Capítulo 61 #2
—Pues, te equivocas, porque hoy el alfa del grupo va corriendo hacia las Rocosas, mientras tú berreas por un guardia que te cae como una patada.
—No me hables así, Zafira.
—¿Vas a golpearme por cantarte la verdad?
—lo retó mientras Tyson se mantenía atento a la reacción del primogénito del Soberano—.
Aprende a estar en manada, habrá momentos en que deberás movilizarte con sujetos que te desagradan y hasta estar bajo su mando, y un simple «me cae mal» no puede interponerse en cualquier misión.
Erik apretó la mandíbula. Tyson lo miraba con una expresión, «ella tiene razón», y Leonard Ferrer asentía, porque si el otro pretendía que lo respetaran, debía hacer lo mismo.
Los de rango inferior –como Richard Collins– suelen tener mayor capacidad de sobrevivir a un feroz ataque, que este, acostumbrado a dormir en colchón y almohadas de plumas.
En la manada era imperativo que prevaleciera la confianza y el respeto mutuo.
La rivalidad pondría a todos en peligro.
Sin ánimos de llevar la contraria, Erik no escupió ningún hosco comentario, pero obligó a Zafira a mantenerse cerca de él, mientras sus hombres comenzaban a metamorfear sus respectivas anatomías.
Richard sonrió triunfal, pero tuvo que controlar su emoción ante el gruñido de advertencia de Tyson, quien antes de correr sobre sus cuatro patas, señaló al guardia para que se anduviera con cuidado; Erik era aún muy joven, incluso mucho más que todos los que se unieron para cazar.
Le costaba controlar sus impulsos, actuando como si fuese un lobato en pleno descubrimiento de sus hormonas masculinas.
«No le toques las pelotas y él no arrancará las tuyas».
El valle se quedó corto para el grupo que se sumó, todos querían cazar junto al Retornado; vivir la experiencia de verlo recuperarse cada día.
Una nube gigante de polvo se alzaba detrás de ellos, como señal a ojos lejanos del paso de los lobos.
Jevrem se esforzaba por mantener la velocidad de sus piernas, corriendo a la par de Erik y Tyson, quienes lo alcanzaron después de varios kilómetros de recorrido; entre ellos no había competencia ni animosidad, pues en ese instante se dejaban llevar por la emoción de la cacería.
Emmett ansiaba un delicioso puma, y Wyatt de llenarse la panza con un oso negro.
La mitad de la manada protegía al Retornado, y la otra al primogénito del Soberano.
Como un río que se ramifica en varios afluentes, los enormes lobos metamorfos se dividieron para atrapar al rebaño de uapitíes que se esparció en estampida.
Un grupo fue por los que huían en sentido oeste. El otro se apuró a cazar a los que corrían aterrados hacia las montañas, a ver si por allá lograban ponerse a salvo.
Apenas alcanzaron a recorrer unos kilómetros.
Las fauces de los machos se cerraban en los cuellos de los especímenes más grandes, pero dejaban escapar a los jóvenes y las hembras; si atacaban de manera indiscriminada, desbalancearían el número de las especies y causarían una masiva extinción.
Se alimentaban de estos, pero controlando los meses de reproducción y cría.
Entre los cazadores, destacaba una que tenía la habilidad de clavar los colmillos en un animal antes del primer minuto de persecución.
La cacería se le daba excelente a Zafira, no necesitaba a que un compañero atrapase una presa en su lugar, pero como sus ojos debían estar siempre alerta por Erik, dejaba que este se desenvolviera a sus anchas mientras ella lo vigilaba en plena cacería.
A Jevrem ya no le dolían las piernas ni sus cicatrices le recordaban su tragedia; avistó al más grande de esa especie que pastaba por el valle: cornamentas de dieciocho puntas, denso pelaje pardo oscuro alrededor del cuello que lo hace contrastar de los tonos claros predominantes en su cuerpo robusto.
Cuatrocientos o quinientos kilos de puro músculo, hueso y piel.
Un metro cincuenta de alto y dos metros cincuenta de longitud. Una belleza.
Corrió tras este, se lo llevaría a su hada para que ella y su lobezno se alimentaran.
El colibrí no se sumó a la persecución, ahí abandonó a Jevrem y voló de vuelta a los jardines de la villa.
Al saltar sobre su lomo, Jevrem fue repelido en el acto por la bestia.
El uapití era inmenso; no tanto como un alce; en especial, el de Alaska, que son gigantescos, pero lo tomó por sorpresa de que le haya hecho comer tierra, al sacudirlo con facilidad.
Esto lo atontó un instante y enseguida se puso sobre su cuatro patas, y corrió de nuevo hacia su presa.
Sin darse cuenta, Erik también se propuso atrapar al macho alfa del rebaño de uapitíes.
