Capítulo 67
El baile se prolongaba hacia las dos de la madrugada, Anna danzó y danzó con Jevrem y con los invitados que pedían una pieza con la futura esposa del Retornado; más que todo, para congraciarse con ella y expresarle su disposición a posibles negocios en los que el joven alfa le interesase, puesto que los ojos del mundo estaban sobre él como si fuese un «enviado» del cielo.
Traería suerte al que con este estuviese conectado.
Todo era música y sonrisas a pesar de que Erik había desaparecido. Ángel no tenía permitido estar presente, y Zafira se largó a dormir. No eran los miembros de la villa más importantes ni se extrañaban, esa noche ellos no brillaban, por lo que sus ausencias no se notaban.
Sin embargo, Isabel sí lo notó; en especial en su hijo mayor y su exasistente, lo atribuyó a que escaparon a un lugar donde nadie los molestara.
Ahí la reina se preocupó de las andadas de estos dos, porque Erik aún no ha tenido esa conversación con Everett o con ella, de no preñar a ninguna mujer antes de los planes que él se propusiese más adelante; esperaba no fuese demasiado tarde.
Vadeando la pista de baile, un mensajero procuraba no tropezar con los danzantes que no reparaban en un simple omega uniformado; no pudo moverse por los extremos del salón o entrar por una de las puertas laterales, estas estaban custodiadas y, por ahí, la realeza solo tenía permitido entrar y salir a sus anchas.
Así que, pidiendo disculpas, el mensajero cruzó la pista, lo más rápido que pudo, dada la celeridad en la que el pedido fue solicitada. ¿Dónde está la señorita Morris?
Cabeceó de un extremo a otro, muchas cabelleras negras como las de esta, muchas siluetas curvilíneas que se asemejaban, y los aromas y sudores le confundían el olfato.
Sintió alivio cuando se enfocó en la joven alasqueña. La halló, tomándose un descanso en uno de los sillones dispuestos por el salón; junto a ella, sus progenitores y dos señoras con las que conversaba.
—Para usted —le extendió el sobre, y, de una se giró sobre sus talones, para abandonar ese lugar atestado a dinero y poder. La joven apenas recibió lo que le entregó, y ni supo si debía darle las gracias.
Anna observó el sobre.
¿Y esto?
Echó un vistazo a Jevrem que danzaba con la esposa del embajador de Inglaterra, le sonrió; en cambio, él la miraba como si le expresara un «¡sálvame, ya no quiero bailar con esta invitada!
». Y Anna con su cara socarrona, «acostúmbrate para cuando la boda».
Para ese día especial tendrían que danzar descalzos, porque nadie los dejaría descansar.
No lo abrió en ese instante, puesto que, desde su sitio, respondió al saludo sonriente de Isabel. Conversaba con Atticus Johnston, el nuevo Alfa de Kenai, una hora después de haber sido presentado a Jevrem.
Presentación que fue corta e incómoda.
«Felicitaciones por su compromiso —Atticus le había expresado, luego de que el Soberano les informara quién era el sujeto rubio que parecía estuviese esperando un zarpazo por parte del famoso homenajeado—. Que el matrimonio sea una bendición para ustedes. Les deseo fortuna y muchos cachorros».
«Gracias» —Jevrem apenas sonrió.
«Estoy a su disposición cuando guste hospedarse en Kenai».
Jevrem asintió como un miembro secundario de la realeza, que se tomaba muy digno el ofrecimiento del alfa comunal de las antiguas tierras que él comandó.
En soterradas palabras, Atticus le había expresado: «Soy nuevo, estoy a servicio del Soberano, pero usted está a mi servicio. ¿Vas a darme dolores de cabeza?».
No, no lo haría. A Jevrem ya no le importaba ser alfa.
Si bien, Anna estaba convencida de que su prometido estaba por encima de cualquier rango, intuía que no tenía el temperamento de un beta. Los Brankovic no nacieron para obedecer, sino para liderar manadas.
Sonriente, extrajo el papel del sobre. ¿Qué le habrá escrito Jevrem a ella? Se preparó a leer una propuesta indecente como un «salgamos de aquí y subamos a darnos un revolcón».
