Capítulo 57
Abby Rose apagó el televisor en su dormitorio ante el insistente ruido del timbre en la puerta principal de su apartamento.
Se terció de inmediato el albornoz que tenía sobre el sillón, y cruzó la estancia hasta la sala. Antes de abrir, se aseguró de olfatear primero por el bordillo de la puerta. Era un lobato.
Su ojo pegado en la mirilla.
—¿Quién lo ha mandado? —Tal vez era un mensajero de uno de sus amantes, del cual solía entregarle a través de estos recados subidos de tono o lencerías que después ella utilizaría en sus encuentros ocasionales.
—El que usted le envió una nota manuscrita —contestó en un tono carente de chispa y evitando suministrar el nombre para que los vecinos no escucharan.
Requirió de apenas un instante para que Abby recordara a quién ella le envió una nota semejante.
—¿Cuál es su respuesta?
—Él mismo le va a responder, pero debe dejarme pasar primero.
¿Dejarlo pasar?, la joven rubia se preocupó por el riesgo que este representaba; podría tener explosivos, una pistola… Los lobatos son débiles, pero con el arma adecuada podrían acabar con un metamorfo de contextura fuerte.
—¿Cómo me va a responder si él no está aquí? —Estudiaba el balcón por donde ella saltaría para huir antes de que la mataran en su propia morada.
—Usted es la interesada: ¿desea conocer su respuesta? —Alzó un móvil a la altura de la mirilla de la puerta para que la propietaria del apartamento confiara en el mensaje que él debía entregar sin falta.
La otra lo pensó. Le había escrito al señor Damir y este envió a un mensajero, con sus palabras condensadas en un dispositivo móvil.
A riesgo de morir, por confiada, le permitió pasar al lobato.
—No intente agredirme, porque ni ojos ni lengua ni brazos tendrás al salir de aquí.
¿Entendido? —Este asintió. No reflejaba ni miedo ni preocupación—.
¿Qué respuesta me tiene el Alfa Regional?
—Su exsuegro era tan paranoico como Lucio Reinhold, quien se lo pasaba mirando desconfiado por encima de su hombro, en busca de enemigos ocultos.
No la telefoneó, quizás por la precaución de no ser grabada su voz o que fuese escuchado por espías que pinchan las líneas telefónicas, o de presentarse personalmente ante el riesgo de ser descubierto por un conocido o de alguien que después pretendiera chantajearlo.
El lobato tecleó un número en su móvil y aguardó un instante con el aparato pegado a su oreja.
—Ya puede hablar, señor —dijo a su interlocutor cuando le atendieron a la llamada.
Enseguida extendió el móvil hacia Abby Rose.
Esta lo tomó, con desconfianza, por si era alguna treta para bajar sus defensas. No hubo video-llamada, para verle el rostro al gobernador, sino que la comunicación se efectuó a la manera tradicional.
—Fue muy osada al enviarme esa nota anónima, ¿sabe el riesgo que implica que mis empleados lo lean? —Damir la increpó en un tono que indicaba que se cuidaba de que nadie lo escuchara donde sea que este se hallaba—. Tendría que deshacerme de estos, ya que una constante hipnosis es muy agotadora.
—Discúlpeme, señor Da…
—Si lo vuelves a hacer, no te quedarán manos para volver a escribir. Fue fácil deducir que se trataba de la hija de Elías Obrenovic.
—Le juro que no lo volveré a hacer. Pero necesito ayuda con respecto a...
—Leí la nota —la interrumpió, siendo él consciente del mensajero que envió, pese a la hipnosis al cual estaba sometido.
—¿Y qué respuesta me tiene?
—No la ayudaré.
La negativa del alfa de Alaska, fue un duro golpe para Abby Rose, del cual había dado por sentado de que este aceptaría desaparecer a esa mojigata.
Sin embargo, sus ojos verdosos se entornaron suspicaces. ¿Por qué se tomó tantas molestias para responderle? Con ignorar su ruego hubiese bastado.
—Sea sincero, señor Damir: No me va a ayudar, pero…
Escuchó un resoplido molesto.
—Lo que hagas contra Anna Morris y su familia, me tiene sin cuidado. No la detendré, pero tampoco la ayudaré, si mi hermano o su esposa, la atrapan antes o después de cometido el asesinato.
—Sería más fácil de eliminar con su ayuda.
—Es inteligente, señorita Obrenovic. ¡Piense! ¿Qué debilidad tiene esa ramera que puedas aprovechar para liquidarla?
