El Despertar del Lobo Capítulo 58 #2
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Capítulo 58 #2

—No como una madre —ni como una amante. ¿Su mamá estará enterada de lo que hicieron los dos en la celda?—. ¿Y tú ya comiste? —Zafira había dejado de comer, por él sacar de la cabaña a su hermano, para que no escuchara los gemidos de aquel par de conejos.

—Algo.

—Y me criticas…

—Eres el hijo del Soberano.

—Y tú eres mi responsabilidad —replicó de vuelta—. Entregada a mí por él. Y aún no he cumplido ni con la labor más simple. Mira esas ojeras: eso es hambre. ¿Quieres cazar?

La sugerencia de Erik, tomó desprevenida a Zafira, que se sentó de inmediato. Ellos jamás han salido de cacería juntos.

Un macho y una hembra.

Solos por ahí…

—N-no… —tartamudeó, aún sin recobrarse de la sorpresa—. No son nuestras tierras.

—Avisaré a Tyson y a Emmett, será por un par de horas. ¿Qué te parece? —Zafira vaciló, ¿los dos sin nadie más y por esa vastedad? A parte de esto, ella no solía cazar a altas horas de la noche, porque durante ese tiempo salían los cazadores más temerarios—. Se me antoja algo crudo.

—¿Venado?

—Lo que aparezca. ¿Vamos?

La joven ni alcanzó a negar cuando Erik ya estaba fuera del jeep, avisando al instante, tanto a Tyson que hablaba por el móvil como a Emmett –que devoraba el plato– de que ellos darían una vuelta por la zona.

El pulgar arriba, de amos, les daba el permiso en lugar del alfa de esa región.

Las botas de Zafira quedaron en el jeep, junto a su ropa.

La amplitud del bosque, del cual ellos recorrían en ropa interior, se les hacía tan liberador, que de inmediato sus formas cambiaron a lobos cuadrúpedos.

La diferencia de tamaño era bastante considerable entre los dos: Erik le sacaba una cabeza de altura a Zafira, de pelaje negro con respecto al gris del macho.

Permanecer sobre las piernas bípedas resultaba como si fuesen cadenas que contenían su salvajismo y estado puro de ser metamorfo.

Corrieron a la par, detrás de los rebaños de caribúes que de inmediato rompieron en estampida en dos direcciones.

Erik y Zafira tomaron el grupo de la derecha, la más numerosa y del que los machos más fornidos pugnaban por no ser alcanzados por los colmillos de esas bestias aterradoras.

El suelo vibraba con las múltiples pisadas veloces de los caribúes, huyendo a todo galope; el más lento terminaría en las fauces de los lobos.

Otros de estos, de menor estampa, los seguían mucho más rezagados; lobos comunes, pero igual de mortíferos para los rebaños y los humanos del bosque de Denali.

Erik tomó la delantera, directo hacia la presa que había elegido para él; la persiguió alineados ambos con el caudal del río Tanana.

La luna creciente se enmascaraba a ratos con hilachas de nubes que parecían telarañas, opacando su luminosidad sobre la superficie terrestre.

Para Erik, la noche era su cobijo, su cómplice en la cacería.

Su visión se adaptaba a la negrura de los matorrales y la densa arboleda que parecía no acabar jamás.

La adrenalina lo impulsaba a cazar, le hacía olvidar, Anna no era suya.

Anna se había entregado más de una vez a su antiguo amante. Al que creyó ella haber perdido antes.

Lo aceptó y le dolió. La quiso desde siempre y ahora se sentía vacío. Quería matar, descargar la furia que llevaba acumulada, no podía descargarla contra quien no lo merecía. Corría tras el caribú, que cada vez tenía más cerca.

Saltó sobre el animal.

Sus colmillos desgarraron el cuello.

Al alzar la vista hacia su compañera de cacería, ésta ya había derribado a otra presa, un poco más pequeña a la que él tenía atrapada en sus fauces.

Comieron, sin gruñirse ni temer que otros depredadores les arrebatara la comida. Los lobos comunes siguieron de largo, tras el rebaño; sus hermanos mayores no impedían que ellos esa noche se alimentaran. Cazaron y dejaban cazar.

El festín estaba servido.

*****

El pelaje húmedo de Zafira se sacudió como aspas en el aire.

Dejó las salpicaduras de sangre y el tripero pegado en sus patas en el agua, removiendo la muerte que la ensució hasta las orejas puntiagudas.

La panza la tenía templada y los músculos agarrotados por el esfuerzo de la carrera; el sopor y el aire fresco de la noche y el cansancio que acumulaba desde hacía días, empujaron al fondo de su ser a la bestia que de vez en cuando emergía para llevarse una vida.

De manera lenta, pero continua, su cuerpo animalesco cambiaba a las curvas sinuosas y sensuales de una hembra de piernas torneadas y piel de caramelo.

