Capítulo 59
Anna optó por encerrarse en el dormitorio de huéspedes, para poder hablar en privado a través del teléfono inalámbrico de la cabaña.
Jevrem no protestó por la desconfianza que aún a Anna mantenía distante, y no podía reclamarle o juzgarla, ella había acabado de superar el susto de la persecución.
De los ratos que han estado juntos, no le comentaba de ese lobezno que tenía su nombre, ni él le preguntaba tampoco.
Esa mañana, apenas el sol despuntó tras las montañas nevadas, Anna se había levantado sigilosa, buscando afanada alguna prenda masculina para cubrir su cuerpo desnudo.
Él fingió dormir, para ahorrarle las explicaciones, mientras Anna salía de puntillas del dormitorio y con el auricular llevándoselo consigo.
La cama dejó de ser confortable para Jevrem.
Enseguida se puso en pie y se dirigió al baño, más ágil al caminar, pero menos anímico al pensar.
Anna aún tenía algo que es de ese sujeto y del cual por siempre estarán atados en carne y sangre hasta por mil generaciones futuras.
Fue su hembra, se preñó de aquel y le parió ese lobezno…
Le tomó unos minutos ducharse; lo hizo rápido y salió envuelto con la toalla en las caderas.
Para cuando vertía crema dental en su cepillo de dientes, escuchó que Anna retornaba al dormitorio. No entró al baño, tal vez asumió que se ducharía después. Jevrem removió de sus dientes, los restos de la cena anterior, y se enjuagó la boca mientras lo abordaba una nueva inquietud.
—Llamé a la villa… —Anna le comentó, un tanto nerviosa en el instante en que él salía del baño—.
Hablé con Isabel —sus piernas encogidas sobre el colchón.
El auricular en la base del teléfono—, está…
Está aliviada de que estés bien. Un poco disgustada por lo de Ángel; ese travieso casi le provoca un infarto cuando no lo halló en su dormitorio.
Le fue a dar las buenas noches, y él no estaba.
Ya sabes dónde estaba… —Hizo el gesto de «aquí en Denali»—.
Eh… —Jevrem la escuchaba mientras se secaba con la toalla; sus partes pudendas descolgadas, en ese momento no había excitación—.
Te envía su cariño y que en cuanto estés fortalecido, te anima a que te presentes en la villa.
El armario abierto, allí antes estuvo repleto de las ropas del señor Everett e Isabel, ahora había algunas prendas de Jevrem. No muchas, solo camisetas y vaqueros desteñidos. Ropa apropiada para esas zonas boscosas.
—Tal vez vaya en unos días —contestó en la medida en que se terciaba uno de los vaqueros con un roto en el muslo. El pantalón le quedaba flojo; aún él bajo de peso.
—La harás feliz —Anna se había levantado para agarrar el pantalón que él le había quitado cuando se enroscaron en la cama—. Yo diría que todos los que te extrañan.
Él mantenía presente que ella no hacía comentario de su hijo ni de sus padres.
—¿Tío?
—No hablamos de él —respondió mientras se vestía. De la blusa, solo quedaban jirones, por lo que permanecería con la camiseta que tomó prestada del guardarropa de Jevrem—. Pero sé que el señor Everett no se encuentra en la villa. Está en una «misión», según lo que comentó Erik en el jet.
Erik…
Jevrem se volvió hacia el armario, para terminar de vestirse. No debía de odiarlo. Era su primo, vino en pos de su rescate, y, aun así, las tripas se le revolvían al escuchar su nombre igual que el de Édgar Ruíz.
—Debe de haber muchos cambios jerárquicos en las cortes vampiras, para que tío esté vigilante por esas zonas.
—Mis padres, Camila, el señor Spencer y yo, tuvimos que abandonar Nueva York por las mismas cuestiones —Anna se había acurrucado para buscar debajo de la cama el zapato deportivo blanco que le faltaba calzarse—. Hubo focos violentos entre vampiros de las mismas tropas. Un lío de lealtad…
—¿Cómo lo…? —Al volverse hacia su novia, no la vio a simple vista, sino que tuvo que bajar la mirada al suelo. Estaba buscando algo que al parecer se le perdió.
Se acercó y con una mano, alzó la cama.
Anna se hizo del otro par del calzado.
—¿Cómo lo llevas en la villa? —repitió la pregunta tras bajar de nuevo el mueble de descanso—. Es un lugar muy agitado y vigilado. —Donde vive Erik.
Ella se sentó a los pies de la cama y soltó un suspiro.
Las trenzas anudadas sobre la lengüeta del zapato deportivo.
—Es genial, pero extrañamos nuestro hogar…
—Y su mirada se perdió en la nada. Las cortinas cerradas impedían que la joven añorase la época en la que hacía expediciones con sus padres, en cualquiera de los bosques de Alaska.
El único del cual ella jamás volvería a visitar sería donde Spike la había violado.
Jevrem, la observó, ¿a qué hogar se refería: Snowdrift Hollow o el de Nueva York?
—¿Dónde son más felices? —En dicha pregunta incluía a los Morris, pues Anna siempre se expresaba tomándolos en consideración.
Ella miró el teléfono en la mesita de noche a su izquierda.
—Donde esté mi hijo.
