Capítulo 66
El anuncio lo tomó por sorpresa, pero no lo destrozó.
En una aparente alegría sincera, Erik aplaudía por el feliz acontecimiento, pero que, en su fuero interno meditaba si lo que no sentía era motivo de shock. Anna se casaría con otro macho, y él allí como si nada le afectara.
Aun así, se mantuvo a distancia; los discurso, las felicitaciones de sus padres y las malas caras del tío Damir, la tía Radojka y la tía abuela Grubana no era para que él se acercara a felicitar a Anna.
Desde donde él se hallaba, junto a Volger y Sanderson, le dio a su exniñera un asentamiento de cabeza, y esta respondió igual, mientras la apapachaba la señora Emilia.
—¿Estás bien? —La preocupación de Zafira lo sacó de los pensamientos, parada ella detrás de Erik, como si fuese su guardaespaldas, aunque era solo su «asistente» por órdenes de su madre y su «protegida» por órdenes de su padre.
¿Y ella qué era para él?
Se volvió hacia Zafira, apenas viéndola por encima de su hombro, y medio le sonrió, en un asentamiento de cabeza apenas perceptible.
Con otro movimiento de cabeza, la convidó a salir del salón de baile.
Zafira lo siguió, unos pasos más retirada de él, para no levantar habladurías entre los invitados, por la cercanía entre los dos.
Abandonaron el lugar, por las puertas dobles que conducían hacia los jardines internos; la noche estaba más fría que las anteriores, había una bonita luna llena que ya menguaba, favorecida por un cielo despejado para que esta alumbrase más.
En unos meses oficiarían allí la boda, del que después la atención de los demás recaería en Erik, con un «¿y para cuándo tú? , del que él ni siquiera tenía…
—La propuesta nos tomó a todos por sorpresa —Zafira comentó—, nadie se lo esperaba. Se ve a leguas que ellos se aman.
—Merecen ser felices.
Ella estudio su semblante, a ver si la tristeza se reflejaba en sus ojos marrones o la rabia se percibía en el timbre de su voz, pero ni lo uno ni lo otro, Erik parecía haber tomado la noticia con calma; no lucía lloroso ni intenso, sino que sus pensamientos daban la impresión de estar en un lugar bastante apartado.
—Volverás a enamorarte —le dijo—. Aunque no lo creas, sucederá.
Él entornó los ojos hacia ella.
Circunspectos, observadores.
—Siempre creí que lo estaba de Anna —confesó en un acto de aceptar que ese barco ya zarpó y él se quedó en el muelle, despidiéndola con la mano—. Ansié tener nuestro primer beso; luego con el tiempo mi primer beso —sonrió apenado—, y así con mi primera vez… No se dio esa oportunidad.
—Lamento haberme metido en tu camino —en realidad ella no lo consideraba un error, disfrutó guiarlo en las primeras caricias, en las primeras posiciones sexuales, en los primeros besos...
«No», se reprendió en su mente. En los besos no.
Hasta el momento ellos aún no se han besado—.
Tal vez pudieron haber tenido algún encuentro…
Él sacudió la cabeza, no había enojo ni reproche alguno de él hacia ella. Muchos menos frialdad.
—Fue mejor así, no extrañaré nada de Anna. La amistad si acaso… —Después de casada, Jevrem se la llevaría a donde este considere empezar con su esposa desde cero.
—Qué bueno que no te aferras a una fantasía —les ahorraría a todos una confrontación con el sobrino del Soberano. Los miembros de esa familia tenían sus líos mentales.
Erik se sentó sobre el altar de piedra; si alguien los llegase a descubrir allí, se escandalizarían y los increparían por profanar un lugar sagrado para los bautizos, ritos y otras ceremonias ofrecidas a los dioses.
—Bájate de ahí que te van a reprender —Zafira lanzaba miradas por los alrededores, preocupada de que un centinela le informara al señor Ospina.
—¿Quién nos va a ver?, están todos pasándola bien en el salón. Ven, siéntate a mi lado. ¡Ay, no seas asustadiza!, no parecen cosas tuyas… ¿No fuiste tú la que me siguió hasta Nueva York?
—Y mira cómo terminé…
Él se carcajeó tan escandaloso que Zafira volvió a dar cabezazos por su entorno, mortificada de que alguien les gritara «¡Ustedes dos, infames profanadores! ¡¡A la celda!!». No más celdas…
—Terminaste como amante —Erik le dijo enronquecido, de repente antojado de tomarla en el mesón.
Ella puso las manos en la cintura en pose altiva.
—Me refiero a que me convertí en tu sombra. —No se quejaba, pero Erik no era muy activo como la reina en asuntos diplomáticos, donde ella la asistía en algunas labores. Cuanto mucho le acercaba un libro y esperaba a que lo terminara de leer.
—Una sombra bonita… —paseaba su mirada lujuriosa a lo largo de la curvilínea figura femenina. El vestido de gala era recatado, pues no pretendía resaltar, pero, ¡válgame todas las cortes lobunas, sus senos y su trasero lucían respingones y deseables.
Palmeó el tope del altar.
Sus ojos ardieron de deseo, expresándole sin palabras de por medio: «ven, carnerito, vamos a sacrificarte».
Ella apretó los labios. ¿Será que los pillan?, seguro a ella la azotarían, porque a Erik lo mandarían al dormitorio con un jalón de orejas.
Echó otro azorado vistazo, si había alguien por ahí, no se vislumbraba.
Soltó el aire de los pulmones, dándose por vencida a sus propios temores. En el salón todos la pasaban bien, ¿qué tenía de malo disfrutar de una noche allí sentados como dos profanos?
