El Despertar del Lobo Capítulo 59 #2
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Capítulo 59 #2

—Sería interesante asentarse por allá.

—También lo consideré.

—No está mal… —parecía tomar en cuenta esa otra alternativa. Su espíritu aventurero emergía para reavivar su sonrisa—. Yo podría velar por esas tierras y tú retomar tus brochas y cinceles…

—Y mis padres cuidarían de Jevremcito, en una cabaña en medio de la selva.

—Me gusta ese plan: tú y yo, Jevremcito y tus padres… —Él aprendería a quererlo.

—Papá y mamá tendrían su propia cabaña. No vayas a pensar que tendrás a tus suegros respirándote todo el tiempo en la nuca. Ellos son muy independientes.

Se hizo un silencio mientras seguían abrazados. A Jevrem le complacía que ella le propusiera vivir fuera del radar protector de su tío Everett y de las tribus alasqueñas; eso decía mucho de ella: la confianza que depositaba en él, la paciencia, las esperanzas, su vida misma.

Y debía demostrarle que era digno de su amor.

—Anna…, mamá no quería lastimar a tu lobezno —ella se tensó y se separó—, y yo no lo hubiese permitido. No habría dejado que un inocente pagara por lo que hizo el padre… Te lo juré antes y te lo juro ahora: lo cuidaré y criaré como a un hijo.

»Me… —suspiró—. Es duro admitir que me cuesta aceptar que yo no tuve ese privilegio de ser padre: Me lo negaron los dioses, y que aún la rabia por Édgar Ruíz me carcome por dentro. Pero jamás llegaría al extremo de atacarlo.

—¿Y el señor Damir?

—Se lo haré saber: lo que es contigo y Jevremcito, es conmigo.

Tú y él ahora son mi familia. Nos mantendremos alejados de él —y de la abuela Grubana—, es lo más prudente, para que ellos con el tiempo acepten que un hijo no es solo de sangre, también de corazón —lo expresaba solemne, solo esperaba no faltar a su juramento.

Le acunó el rostro y estudió su mirada.

—¿Necesitas volver a Montana? —Anna asintió—. Entonces, vamos, compartamos con los demás nuestros proyectos.

La joven sonrió ampliamente. Con cuanta alegría deseaba compartir el futuro con él.

*****

El helicóptero militar volvió a posarse en la tundra en las horas en que los lobos comunes salían a cazar.

Se mantenían a distancia, observando la caravana de vehículos rústicos que se dirigían hacia la autopista.

Los hombres de Jevrem –la mitad de ellos– viajaban por tierra en dirección hacia Montana, mientras que el resto compartía asiento con el equipo de táctica de Erik.

Jevrem viajaba con ellos, sentado junto a Anna; enroscada ella en su brazo, que lo percibió más tonificado.

Aunque aún le faltaba ejercitarse mucho para tener la musculatura de antes.

Erik ni quería mirarlos. No iba a perder el tiempo en enojarse, cuando tenía que soportar el cabreo monumental de su compañera.

—¿Por qué te afecta tanto? —le inquirió a su oído, para que los demás no lo escucharan, pese el ruido del rotor de las aspas—. No es para tanto.

—Lo mandaste en la caravana. —A Richard le ordenó que viajara por tierra.

—Acá estamos copados.

—Aún hay espacio.

—No le hará mal que haga nuevos amigos. —Aunque casi le ordena que corriera detrás de la caravana, pero después tendría que aguantarse a Zafira.

Ella sonrió mordaz.

—Eso no lo habrías considerado siquiera unas horas atrás, por cuestiones de «seguridad».

—No lo tolero —finalmente confesó.

—Richard no te ha defraudado como guardia.

—Eso lo sé, no estaría en esta misión con nosotros. Pero no me gusta que… —apretó los labios.

Zafira lo miró expectante.

—¿Qué sea mi amigo?

Torció el gesto.

—No limito tus amistades. Comprendo en qué «plan» estamos tú y yo —solo follar. En las inmediaciones del río se corrió dos veces en el trasero de Zafira—. Pero no respeta el espacio de una pareja. Te olió de inmediato tan pronto llegamos a la cabaña y continuó con sus «planes vacacionales».

Zafira casi se ríe. Él quejándose de Richard Collins, por ser tan intenso, pero hacía lo mismo con la alasqueña.

—Él no me «olió» —sí lo hizo, a pesar de que ella se bañara en el río, para remover los influjos del sexo—. Estaba preocupado.

—¿De mí? —Su mirada ceñuda. Qué bueno que lo mandó por carretera—. ¿Qué pensó ese idiota: que te estaba reprendiendo por contestona? —Sí que le dio por ese culito moreno que le encantó.

Ella puso una expresión de «más o menos».

—La próxima vez le diré, lo que te hago, para que no se preocupe tanto por ti.

—Tú que le dices y yo que te… —mano empuñada, en amenaza de estamparla en su hocico. Él estiró los labios en una sonrisa pícara.

—Ya todos saben que tuvimos… Aún tu olor se percibe en mí.

Por eso el maldito desgraciado no se bañó después de la segunda arremetida. Su excusa fue la de «no bajar la guardia» en tierras ajenas, se aseguraba de que los demás se percataran que Zafira era suya. No tenía intenciones de compartirla mientras fuese su amante.

Ella hizo un rápido repaso por la cabina.

Carajo…

La charla susurrante entre Maldonado y Fontaine parecía que en nada tenía que ver con ella y Erik, pero la forma en cómo estos miraban de refilón a Anna Morris y Jevrem Brankovic, le daba la impresión de que, lo de ellos cuatro, era el tema.

Tyson inspeccionaba con la vista cada milímetro del fuselaje del helicóptero, mientras que White y Ferrer lucían distraídos, mirando a través del boquete de la compuerta del helicóptero, apreciando las montañas nevadas y el tapete verdoso de la reserva forestal de Denali, del que ellos cada vez más dejaban atrás; sin embargo, sus ojos rodaban con disimulo hacia Zafira, y luego volvían hacia su anterior vista, al verse descubierto por la asistente, siendo observada por el fornido beta.

Maldonado era el menos discreto, con su sonrisita de «sé lo que hicieron, pilluelos», sin temor a que Zafira o Erik los increpase.

A excepción de Jevrem y Anna, quienes permanecían como ausentes, tal vez sumergidos en su burbuja sentimental, los demás estudiaban los gestos, los movimientos que hacía Zafira con las manos, los cuchicheos, la complicidad latente…

Sí. Todos lo sabían.

El hijo mayor del Soberano se follaba a la exasistente de la reina consorte.