—Su… —Miró al mensajero, cuyas pupilas estaban dilatadas— ¿lobezno?
—El dinero, todo lo puede. Saque sus ahorros o venda sus joyas de valor, tendrá los medios para reclutar cómplices. En la villa no todos son santos ni leales. ¡Investigue!, escudriñe en las cloacas donde sueles moverte para que te comenten quién podría servirte en lo que estás planeando.
—¿Y usted por qué no me dice?, me ahorraría tiempo. —Y dinero.
—De mis labios jamás obtendrás información —no volvería a arriesgarse, Jevrem se distanció con lo sucedido en Denali—, pero le dejaré al lobato que tiene ciertos nexos que podrán servir a sus intereses.
Luego de utilizarlo o sacarle información, me lo envías de retorno.
Yo mismo lo liquidaré. Si lo conservas, iré por tu cabeza.
—Gracias por su…
—Una cosa más: Ni se te ocurra involucrarme para liberarte en caso de que seas tan incompetente en dejar rastros. Ni las cenizas hallarán de ti.
—Seré discreta y cuidadosa.
Y cortó la llamada.
Con la mano extendida, la azorada hembra le indicó al lobato de sentarse en el sofá; si alguno de sus vecinos curiosos, lo vio entrar, pensará que se trata de otra de las tantas visitas masculinas que ella suele tener en el apartamento.
Aunque podrían asumir que es un hermano o sobrino que ese día se hospedaría por cuestiones personales.
Era demasiado joven para sus gustos habituales.
Si bien, el señor Damir fue tajante en su posición de hacerse a un lado, la sensación que sentía Abby no era precisamente a derrota. En pocas palabras: le había dejado el medio para alcanzar sus propósitos.
Como si fuese una universitaria, de lo más alegre, se sentó en el apoyabrazos del sofá; sus piernas cruzadas, apuntando sus rodillas hacia el lobato.
—¿Cómo te llamas?
—Lisandro.
—¿Posees información que me pueda servir, Lisandro? —Asintió, no había nervios ni preocupación que lo alterasen por estar allí a solas con ella—. ¿De qué tipo?
—Usted pregunte.
Le acomodó el cabello, como una «hermana mayor cariñosa», siendo cuidadosa de no alterar la hipnosis que el señor Damir realizó en este.
—Al parecer, mantienes «nexos» interesantes. ¿Qué nexos son?
—Es mi tía: trabaja como nodriza en la villa.
¡Bien!
—Nodriza… —Abby Rose sonrió—. ¿Y para quién ella ofrece sus cuidados maternales?
—Para una viuda.
¿Será la maldita de Anna Morris? Esa escoria ni siquiera obtuvo el anillo de compromiso, de Jevrem, como para que le adjudicasen el título de doliente directa de la escandalosa relación que ambos sostuvieron.
—¿Podrías contactar a tu tía para un trabajito?
—Está ocupada.
¡No lo mates!, se pidió contenerse a sí misma, de desgarrarle la garganta al lobato.
—Dile que pagaré lo que me pida. ¡No quiero su número! Tiene que ser en persona, debo determinar si puedo confiar en ella. ¿Qué día tiene libre?
—Los fines de semana, siempre y cuando, no ocurra algún imprevisto que la requiera todo el día.
—Llámala ahora y pregúntale si para este fin de semana accede a una entrevista. Si se pone con negativas, me la pasas. —Se aseguraría de convencerla, era muy buena para envolver a las personas.
Lisandro tecleó en su móvil y aguardó a que la aludida contestara.
Abby se presentaría como una heredera millonaria, a la cual, el factor dinero no era impedimento.
Pagaría lo que sea, con tal de «jactarse» ante sus «amistades elitistas» de que su «crío» era amamantado por la que cuidó de los hijos del extinto Soberano, Alejandro Cortazar.
Y si la dichosa nodriza, le daba pegas, entonces la amenazaría con descuartizar al sobrino. A ver si el amor fraternal la hacía más razonable.
Una vez que la tenga a su alcance, la compraría o subyugaría su mente para que haga todo lo que ella le ordene.
Sonrió, porque su plan se puso en marcha: Anna Morris tenía un talón de Aquiles, y por ahí ella le iba a dar un buen pisotón.
Y, en compensación, el señor Damir, la pondría a ella en el camino que conduce al corazón de su propio hijo. Jevrem no necesitaba de una hembra de barrio, sino a una de clase alta y con las garras bien afiladas.