El Despertar del Lobo Capítulo 62
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Capítulo 62

Tras enfundarse en los vaqueros, en la zona acuartelada, Jevrem fue notificado por Tyson, de ir a las mazmorras. No le explicó el motivo, pero era importante que allá se presentara.

—¿Qué pasa, Erik, te sientes intimidado? —le inquirió a su primo, que se mantuvo pendiente del guardia real. Al parecer, mientras él se lavó la sangre en uno de los baños, fue con la queja a su padre, por él, haberlo enfrentado.

—Ignoro por qué coños te llaman, y no me intimidas. ¿Te lo demuestro? —Sus ojos cambiaron de color y sus garras se alargaban.

Jevrem gruñó.

—Reserven el enojo en los entrenamientos —Luis Gilberto apareció por esa área, desviándose de manera oportuna del trayecto a su despacho—.

De momento, atiendan a sus llamados. Usted, mi señor, el Soberano lo espera en las mazmorras.

Y usted, joven amo, necesito preguntarle sobre la señorita Washington.

Jevrem intercambió una mirada hosca con Erik; si lo solicitaban a esa zona para ser castigado, por Erik irse de quejica, le partiría los dientes.

A pasos, que para nada reflejaba intimidación, se marchó hacia los sótanos del cuartel, seguido por Tyson, Bowman y Emmett que cuidaban del Retornado. Ellos abogarían por él, en el caso de que sufriese algún castigo por haber pretendido liderar una manada que no le correspondía en terreno ajeno.

Tyson abrió la puerta maciza que da acceso a las mazmorras, y lo invitó a que ingresara.

—Deberá entrar solo —le indicó—. Nosotros aguardamos afuera.

—¿Y eso por qué? —Jevrem cuestionó mientras paseaba la vista por el grupo de hombres apostados cerca; estos eran los que solían resguardar al Soberano.

—Órdenes de mi Señor Everett. Diríjase hasta las últimas celdas. Allá el amo lo espera.

Emmett y Bowman se inquietaron, ¿acaso pretendían flagelarlo por culpa de Erik? Será maldito…

A pesar de lo extraño de la situación y de que Jevrem lucía preocupado, porque no sabía qué esperar al respecto, sus hombres acataron las órdenes, y él siguió la ruta indicada por Tyson.

Las mazmorras era el lugar en el que ni los carceleros deseaban estar. La hediondez se percibía tan pronto cruzó la puerta hacia el interior y descendió los escalones hasta el fondo, donde un vestíbulo de piedra y luces alógenas lo recibieron con frialdad.

Los primeros carceleros señalaron por donde debía continuar, pues el pasillo principal se bifurcaba en una longitud de un kilómetro de profundidad.

A cada paso que daba, estudiaba el entorno y se cuidaba de los carceleros armados que vigilaban a los reos contenidos.

Le sorprendió que no había muchos, y, los que había allí, olfateaban por el bordillo de la puerta, percibiendo su aroma, tal vez para identificar si venían por ellos para seguir torturándolos o liberarlos.

Avanzó hacia el fondo del pasillo: celdas a su izquierda y derecha; suelo de baldosas, paredes de piedra; cámaras de seguridad elevadas, filmando su recorrido.

Al llegar al punto, no había guardias que velaran por el rey; más bien, dos aromas masculinos se percibían, provenientes de una de las celdas a su derecha, cuya puerta de acero estaba abierta.

Jevrem se detuvo justo en el umbral, topándose primero con la espalda de su tío Everett, cuyos nudillos los tenía enrojecidos y sus hombros tensos y jadeantes, por una respiración pesada.

Este se volvió hacia su sobrino.

Y, al hacerlo, se alcanzó a divisar a un sujeto que yacía aovillado en el piso, formando un escudo con su propio brazo, como para protegerse de los golpes y zarpazos que debió haber recibido hacía unos minutos de su tío.

La impresión que tuvo Jevrem, al observar al sujeto, casi lo impulsa a correr lejos de allí.

Ese maldito…

Ese maldito desgraciado fue uno de los que lo drogaron para violarlo.

—¡HIJO DE PUTA! —Enloqueció por la rabia que lo atenazó de súbito; en su mente pasaban las imágenes que por años ha tratado de borrar de su memoria.

Se lanzó contra el coronel Wolaver, para arrancarle las extremidades; este trataba de protegerse, herido por los golpes anteriores y de los que Jevrem habría deseado haber sido él, el que los causara.

Dos fuertes brazos lo rodearon y lo alejaron del prisionero, Jevrem forcejeaba para que Everett lo soltara.

Tenía que matarlo, alguien tan repulsivo como Armagan Wolaver no podía estar vivo, destruiría vidas para su propio placer.

Fue idea de él, de atraerlo al fortín en Canadá, y allá entre Vladan, Kroz, este y otros –del que Jevrem ya se las cobró– lo humillaron de la peor forma.

—¡Suélteme, ¿para qué coños me hiciste bajar?, si no es para matar a este maldito!

