El Despertar del Lobo Capítulo 64
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Capítulo 64

El baile…

Jevrem suspiró cansino en el dormitorio de huéspedes de la segunda planta.

Exactamente la suite que había ocupado el doctor Pavlovic y las enfermeras durante el embarazo de Anna.

A cada minuto él se enteraba de un nuevo hecho.

No lo animaba a tener que saludar a un batallón de invitados, que solo vendrían a curiosear y criticar; le habría bastado una buena comida, como bienvenida de nuevo al clan, pero al observar a Isabel y a las princesitas, tan ilusionadas de celebrar a lo grande, que no se atrevió a negarse.

Por Isabel, Jevrem ahora podría estar en paz con sus propios pensamientos, pues, si ella hubiese impedido que su primo Erik custodiara a Anna, a estas alturas, su cuerpo y su mente le habrían pertenecido a Noé Bummer.

Le debía la vida a mucha gente.

Y eso lo hizo sentir apreciado.

Consultó la hora en su reloj de pulsera, ya ataviado en el esmoquin traído desde Anchorage, donde sus padres tenían todas sus pertenencias guardadas; se lo enviaron con Milenko, el mayordomo de la casa de los Hamptons; a raíz de los levantamientos en la Gran Manzana, el personal de la casa fue evacuado y repartido posteriormente entre la familia.

Doris y Amelia se resignaron a trabajar durante un tiempo con los infames tíos abuelos, Slobodan y Emir, respectivamente.

Al ama de llaves –Blanka– le tocó soportar al otro hermano sobreviviente de su abuelo Stanislav: Teodor.

El resto se trasladó a la villa, mientras que el gruñón mayordomo fue enviado a Anchorage, con su señor padre, el gobernador de Alaska.

Aún era temprana la noche, los invitados comenzarían a llegar para después de las diez de la noche.

Jevrem aprovecharía en pasar a saludar a los Morris, no había tenido ocasión de disculparse con ellos, porque estaba en constante cacería y ejercitación, del que después llegaba a arrojarse a la cama y dormir largas horas.

Ha sido desatento por su parte, el no saludarlos, teniéndolos tan cerca. No tenía excusa, pero si daba un paso hacia esa suite… vería el rostro del maldito que los jodió a todos.

Desde que llegaron a Montana, Anna ha estado distante; no enojada, pero se percibía su inquietud, y Jevrem sabía del porqué.

Una semana era mucho tiempo para mantenerse apartado de sus suegros y del crío de Anna.

—Qué difícil es esto… —Debió enfrentar la situación desde el primer día de su llegada, pero lo postergó hasta que ya era inevitable.

Abandonó la suite y cruzó el pasillo, tomándole apenas una zancada. Tocó a la puerta del frente.

Hombros cuadrados.

Cabeza en alto.

Corazón acelerado…

—¡Jo…! Se-señor Jevrem… —George Morris abrió la puerta en cuanto los nudillos trémulos del joven alfa sonaron en la hoja de madera—.

¡Qué alegría volverlo a ver! Por fin lo vemos, nos honra su presencia.

—Se reverenció y Jevrem lo irguió en el acto.

Él no era nada—. ¡Pase! ¡Pase, por favor!

Anna aún se está arreglando, está… —carraspeó—.

En unos minutos sale de su dormitorio. —Él también estaba listo en su traje confeccionado a la medida, por el sastre que prestaba sus servicios al Soberano.

Jevrem no quiso molestar a su tío, con esas nimiedades ni generarle más gastos, ya mucho que molestaba allí sin hacer nada—.

¿Desea sentarse? —Lo invitó a acomodarse en los sillones de la sala, pero Jevrem estaba tan nervioso que se negó con una sonrisa tímida.

—Señor Morris, me disculpo por no haberlo saludado antes —le expresó mientras la señora Emilia emergía del otro dormitorio, ataviada en un sobrio vestido naranja—.

He estado… —A ver qué mentira él, les decía, del que ellos no se diesen cuenta—.

Eh…, lo siento. —Fue todo lo que les dijo, pues no pudo verles la cara de idiotas. Merecían respeto.

La señora Emilia lo abrazó cariñosa.

—No se disculpe, cuesta tomar de nuevo el ritmo… Estuvimos impacientes por saludarlo, pero esperamos a que dieses el primer paso. ¿Cómo has estado?

—Sanando. —Las cicatrices ya no le dolían, apenas una línea visible en sus muslos.

Ella le dio otro abrazo fraterno y luego lo soltó, manteniendo su sonrisa afable por el maltrecho alfa, que hacía mucho dejó de ser un lobato.

—Cada noche estás en nuestras plegarias —le comentó y George asintió ante ese hecho.

—Se los agradezco —les sonrió, conmovido—. Aunque lamento todo lo que ustedes pasaron… Anna me contó. Responderé por las pérdidas materiales; si desean volver a Kenai y comenzar de nuevo…, haré que los arquitectos se pongan en marcha. O si prefieren vivir en las sel…

—¡No, joven amo! Por favor, no se preocupe por nosotros… —George, lo interrumpió, apenado—. No gaste ni un centavo. ¿Qué culpa tuvo usted de lo que aquellos salvajes hicieron con nuestras propiedades? Estaban enojados por «su muerte», creyeron que nosotros lo propiciamos.

