar más de la cuenta.
—Me estoy hartando de esperar a que respondas. ¡Qué tienes contra mi hembra!
Abby lo observó un instante, la fuerza de su mirada la obligaba a decir la verdad.
—Mi novio me dejó por ella. Luego el murió por su culpa. —Y volvió de entre los muertos.
—¿Y qué novio es ese? —¿Con cuántos machos se metió la puta de Anna?
—Jevrem Brankovic.
La expresión amenazante de Édgar quedó congelada en una mueca incrédula, y luego esta se transformó en algo más grotesco al estallar su garganta en una sonora carcajada.
—¡¿El Alfa de Kenai?! —Sacudía sus hombros en una risa convulsa; el crío lloraba aterrado; sus oídos ensordecidos por el macho que mostraba esos dientes grandes tan cerca de él—.
Vaya… —Dejó al crío, a un lado del asiento, y, en un rápido movimiento, en la que se ubicó afuera a un costado del cadáver de la omega, le jaló el brazo inerte para arrojarla bien lejos del auto.
A Abby ni le dio oportunidad de abrir su puerta, cuando Édgar volvió a introducirse por la parte de los asientos delanteros.
—Así que te quieres cargar a mi novia por la infidelidad de tu noviecito…
—La jaló de las piernas, y, en dos segundos, la tenía debajo de él.
Abby gritó aterrada. El lobezno lloraba—.
¿A la madre de mi crío?, ¿a mi hembra? —Le desgarró la blusa, para descubrirle los senos—.
Entérate, perra —le tronó los dedos para que saliera de la bruma de la hipnosis—, el que casi mata a tu novio fui yo. ¡No ella!
Abby agrandó los ojos.
¡¿Cómo es que no se dio cuenta?!
Su etnia, su acento…, su manera desenfadada al hablar, casi obsesiva por esa sirvienta. Era el sujeto que desafió a Jevrem en un duelo, el que invadió su hogar y secuestró a aquella maldita, y el que provocó que los tiburones casi lo devorasen.
Gimió adolorida cuando le apretó un seno.
—Las hembras que ese alfa ha tomado son hermosas.
Y… —El crío lloraba— los dos la vamos a pasar a lo grande.
Te voy a… ¡Chist! —Chitaba al pequeño para que se calmara mientras se bajaba la cremallera de su pantalón, maniobrando entre los golpes defensivos de la rubia gritona que le lanzaba dentelladas y su hijo llorón recién descubierto que no dejaba de lloriquear—.
Te voy a dar por el… ¡Chist! ¡¡Cállate!!
—El condenado se retorcía en el asiento trasero, desamparado y aterrado—. ¡Argh, así no se puede!
Se acomodó el pantalón, habiendo perdido las ganas de desahogarse contra una de las hembras de aquel malnacido.
Agarró del cabello a Abby y la jaloneó para que se quedara quieta.
—Anna…, ¿ella vendrá acá cuándo?, ¿a qué hora? —Sino ¿para qué se llevaron al crío?, sino es para chantajearla o acordar un encuentro.
Los labios de Abby temblaron.
—En cualquier momento.
—¿Vendrá sola? —El asentamiento de cabeza de la rubia lo confirmó—. ¿Qué garantiza que ella no se traiga un comando para aniquilarnos?
—El lobezno…
Obvio, la vida del crío dependía de la obediencia de la progenitora.
—Por todo lo que me has facilitado la tarea de atraer a Anna, debería de perdonarte la vida.
—Expresó casi al ras de los labios de Abby.
Esta sonrió aliviada—. Pero como secuestraste a mi hijo…
—Las uñas alargadas de Édgar se enterraron en el cuello de Abby Rose, quien emitía alaridos por el desgarramiento que sufría, hasta que su voz se apagó ante la ineludible muerte que la arrasó.
Su cabeza voló hacia donde se hallaba la otra, con los ojos en blanco y una mueca adolorida cadavérica.
Édgar tomó al crío y lo acomodó en un brazo, se mantuvo en el asiento del copiloto. Su hembra pronto vendría.