Capítulo 68
—¡Jevrem! ¡Jevrem! —El jalón en su chaqueta y el llamado urgente del pequeño, capturó la atención del aludido, quien recién había sido liberado del agarre de la esposa del embajador de Inglaterra.
—¡Eh, tú!, ¿qué haces aquí: no estás castigado por tremendo? —inquirió, socarrón, a su primito que al parecer ya no le importaba ser descubierto por su tío y por Isabel.
Ángel tuvo que tomar aire, para poder hablar, estaba tan alterado que las palabras no salían de su boca.
—Anna… —jadeaba, tembloroso—. Anna…
Las piernas de Jevrem se acuclillaron, para estar a la altura del primo; esta vez, le preocupaba lo que a este le costaba decir.
—¿Qué pasa, campeón?, ¿qué le sucede a Anna? —Alzó la cabeza, para echar un vistazo de dónde estaba ella, y qué era lo que a Ángel le producía angustia, pero no la hallaba en el salón ni la percibía.
Isabel dejó de danzar y miró a Everett, quien rápido captó que algo sucedía con el gemelo menor.
—Fue hacia él…, la va a lastimar…, y se la llevará lejos junto con Jevremcito.
Jevrem se irguió.
—¿Quién se los va a llevar? —Buscó con la mirada a sus padres, y estos fruncieron el ceño, sin saber qué lo encabronaba. Los amaba, pero no se los perdonaría si desaparecían a Anna y al lobezno. Los haría pasar por un juicio.
—El que antes a ella se la llevó y a ti te mató…
Como si el más crudo de los inviernos hubiese caído de manera intempestiva en el salón de baile, a Jevrem se le heló la sangre. Su mirada incrédula se dirigió hacia Isabel y hacia su tío Everett, quienes alcanzaron a escuchar la advertencia de Ángel.
La actitud preocupada de los reyes y la cara que se transformaba de la mortificación a la furia, capturó la atención de los invitados.
La orquesta dejó de tocar, el señor y la señora Morris se enteraron por boca de Volger y Sanderson, de lo que sucedía.
Alguien se llevó a la prometida del Retornado.
Ángel le entregó la nota, y el señor George se llevó la mano al pecho, reconociendo el trozo de papel que su hija había procurado que él no recogiera; se reprendía por no haberle exigido que se lo entregara o que le revelara lo escrito, porque él sí notó que ella estaba asustada.
Bastó leer las líneas manuscritas para que Jevrem descubriera quién era la persona que amenazaba: Abby Rose. Muchas veces le mandó notas, para seducirlo o mensajes de lo bien que la pasaron juntos, dejado sobre la almohada cuando ella se marchaba antes de que él despertara.
Abby y ese peruano fueron los que secuestraron a Anna y a Jevremcito.
—Está vez no vas a ir solo —Everett se adelantó al pensamiento furioso de su sobrino, pero este ya invocaba a la bestia que contenía dentro. Hasta hacía unos minutos había visto a Anna; por más que la hayan llevado en un auto, no debían estar lejos.
A menos que se dirigieran hacia una aeronave.
—¡Espera, Jevrem! ¡¡Maldita sea, qué terco!! ¡Luttrell! ¡Maxwell! ¡¡Síganlo!!, ¡lleven a otros, no le pierdan el rastro! —Everett acunó el rostro de su esposa—. Debo ayudarlo, ese alfa es fuerte. Cuida de… —De repente fue consciente de la ausencia de una personita—. ¿Y Ángel?
Isabel se giró en redondo, buscando desesperada el rostro rollizo de su retoño, pero cuando se volvió hacia su esposo, este ya cruzaba las puertas dobles hacia el exterior. No se quedó a esperar a que su hijito apareciera, ya sabía lo que este pretendía hacer.
Con el dedo acusador, Isabel les apuntó a Damir y a toda la prole de arpías que la miraban con desprecio.
—Más les vale que no estén involucrados en esto, porque yo misma los mataré.
—¡Nosotros no hemos hecho nada! —Damir, le gritó, pero Isabel cambiaba en ese instante su anatomía bípeda a una cuadrúpeda.
Ángel debió colarse entre los guerreros; ¡qué manía la de ese niño que le causaba dolores de cabeza!
¡Oh, su pequeño…! Ángel estaba angustiado por Anna y por el bebé; tal vez sentía culpa por no haber podido salvarlos.
Mientras corría tras su esposo y su hijo escurridizo, la azotó otra angustia.
¿Hacia dónde se habrá ido Erik?