El instinto de posesión emergió del pecho de Jevrem, dando un violento golpe de costado contra el otro que insistía en ser el alfa de la manada. «¡Es mío!», los ojos furiosos de Jevrem parecían expresarle al joven metamorfo, a quien le desagradó que lo empujaran como si fuese un estorbo en la vía.
Le perfiló los colmillos a Jevrem.
Este hizo lo mismo.
«¡¿Me estás desafiando?!», su pelaje gris erizado; su gruñido amenazador. Los dos eran familia, pero durante la cacería y delante de la manada no lo serían.
El problema era que había dos manadas y dos alfas.
Cada parte detrás de su líder.
Hubo un jadeo.
La criatura más débil de los que allí se hallaban airados, se preocupó por lo que le pasaría a Erik.
De enfrentarse, ambos primos, los demás no tendrían reparo de agarrarse a mordiscos en defensa del amo.
Zafira fue asignada por la reina, a pesar de su errores y decepciones causadas, pero amaba al tonto ese de Erik.
¿Cómo haría para evitar que corriera sangre metamorfa?
Rodó los ojos hacia el uapití.
El más grande.
El que, por culpa de este, Erik y Jevrem se median.
De manera intencional empujó a los dos machos alfas, y luego corrió como si una jauría de chacales la persiguieran; cazaría al uapití de buena contextura y lo arrastraría hasta la villa.
Era un riesgo hacerlo, tal vez provocaría que sus compañeros la hiriesen por apoderarse de la presa ajena, pero si esto evitaba que los primos Brankovic se dieran en la jeta, ella arriesgaba su propio cuello.
Escuchó una estampida detrás de ella.
¡La perseguían!
¡Huy en la que se metió! Zafira no tenía que mirar por sobre su lomo para darse cuenta de que la manada no permitiría que una hembra les tomara ventaja.
Aun así, les enseñaría que era más importante el alimento que las ínfulas de intimidar a los rivales.
Las orejas de la loba volaban hacia atrás, al igual que su bonito pelaje negro, por la velocidad en sus patas; ¡la iban a morder!, si sobrevivía, la mandarían a las mazmorras, luego de una fuetera. Pero la adrenalina la idiotizó, ¡se dispuso apoderarse del más grande!
El uapití cayó de cabeza; algunas ramificaciones de su cornamenta se partieron.
Zafira se cuidó de no ser lastimada por esas filosas puntas astilladas.
La bestia quedó patas arriba, un chorro de sangre brotó cuando ella le desgarró el cuello para matarlo, tiñendo con su sangre el suelo pedregoso del valle.
No se alimentó del animal, su intención quedó demostrada.
Y, al levantar la mirada, se halló rodeada por las dos manadas.
El otrora alfa de Kenai y Denali dio un paso amenazante hacia la loba.
Erik también, aunque no para lastimarla; se puso delante de la hembra.
Richard gruñó por lo bajo. Por esa vez se uniría a Erik para someter al otro alfa.
Tyson ladró a Jevrem, para animarlo a cazar otra bestia, pero este se mantenía envarado a Erik. No se iba a marchar, sería bajar la cabeza y reconocer la superioridad del otro; de allí saldría solo un alfa, y el muchacho tendría que aprender su lugar.
Como gesto de sumisión, Zafira empujó con su hocico el cadáver del uapití, a las patas de Jevrem, y se mantuvo reverente, dándole a entender que cazaba para los dos grupos, no para ella misma.
Jevrem no lo aceptó, sino que siguió por su camino, hacia el fondo del valle, por donde se alzaban las Rocosas. No había satisfacción en obtener una presa que no fue cazada por su propia cuenta, él quería dársela a Anna, no a través de terceros. Que el cérvido se la quedara su primo.
En el lugar quedó la mitad de la manada.
Erik reacomodó su estructura ósea bípeda.
—Lárguense todos, menos Zafira —ordenó mientras la aludida erguía también su postura. ¡Caramba, si Jevrem Brankovic no le mordió el culo, lo haría este que lucía cabreado!
Los lobos montaneses se marcharon a donde los alasqueños se habían alejado. Lo sentían por la joven hembra, pero esta se pasó al cazar la bestia que no debía; se había burlado de sus líderes.
Richard permaneció allí.
Aún en su forma lobuna.
—¡¿Por qué hiciste eso?! —Erik cuestionó la actitud de su asistente—.
¿Qué pensabas…?! ¡Y TÚ PORQUÉ NO TE HAS LARGADO CON LOS DEMÁS!
—gritó enérgico a Richard que no tenía intenciones de dejar sola a Zafira—.
¿Quieres que te reviente a los golpes? —No empleaba la hipnosis, esperaba a que lo desafiara para cumplir con su amenaza.