El Despertar del Lobo Capítulo 58
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Capítulo 58

Los dedos de Jevrem viajaban por la espalda desnuda de Anna. Ambos estaban bocabajo, con el rostro postrado sobre su respectiva almohada, y mirándose entre ellos, con una sonrisa que indicaba la satisfacción que los embargaba.

El atardecer les llegó y la habitación se había tornado más oscura y fría. La chimenea permanecía apagada, porque la calidez de las sábanas era suficiente para abrigarlos.

—Aún tengo deseos de seguir… —Jevrem deslizaba las yemas de sus dedos cuesta abajo por la columna vertebral de la muchacha, y se devolvían cuando rozaban sus nalgas.

Al salir de la gruta, sus energías se renovaron y eso que él no había comido los restos del cadáver humano.

En esto se enorgullecía, no cayó en provocaciones, no cedió a la tentación.

¡Jamás lo hizo!

—¿Qué pensarán de nosotros? Llevamos horas en esto… —No era una queja por parte de Anna, que mantenía sus labios estirados por lo bien que se sentía, pero el raciocinio de lo que otros pudiesen decir de ellos, comenzaba a inquietarla.

Jevrem movió el hombro, del brazo que la acariciaba.

—Que somos una pareja que se ama. ¿Eso es malo? —Anna cabeceó sutil contra la almohada, su sonrisa ahí estampada. Risueña—. Tendrán que acostumbrarse a que nos encerremos el día completo y solo salgamos a reponer fuerzas, y volvamos a nuestra lucha horizontal…

—Lucha, ¿eh? ¿Eso hicimos hace rato? Porque, si es así…, yo llevo las de ganar. Te desmadejaste más de una vez.

Él rio entre dientes.

—No fui yo el que se doblegó por una prenda íntima…

Lo manoteó suave en el brazo, y luego volvió a esconder la mano bajo la almohada. La posición se le hacía relajada.

—Me ataste, no pude hacer nada para detenerte.

—Sí, porque suplicaste tanto para que te soltara las manos, mi hada impúdica. —Suspiró—. Por los santos lobos del firmamento, aún quiero más de ti, Anna. —Masajeaba sus nalgas con un deseo apremiante de fundirse entre estas.

Ella, que apenas se había recuperado, respingó el trasero ante su toque. También quería.

Jevrem arrojó a un lado la sábana, y esperó a que Anna se pusiera en posición para follarla por atrás.

Los besos húmedos de Jevrem se repartían por los hombros de la joven morena; su ano preparado para recibirlo. Ella estaba untada de semen por todas partes, que, con un poco de esto, Jevrem se hundió rápido en su orificio.

Empujó brusco. No estaba para delicadezas; no a esas alturas en la que se han apareado como los animales.

Anna gimió adolorida, pues Jevrem era grande. Ella en pose reverente, él encima de ella, como el amo que todo lo domina.

Entre embiste y embiste, Jevrem fue consciente de que sus rodillas aún soportaban el peso de su cuerpo, y que las cicatrices en sus muslos dejaron de dolerle.

Agradecía al santo encargado de velar por los amantes, porque él ha llegado a término más de una vez, y Anna lo ha disfrutado.

Deshacerse de la voz fue como curarse de una terrible enfermedad que lo acababa por dentro y por fuera; había recuperado parte de su energía vital y ese deseo de celebrar cada minuto que pasaba junto a Anna.

El viaje fue largo y agotador para llegar hasta ella.

*****

Para cuando descendían las escaleras, en dirección hacia la cocina, la medianoche marcaba el inicio de un nuevo día. Nashua se había retirado a dormir, pero Sakari mantenía un estofado en el fogón.

—¿Hambre? —preguntó, un tanto socarrona, de que por fin estos dos se dejasen ver los rostros. Lucían tan felices y compenetrados que a ella le daba gusto.

—Mucho —respondió, Jevrem, después de días de inapetencia. La comida le supo insípida y arenosa, como si no fuese la destinada para su organismo.

Lo que olía en las cacerolas lo hacía ensalivar.

Fueron los únicos sentados a la mesa de la cocina; no ocuparon el comedor, en una estancia agregada a la cabaña hacía un año, para las cenas navideñas que Isabel deseaba celebrar, y del que los demás le seguían la corriente, pues eran fiestas decembrinas de las que a ellos les daba igual.

—He tenido que espantar a escobazos a esos buitres —Sakari comentó mientras dejaba la cacerola humeante en el centro de la mesa.

Anna hizo el amague de ayudarla a poner los platos, pero la nativa la detuvo con una sonrisa amable—.

Estofado de carnero, sírvanse. Si desean comer más, he preparado chuletas de ternera.

—Venga todo para acá, que lo de la cacerola es poco.

—Jevrem…

—Tengo hambre.

Sakari rio y Anna puso los ojos en blanco, pero que la regocijaba de que él estuviese animado. Este era su Jevrem: el que amaba con devoción.

—Dime hasta dónde —Jevrem le sirvió a Anna, como el buen compañero que es, y esta le indicó que la montaña que le ha formado de guiso ya era suficiente.

Tomó la cacerola y lo puso sobre el plato.

—El resto para mí. —Comía sin delicadezas.

Sí…

¡Ese era su Jevrem!

El tragón.

—Hola —Zafira entró por la puerta posterior de la cocina—. ¿Será que quedó algo de comida? Es para Erik…

Jevrem dejó de comer, un tanto contrariado por escuchar el nombre, y no comprendía por qué actuaba así si era su primo. Siempre se llevaron bien.

