Capítulo 60
El helicóptero sobrevolaba a unos cinco metros del pavimento del estacionamiento de la villa.
No aterrizó en el aeropuerto de Gallatin, por órdenes del Soberano, quien apenas había llegado unas horas atrás.
Los pasajeros de la aeronave rotatoria tuvieron que saltar desde esa altura, hábilmente cayendo sobre sus pies, e incorporándose de inmediato, para luego dirigirse a la zona acuartelada ubicada por las inmediaciones posteriores a la Vivienda Real.
Erik saltó como si fuese un guardia más, en un día arduo de entrenamiento en las rocosas; Zafira trastabillo, pero logró controlar el equilibrio.
Ignoró la mano que Erik le extendía de manera caballerosa; no iba a permitir que la tratara como a esa alasqueña que dudaba de lanzarse a ese vacío; inmenso para esta, pero corto para el resto del equipo.
Jevrem Brankovic le explicaba que la llevaría alzada, para que no se torcería un tobillo, al caer.
Sin embargo, esta negó con la cabeza. Apretó los labios, y, muy determinada, se lanzó al pavimento.
Jevrem sonrió.
¿Esa era Anna, su pequeña novia que se le enredaban los pies al caminar?
—Y eso que no la viste en el Bidzaa —Erik le comentó en cuanto se reunieron los cuatro, en dirección opuesta a los guardias que los acompañaron a Denali—. Nos sorprendió la gallardía que demostró hasta que tu padre…
El Bidzaa…
Cierto, recordó Jevrem, del enfrentamiento que él tuvo con su padre sobre los latigazos que este le dio a Anna; en una dura tradición hacia las hembras que disputaban la maternidad de un cachorro.
Debido a esto, Jevrem la admiraba mucho más, a la vez en que la aflicción lo invadía.
Isabel apenas le contó de lo que Anna soportó, en su desaparición.
Solo las hembras que disputaban la maternidad de un crío participaban en dicho reto, y muchas de estas morían durante las pruebas al cual eran sometidas.
Por los jardines internos, se toparon con Isabel y con Everett y las princesitas; desde hacía unos minutos ellos estuvieron pendientes del aterrizaje del helicóptero.
Ángel no les hacía compañía, por estar confinado en su dormitorio por el resto del mes.
Chilló por habérsele prohibido estar presente, pero, para él, toda la aventura que vivió valió la pena.
Everett casi le fractura la espalda y las costillas a Jevrem por el abrazo fuerte que le dio, emocionado hasta las lágrimas de ver a su sobrino; nunca creyó posible que ese día llegaría, pero agradecía a Licaón que lo haya devuelto casi en las mismas condiciones en cómo se lo llevó.
—La familia ahora está completa. —Lo zarandeaba fraternal en los hombros, como si le expresara mediante esa acción un, «¡Eh, mírate, estás vivo!», y Jevrem, sonriente, respondiéndole con un silente, «pues, sí…».
Sin tomar en cuenta a Damir, sus tíos paternos, su madrastra y cuñadas; para Everett e incluso para Isabel, la familia constaba de ellos dos, sus cuatro hijos y Jevrem y el resto de sus sobrinos, a pesar de las toxicidades, de las confrontaciones y los problemas constantes…
Que Jevrem haya vuelto era un regalo enviado por los dioses, porque este, más que un sobrino, era un hermano muy querido.
—Tío, te agradezco lo que hiciste por mí, estoy aquí para postrarme ante ti. —Aún no le revelaría sus planes, lo haría cuando estuvieran a solas.
—Las gracias, la merece Isabel, ella fue la que dispuso todo para tu recuperación. Y, por lo que me contó, has subido de peso.
Anna e Isabel asintieron ante esa observación; en menos de veinticuatro horas, la masa muscular de Jevrem aumentó un treinta por ciento. Por lo visto, Nashua y Sakari, se lucieron como cocineras; lo que preparaban era para levantar a los muertos del cementerio.
—Entonces, una vez más expreso: Gracias, Isabel, por permitir que mi primo Erik llevara a mi hada… —Su brazo en torno a la cintura de Anna, manifestando el amor que él sentía por ella.