Aun así, él quería hacerse cargo.

—Pero respondo por la falta de protección de mis padres —estos los echaron a su suerte—, debieron controlar las hordas, no dejar que quisieran quemarlos vivos.

»Pagaré por las pérdidas materiales y me encargaré de limpiar sus nombres frente a las manadas.

Soportaron una furia mal dirigida, son personas buenas que me permitieron amar a la mejor hembra que he conocido en la vida; les debo su amor y mi alegría.

Sin Anna… —la aludida llevaba asomada en el umbral de su dormitorio desde el momento en que él le replicó esto último a los Morris.

Los ojos negros de la joven estaban como pozos a punto de inundarse, emocionada por las palabras cargadas de solemnidad de Jevrem.

Él enmudeció al verla.

Oh, Santo Licaón…

¿Cómo no amar a esa hembra?

Anna aún tenía la facilidad de robarle el aliento.

Lucía tan hermosa como si fuese una princesa hospedada de un país lejano; el vestido rosa pálido, que caía en capas delicadas le confería un aura angelical y magistral por su diseño simple.

A Anna, por lo general, le gustaban las prendas sin mucho adorno, para ella pasar desapercibida, pero lo que ocasionaba dicho vestido de gala era el efecto contrario, su piel nívea y tersa como la porcelana aumentaba su deseo de acariciar cada tramo de su cuerpo.

Cruzó la estancia hacia ella, y tuvo que reprimir el fuego en su entrepierna y en sus labios que pugnaban por besarla. Más bien, le besó el dorso de ambas manos, sin apartar sus ojos de los de ella, él tenía una promesa de amarla para toda la vida.

—¿Qué? —Anna sonrió, ruborizada, él parecía hipnotizado.

—Estoy esperando a que se desplieguen tus alas, mi hada.

Ella rio, y sus pestañas enmascaradas y más largas de lo normal se abanicaron coquetas. Parecían expresarle, «tal vez más tarde en tu dormitorio».

—¿Bajamos?, ya va siendo hora… —George, como siempre, aupando a los más jóvenes para llegar puntuales a donde se les convocaba. En este caso, el baile en honor al Sobrino del Soberano, o como muchos lo expresan: El Baile del Retornado.

—Un minuto, papá. Déjame darle unas indicaciones a Orfelia, y luego bajamos —Anna le replicó mientras se devolvía a su dormitorio. Se detuvo de repente consciente de Jevrem, y, por un segundo la aprensión la embargó.

—¿Puedo darle el beso de las buenas noches? Me gustaría que mi tocayo comience a reconocerme como su… —carraspeó—, como su padrastro. ¿O aún no es prudente?

Anna explayó una gran sonrisa.

—Es el momento justo —dijo—. Ven… —Lo llevó hasta la cuna. Allí posó sus manos por el traje de Jevrem, lo abrazó y luego sopló, del cual él joven alfa asumía que era para dejar un rastro de olor de ella misma en él, y así garantizar que el lobezno lo aceptara.

Jevrem cuidó de sus propios pensamientos y procuró que sus gestos no fuesen evidentes para la madre y la nodriza, que se hallaba cambiando el pañal del crío.

—Sé que ya lo conoces, pero me parece que no hemos formalizado la presentación.

Este es… —Alzó a su lobezno tan pronto estuvo con su mameluco acomodado— mi precioso Jevrem Anthony Morris.

Hijo de Anna Morris. Nieto de George y Emilia Morris.

Nacido bajo concepción… voluntaria con… Tú sabes con quién…

—Ni hacía falta mencionar al cucaracho—.

Desde que nació ha sido y ¡es! mi motivo para avanzar cada día; fue el que me ancló a la vida cuando tú ya no estabas.

Y ahora que estás, te lo entrego como parte de mi alma.

Quiero que seas su padre, su guía y protector.

¿Aceptas ese pedido? Y a cambio te entrego mi corazón.

Jevrem recibió al lobezno. Tragó saliva y procuró calmar su mortificación; era solo un lobezno de apenas unos meses, y vaya que le hacía temblar las piernas. Que sus aprensiones no lo traicionaran.

Acunó a Jevremcito entre sus brazos y le sonrió. Su cuerpecito emanaba mucho calor; se removió en sus brazos, abrió los ojitos, tal vez extrañado del aroma corporal que percibía. No lloró. Lo olió y luego bostezó con esa tranquilidad y pereza…, del que el macho adulto sonrió como un tonto.

—Aceptó —Jevrem alzó los ojos hacia Anna, y, en su expresión se leía las emociones que le despertaba el lobezno.

Lo conmovía. Ni con los hijos de Isabel y su tío Everett, ni los de sus propias hermanas y algunos primos menores a él, Jevrem se sintió profundamente conectado.

Lo vio, lo recibió y lo aceptó. En adelante Jevremcito sería su hijo.