El Despertar del Lobo Capítulo 56 #2
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Capítulo 56 #2

—Guardé esto para ti —le entregó el plato, y ella le agradeció con una amplia sonrisa.

No había tenido oportunidad de almorzar, se mantuvo alejada para interactuar lo menos posible con Erik y con los miembros de la casa.

Pero cuando vio salir a Erik, con su hermano a cuestas, hacia el jeep, se marchó con ellos—.

Los muchachos se devoraron hasta los huesos —explicó, socarrón—, tuvieron que ir por nueva ración de comida, antes de que el alfa y Anna saliesen del dormitorio.

Van a estar bastante hambrientos después de… —carraspeó, y Zafira rio.

Pero de inmediato borró su diversión. Erik observaba a Collins, como si sopesara someterlo a un interrogatorio, complementado con golpes.

Zafira le lanzó una advertencia silenciosa.

Podría ser su líder inmediato, pero le daría sus porrazos si acusaba a su amigo de un hecho que ella estaba segura es inocente.

Ángel se las arregló para viajar con ellos, demostrando lo hábil que es para el camuflaje de su cuerpo y de su olor.

Todos tendrían que aprender de él. A ver cuál era su secreto.

Bajo la sombra de un sauce se sentó ella, para comer tranquila, y sin que ningún sonidillo de coito la incomodara frente a los machos.

Richard la siguió mientras le hablaba sobre lo que le pasó en las costas de Wales, por el estrecho de Bering: casi lo mata un oso polar que se le midió tres años atrás.

No siguió ahondando en el tema, porque los pies de este frenaron abrupto en cuanto Erik se acomodó al lado de Zafira.

Su mirada hacia Richard Collins, con un silente «largo» en sus ojos fieros.

—No te voy a dar, ve a buscar lo que quedó en la cocina.

Tengo mucha hambre —la joven protestó mientras le daba un mordisco a su presa.

Le esbozó una sonrisa apenada a Richard, quien se alejaba reticente de ella; en su expresión, «nos vemos después».

Y en la expresión de Erik, «más te vale que te mantengas alejado, hijo de puta».

Él torció el gesto.

—Hace rato que perdí el apetito —miraba hacia los ventanales que se suponía era el dormitorio principal, de esa cabaña de cristal. Y cuya privacidad la daban las cortinas.

—Ý qué quieres?

—¿No me puedo sentar aquí? El árbol tiene buena sombra.

—Ujum… —Más bien, le fregaba la paciencia, y, de paso, a Richard que lo mantenía alejado de ella.

Esto la hizo pensar que Erik, de por sí, era posesivo. Todo lo quería para él, al cien por cien: amistad, amor, servicio… Si un macho le arrebataba la atención de una de las hembras, de la que él se relacionaba, así fuese platónico, manifestaba su disgusto con actitudes casi infantiles.

Bueno…

¿Qué se puede esperar de alguien que nació hacía cinco años?

Mordisco y mordisco.

Y ella se acostó con él.

—¿Qué va a pasar con tu amiga, ahora que ella y el alfa se reconciliaron? Él parece que es sincero con su afecto: la protegió de sus propios padres.

Erik asintió. Una sombra de tristeza cubrió su rostro; levantó la mirada hacia los ventanales superiores y luego dirigió su atención hacia las montañas nevadas. Desde ese sitio, en el que ellos se hallaban sentados, no alcanzaban a ver el lago.

—Espero que así sea, porque se las cobro si ella resulta herida por su descuido.

—¿Y nosotros? —Él la miró de golpe. Ni pestañeaba por el interés que provocó su pregunta—. ¿Cuánto tiempo debemos permanecer en Denali? Siento que estamos sobrando.

—¡Ah! —exclamó, levemente decepcionado—. Aguardemos hasta mañana, o según disponga Anna. No sabemos que pueda ocurrir.

—¿Anna o el sobrino del Soberano? En estos momentos, él es el amo de estas tierras.

—Mientras se hospede… No es un alfa ni es amo ni nada. Y aún no me fío de que las «voces» en su cabeza ya no le susurran en los oídos.

Zafira dejó de comer.

Arrojó con rabia las costillas del venado al plato, y de un estirón se puso en pie.

—¿Qué clase de pendejo eres tú? —Él se levantó, sorprendido de su reacción—.

Anna está bien, metida en la cama con ese alfa.

¡Se aman!, se protegen entre sí. ¡Lo de antes fue un malentendido de Anna, que creyó que él la iba a matar!

, pero él se ve que jamás la lastimaría; de hecho, lo que sienten, el uno por el otro, es tan fuerte que parecen leerse la mente.

Y se la leen, pensó Erik, sin revelar ese detalle a su amiga. Aún no le quedaba claro qué habilidades tenía Jevrem, que era capaz de comunicarse a la distancia con Anna, sin usar ninguna tecnología de por medio. Anna aseguró que él no era telépata. Ni ella…

—La ama, pero está chalado. —Su dedo índice haciendo movimientos a la altura de su cien, indicando de que el otro tenía las tuercas sueltas.

—Bueno… —Zafira odiaba reconocer que Erik tenía razón—. Aún no sabemos qué era «esa voz». Richard dijo que en la gruta tembló y que había una sombra…

Torció la boca en un gesto desdeñoso. Cada vez que ella nombraba a ese bastardo, a él le hervía las venas.

—Yo estuve ahí, ¡él no! —graznó—. Es un exagerado, los hombres de Damir controlaron la histeria de Jevrem. Y no nos marcharemos hasta que un loquero lo evalúe.

—Vas a ocasionar un enfrentamiento con sus hombres.

—Tenemos el permiso de la reina.

—¡Por una emergencia que ya pasó! —le exclamó—. Erik… Suelta a Anna, le pertenece a otro macho. —Ella quería pertenecerle a él, pero el idiota la rechazó.

Erik perdió las ganas de replicar o expresar un discurso enojado, para que Zafira se metiera en sus propios asuntos.

Pero lo que ella le dijo, le pegó tan fuerte en el estómago, que prefirió retirarse para estar un rato a solas.

Desde que él abrió los ojos al mundo y le asignaron a la bonita niñera, se enamoró de ella.

Creció, fantaseando en convertirla en su esposa y criar hijos, juntos, que, al verla en los brazos de otro lo destrozó por dentro.

Diseñó un futuro del cual ella no quería formar parte.