Pero su semblante alegre se tornó rígido al leer lo siguiente:
«Tengo a tu lobezno. ¿Lo quieres volver a ver? Vaya a la antigua estación del tren. Preséntate sola, sin armas, así como luces de horrenda. Más te vale que nadie se dé cuenta o llorarás a tu lobezno hasta el día en que mueras».
El papel cayó al piso. Anna temblaba. Su pequeño… ¡Alguien tenía a su pequeño!
¡Oh, Licaón!
—Cariño, ¿estás bien? —Emilia se percató de la palidez de su hija. George dirigió la atención hacia el semblante desencajado de Anna y luego hacia el papel que yacía a los pies de esta.
Se inclinó para levantarlo, pero Anna fue más rápida que él.
—Sí, es una leve migraña… —explicó mientras doblaba el papel y lo introducía en el sobre, donde no había ningún remitente identificado del que le envió la amenaza manuscrita—. La… música me aturde. Iré un rato a la suite, a ver a Jevremcito. Así descanso los oídos.
—¿Y ese papel? —George no le pasaba por alto lo que ella trataba de esconder en su escote recto.
Anna rio como si hubiese sido pillada en una travesura.
—Es una nota de Jevrem —mintió a la vez en que le guiñaba un ojo a su padre, para que «entendiera» de qué se trataba—. No quieres saber… Si él pregunta por mí —cabeceó leve hacia el sufrido Jevrem en la pista de baile—, dile que ya subí…
Las damas que prestaron atención a la respuesta de la joven, sonrieron con un deje de complicidad, y la animaron a que atendiera al llamado masculino.
Emilia puso los ojos en blanco, negando con la cabeza y con una expresión de «esta hija mía…
», y George mantenía la mandíbula apretada y el ceño fruncido, sin convencerle la actitud «socarrona» de su hija. Ella parecía nerviosa.
¡Oh, Licaón! ¡Oh, Santísimo Padre de todos los lobos que merodean las vastas praderas de los continentes!
Que lo de la nota sea solo una broma cruel del señor Damir o la señora Radojka, o de esa vieja bruja de Grubana, para estropearle a ella la noche; tal vez para apartarla, y así ellos meterle ideas a Jevrem en la cabeza.
Ojalá sea eso, por favor, Licaón, que no se hayan llevado a su hijo.
Anna no avisó a nadie de la amenaza que recibió; primero comprobaría si Jevremcito seguía en la suite, al cuidado de la nodriza.
Su salida del salón fue entre sonrisas fingidas y una fuerza espantosa para no llorar.
Y de no correr despavorida.
Finge que todo está bien, se pidió para sus adentros mientras procuraba llevar una marcha un tanto acelerada. ¡Sonríe que te están viendo! ¿Quién se habrá llevado a su hijo? ¿Y por qué? Tenía que comprobar, rogaba que estuviese allá…
¿Ý si no?
En medio de sus pensamientos angustiados, subió por las escaleras del sur, como una estela rosada en medio del lujo, y se topó con unos centinelas que cuidaban el sector.
Anna los saludó con un asentamiento y una sonrisa que había languidecido bastante desde que abandonó el salón de baile; los miró con cierta sospecha, al sobrepasarlos hacia la planta de los huéspedes, ¿será que estos… ?
Primero asegúrate de hallarlo en el dormitorio. Aún no podía levantar acusaciones, tenía que comprobar que su retoñito estaba bien.
Al percatarse de que nadie la estaba observando, saldó la distancia tan rápido, que apenas le tomó un parpadeo llegar hasta el ala de los huéspedes; la angustia la hacía moverse como un rayo. Calma, Anna, Jevremcito está durmiendo.
—¿Señora Orfelia? —Le extrañó hallar todas las luces apagadas—. ¿Señora Orfelia? —Sus dedos palparon el interruptor, en la pared a su derecha, y enseguida la lámpara del techo iluminó la sala y la mesa desayunadera. ¿Qué pasa que esa señora no se reporta?
Tenía preparada una increpación para darle, por el postín que se daba de hacerse esperar. Anna estaba con los nervios desechos, no le iba a perdonar ninguna excusa.
