El Despertar del Lobo Capítulo 63
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Capítulo 63

Anna lo vio venir por el jardín de los laberintos. Había estado pendiente de este, para expresarle mediante señas de encontrarse, allá abajo o dar un «paseo» fuera de la villa.

Sin embargo, la impactó verlo tan abatido, caminando como zombi; con la mirada perdida, lloroso y bañado en sangre.

Pensó en toda una serie de situaciones nefastas, de lo que le habría pasado en las Rocosas, donde se suponía, la pasaría bien con los muchachos. ¿Qué pasó para que retornara de esa manera? ¿Acaso esa entidad que lo poseyó seguía invadiendo su alma?

Le hizo señas, de esperarla allí, para hablar, pero él no se dio cuenta y rodeó el ala este para dirigirse al otro extremo de la villa; al parecer, treparía a su propio balcón para evitar atravesar áreas comunes de la residencia.

—¡Mamá! —llamó a Emilia, que en ese instante se preparaba a tomar una ducha.

Salió del baño, envuelta en albornoz y con la mirada interrogante, siempre atenta a lo que su hija necesitara—.

Disculpa que te lo pida de nuevo: cuida de Jevremcito, un ratito.

¡No tardo! Dame cinco minutos, ¿sí? —Debido a que la progenitora pareció preocuparse, agregó—: Quiero saludar a Jevrem. Cinco minutos, y vuelvo.

Emilia puso los ojos en blanco.

«Cinco minutos», claro… Suponía ella se tomaría más tiempo.

—Si tardas, me avisas —que era lo más probable—. ¿Jevremcito ya comió?

—¡Sí! —Anna, exclamó, apurándose por abandonar la suite.

Ni siquiera se había arreglado el cabello o cambiado de ropas.

De hecho, ni siquiera se había calzado sus zapatos planos—.

Hay un tetero listo en la cómoda —le indicó—, por si a él se le antoja.

¡Y está cambiado! —Y cerró la puerta tras de sí.

Enseguida se dirigió hacia la suite de Jevrem, nunca él permanecía bajo llave, para facilitarle a ella, el de entrar sin contratiempos.

No lo por la sala, sino que tuvo que seguir las huellas sangrantes que se dirigían al baño. Y, hacia allá se dirigió, aprensiva de a quién en realidad se encontraría.

Del umbral de la puerta no se movió, observando a Jevrem ducharse con abundante jabón; se restregaba enérgico el cuerpo y el cuero cabelludo, dándole a Anna unos flashbacks de la vez en que ella se duchó de esa manera.

—¿Jevrem? —Su corazón se encogió por la angustia de que reaccionara violento, pero él le daba la espalda mientras vertía otra capa jabonosa sobre su pecho; la sangre pegoteada en su piel se escurría por el desagüe; Jevrem no lloraba ni tenía los hombros tensos, a pesar de la ruda meticulosidad con la que se aseaba.

Anna sopesaba en avisar al Soberano en cuanto notase algún comportamiento, expresión o le dijera algo extraño que no correspondiera a su novio. Pero abandonó la idea; él la miró por sobre su hombro y le sonrió.

No fue una sonrisa maquiavélica ni falsa, era la muestra de una paz que, poco a poco, estaba recuperando en su fuero interno. Lo que lo afectó, ya no le dolía tanto.

—¿Buena cacería? —esperaba que le explicara lo que motivó que él no se haya preocupado de asearse en la zona acuartelada.

—El uapití más grande lo atrapó Zafira —contestó sin enojo, dando por segunda vez una restregada con champú a su cabello negro. Era como si quisiera quitarse de encima la pestilencia de la sangre del animal que cazó—. Pero yo maté algo mejor.

A Anna se le estrujó el corazón.

—¿Y qué fue?

Siguió duchándose.

No le respondió.

Los talones de Anna se giraron hacia el dormitorio, al no ser capaz de estar bajo el mismo techo que su novio.

Ahí sí hubo una frialdad en el tono de su voz, como si le hubiese complacido acabar con un ser viviente; la entristeció descubrir que esa sombra maligna seguía en su interior, que lo haría cometer los actos más viles y que ella y su lobezno jamás estarían seguros.

—Fue el que faltaba por atrapar: el que planificó violarme en grupo. Armagan Wolaver.

Anna se volvió de golpe hacia Jevrem.

Y, antes de que él se diera cuenta, ella lo apretujaba entre sus brazos.

—Oh, mi Jevrem… ¡Otra vez tuviste que revivir todo eso! Lo siento tanto, lo siento…

Bajo la regadera, aún abierta, él permaneció por un instante estático al ser tomado desprevenido. Y, al comprobar que nada representaba un peligro, relajó sus brazos tensos y correspondió al emotivo abrazo de su amada.

