Capítulo 61
Un «tic tic tic» que resonaba en el ventanal despertó a Jevrem.
La primera reacción fue la de estar en alerta, por lo que sea que ocasionaba el ruido proveniente del exterior; aún dormía con un ojo abierto y los sentidos agudizados, sin dejar la costumbre de sentirse vigilado.
Sus pupilas dilatadas enfocaron hacia el ventanal frente a la cama, como si él hubiese escuchado en su cabeza, un reloj despertador ruidoso que lo hizo sentar en el acto. Detrás del panel de vidrio templado se hallaba un colibrí encabronado por el obstáculo en su camino.
Perezoso, Jevrem volvió a posar la cabeza en la almohada.
Su mano extrañando el cuerpo femenino que desde el día anterior no abrazaba; Anna no quería ofender a sus padres, al estar ella en la habitación de un macho, justo al frente de ellos; por lo que, durante los días en el que permanecieran hospedados en la villa, los dos estarían en plan de «amistad».
A menos que se la llevara a las Rocosas y…
Tic tic tic…
De manera incesante, el colibrí tocaba para que lo dejasen entrar al dormitorio o tal vez luchaba contra su propio reflejo, creyendo era otro pajarillo que le impedía seguir adelante.
—Es tu imagen, tonto, fíjate bien —con la voz ronca y aún adormecida, lo increpó mientras él remoloneaba en la cama.
Y, como si le hubiese entendido, el colibrí dejó en paz el ventanal. Pero se escuchaba el sonido de su veloz aleteo.
Sacado del mundo de los sueños, que desde hacía mucho no disfrutaba de un buen descanso, Jevrem volvió a sentarse.
—¡Vete! —Le abanicó las manos, para que se largara; faltaba minutos a que la claridad del día le taladrara los ojos, y él deseaba descansar un poco más—.
¡Vete, déjame dormir los cinco minutos que me quedan!
—En breve, Tyson y los muchachos vendrían con la intención de obligarlo a correr y escalar las montañas, en la terapia impuesta a sus piernas para que se desentumecieran.
El colibrí volaba a la altura de su rostro.
El cristal de por medio…
—Aún no he desayunado. Si te veo, aleteando por ahí, te devoro de un bocado —le espetó mientras se levantaba. Pero el colibrí de hermosos tonos azulados elevó su acelerado vuelo para encarar al metamorfo.
No halló réplica. Jevrem no tenía intención de entablar discusión, pues se había dirigido al baño.
Descargó todo su ser en el inodoro, se lavó las manos, se cepilló los dientes, y, al salir…, el condenado plumífero seguía afuera.
—Hoy comeré tu carne rojiza… —tan distinta a la del pollo, pero quizás tendría buen sabor.
Le resultó divertido que, mientras se ataviaba en un pantalón deportivo, Jevrem era observado por los ojos diminutos de ese ser alado que lo seguía desde el otro lado del ventanal.
No usó otra indumentaria más, se despojaría de esta al transformarse. Así que, descalzo y sin camisa, abandonó la suite.
Y faltó poco para que sus nudillos tocasen a la puerta de los Morris, ubicada del otro lado del pasillo. ¿Ya se habrá levantado Anna o seguirá arropada en la cama?
Suspiró. No debieron dejar Denali…
Aceptando de que no tenía más remedio que poner empeño a los madrugonazos, descendió las escaleras del ala que lo conduciría a los jardines posteriores.
En la medida en que cruzaba los pasillos en dirección a las antiguas caballerizas, la pequeña ave lo seguía.
—¡Eh! —Le dio un manotazo al aire, asumía lo iba a atacar en cuanto saliese a un espacio más despejado, molesto quizás por el «gemelo» que se le enfrentó y que el metamorfo protegió por estar del «lado del dormitorio».
A lo mejor pensaba que era su aliado por eso aguardó para atacarlo—.
No quiero darte de baja, pero si me vas a fregar la pacien…
—calló en cuanto el colibrí se le plantó al frente, sin dejar de mover sus veloces alas—.
Oye, era tu imagen, no me desafíes que de estas sales perdiendo. ¡Uche! ¡Uche!
Escuchó risas femeninas.
Alzó la mirada y halló a Anna en el balcón de su dormitorio, del extremo opuesto al jardín que crece por esa área; arrullaba a Jevremcito mientras le sacaba los gases. Por lo visto se había levantado más temprano que él para alimentar al crío.
—¿Quién es tu amiguito? —le preguntó, divertida. No usaba albornoz que cubriese la transparencia de su bata.
—Es tu pariente —le contestó, socarrón, mientras él bordeaba los rosales para apreciar mejor a su novia que lucía preciosa sin maquillaje y con el cabello suelto. Amaba verla al natural.
Torció la boca, sin enojo.
—Hay una diferencia bastante grande entre ese colibrí y yo, ¿no te parece? Yo tengo colmillos y esa cosilla, alas…
—Pero ambos provienen del mismo reino de las hadas.
La réplica de Jevrem provocó una amplia sonrisa en Anna. Bueno, si los expones de esa manera…
—Tal vez sea un mensajero.
—¿Para ti o para mí?
—Para ti.
—¿Y qué mensaje me traería? Nada me ha entregado. —Mostró sus palmas como evidenciando que el colibrí, que no dejaba de revolotear en torno a él, haya cumplido con su «oficio».
—No algo escrito, pero sí un mensaje oral… Pregúntale a ver qué te dice —le encantaba cuando los dos seguían la corriente del otro. Daban vida a una situación imaginaria.