Fue directo a su dormitorio.
—¿Señora Orfelia? ¿Seño…? —Ni un alma.
Entre oraciones exclamadas en su fuero interno y los pedidos que se hacía a sí misma para no entrar en pánico, olfateó el aire y enseguida fue al dormitorio de sus padres, sabiendo de antemano que tampoco allí los hallaría, los aromas de la nodriza y Jevremcito hacia buen rato que ya no se percibían dentro de la suite.
Su corazón sufrió un vuelco.
De su escote, extrajo la nota, a ver qué se le pasó por alto:
«Tengo a tu lobezno. ¿Lo quieres volver a ver?
Vaya a la antigua estación del tren —gimoteó, temblando de rabia mientras sujetaba con ambas manos el papel—.
Preséntate sola, sin armas, así como luces de horrenda.
Más te vale que nadie se dé cuenta o llorarás a tu lobezno hasta el día en que mueras».
Leyó de nuevo. Esta vez anegada en lágrimas.
¿Quién era esa maldita persona?
Tengo a tu lobezno (…)
Vaya a la (…)
Más te vale que (…)
Llorarás a tu lobezno (…)
Una tercera vez:
Tengo a tu lobezno…
Tengo…
—Es una persona. —No escribió «tenemos», sino alguien que la detestaba.
¿Como quién? ¡QUIÉN ES EL MALDITO! Sufrió un ataque de pánico. ¿Quién se llevó a su lobezno? ¿El señor Damir? ¿La señora Radojka? ¿La señora Grubana? ¿La señora Vesna? ¿Las media hermanas de Jevrem? ¿Quién de esa familia problemática querría secuestrar a un infante para hacerle daño a ella?
Sus cuerdas vocales estallaron en un grito encolerizado, queriéndose arrancar las greñas. Temblaba. Lloraba. Sentía frío. Sentía morirse… ¿Por qué siempre le pasaba ese tipo de cosas? ¿Por qué no la dejaban ser feliz?
El papel se estrujó en el puño de Anna, que luego lo arrojó a un punto del dormitorio de sus padres donde ni se dio cuenta del lugar donde cayó.
Pateó un sillón, este se estampó contra la pared, y se hizo trizas; tiró con rudeza el edredón, llevándose consigo los cojines y las almohadas; pateó todo lo que veía por delante, llorando y gritando de la frustración que hacía mella en su ser. ¿Por qué no la dejaban ser feliz?
—El papel… —Tras descargar sus temores contra el mobiliario, recuperó la compostura; la nota era la evidencia, ella no lo había imaginado, no era paranoica.
Abrió las puertas del balcón de ese dormitorio; por fortuna, ningún guardia había acudido a averiguar qué carajos pasaba en la suite de los Morris.
Tal vez la música en vivo amortiguaba los demás sonidos dentro de la villa o estos se desplazaron a otra parte para vigilar zonas de mayor importancia, que el de una familia de omegas.
Sus manos níveas se posaron sobre la baranda que rodea el balcón, y echó un vistazo al exterior. ¿Estará la nodriza por las inmediaciones del jardín que colinda por la parte posterior de los dormitorios?
Olfateaba y avizoraba…
Siluetas cuadrúpedas, siluetas bípedas… Ninguno pertenecía a la de una hembra de edad mediana ni a la de un pequeño en brazos.
—Oh, Licaón… —¿La nodriza estaba implicada en el secuestro o se la llevaron también para no dejar testigos del hecho?
Sopesó qué hacer, y al segundo se quitó las sandalias. ¿Qué más debía hacer? ¡Correr!
Daría aviso a los guardias; gritaría, pediría ayuda... Tenían que salvar…
Se detuvo al girar el pomo de la puerta principal.
¿Cómo era la letra?
Una vez más sujetaba el papel con fuerza para que no se le cayera por sus manos temblorosas: «(…) Preséntate sola, sin armas, así como luces de horrenda (…)».
Por la forma tan despectiva en cómo dicha persona escribió, Anna deducía que se trataba de una hembra.
¿Su suegra?
¿Sus cuñadas de mierda?
¿La matriarca de éstas?
Todas ellas la odiaban.
