El Despertar del Lobo Capítulo 56
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Capítulo 56

Los dientes de Ángel mordieron el aire, cuando el jeep en el que iba, junto a su hermano y Zafira, saltó por la piedra que estaba en medio de la carretera.

El cachorro había intentado desgarrar una tajada de su pernil, pero el neumático del rústico se topó con dicho contratiempo.

Lo único que había alcanzado a sacar, de su suculento almuerzo preparado por la señora Nashua, antes de que Erik lo cargase sobre sus hombros hacia afuera, y del que él no comprendía el motivo, solo que ya no era sitio adecuado para que él estuviese allí.

—¿Nos vamos a casa? —Mordió otro tanto del pernil. Sus cachetes inflados por la cantidad ingerida; sus labios untados de salsa, al igual que sus manos. Iba a quedar con hambre en cuanto terminara de comerlo.

—¡Tú te marchas! —Erik exclamó cabreado. Ellos aún debían estar junto a Anna. De momento, ella estaba «a salvo» en los brazos de su primo.

—¿Por qué estás tan enojado si todo salió bien?

—Porque… —Los dedos de Erik apretaban el volante, afectado por la orquesta de gemidos escuchados mientras almorzaban. Le iba a tomar un siglo olvidarse de esos sonidos—. Prepárate para el sermón que mamá te dará, apenas te vea. ¡No lo vuelvas a hacer! Vaya lío en la que nos has metido.

Zafira, quien viajaba en el asiento del copiloto, no replicaba ni hacía caras, de llevarle la contraria Erik.

A pesar de que en su fuero interno le placía que Anna Morris se acostara con el sobrino del Soberano, sentía empatía hacia Erik, pues las esperanzas de este por esa alasqueña se hicieron trizas.

Él quiso entregarle su virginidad –del que robó Zafira–, y a la otra le daba igual porque tenía quien le perforase todos los huecos de su cuerpo.

En cierta manera comprendía su dolor.

Él amaba a Anna.

Zafira lo amaba a él.

Amores no correspondidos.

—Ni me dejaste despedir de Anna y Jevrem —Ángel hacía pucheros.

Zafira y Erik intercambiaron miradas. Ni Licaón quiera que él hubiese tenido ocasión de meterse en el dormitorio de esos dos. Habría salido de allí espantado.

—La telefoneas al llegar a Villa Dorada.

—¿Tú vendrás conmigo, Zafira? —Esta cabeceó—. Pero ¡me voy a aburrir, son muchas horas! —Él era capaz de llegar rápido mediante otro medio, pero el hecho de que su mamá, le iba a dar una paliza, prefería abordar un vuelo largo.

—Quién te manda a escabullirte. Por cierto…

—Erik lo miró a través del espejo del parabrisas.

Ángel rebotaba en su asiento por la velocidad del jeep y el abrupto terreno—.

¿Cómo es eso que «saltaste» para venir a acá?

¿Fue en otra aeronave? —Del cual, no vio ni escuchó el motor de ninguna otra, pero que la explicación de su hermano aún le hacía ruido en su cabeza.

—Ya no te diré, estoy enojado contigo. ¡Jum! —Sus brazos cruzados en pose altiva. Lo que le valió que, al no sujetarse de los dorsos de los asientos delanteros, cayó de costado en su asiento, y rebotó más como pelota descontrolada.

—No importa, mamá se encargará de averiguar. Y, ¡plash, plash!, ¡por las nalgas con la chancleta —Erik se carcajeó—. No te podrás sentar en una semana.

Ángel se encogía de hombros, haciéndose el valiente, con una expresión de «no tengo miedo», pero en realidad estaba aterrado. Su mamá pocas veces lo ha castigado con severidad, y cuando lo hacía, le dejaba rojas las pompas. ¡Ay, de esa no se salvaría!

—Zafira, ¿quieres acompañarme?, ¿sí? —Le hizo ojitos, y a la joven asistente se le arrugó el corazón.

—Ella no va a abogar por ti —Erik estaba por salir de la zona arbolada. Las aspas del helicóptero militar se alcanzaban a ver por entre las ramas de los árboles—. Aún debe permanecer aquí.

—¿Mamá me encerrará en una celda?

—En tu habitación.

—¿Y por qué a ti sí y a mí no?

Erik miró de refilón a Zafira.

No podía explicarle.

—Estás pequeño para eso…

—¿Por cuántos días me castigará?

—Lo que crea mamá pertinente.

—¿Y tendré televisor?

—Lo dudo.

—¿Internet?

—Menos.

—¿Galletas?

—Ay, Ángel, ¡cierra la boca que ya mareas con tus preguntas! Te van a encerrar en tu habitación hasta que a mamá se le pase el cabreo. Y serán muchos días.

Ángel hizo un puchero.

Se iba aburrir.

—Tal vez sean poquitos…

Erik reprendió con la mirada a Zafira, y esta se hizo la desentendida.

Comprendía del porqué, de su enojo, pero el cachorro ya estaba cagado del susto por su escapada; si no fuera por él…

¿Qué habría pasado con Jevrem Brankovic?

¿Seguiría con esa voz en su cabeza esquizofrénica?

Richard le había comentado lo que escuchó de dos de los hombres de ese alfa enfermo, quienes sospechaban que este tenía severos problemas mentales.

—¡Wow! —Ángel observaba, alucinado, el tamaño del helicóptero militar—. ¿Viajaré ahí?, ¡qué bien!