—No llores, Anna, ni lo lamentes. A partir de hoy no volveré a pensar en ellos, porque me dedicaré a ser feliz contigo.

Anna no le preguntó, ¿qué fue lo que hizo?, para haber estado bañado en sangre. La evidencia saltaba a la vista, se enfrentó a un sujeto y lo acabó. Y agradecería a Licaón, de que Jevrem no haya perdido la cordura.

—¡Así debe ser! —reafirmó sus palabras mientras seguía pegada a Jevrem—.

Seremos felices hasta el final de nuestros días.

Veremos crecer a nuestros hijos, a nuestros nietos y bisnietos.

Viviremos donde quieras, en el país o cuidad que quieras; sin dedicarle un segundo de nuestras vidas, en pensar en esos bastardos.

Los dioses te han bendecido por ser un luchador.

—Tú también, mi hada. —Le sonrió afable, cargado del más puro amor—.

Debes tomarte en cuenta por todo lo que has pasado como hembra y como progenitora.

Los dioses quisieron que ambos transitáramos un sendero espinoso y lodoso, que casi nos consume.

Pero al salir de este, nos compensaron con el amor que compartimos.

El tiempo de haber llorado, ha quedado atrás, ahora tenemos muchas décadas por delante para ser feliz.

Jevrem la besó, pero no fue apasionado para evitar excitarse. Allí no tenía planeado hacerla suya.

La tomó de la mano y la llevó hacia el balcón de la sala, por donde él había ingresado hacia un rato.

Antes de saltar al exterior, el pelaje grisáceo cubrió su cuerpo esbelto; sus patas se alargaron, su boca se transformó en fauces de animal carnívoro; sus orejas se volvieron puntiagudas y sus ojos ya no correspondían a los de un bípedo, sino al de un inmenso lobo que la miraba con buen humor.

Anna sonrió y cambió su cuerpo de igual forma a su pareja. Dejaría que él la llevara a donde quisiera, aunque intuía darían un bonito paseo por el valle. Él estaba en ese ánimo y como sabía que ella se cohibiría por sus padres, estarían juntos donde nadie los molestara.

Unos lengüetazos humedecieron el rostro a la joven loba. Anna era la mitad del tamaño de Jevrem-lobo, pero su corazón y espíritu guerrero eran tan grande como la de este.

Saltaron el muro del balcón hacia los laberintos verdes, y corrieron juntos hasta salir de Villa Dorada.

Los guardias se habían dado cuenta y ninguno les cuestionó de hacia dónde se dirigían y con qué propósito.

Luttrell sonrió a Bowman, el Retornado cazaría con su compañera o solo deseaban que sus «aullidos» no fuesen escuchados.

Wyatt estuvo a punto de seguirlos, pero Bowman le prohibió de organizar a los muchachos, pues si aquel no los convocó, era porque no deseaba mirones; más bien, lo cuidarían desde la distancia, vigilarían el paso de alguna manada que se dirigieran por la misma dirección a la pareja, y mantendrían sus oídos atentos por si estos pedían ayuda.

Los dejaron partir, todos ellos observándolos con una sonrisa pícara en los labios. El alfa bien que se ha ganado a esa hembra. Vaya que se amaban.

Al igual que hacía unas horas, en el valle con los muchachos, no hubo competencia entre ellos.

Aunque Anna procuraba no quedar rezagada, para que el tonto de Jevrem no le anduviese tomando el pelo; se daba el lujo de correr en círculos en torno a ella, y corcoveaba como si fuese un caballo que disfrutaba de su plena libertad.

A mitad de camino hacia las montañas, Jevrem fingió su intención de morderle el trasero, al lanzarle dentelladas, de la que Anna encogía la cola entre las patas y le gruñía para que dejara las payasadas.

Lo empujó de costado y él la imitó, aunque teniendo cuidado de no estamparla patas arriba en el suelo a causa de su fuerza, y se ganase su cabreo.

Era más juego que enfrentamiento, pues ni avizoraban a las presas que huían a todo galope de su campo visual.

Los rebaños de los uapitíes ni siquiera se habían calmado del reciente susto, tuvieron que huir de nuevo, porque podrían ser los siguientes en ser devorados por los lobos metamorfos. De los comunes había por ahí muchos.

El ascenso a la montaña apenas requirió unos cuantos saltos, entre peñasco y peñasco, y en menos de cinco minutos ya estaban en la cima.

Jevrem se sentó como un majestuoso alfa, para admirar el panorama y el cielo despejado.

Anna se acomodó a su lado, jadeante por la carrera, pero no estaba agotada como cuando tuvo que participar en el Bidzaa, con un sol abrasador sobre su lomo y un pavimento caliente que parecía no tener fin debajo de sus patas, para luego escalar unas montañas escarpadas que cada vez lucían blancas por la nieve, por su impresionante altura.