—Porque aún no revela nombres, y solo tú eres capaz de «ver» lo que él oculta.

Jevrem… ¡Contrólate! —lo sacudía sin soltarlo de su fuerte agarre.

El joven lloraba y temblaba, en la furia enloquecedora, burbujeando su sangre y su piel, e iniciando el cambio para ser una bestia aterradora—. ¡Contrólate, te necesito!

Las dentelladas de Jevrem no lograban alcanzar al coronel, quien, desnudo trataba de proteger sus partes íntimas, regeneradas por quinta vez.

Había perdido el sentido del tiempo, tenía muchos días encerrado, sin agua, sin comida, y recibiendo a cada tanto una sesión de golpes hasta que no fuese capaz de contener los secretos que trataba de no revelar.

—Necesito que entres en su mente.

—¡No haré eso! —De ninguna manera quería ver nada de ese malnacido, prefería arrancarse primero los ojos.

—Sé que es mucho lo que te estoy pidiendo, Jevrem, y si hubiese otra forma, la buscaría.

Pero solo cuento con tus habilidades. —Everett no confiaba en Radojka ni en Ava Milojevic—.

Intenta averiguar quiénes le ayudaron a secuestrar a los alfas y pactar con los vampiros.

Trata de ver sus rostros, escucha sus nombres.

Jevrem se soltó con rudeza del agarre de su tío y luego le dio una patada en el estómago, al coronel, quien aún no se percataba del alasqueño.

—No veo el pasado, solo el presente de la persona a la que estoy leyendo. Y ese maldito ya está ahí… —Otra patada que le hizo toser adolorido al militar.

Este, al alzar la mirada hacia Jevrem, se sorprendió. Ahí comprendió que sufriría una muerte horrorosa.

—Muchacho…, ¿por qué me golpeas, cuando fui yo el que te dio mucho querer?

—¡HIJO DE PUTA!

—¡¡Jevrem!! —Everett le dio un empujón que lo mandó a la pared contraria de la celda; si no lo detenía, le arrancaba al militar la cabeza—. Primero, busca la verdad, luego haz con él lo que quieras. ¡Pero necesito nombres! Haz esto por el reino, Jevrem, y no volveré a molestarte jamás.

Era cruel pedírselo, pero solo su sobrino podía acceder a los recovecos de la mente del coronel, a quien no le importaba que lo mataran; temía más a sus cómplices que a sus captores.

El muro se tiñó de sangre, con los puñetazos que Jevrem descargaba para mitigar su frustración. Si tocaba a ese bastardo, sería para destrozarlo, no para establecer contacto extrasensorial.

—Después de esto, lo mato.

—Te doy mi palabra que la venganza es tuya.

De manera tosca se limpió las lágrimas con el dorso de sus manos ensangrentadas, y se acercó para acuclillarse a la altura del militar.

Este fue sentado contra su voluntad por Everett; las cadenas tensas para inmovilizarlo.

Le sonrió al alfa, había perdido algunos dientes por los puñetazos recibidos; sangraba por la nariz, y tenía una herida sesgada en el pómulo izquierdo. Su cara hinchada y amoratada.

Pero su sonrisa morbosa seguía crispando de los nervios a Jevrem.

—Un poco delgado, pero sigues siendo guapo. ¡Argh! —Jevrem le dio un golpe de revés.

Más sangre brotando de los labios del coronel.

Las manos calientes de Jevrem, agarraron rudo a ambos lados del rostro del militar, y su atención se posó sin pestañear sobre el que fue hacía un tiempo su violador.

«Ver» su presente era una redundancia para un clarividente, pues se vería así mismo, en la posición del prisionero, metido en sus pensamientos enfermos que le producían arcadas y ganas de matar.

Armagan concentraba adrede sus recuerdos de aquella vez, en que le bajaron los calzones al sobrino del Soberano, y se turnaron para hacerlo chillar, mientras le daban por el culo; hicieron una gran fiesta esa noche en la que lo compartieron hasta el hartazgo; él fue el que más le chupó las bolas al joven y lo besó como un enamorado de su cuerpo y de su juventud.

Jevrem ni era capaz de mover sus brazos o de dar un puñetazo, suplicaba para que lo soltaran, pero nadie quería liberar a ese hermoso alasqueño, cuya virilidad la codiciaban sus nuevos amos; no se excitaba, pero ellos igual se descargarían en él hasta que comprendiera que debía ceder.

Quiso llevárselo a su fortificación, pero Vladan le comentó que no era conveniente. Jevrem no hablaría, sería cuestionado, porque él al final tuvo que hacer lo que debía hacer para liberarse. Tenían cómo demostrar que era uno de ellos.

—¡Argghh! —gritó adolorido.

—No dejes que juegue contigo, Jevrem —Everett intuía lo que su sobrino debía estar viviendo—. ¡Atraviesa esa barrera!