Ambos jóvenes se reverenciaron respetuosos ante la reina consorte.
Everett asintió hacia su hijo. Una sonrisa orgullosa en su rostro.
«Muy bien, Erik, muy bien». Tal vez, él en otra ocasión no habría permitido que encabezara esa misión, pero Erik se movilizó, pese a las posibles situaciones que enfrentarían en Denali.
No le recriminó ni lo haría más adelante; se ganó su respeto en ese momento; puso en práctica lo aprendido: organizó, coordinó, ejecutó y se enfrentó a una batalla que supo librar.
Notó el cruce de miradas entre Erik y Zafira, y lo alivió que existiera allí una atracción que no censuraba.
Ya no. Su hijo dejó de ser un cachorro, no existía más esa inquietud de que no hubiese sido capaz de no soportar los quebrantos de una relación adulta, traumando su comportamiento de por vida, robándole la pureza de un crío.
Lo abrazó y besó en la frente.
Sus ojos expresándole amorosamente:
«Bien, Erik, bien…».
Vaya con los genes de este… Para Jevrem era una alucinación.
Veía doble. Su tío Everett y Erik eran casi dos gotas de agua; los hacían diferentes la corpulencia.
Pero cuando el más joven, comenzase a devorar, como un lobo en condiciones, todos tendrían que dejar de fiarse en la visión y concentrarse en el sentido del olfato, para saber cuál era el padre y cuál el hijo.
*****
—¡Argh, ya les dije!, ¿por qué no me creen?
—Porque «saltar» implica más de lo que expresas, Ángel —Erik cuestionó a su hermano menor, en una reunión entre los tres machos alfas y el pequeño diablillo en el despacho del rey.
A Isabel no se le permitió estar presente, para que Ángel no se refugiara en sus brazos e hiciera pucheros manipuladores, para salirse del lío en el que se metió.
—Pero, así fue: salté…
—Comprendemos que quieras proteger al que te llevó hasta Denali; te prometemos… —Jevrem habló en nombre del tío y su primo— que no lo reprenderemos, pero debes decirnos. Solo así estaremos más tranquilos. Es que nos da curiosidad.
Ángel puso cara de hartazgo, hallándose en medio de los sillones de cuero, sintiéndose como alguien a quien estudian de manera exhaustiva.
—Pues, ya les dije… ¡Jum! —Desde hacía veinte minutos trataban de sacarle la verdad, pero ni con hipnosis, ¡ni la de Everett!, obtenían información.
—No te enojes, dinos —Erik tenía ganas de darle un pescozón.
—Son unos tontos.
—¡Ángel! —Everett lo increpó por la manera tan irrespetuosa en cómo se expresó de sus mayores.
—Lo siento.
—Responde, o aquí estaremos hasta que decidas hablar.
—Papá… —suspiró cansino—. Nadie me ayudó. Solo salté…
—¿Cómo así que «saltaste»? —De repente una posibilidad se le cruzó por la mente a Everett y esto lo agobió. Él y Jevrem intercambiaron miradas asombradas. ¿Será posible que…?
—Ya no quiero explicar más, estoy bravo. ¡Déjeme en paz! ¡¡Mamá!!
En el acto, las puertas del despacho se abrieron, y de estas ingreso una Isabel bastante cabreada.
—Si Ángel sufre un episodio de sonambulismo, por culpa de ustedes tres, me van a oír. Suficiente con el interrogatorio; si no quiere hablar, lo hará después. ¡Vamos! —Extendió la mano a Ángel y este se la tomó enseguida, con evidentes signos de estrés en su rostro y en su postura.
Everett no impuso su autoridad sobre su esposa, ni quería despertar su ira; además, lo que sospechaban no podían expresarlo sin antes asegurarse de quiénes estaban enterados de esto y si Ángel era capaz de manejarlo.
Erik aún no caía en cuenta de este hecho, dada su juventud; en cambio, Jevrem y Everett han visto tantos casos y conocido cada ser…
, que ya no les asombraban las rarezas existentes en el reino.
Sin embargo, lo de Ángel, les preocupaba.