Capítulo 65
El baile prometía extenderse hasta bien entrada la madrugada debido a lo animada en que estaba.
Jevrem tenía que dividir sus atenciones entre los emisarios de Inglaterra, Irlanda y España, y los machos alfas regionales procedentes de las diversas regiones de Alaska y los estados confederados del país.
Tuvo que bailar con algunas esposas de dichas luminarias, así como también expresar un incómodo discurso del que la mayoría esperaba revelara algún misterio del más allá.
Pero Jevrem apenas expresó un «gracia por venir esta noche» y «pásenla bien», y del que Everett lo complementó con palabras elogiosas hacia su sobrino.
Damir también habló, cuyo discurso fue una oda a la hipocresía, aunque no las expresadas hacia su bienamado hijo, cuyas palabras salieron todas de su corazón.
Teodor hacía gestos desdeñosos de no hallarse conforme en el salón, aceptó asistir al baile, animado por su sobrino Damir, que amaba ser el centro de atención en todas las galas y reuniones.
Pero la invitación se debía más a que este necesitaba que vigilase los movimientos de ciertos lacayos que le desagradaban; a Teodor Brankovic nadie le hablaba, con la sospecha perenne de ser uno de los hermanos del difunto Stanislav que conspiraron para desaparecer a Everett.
Por este motivo, era perfecto para que todo lo observara y escuchara.
De vez en cuando, Jevrem consultaba la hora, harto de estar allí, debería de disfrutarlo, Isabel fue muy amable en organizar el baile, para el poco tiempo que dispuso; pero él solo quería estar a solas con Anna: charlar, caminar o hacerle el amor, y hacer las maletas para marcharse lejos.
Lo que aún no le comentaba a su tío Everett.
—Los que están destinados a morir, simplemente mueren; así sea en la pasividad de su cama.
—Ajá…
—Usted le vio la cara a la muerte: ¿cómo es morir? —Alex Goldberg, Alfa Regional de California, le preguntó sin percatarse de que su curiosidad aburría a Jevrem. Y hasta Teodor, que paraba la oreja cerca, mascullando para sus adentros del porqué no hablaban de asuntos más interesantes.
—Todo es oscuridad —contestó mientras sus ojos se enfocaban en Anna que fue pedida por Erik, para una pieza de baile. Casi le gruñe que no, pero el puto muchacho se acercó junto con el alfa californiano y el montanés, teniendo él que tragarse la rabia y los celos.
—¿Y qué más? —Alex Goldberg, agrandó los ojos, ansioso por escuchar los secretos detrás del velo negro, mientras que Charles Bullock paseaba su vista por el torso, los brazos, el cuello, la cara del otrora Alfa de Kenai y Denali, buscando marcas visibles del ataque de aquellos escualos mortíferos.
—Nada más —le respondió sin revelarle que él fue abordado por un millón de manos desesperadas que quisieron atraparlo y del que una tarántula gigante de ocho patas logró asirse a él casi enloqueciéndolo.
Al pasear la vista por entre los invitados, se detuvo en un rostro femenino que enseguida le sonrió, y, sin más, esta contoneó sus caderas hacia él.
Anna también se percató, en medio de la pista de baile del salón.
La exprometida de Jevrem.
—Qué placer verte tan repuesto… Pasar unos días en Montana te ha devuelto la vitalidad notablemente en comparación a la última vez en que te vi... ¿Te has ejercitado bastante?
Por encima del hombro de su exprometida, Jevrem dirigió la mirada hacia Anna, que bailaba con su primo, y un destelló acerado resplandeció en sus ojos azabaches.
—Mucho —dijo—. He practicado pierna, pecho y mucha sentadilla…
—Pues… —la mano de Roxanne Chandler apreciaba por encima de la chaqueta de fino corte, los abultados músculos—, se te nota. Unas semanas más y estarás en tu punto álgido. Cómo extraño ese cuerpo tuyo sobre el mío…
Él dio un paso atrás, y enseguida miró hacia Anna.
Esta ya venía hacia ellos muy cabreada.
—¡Roxanne, qué placer volverte a ver! —Radojka dio un par de zancadas aceleradas para bloquear cualquier intento escandaloso que ocasionara la sirvienta; le había lanzado una mirada de advertencia: «Haznos pasar vergüenza, y me encargo de que tus padres la pasen mal por ti».
Sus ojos se movían de ellos hacia la, dizque «beta»; sus cejas se arqueaban, sus labios se tensaban; en conjunto, las expresiones de la progenitora de Jevrem no necesitaban traducción, sabían expresar lo que por su cabeza maquinaba.
—¡Mi querida suegra! De veras me alegra que este evento nos reúna de nuevo, es como retomar lo que dejamos pendiente…
—¿Retomar qué cosa pendiente? —Anna inquirió a la ex de Jevrem, pero esta la ignoró.
—Aún conservo el anillo. Mira…
—¡Oh, pero qué maravilla, eso indica que ustedes dos…!
—¡Anna! —Jevrem intentó seguirla, pero Damir lo tomó del brazo.
—Ni se te ocurra montar una escenita tonta. Déjala que se largue a su dormitorio.
Se zafó con rudeza.
Miró a Roxanne.
—No hay compromiso, porque lo rompí, ¿recuerdas? No te amo, no me interesa crear alianzas ni nada contigo o tu familia. El anillo te lo puedes quedar; véndelo si te place, pero carece de obligación hacia ti.
Teodor optó por ir a mear, o con él pagarían sus rabietas.
—¡Jevrem!
Al joven le valió un carajo que dejase a más de uno con el saludo en la boca o aguardando turno para saludarlo. Se marchó, detrás de Anna, preocupado por alcanzarla; enseguida la agarró del brazo y la detuvo, faltando poco por cruzar las puertas dobles del salón.
