Capítulo 61 #3
—Richard… —Zafira lo instó de alejarse y este ni se movió.
Tyson fue prudente en mantenerse cerca; escuchó el altercado y de inmediato saldó la distancia, interponiéndose entre los dos machos.
Le dio a Richard un buen empujón en las costillas.
«Vamos, idiota, si insistes en joderle la paciencia al otro, después no la cuentas», ni tuvo que invocar su lado bípedo para poder expresárselo en voz alta; el guardia comprendió a la perfección lo que pasaría si continuaba allí, plantado, por la hembra de pelaje oscuro.
—¿Qué pensabas lograr al arrebatarnos la presa: que eres mejor cazadora o que nosotros somos unos idiotas? —Erik inquirió de nuevo a Zafira, luego de que Tyson se llevara a Richard Collins.
—Ninguno de lo que me reclamas —contestó, ella, siendo prudente en no verlo directo a los ojos.
—¡Y QUÉ PENSABAS CONSEGUIR! —la gritó, enojado, a centímetros de su rostro.
—¡El alimento! Era una cacería, ¿no?
—No era tu presa.
—Tampoco tuya.
Zafira tuvo que cerrar los ojos por la dentellada que le lanzó Erik para arrancarle la cara.
Sin embargo, no le desgarró las mejillas ni le arrancó la nariz de un mordisco; los dientes de este, castañearon a milímetros de su oído, como si se hubiese arrepentido de súbito de morderle una oreja.
El control que Erik ejercía sobre sí mismo no hubiese ocurrido si hubiese estado frente a uno de los guardaespaldas.
—El aprecio que te tenemos hace que te desubiques —le espetó—. No eres reina ni matriarca para imponerte entre dos alfas.
—Solo quise que dejaran las disputas.
—¡No es tu problema! Podrás ser beta, Zafira, pero en comparación con los muchachos, te reducirían como si fueses una omega. ¿Te divirtió a que te siguieran?
—No señor, no era mi…
—Entonces, ¿por qué te entrometes tanto? Empujar a Jevrem y correr tras su presa, es una provocación. ¿Querías que te matara?
—No.
—¿O que yo te matara?
—No.
—Eres muy desafiante. A veces no mides el peligro, te lanzas de cabeza y te llevas consigo a los demás. Creí que él te iba a matar.
—Perdón.
Erik se tomó una pausa, para calmar el burbujeo latente en su sangre. El lado bestial le exigía que le diera una paliza, pero el lado humanizado le imploraba mesura. Zafira cometió un error y debería aprender su lugar.
—Te di una oportunidad y…
—¡Por favor, Erik, no me eches de la villa! —lo interrumpió, adivinando de antemano lo que le iba a espetar.
—No es seguro que estés aquí —le replicó—, abusas de nuestra confianza.
—¡No lo haré más!
—¡¡Lo harás!! —No quería alejarla, pero lo estaba considerando—. Me… preocupa que mi primo u otro te arranque la cabeza de un zarpazo, por ser tan desafiante y contestona.
—Lo hice para evitar que ustedes dos se enfrentaran.
—Somos machos, nos dominan nuestros genes. No eres mi niñera, Zafira, ya te lo había reclamado. Y vuelves a avergonzarme frente a los demás. Regresa a la villa.
—Erik…
—Regresa. Lleva al animal hasta la cocina. Y luego te encierras en tu dormitorio, para que medites tus metidas de pata.
—Enciérrame en las mazmorras, si deseas, pero no me expulses de Montana. ¿Qué voy a hacer en los Apalaches? No es allá donde deseo estar, sino aquí a tu lado.
Él sonrió con un sarcasmo que lastimaba.
—¿A mi lado? ¿Tú que no deseas enamorarte? Ni me dejas besarte…
—Te daré todos los besos que quieras, por favor.
Eso sí que lo lastimó. Los besos los negociaba y él no los quería disfrutar de esa forma.
—Regresa a la villa.
—¿Vas a expulsarme? —Él no le respondió. Apartó la mirada de ella.
Zafira no insistió más en que el joven alfa le perdonara su imprudencia; aceptó la orden y se agachó para alinear su cuerpo a uno cuadrúpedo. De un cabezazo levantó el uapití y lo acomodó sobre su lomo, para llevarlo de ese modo hasta la villa.
Se merecía la increpada y el haber sido apartada de la manada, pero no echada de la manera en cómo Erik lo hizo.
En los Apalaches cargaría el estigma de loba rebelde, y de la categoría «omega» no la sacarían.
Para los Brankovic y para cualquiera de los que pernoctan en la villa, la amistad de ella era tóxica.
A cierta distancia de ellos, Jevrem observaba a Erik, con la mirada puesta en la hembra que se alejaba.
Estuvo pendiente de que no la agrediera, pero su primo supo comportarse y jalarle a esta de las orejas.
Mientras tanto, Richard Collins se lamentó de no haber podido defender a su amiga; tuvo que permanecer callado y sumiso, mientras el primogénito del Soberano la increpaba.
Aunque, si lo meditaba, esto lo ponía en ventaja; esa relación terminó antes de echar raíces, por lo que tenía el camino libre hacia ella.
Había alcanzado a escuchar que pretendían mandarla con el clan de Eliezer Buster; y si esto se concretaba, él pediría traslado; ya hacía rato que lo había contemplado.
Él era un macho fuerte, quería ser capaz de doblegar el carácter indómito de esa hembra.
Esperaría a que estuviese en celo para ofrecerse como su pareja. Aceptaría. ¡Claro que aceptaría!