Como lo que ellos hacen en la cama: fantasear.
—Nada dice, el hijo de… —calló en cuanto Jevremcito se volvió hacia él y agrandó los ojos al darse cuenta de la mascota que acompañaba a su tocayo mayor—.
Estoy con ganas de desayunarlo luego del recorrido que haré con los muchachos.
¿Se te antoja?, apenas tiene un gramo de calorías, pero se puede comer como brocheta…
—Trató de atraparlo con las manos, pero el colibrí lo evadía rápido.
—Te adora —Anna, reía. Y escuchar sus risas ponía de buen humor a Jevrem.
—El amor que me profesa es cautivador… ¡Eh! —El colibrí lo picó en la mejilla, sin lastimarlo, como si pretendiera jugar con él.
Hasta Anna se daba cuenta de ello.
—Llévalo contigo, a ver si te avisa de un buen uapití, ese sí se me antoja.
Jevrem le sonrió. Él quería que a ella se le antojara follar, pero ni modo, tendría que conformarse con admirarla desde su sitio.
—Le diré. —Y enseguida se enfocó en el colibrí—: Oye, tú, microbio emplumado, ¿quieres acompañarme hasta las Rocosas? —La avecilla, aletee y aletee… a poca distancia del rostro del metamorfo—. Es como una molesta avispa que te sigue y no la puedes espantar —comentó—. Vaya que es molesta…
Le guiñó el ojo a Anna y luego se marchó hacia las caballerizas. Le habría gustado expresarle a su hada que de regreso quería estar entre sus piernas, pero no se atrevió, por estar presente el lobezno y para evitar que sus suegros u otros por ahí lo escucharan.
Ningún centinela se interpuso en su camino ni cuestionó su presencia por esos predios cuando Jevrem saltó el cerco de setos que divide la residencia Brankovic de los galpones vacíos donde tiempo atrás hubo caballos de purasangre.
Sus muchachos ya estaban listos, todos a la espera del Retornado.
Wyatt jadeó, sorprendido al ver al pajarillo que volaba sobre la cabeza de Jevrem, como si este fuese un ser Divino.
—Es como el Espíritu Santo…
—No seas pendejo —Jevrem lo increpó, y pasó derecho hacia el valle, cabreado por el modo en cómo los demás lo observaban.
—Aguarde, joven amo —Tyson lo llamó—, aún debemos esperar por alguien más.
Este se volvió hacia el beta.
Su ceño fruncido.
El colibrí en su vuelo «celestial» sobre él.
—¿Y quién coños falta?
—¡Yo!
Una palabrota quedó atorada en los labios de Jevrem, al fijarse del macho que se acercaba. Y enseguida con la mirada pidió explicaciones a Tyson. ¿No se suponía serían solo este y un puñado de sus hombres?
—Cumplo órdenes del Soberano —le explicó ante su postura tensa—. Erik acostumbra a cazar con nosotros, le ayuda a desarrollar su sentido de rastreo.
—¿Ella también? —Zafira Washington venía detrás del primo, y este no parecía preocuparle su presencia. No era machista, pero era la única hembra en medio de tantos brutos.
—Son órdenes…
De su tío Everett, concluyó Jevrem para sus adentros. ¿La hembra fue asignada para cuidar las espaldas del primogénito o cuidar las idioteces que este dijera?
Zafira y Erik miraban lo que por sobre la cabeza de Jevrem, volaba.
—¿Te lavaste el cabello con miel y esencias de rosas? —Erik le preguntó, socarrón, y Zafira lo codeó para que cerrara la boca.
—Se llama Donatella, y al que la toque le clavo las garras.
—¿Cómo sabes que es hembra? Yo nunca sé si son machos o hembras —Erik parecía estar dispuesto a fregarle la paciencia a su primo, y este con ganas de cumplir con su promesa de hacer chillar de dolor al primer idiota.
—Reconozco a una hembra de lejos. Tengo más experiencia que tú en estos casos. —Y emprendió de primero la carrera hacia las Rocosas.
El colibrí volando a la velocidad supersónica detrás del alfa, como perrito faldero que no pierde de vista a su amo.
—No te rías —Erik increpó a Zafira que estuvo a punto de carcajearse, aunque Wyat y Emmett sí lo hicieron—. Tendré poca experiencia, pero sé cómo complacer a una hembra —esto último lo dijo solo para los oídos de su asistente.
¡Ay, qué tonto! Los ojos de Zafira se blanquearon por la poca tolerancia de este, pero enseguida ella cambió su semblante cuando Rochard Collins, a último minuto, se unió al grupo.
—¡Camina, no te quedes atrás! ¿Y tú, porqué nos acompañas no tienes que vigilar chanchos?
—Yo lo invité —Tyson comentó sin ánimos de causar desavenencias entre los dos muchachos, motivado por… ¿Por qué? Percibía una rivalidad que, al parecer, llevaba rato.
—No lo quiero en el grupo.
—¿Puedo saber por qué, señor? —Richard se llenó de valor para enfrentar al bastardo, pero no estaba dispuesto a que de nuevo lo minimizara frente a Zafira.
—Yo también quiero saber —la joven inquirió de manera airada, cansada de la actitud abusadora de su «jefe».
—Es un parlanchín, te distrae.
—Como si fuésemos a hablar mucho mientras estemos cambiados.
—No lo quiero esta vez en el grupo. Es mi última palabra.