—Ven…
—No.
—Ven, Anna. Confía en mí. —La llevó hasta el centro de la pista de baile. Lanzó una mirada hacia su tío, quien enseguida comprendió, pues él ya estaba enterado de lo que haría su sobrino.
Con un movimiento de manos, la orquesta cesó su música instrumental.
Los invitados dejaron de danzar, notando que el Retornado requería atención.
—¿Qué va a hacer este muchacho?, ¡¿acaso…?!
Everet atravesó con la mirada a Damir.
«Quieto o te saco de las greñas», parecía expresarle como advertencia.
—Había planeado hacer la propuesta, para el amanecer, pero la ansiedad me está ganando.
—Y la preocupación de que alguna vil mentira lo separase de su amada.
Los invitados rieron. Los progenitores del Retornado, no.
Los reyes sonrientes—. Anna…, te debo la vida y te debo cada lágrima que has derramado de manera injusta.
Porque, la que menos debió haber sido señalada por mi «muerte», fuiste tú.
Seguiré los pasos que des en adelante hacia tu grandeza profesional, beberé cada una de tus lágrimas derramadas por mi culpa, besaré tus labios sellados en la pasividad de la noche; te amaré hasta en mis sueños, porque nadie más existe para mí, para amar.
»Si el fuego, de los que te culparon, arrasó las metas tuyas y las de tu familia, erigiré otras propiedades más grandes y maravillosas para que sean su nuevo hogar. Volví por ti, porque en el más allá no fui capaz de estar en la eternidad sin tu amor.
»Mi hada hermosa… —Hincó una rodilla en el piso marmolado del salón y enseguida el jadeo sorprendido de los invitados fue general—. ¿Será posible que yo pueda formar parte de tu futuro como tu esposo?
—¡¿Qué?!
—Sí, ¡siempre!
El clamor de los que atestiguaron la propuesta de matrimonio, ahogó las protestas de Damir y Radojka, que gritaban que no era posible dicha unión.
Nadie reparaba en ellos, sabedores de su elitismo y egocentrismo; en cambio, la pedida de mano a la alasqueña fue tomada de buena gana por los demás.
Los Morris, sollozaron, abrazados por las Buenas Nuevas.
Everett rio jocoso, Isabel se enjugó las lágrimas, las princesitas saltaban de felicidad, «¡hurra, hurra, hurra!
¡Jevrem y Anna se van a casar!». Y a lo que una ola de aplausos de los invitados le fue seguida al de la reina María Isabel, que estaba feliz por su amiga.
—¡Brindemos por Anna y Jevrem, que pronto aquí celebremos la boda! ¡¡Salud!! —Everett elevó la copa de champaña, y todos los que sostenían una copa del espumoso líquido dorado celebraron a viva voz por el venidero enlace.
La hija, de Rudolf y Deborah Chandler, se quitó la sortija de su dedo y la arrojó al piso.
¿Para qué mierdas lo conservaba si carecía de validez?
No sería como esa Abby Rose, que fue humillada frente a todos, por la reina que, por aquel entonces era una recién conversa.
Albergó la esperanza, alimentada por sus suegros, pero debió aceptar que Jevrem ya no la amaba desde hacía tiempo.
Damir estiró sus labios en una sonrisa acartonada, pues las decenas de pares de ojos se enfocaron en él, a ver qué iba a expresar el Alfa Regional de Alaska, cuyo hijo había regresado de la muerte, y ya tenía planes de boda con otra hembra y no la que todos habían conocido en un evento parecido a este, hacía unos meses.
Un enlace interesante para algunos románticos, pero infructuoso para otros, puesto que la familia de la pretendida no representaba ninguna ventaja política o económica.
Como buen actor, abrazó a su hijo y a Anna Morris, de la que esta se mantuvo tensa, por lo que este la fuese a atacar.
Nada le expresó, las palabras se le atoraron en la garganta y se convirtieron en veneno; arrepentido de no haberla liquidado cuando tuvo la oportunidad.
Ahí, frente a todos, tendría que limitarse a comportarse como un padre emotivo.
Pidió a los invitados a que vitorearan en favor de la pareja, para que estos desfijaran su atención sobre él y la dirigieran en los protagonistas de la noche y en Radojka que resultó ser tan buena actriz como él.
La única que no dio su brazo a torcer se mantuvo de piedra.
Grubana le reprochaba con la mirada a Damir, por no cuestionar el futuro enlace.
¡¿Una sirvienta?! Perdieron el estatus desde que Stanislav se casó con su tercera esposa: la insípida Winona Rogers.
Y fue empeorando las uniones maritales cuando el bruto de Everett preñó a una humana de comunidades marginales.
Y ahora Jevrem y esa omega de mala calaña…
Sus ojos enojados parecían expresar silentes, «¡no lo acepto!
»; se apoyaba en su bastón, como si fuese una emperatriz que desaprueba las decisiones de sus súbditos.
Sin embargo, contenía su opinión, para sí misma, aún no las escupiría a su nieto y a esa asquerosa sirvienta ambiciosa, que supo jugar muy bien sus cartas, mil veces mejor que la verdadera prometida de Jevrem.
Tan pronto, se largasen los invitados, ella tomaría de las orejas a Damir, y le exigiría que anulase el compromiso de Jevrem.
Él aún está afectado por «el naufragio».
Es la excusa más apropiada para difundir a los demás, porque los Brankovic eran de sangre noble.
¡Eran realeza! Tenían que mezclarse con otros del mismo linaje; tal vez con una de sus primas… En unos años serían unas señoritas.