Por supuesto que debía ser así. A él le dolió mucho escucharlo, pero comprendía con toda la inquina que carcomía sus tripas. Anna era una mamá. ¿Qué madre se mantiene separada por mucho tiempo de su crío? Del crío que le parió a aquel.
—¿Te gusta Denali? —Se abocó a descorrer las cortinas, como para mostrarle a Anna la belleza natural que los rodeaba. Desde temprano los rayos solares veraniegos prometían derretir hasta las capas de hielo que aún persistían en cubrir el permafrost.
—¿Por qué lo preguntas?
—¿Te gusta?
—Pues…, sí, Jevrem. —Se levantó de la cama y fue hasta él.
Afuera, el millar de abetos que se alcanzaba a ver desde lo alto de la colina en la que se hallaba la cabaña, uno a uno, podrían contarse por la claridad del día—.
Es lo más cercano a Kenai, me gusta por lo hermoso y salvaje.
¿Qué me estás insinuando? —Estudiaba la manera en cómo él parecía aprensivo de la respuesta que obtendría de su parte.
—De vivir acá. Con tus padres, si así lo deseas.
—Acá…
—No en esta cabaña, sino en otra parte. Lo he estado pensando desde que llegué.
—Ella lo miraba y él no supo cómo interpretar la expresión en sus ojos negros.
¿Desconfiaba? ¿Temía o se sentía desamparada?
—. Si temes…, ellos no te importunarán —se refería a Damir y Radojka, y Anna comprendió enseguida, porque su semblante se ensombreció mucho más—.
Me gustaría construir una cabaña por las inmediaciones del lago.
Hacia allá… —Señaló a través del ventanal, hacia el punto lejano donde se alcanzaban a ver la cúspide nevada del Monte Denali—.
O si lo prefieres, nos asentamos en Kuvani; los yakaramath son grandes protectores…
—por si el incidente anterior aún oprimía su pecho.
En la aldea el lobezno de Anna crecería rodeado de amigos y de manera natural, sin los rigores de la Corte.
Ella no respondió.
Lo pensaba.
—¿Qué hay de tu mandato?
—Kenai y Denali ya tiene otro alfa. Y al parecer es bueno con la manada. No voy a disputar… —lo que no deseaba—, mi tiempo como alfa, acabó.
—¿Y qué piensas hacer? Eres muy activo… —Un lobo como él, sin hacer nada, solo vivir de la caza…
, lo aburriría. Es de los que está sobre una moto, viajando de ciudad en ciudad, recorriendo kilómetros de autopistas por ser incapaz de permanecer mucho tiempo en un mismo lugar.
Ser líder no fue lo mejor que le había sucedido.
Eso era una certeza triste. Recordaba su cara de hastío; le gusta ambos mundos: las ciudades y los campos verdes.
—De momento, me apetece estar apartado de todo.
Conmovida, Anna se pegó a su pecho y percibió con mayor intensidad el aroma a jabón y champú de frutas en su piel, y enjuague de ropa en la camiseta.
Aún no se aplicaba perfume, pero los que estaban en él impregnados eran más que suficientes.
Lo apapachaba como si fuese su oso grandote...
Por lo visto, Jevrem necesitaba conectarse con su «yo interno» que casi lo enloquece; hallar el sentido a su vida, buscar en su alma nuevas metas, nuevos propósitos que lo motivaran a sonreír.
Y ella estaría con él…, estorbando.
—¿Y con mis padres y conmigo y mi hijo a cuesta? ¿No seremos una carga para ti?
—O yo sería la carga… —su aprensión velada en una réplica socarrona—.
Isabel me contó que obtuviste tu postgrado.
—Ahí separó suave a Anna, para mirarla a los ojos—.
Te felicito, has conseguido todo lo que te has propuesto.
Vivir en Denali o en Kenai…, limitaría tu carrera profesional.
—Y él proponiéndole vivir allí… ¿En serio consideró que ella iba a aceptar?
Anna medio le sonrió.
Elevó sus ojos.
Él la miraba desde las alturas.
—Sé que soy capaz de alcanzar nuevas metas si me lo propongo, pero hay otras que son prioridad y las quiero alcanzar contigo.
—A Jevrem esto le causó gozo—. No hay afanes si no estoy con un cincel en la mano y una brocha en la otra, desenterrando momias.
Hoy. Mañana. Y en los meses o años siguientes quiero pasarlos a tu lado; disfrutar a intensidad cada momento juntos.
Multiplicar la familia…, si lo deseas… —Él asintió—.
Las tumbas antiguas, los tesoros, las ciudades milenarias…
, eso no va a desaparecer ni cerrarán las puertas de los anaqueles de la historia porque otro arqueólogo hizo un gran descubrimiento en vez de yo hacerlo.
Volveré cuando las condiciones se presenten; aún no me inquieta ni me preocupa.
Mi corazón anhela amarte, acompañarte en el proceso de recuperación de tu cuerpo y de tu alma.
No serás una carga para mí. Y te garantizo que tampoco para mis padres, que te aprecian mucho.
Jevrem… —se apretujó más a él—, si quieres alejarte del bullicio y de la gente, seríamos entonces, tú y yo.
Mis padres comprenderán: mamá ya echó raíces en Montana, aunque papá considera vivir en las selvas colombianas.
Jevrem arqueó las cejas.
¿Colombia?
Otro clima, otra naturaleza, otro tipo de metamorfos, otro tipo de presas…