Y…
¡Pom!
Erik la acostó de espaldas, plantándose él sobre ella.
Su mirada depredadora.
—Mi apetitoso sacrificio…
Acercó los labios a los de Zafira, para enredar sus lenguas en un beso erótico que les haría arder la sangre en sus venas; sin embargo…
Zafira esquivó su rostro.
—Sin besos.
—Es solo uno. —Le molestó esa regla impuesta por ella. Tonto, él, por aceptarla sin cuestionarla. Cada vez pensaba más en probar esos labios carnosos que aún no ha tenido el gusto de besarlos.
—Lo hablamos.
—Es una regla tonta, Zafira —aún la encerraba con sus brazos y piernas, sin darle escapatoria—.
Te he follado por delante y por detrás, te he lamido el coño hasta que te corres en mi boca, me has mamado la verga, has probado mi semen, el sexo que hemos tenido no ha sido de jovencitos inexpertos —ya no—, ¡¿y reparas en un simple beso en los labios? ! Es ridículo.
Ella lo empujó, para que se bajara del altar, del que por fortuna él no se resistió.
De un saltó también se incorporó.
—Los besos causan lazos afectivos entre los amantes.
—Pensé que el coito y el sexo oral.
Sacudió la cabeza.
—El sexo no es compromiso de nada, solo pasión de un momento de liberación hormonal.
Él sonrió incrédulo. ¡¿Qué?!
—¿Y si la hembra queda preñada?
—Mala suerte. Pero no es el tipo de lazo de lo que intento explicar.
—La mirada de Erik: «¿Ah no?»—. Antes de que repliques, te informo que me estoy cuidando, así que preñada no quedaré, ¿entendido?
Mi posición reacia hacia los besos es porque estos son peligrosos, se tornan dulces, logran tocar las fibras del corazón.
Por eso no debemos besarnos, nos mantendría conscientes de nuestro pacto.
Así evitamos sufrir más adelante. —Ella no sufrirá, él solo volcaría su pasión hacia otra hembra dispuesta a concederle todo lo que exija y después, «la pasamos bien, pero ya fue suficiente». Tenía que salvar su propio corazón.
El semblante se endureció en el muchacho.
—Tal vez soy nuevo en la cama y que tú me hayas enseñado lo que sé hasta el momento, pero, Zafira…
, ¡carajo! Tienes un nulo concepto del amor: los besos no son peligrosos ni ocasionan «ataduras» —sus dedos haciendo comillas en el aire— por si solos.
Es la combinación de estos con el sexo, con las palabras, los actos, la convivencia…
¿Por qué te escudas de mí? ¿Por Anna? Ya acepté que ella se case con mi primo; no me duele, créeme, me sorprendí que, al saberla que será de otro, no… no sentí nada.
»¿Por qué temes? —Ella apretaba los labios como si luchara por no revelar lo que pensaba—. Te ofrecí enamorarme. ¿Es por eso? —Zafira comenzó a transitar el sendero hacia una de las puertas laterales de la imperiosa vivienda dorada—. ¿Crees que no podrás lograr que te corresponda?
—No perderé el tiempo en alguien que, hasta hacía unos minutos suspiraba por Anna Morris. Y ahora, ¡zaz!, ya no siente nada. Eso sí que me preocupa.
—¿Tienes idea por qué sucedió? —La miraba directo a los ojos—. ¡No me vas a dejar aquí plantado, vas a responder! —La agarró rápido del brazo y la hizo que lo encarara—. ¿Qué temes, Zafira? Te estoy dando la oportunidad. Tómala, por favor…
—¡No! —Se libró con rudeza—. No lo compliques.
—¡Por qué!
Porque temía no enamorarlo. Eso sí que la destrozaría de que solo haya sido un refugio mientras su corazón roto se reparaba. Y, durante el proceso, le arrancaba el suyo.
—Eres… Eres un chiquillo —mintió y esto a él, lo lastimó, porque al parecer no lo tomaba en serio—. Te falta madurar.
Erik esbozó una sonrisa amarga.
«Inmaduro». «Chiquillo».
Para el sexo era un macho adulto, con el que follar durante horas en los parejes y rincones oscuros, pero para declarar sentimientos era un crío enamorado de su exniñera. ¿Desde cuándo él se convirtió en un mal chiste?
—Está bien, como quieras. Lo dejamos así: sin besos…
—En su dura expresión: «solo sexo»—. Hasta hacía unos minutos te habría follado sobre el altar, como «ofrenda» a los dioses, pero se me quitaron las ganas.
Tal vez más tarde o cuando se me antoje; si es que no he encontrado ya un desahogo.
Hay algunas por ahí que están… —besó las yemas de sus dedos apurruñados— divinas.
»Te libero por esta noche. Puedes retirarte.
Zafira asintió, y, haciendo una venia, no por su linaje, él no era alteza, pero sí por ser su alfa, aunque la manada resultara diminuta.
Se retiró hacia sus aposentos, mientras Erik se dirigía en sentido contrario hacia el salón de baile. Aunque no era el lugar donde en realidad deseaba estar, quería comprobar hasta dónde le aguantaban sus pies al recorrer las autopistas.
Se quitó los zapatos y los calcetines, y los arrojó por el jardín, con el propósito de encontrar un poco de paz fuera de los terrenos de Villa Dorada.
Tal vez volvería a caminar hasta la última frontera del país, o más allá donde los icebergs y los glaciares dan inicio a la vastedad del Ártico.