Acceder a los pensamientos resguardado del prisionero, fue como derribar muros de piedra antigua; cada vez que atravesaba uno, Jevrem quedaba más adolorido; le ponía obstáculos que odiaba confrontar.

Aun así, logró llegar a la médula de su ser, y, desde allí, comenzó a preguntar a la conciencia presente de este.

«¿Quién es el cabecilla de los insurgentes?».

—Esos labios tuyos aún son tentadores, recibieron bien mi verga… —le comentó al otrora alfa de Kenai y Denali, tratando en lo posible de que la última puerta de su mente no fuese abierta. No temía morir, pero a su familia la exterminarían si revelaba nombres.

La cuestión con la clarividencia, era que no solo se trataba de posarse en el cuerpo del «leído» y ser los ojos de este, para obtener su información confidencial y sus actuaciones en el instante en que el clarividente se hallaba en otra ciudad, como una entidad que desea apoderar un cuerpo para habitar, lograría ver rostros y escuchar a los sujetos con los que el «poseído» se relacionaba.

Las orejas del prisionero, sangraban, por el agarre de Jevrem, evitando que sacudiera la cabeza; lo había inmovilizado con sus manos, cuyas garras se enterraban hasta en su cráneo. «Dame tus pensamientos, le ordenaba, quiero saber lo que ocultas».

¡Ay, que le van a quedar bien estiradas!

Armagan apretaba los dientes y los párpados, ante el dolor que le ocasionaba el-que-volvió-de-la-muerte; a cada minuto que pasaba, allí postrado y dominado, le costaba comentarle de cómo él empujó fuerte en su trasero, por ser Jevrem tan apretado; se corrió tres veces, del que Kroz Benoit se lo arrebató, molesto porque lo había acaparado.

No obstante, su lengua asquerosa, de la que solía expresar las más viles hazañas abusivas, permanecía seca e inmóvil, como si estuviese entumecida por haber ingerido algún sedante o toxina. El alasqueño le quitó a Armagan la facultad de hablar. Sudaba frío y temblaba como si se fuese a desmayar.

«¿Con quién te reportabas? Dame un rostro y una voz».

Armagan lloraba aterrado, no debía. Su familia…

—¡Nada verás de mí!

«Dame un rostro y una voz».

Y Jevrem lo logró.

Vio un rostro.

Escuchó una voz.

Y vio un lugar…

Los pensamientos de Armagan fueron invadidos por Jevrem; el no vio el pasado ni el futuro, pero sí un temor que este revivía constantemente.

También vio a una mujer. Su desnudez, su sonrisa seductora, su cabello rubio.

Y, sin pedir permiso a su Soberano, Jevrem emitió un gruñido feroz.

Con sus propias manos le arrancó la cabeza al coronel.

A Everett no le dio tiempo de detener a su sobrino; la sangre salpicaba las baldosas y las paredes de la celda, ante los desmembramientos de los brazos y las piernas del militar.

Jevrem lo destrozaba con sus garras, abriendo incontables surcos sanguinolentos en el cuerpo despedazado del prisionero.

Los brazos arrancados los volvía a partir en dos a la vez; las piernas separadas de las rodillas y a su vez de los pies.

El pene pisoteado en el suelo hasta ser un manchurrón pegoteado en el piso.

La cabeza de Armagan, convertida en una masa informe por cada aplastamiento con sus pies; el torso fracturado y abierto con las vísceras expuestas a la vista del del rey y del enloquecido sobrino.

Jevrem lloró como un niño apaleado, que creyó no iba a revivir jamás sus amargos recuerdos, pero, por desgracia, tuvo que adentrarse de nuevo en estos por el bien del reino Brankovic.

El rey de los lobos, no lo increpó, fue demasiado para su sobrino, y tal vez la fraternidad que los unía se haya roto por haberle exigido esa labor cruel: enfrentarse a su violador más perverso.

Esperó paciente a que se calmara; mientras tanto, lo dejaría llorar sobre el cadáver despedazado del militar.

Era su victoria personal; tal vez, el definitivo para su empoderamiento.

¿Quién ha atravesado tantos infiernos como él?

¿Quién ha luchado más que Jevrem sobre sí mismo?

¿Quién ha superado tantas desgracias? Este fue su obsequio para él, por su resiliencia, por su fortaleza.

Que se levantara sobre los restos de sus enemigos.

El silencio prevalecía. Los sollozos cargados de rabia y dolor ya no reverberaban por los pasillos solitarios de las mazmorras; lo único que se hacía patente eran los olores nauseabundos; más que todo a la esencia misma de la muerte, esparcida en cada rincón de la celda.

Todo aquel que le hizo daño a Jevrem, ahora estaba muerto. Y él…

Sanando heridas.

Tras secarse las lágrimas, Jevrem se puso en pie.

Se volvió hacia su tío.

Y le dio un nombre.

—Lucio Reinhold.

Se reservaba revelarle el otro nombre que descubrió; con esta, él pronto arreglaría cuentas.