Se mantenía erguida en la orilla del río, como una ninfa acabada de salir de las aguas.

No se atusó el cabello afro ni se preocupó de librarse de la humedad, las hebras ensortijadas parecían secas como si el agua rebotara de ellas. Casi mágico.

Erik no perdía cada detalle de la anatomía de la joven asistente. Él ya estaba cambiado, recién bañado, descansando plácidamente de su cacería. Requirió de un caribú más para estar satisfecho. Zafira se conformó con el cazado.

—Me estoy planteando asentarme un tiempo por acá —le expresó, perdido en los vellos púbicos ensortijados de la hembra que no se preocupaba de cubrirse de él—.

Tal vez después de que mi primo vuelva a sus dominios.

Estos bosques resuman paz, me agrada recorrer las tundras y las montañas…

Siento que vuelvo a casa cada vez que recorro Denali.

—Es una zona hermosa.

—Sí que lo es… —la vista de Erik, recorriendo los pechos erectos de Zafira, su cintura estrecha, sus caderas, su centro, sus piernas que ansiaba él tenerlas de nuevo en torno a sus caderas. ¡Cielos!, esa hembra era deseable.

—¿Y te permitirán estar por acá solo?

—¿Comparado con Nueva York? Por supuesto —sonrió—. Estas son tierras Brankovic, rodeadas de territorio amigo de varias tribus. Me asignarían un puñado de hombres, como mi primo, y…

Zafira se sentó a su lado, sin hacer amague de cubrir sus senos. ¡Disfrutaba estar desnuda! Y Erik disfrutaba observarla.

—¿Qué te parece Denali? Aparte de hermoso…

—¿Para vivir? —Zafira preguntó y Erik asintió—.

No me lo he planteado... —Jadeó, ahora comprendía—.

La belleza de Denali no tiene comparación, pero…

mi vida está en Montana. ¿Qué voy a hacer aquí?

—Al estar bajo el cuidado de Erik, ella debía seguirlo a todas partes—.

¿Y ese sueño que tenías de ser bailarín?

Se recostó sobre el dorso de sus antebrazos y luego suspiró melancólico a las sombras arbóreas erigidas del otro lado del río.

—Eso no será posible mientras los vampiros se exterminen entre ellos —dijo, pensativo—. Tal vez en una década…

El lamento de su amigo le sonó a ella a excusas.

—Se me hace de que buscas el modo de estar cerca de Anna.

Frunció el ceño.

—Viviré acá después de que ellos se marchen.

—¿Para conservar el recuerdo de Anna Morris?

—Para estar solo.

—Y conmigo y tu puñado de hombres, sirviéndote. —Que se fuera al infierno, no iba a caer en esas.

—No dije… ¡Zafira! ¡¡Zafira!! —Se había levantado cabreada de que la tomase en cuenta solo para tener una hembra al alcance del cual él pueda follar cuando le plazca—.

Disculpa mi falta de tacto para expresar lo que siento —la alcanzó—, solo quiero a mi amiga cerca. No a una… —suspiró—. Sería temporal.

—Hasta que ya no sientas lo que sientes por Anna. Y luego me desechas como trapo viejo.

—Te doy la oportunidad de que me enamores.

Ella parpadeó.

Le ofrecía su corazón.

—¿Y cuánto tiempo me das para eso? —Una ceja alzada, airada en su postura—: ¿Un mes? ¿Un año? ¿Un siglo? ¿Cuánto te tomó enamorarte de Anna Morris?

Un segundo.

Pero no lo comentó.

—Prefiero gozar del sexo que intentar ganar la otra batalla. Esa parece más ardua.

Y ahí él fue sincero...

—¿Una relación carnal? —Entonces, no sería una relación romántica.

—¿Acaso no la tuvimos?

—Sí, fue tan efímera… —y le había quedado el gusto.

—Te propongo que seamos pareja: vivamos juntos, nos besamos, nos follamos…

No, pues, ¡qué propuesta tan romántica! Propia de un cavernícola. «Tú: ser mía. Casa. Sexo. Yo: Proveedor de semen y alimentos».

A pesar de esto, Zafira lo pensó, ¿qué perdía en ello? Más bien, ganaría toda clase de maravillosas experiencias sexuales con ese irreverente macho.

—Será solo sexo —temía aceptar el reto de enamorarlo, porque sabía que el corazón de Erik era imposible de alcanzar. Saldría de allí muy lastimada. Pero si lo tomaba a la ligera; si se enfocaba en lo banal…, reducía el número de heridas en su pecho.

Erik sonrió y luego a su rostro se le subieron los colores.

—¿Y cómo sellamos el trato: con sangre o con…?

—Sexo —los labios de la joven se curvaron sensuales. Nada de cachorradas de: «hagamos un pacto». Ya estaban grandes para esas pendejadas.

—Bien —la mirada de Erik se tornó ávida—, sellemos el trato entonces.