En las que ellos ahora reposaban, eran mucho más pequeñas, pero no menos imponentes. Desde esta altura Anna apreciaba el valle y muy al fondo a Villa Dorada; en un marco hermoso entre un cielo despejado de nubes y suelo rojizo que abarcaba su periferia.

Quiso expresarle las gracias a Jevrem, por traerla allí, pero mientras estuviese así, no podía hacerlo. Ya no estaban «conectados», por lo que comenzó a adquirir la silueta de una hembra capaz de mantenerse erguida.

Jevrem también cambió su anatomía, perdiendo cada vez la densa capa de pelos que cubría su abultado cuerpo de lobo; sus cuartos traseros se afinaban, moldeando el muslo y la pantorrilla de un hombre que daba indicios de ir mejorando en su condición física.

Se irguió mucho más alto que Anna, superándola por cabeza y media; exhibiendo ante ella su musculatura y esa inconfundible parte de su ser en la que no requería expresar cómo él se sentía.

—Hermosa vista —Anna le expresó a Jevrem, mientras ella sonreía hacia el paisaje del mediodía. No había sombra que los protegiera de los rayos solares, pero ese día no era tan caluroso, por fortuna.

—No tan hermosa como lo que estoy viendo —dijo él que no apartaba la mirada de Anna, aún sin atreverse a tocarla, porque, si lo hacía, la asaltaba.

Le daba unos minutos para que guardara en su memoria cada detalle del valle y de las Rocosas, y de ellos allí en la cúspide—.

Amo la forma en cómo tu cabello ondea por el viento: ni una hebra desordenada.

Como tus labios se entreabren sutiles como si esperaras un beso.

¿Acaso apeteces uno, mi adorada reina de las hadas?

—Inclinó el rostro, para rozar sus labios con los de Anna.

Esta elevó un poco el mentón hacia él y esperó a que la besara.

Pero la giró de cara a ese paisaje recio que yacía a sus pies.

Él se mantuvo a su espalda.

—Ninguna de estas montañas son tan firmes como tus senos…

—Con ambas manos las tocó como si fuesen dos sabrosas manzanas—.

Ninguno bosque selvático o boreal se compara al monte de venus que crece entre tus piernas.

—Anna gimió. El valle frente a sus ojos.

Jevrem pegado a su trasero, ansiando penetrarla—.

Tu belleza es magnífica y tus gemidos… —Sus dedos viajaron hacia el centro de su pareja y le acarició el clítoris.

Anna apretó las piernas.

—Jevrem… —Ni era capaz de ofrecer resistencia o de fijarse si los espiaban; solo disfrutaba de la delicia de ser masturbada por su macho.

—Podrá llover, caer meteoritos, moverse la tierra; lo que sea, y yo de ti jamás me apartaría.

—Extrajo sus dedos impregnados por la humedad de su pareja, y la hizo girar de nuevo hacia él—.

Podría pasar hambre, sed…, que de ti solo me alimentaría.

—Ahí tomó el muslo de Anna y la elevó a la altura de su cadera; ella apenas de puntillas—.

Y para eso tendría que... —En un empuje entró una cuarta parte de su envergadura, mientras sostenía a su amante para evitar que se cayera.

Anna gimió. Lo harían de pie, con el abismo de un lado y del otro—… estar dentro de ti. Así me cargaría.

—Más bien, «descargarías» —lo corrigió, ahogada por la respiración pesada.

La otra pierna de Anna, alrededor de la cadera de Jevrem. Ya ella dependía de la voluntad de su pareja, estaba en sus brazos, a su merced. Si quería follarla de pie, podía hacerlo. Así como también acostada en la rugosidad del suelo pedregoso de la cima de la montaña.

—¿Es malo descargar?

—No. —Le sonrió, socarrona—. Es bueno si ambos estamos de acuerdo en ello. Aunque… —meditó en un hecho y del que Jevrem también se dio cuenta—. Ya lo has hecho muchas veces durante estos días.

—Un poco más no hace daño.

Solo embaraza.

Anna no lo comentó para no incomodarlo, pues ella no ha logrado embarazarse de él. Y esto la obligó a pensar de si Jevrem era estéril.

—No, no lo hace…

La piel desnuda de ambos cuerpos sudaba por los rayos solares que se reflejaban en ellos.

El jadeo era unísono; Anna y Jevrem pegados hasta la médula, como una nueva criatura de dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas, salidos de algún mundo alterno.

La follaba a la vista de los rebaños en la lejanía, de las águilas que sobrevolaban sus cabezas, de las liebres protegidas en sus madrigueras, de los lobos comunes que descansaban en las alturas, de los dioses fisgones en el cielo, de los demonios en el infierno y de los mortales en a tierra.

Él les demostraba a todos de que Anna era suya.