La emoción de cachorro le valió para que Erik lo mirara de nuevo por el espejo del parabrisas. A juzgar por el asombro de su hermano, era la primera vez que estaba cerca de uno de estos.

Entonces…, ¿cómo llegó a Denali?

Frenó brusco.

Zafira y Ángel, se azotaron, casi estampan la frente en el parabrisas.

A su hermano alguien lo trajo. Y cuando él averigüe quién fue el hijo de puta que lo puso en peligro, lo iba a matar a los golpes. Si no es su mamá la que lo va a hacer.

*****

Llevaban un buen tramo recorrido, y, tanto Erik como Zafira, se abstenían de iniciar conversación. Subieron a Ángel –feliz, el diablillo– al helicóptero; el piloto enseguida emprendió vuelo hacia Montana. La ausencia de este debía tener a todos en la villa con los nervios desechos.

Erik mantenía el ceño fruncido; girando el volante, para un lado y luego para el otro, según las curvas de la carretera en dirección a la cabaña. Pensativo por su hermano, por la osadía cometida y por el cómplice que no le importó poner en riesgo a un cachorro con Down. ¿Quién debía ser?

—Un guardia.

Zafira volvió su rostro hacia él, había estado enfocando su atención en el paso de los árboles, llevando la cuenta del número de árboles alineados a lo largo del camino; un modo de distracción para no verse tentada a discutir con él; se la ha aplicado al pobre de Richard, que huye del campo visual cuando este hace presencia en alguna parte. Un maldito toca-pelotas.

—¿A qué te refieres? —la rabia comenzaba a arremolinarse en sus tripas. ¡Qué ganas de joder!

—El que trajo a Ángel.

—¿Eso piensas? —¡Ah!, no era cuestión de celos. Ella se equivocó en lo que asumió—. Tal vez se escondió en algún compartimento o usó la ropa de alguno de nosotros. Es fácil camuflar el olor.

—¿Y la gordura y la estatura? Nos habríamos dado cuenta del enano gordo que formaba parte del equipo.

Los conté. Somos diez en total, incluyendo al piloto.

No trajimos cargamento ni nada en la que él se pudiera esconder.

Y si se hubiese colgado de las patas del helicóptero o de la cola del jet, los de la torre de control y los vigilantes en la pista se habrían dado cuenta.

Alguien lo ayudó. ¿Y si es ese Richard Collins?

Ahí iba.

—Ya le vas a echar la culpa…

—Es un negligente. —Y baboso.

Zafira resopló.

—¿En qué se ha equivocado? Es buen guardia, es feroz, leal, osado…

—Lo osado es lo que me preocupa, se dejó convencer de Ángel. Él es muy persuasivo cuando quiere lograr sus objetivos.

Como él.

—Richard no cometería tal estupidez. Acusa a otro. Tal vez a tu amiguita.

Frenó.

Le encantaba frenar o detener su andar para confrontar algo que no le gustaba.

Zafira alcanzó a plantar las manos en el salpicadero del jeep. Tendría que cruzarse el cinturón de seguridad, o ese paranoico la iba a hacer quebrar el parabrisas con su cabeza.

—Anna cuida de Ángel como a su propio hijo —Erik le espetó—. No lo traería a escondidas, por los vaticinios que Ángel le dijo. ¿La viste? Se sorprendió al igual que nosotros. Así que, mantén esa lengua quieta y cuida de no culparla en lo que, claramente, es inocente.

—Aplícalo también para ti mismo —ella le replicó, airada—: culpas a otro de lo que no han hecho, solo porque no te agradan.

—Es un negligente.

—¡Richard es un buen guardia! ¿Por qué lo traes entre ceja y ceja?

—Porque… —Apretó la mandíbula y enseguida hundió el pedal para poner en marcha el jeep. Ni él sabía por qué odiaba a ese sujeto.

Zafira se terció el cinturón de seguridad.

*****

Los malditos gemidos ya no se escuchaban. Era un alivio a los oídos de Erik, que todo aquello le produjo arcadas y unas ganas de patear traseros.

Al estar de vuelta en la cabaña, hallaron la zona despejada de guardias. Algunos –una buena parte– de los hombres de su primo se fueron de caza, pues tenían que celebrar con una presa «la salud» del alfa.

El vehículo de su tío Damir se había puesto en camino seguido de su caravana, en cuanto ellos pisaban los terrenos próximos a la cabaña.

La tensión fue palpable, los gruñidos amenazadores, pero, por fortuna, ninguno de estos los agredió por ser los precursores de que Jevrem y Anna estuviesen juntos.

Se salvaban porque él estaba vivo.

Fontaine, Maldonado y el resto de los muchachos que vinieron con ellos desde Montana, relajaron sus poses tensas y retrajeron sus garras y calmaron sus venas. Si alguno de los hombres de ambos bandos se hubiese aventurado a dar el primer ataque, se habría formado una carnicería.

Zafira descendió del jeep, su cara un alivio visible para sus compañeros.

—Esperemos que no vuelvan mientras estemos aquí —comentó en la medida en que se dirigía a la cabaña. En la entrada, Sakari y Nashua; al parecer habían estado pendientes de lo que afuera fuese a suceder.

—No lo harán —Erik, contestó, con un semblante serio. Su mirada se alzaba por encima del hombro de Zafira.

Richard se aproximó a ella.

Su sonrisa taimada, sostenía un plato con una servilleta de tela cubriendo lo que parecía ser una montaña de comida.