Aunque meditaba que no podría ser alguna del Cuartel de las Brujas, puesto que de ninguna era su letra; tantas veces que a ella le enviaban notas de quejas o mandados, cuando sirvió en Kenai, la hacía conocedora del estilo de caligrafía de cada miembro de esa familia.
Aunque pudieron haber cambiado la letra para no ser reconocidas. El campo de sospecha se centraba en todas las hembras Brankovic, excluyendo a Isabel y a las princesitas.
«(…) Más te vale que nadie se dé cuenta o llorarás a tu lobezno hasta el día en que mueras».
Sollozó. No podía avisarle a nadie.
Pero, de obedecer las indicaciones de esa persona, lo más probable, a los dos los matarían.
Abatida por no tener más alternativa que obedecer, decidió que debía correr el riesgo a enfrentarse con la secuestradora de su hijo.
Trazando en su mente, un plan urgente, volvió de nuevo al dormitorio de sus padres, y se asomó al balcón, para estudiar, a que por los jardines no hubiese ningún centinela, ya que por ahí ella se marcharía.
Lamentaba no poder advertirle a Jevrem, ni a los demás, pero debía hacer lo posible para salvar a su hijo.
—No vayas, morirás.
Anna se sobresaltó por la sorpresiva aparición de Ángel, que debió entrar por la puerta que ella dejó abierta.
Estaba en pijamas.
—Es un salto corto. ¿Ves? —Sonriente, hizo un paneo hacia fuera del balcón—.
La distancia no me va a partir la cabeza —le comentó como si le diera pereza dar la vuelta por las escaleras, para dar un paseo por los jardines internos.
Ángel la pilló justo cuando había tomado la decisión, ahora se había acobardado.
—No mientas —la reprendió—. Yo sé que morirás si vas… Ella es muy mala. Y él…
¿«Y él»?
Anna se angustió.
¡Ay, son dos personas!
—¡¿Viste quiénes fueron los que se llevaron a Jevremcito?! —Era obvio que Ángel sabía lo que sucedió.
—Lo vi… —señaló hacia sus sienes—. Son malos.
—¿Quiénes?
—No conozco sus nombres, pero sí sus rostros.
En cambio, los rostros de los sospechosos se borraban de la mente de Anna, y ahora se dibujaban dos facciones borrosas. Una femenina y otra masculina.
¿Quiénes, ajenos a los Brankovic, se empeñaban en hacerle la vida una miseria?
Pensó en Zafira y en…
¿Quién?
¿El señor Ospina?
Y, si fuese así…, ¿por qué Zafira querría lastimarla?
A aquella en nada le afectaba su relación con Jevrem.
Más bien, estaba a gusto con Erik. Y en cuanto al señor Ospina...
No lo conocía del todo, pero era fiel al Soberano.
No iba a encochinar su rango de senescal por algo tan ruin como el secuestro de un lobezno; de lo contrario, ¿por qué la ayudó durante el Bidzaa?
En aquel reto tuvo la oportunidad de deshacerse de madre e hijo.
No. Eran otros.
Eran…
Jadeó.
—¿La hembra que viste era rubia y de ojos verdes muy intensos? —Describió a Abby Rose, quien en Denali la miró de un modo que a ella le causó aprensión. ¿Cómo no pensó en esa hembra en primera instancia?
Ángel asintió.
—Y él es muy alto y fuerte, como el primo Jevrem. No es de aquí.
La respiración de Anna se cortó.
—¿Extranjero? —Volvió a asentir—. ¿Piel morena, tos… tostada? ¿Está emparentado con los abuelos paternos de Jevremcito?
—Sí.
A Anna casi se le doblan las rodillas, por la angustia. ¿Qué hizo ella a los dioses que los ofendió?, ¿por qué la castigaban tantas veces? Era Édgar.
Si Jevrem fue capaz de sobrevivir a un cardumen de tiburones, Édgar también lo logró.
Supuestamente había muerto a sus pies, sin piernas y con una pérdida considerable de sangre. Y nadie le advirtió que se salvó.
Abby Rose y Édgar pactaron por un propósito: matarlos.
Y Jevrem también peligraba.