Extrajo el plato, debajo de la cacerola, y lanzó sobre este una buena porción del guiso.

Señaló las costillas.

—Llévale dos. Si queda con hambre, que cace.

—Jevrem…

—Sí, señor. Gracias por la comida. Con su permiso. —Y Zafira se marchó de allí, de volada, incómoda de saludar al sobrino del Soberano. Nunca le tuvo confianza, siempre fue distante, aunque no antipático como el señor Damir.

—Percibo una tirantez hacia Erik, que… —Anna le llamó la atención—. ¿Desconfías de él por alguna causa?

Él se llenó la boca con el guiso.

No le gustaba. No le gustaba para nada que Erik estuviese pendiente de Anna.

—Ninguna —respondió apenas tragó. No soportaba que este revoloteara alrededor de ella. Lo hacía desde que era lobato: la eligió para ser su hembra—. Por lo que he visto, Erik es el mismo cabezota de siempre. Aunque se ha estirado…

—Envejeció. Y Ángel se hizo más chico.

—Por lo del conjuro. —Dio un buen mordisco a las costillas del carnero.

—Estaban envejeciendo muy rápido —Anna, le recordó.

En algún momento en el que se tomaron un descanso, abordaron ese tema, y luego se olvidaron, porque Jevrem no deseaba hablar de sus primos, estando ellos dos en la cama—.

Más Erik que Ángel, pero les afectaba, y esto tenía de los nervios a Isabel y al Soberano.

—¿Y qué pasó? —Comía y comía—, porque él parece que le lleva quince años más a Ángel.

Anna se encogió de hombros.

—Ni los ancianos supieron responder: se quedó así… Erik está procesando el cambio. Ha tenido sus batallas verbales con su padre y con… el tuyo. —De hecho, le estampó un puñetazo.

—¿Qué lo cabrea?

—Eh… —lo pensó, y esto motivó a que Jevrem terminara de masticar, azorado de ese silencio prolongado de Anna. ¿Por qué lo pensaba tanto?

—¿Es por ti? —De inmediato se puso como piedra por la tensión que cayó sobre sus hombros.

—No. ¡Claro que no!

Sin ser tosco, Jevrem empujó su plato a un extremo de la mesa y cruzó sus manos como solía hacerlo su abuela Grubana cuando interrogaba a un empleado que ha robado pertenencias a los amos.

—Sé cuándo mientes, Anna: tus orejas y mejillas enrojecen. ¿Erik te ha molestado? —En otras palabras, Jevrem le preguntaba: ¿Ha intentado cortejarte? ¿Le has correspondido? Erik estuvo con ella en la gruta, la ha estado cuidando, salió de su dormitorio. La amistad entre ellos era muy estrecha.

—Solo es un chico enamoradizo…

—De ti.

—Él no me gusta —replicó, indignada—. Me parece que a estas alturas ha quedado demostrado. —Su mirada insistente de la pasión desbordada en el dormitorio. La cama quedó hecha un desastre.

Él le tomó la mano y la apretó suave.

—Aún te falta por demostrar…

—¿Qué tanto, amor? —La sonrisa cómplice de Anna le devolvió la confianza, de lo que ella sentía por él.

—Mucho.

*****

Zafira rodeó el jeep.

En un hábil movimiento y pericia, por lo que sostenía, se subió a la parte trasera del rústico descapotado, donde Erik estaba recostado, con sus manos debajo de la nuca y la vista puesta en el cielo nocturno.

—Te traje algo para que te alimentes —le colocó el plato sobre el estómago, pero él ni se inmutó.

Lo retiró y dejó en el borde de la carrocería, donde pendía pese a la brisa que soplaba de costado.

El aroma del guiso y las costillas viajarían unos kilómetros hasta atraer algunos carnívoros.

A ver qué animal osaría en acercarse en busca de comida.

—Ustedes, los Brankovic, son especiales… —Zafira comentó con cierto sarcasmo en el tono de su voz—. Mientras uno se recupera de una inanición prolongada, el otro cae en picada…

—No me apetece, comí temprano.

—¿En qué momento? —lo cuestionó; ya acomodada a su lado—. Has estado sin comer desde la cena de ayer —por lo que debió compartir con él su almuerzo—. Por acá hay que consumir las calorías disponibles, u otros lo obtendrán de ti.

—Pues, que vengan y me coman…

Ante el aleteo de un búho cornudo que voló por encima de ellos, para apoderarse de alguna porción de comida en el plato, Zafira lanzó un manotazo al ave rapaz –sin tocarlo– para indicarle de no volver a intentarlo. Aunque otro era el que merecía el golpe.

—No te hagas el sufrido, pareces un cachorro.

—¿Se lo van a comer? —Emmett apareció de repente, atraído por el olor de las costillas, como un miembro más de la comunidad de carnívoros que no dejarían pasar por alto unas buenas costillas de carnero.

—Sí.

—No.

—¿Me lo puedo llevar? —El guardia consultaba a Erik, quien fue el que le dio la respuesta negativa.

—Adelante.

—Más tarde te vas a quejar —Zafira increpó a Erik, luego de que Emmett se marchara, feliz con el plato que ella se molestó en buscar para su pendejo jefe.

Erik apartó la mirada de las estrellas.

—¿Preocupada?

—La reina me confió que te cuidara.

Rio mordaz.