El Despertar del Lobo Capítulo 55
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Capítulo 55

El nivel del agua aumentó considerable con el ingreso de los dos jóvenes en la tina.

Las esencias crearon espumas olorosas a jazmines y rosas, y la esponja de tejido verde claro se pasaba suave por la espalda de Jevrem.

Anna lo aseaba con ese mimo que desde hacía tanto tiempo deseaba hacerlo, ojalá se volviera una rutina en la que ella cuidara de esa forma tan erótica e íntima a su pareja.

La esponja hacía pequeños círculos por los omoplatos y la zona lumbar.

Jevrem mantenía los ojos cerrados y una pasividad que regocijaba el corazón de Anna.

Tenía que mimarlo, recompensarle lo sufrido, que se diese cuenta del profundo amor que ella sentía por él.

—No cambiaría esto ni por fama ni poder…

—expresó él mientras se echaba hacia atrás para recostar su nuca en el cabecero de la tina.

Anna pasaba sus manos sugerentes por sus pectorales y descendían y ascendían y volvían a descender cada vez un poco más abajo—.

Mmmm… —Disfrutaba del baño, sin el pudor de que la punta de su miembro sobresaliera de entre la espuma, como si estuviese saludando a su bella acompañante.

—¿Y si te dan mil millones de dólares en lingotes de oro?

—Su mano bordeando el tallo—. Podrías comprar lo que se te antojara; tener a la hembra que quisieras.

—Aunque en esto él ha tenido a las que quiso—.

Comprarías hasta ejércitos y te proclamarías rey de la nación que quisieras.

¿No lo cambiarías? —Sus dedos tímidos bajo las burbujas, ansiando jalonearle la virilidad a su alfa.

La nuez de Jevrem, subió y bajó, al tragar saliva. Su rostro esbozaba la agonía de la espera, de un coito o una masturbación que tardaba en manifestarse.

—No… —contestó, enronquecido; movía la pelvis como indicándole a Anna: «Anda, ¡tómalo! ¡Estrújalo hasta hacerme gemir escandaloso!»—. Cómo cambiar ese dinero por estas habilidosas manos que tienes. De ninguna manera.

—Entonces… —Anna, acuclillada en el piso, daba leves apretones a lo largo del tallo. El glande, hinchado y sonrosado—, ¿estarías dispuesto a perder una fortuna por mí? ¿Así de valiosa soy para ti?

—Mucho… —Por fin disfrutaba la masturbación en proceso.

Pero sin percatarse de que su apacible respuesta desbordó en alegría a la muchacha, quien sonreía de oreja a oreja.

Le creía: las grandes fortunas no sustituirían el amor que él sentía por ella; lo perdió todo y ahora lo volvía a recuperar.

Los lingotes de oro, las cifras astronómicas de un dinero que se acumulaba en cuentas bancarias, la inversión en obras de arte, los negocios prósperos…

Sin amor, ¿de qué servía ser, el más adinerado, si no tendría a la persona amada?

Jevrem, tan en su ambiente, echó una pierna recostada fuera de la tina, al igual que la otra. «Dale con todo, querida», parecía expresarle con su pose desinhibida, pero aún cubierta con la espuma.

Tuvo que dejar sus brazos reposados en cada borde de la tina, para tener algo para agarrar mientras Anna le masajeaba las bolas y el largo de su pene erecto. A la vista del que quisiera espiar, nada vería, a excepción del glande hinchado del lobo, entregado a las atenciones que recibía.

—Fuerte, Anna. Acaba conmigo. —Hasta el momento, ella ha sido delicada con él, como si le preocupara lastimarlo. Pero Jevrem sentía que había recuperado los ánimos como para soportar que su preciosa hada fuese ruda.

La petición se dio al instante.

La mano pequeña de Anna apretaba a mitad del tallo y jaloneaba hacia arriba como si quisiera aumentar mucho más lo que esa monstruosidad se estiraba.

Lo había pedido él, así que, a aguantarse la despiadada masturbación.

Jevrem gemía; su cabeza echada hacia atrás, jadeante, agonizante en espasmos divinos.

Anna no dejaba de observar el rostro contraído de él, ¡qué macho tan hermoso! Era como una obra de arte, del que las mejores galerías querrían exhibir, a pesar de la lamentable pérdida de masa muscular. Aun así, amaba que él lo disfrutara.

Y le daría más.

Se inclinó hacia adelante para que su boca alcanzara su virilidad. Y lo encerró entre sus labios, con una chupada que ocasionó que Jevrem se estremeciera.

Pero… ¡Carajo! Las burbujas se pegaron en su frente, nariz y barbilla.

—¡Huich! —Debía lucir como una payasa.

Jevrem abrió los ojos y sonrió. No se burló de ella, aunque lucía graciosa.

Echó adentro una pierna, y, con la punta de su pie, levantó de la cadenita el tapón de la tina.

El agua se colaba por el desagüe.

El nivel descendiendo y descendiendo…

El pene alzándose entre la capa de burbujas, como un faro en la cumbre de una isla.

La pierna volvió a su sitio.

Jevrem miró a Anna, libidinoso. Todo para ti, mi hermosa hada. Y esta sonrió. Sí…, todo para ella.

Y, con una sonrisa picarona…, volvió a inclinarse sobre su desinhibido novio.

—¡Oh! —El gemido de Jevrem debió escucharse hasta en la cocina, en cuanto Anna le dio un lametón para remover los residuos de las burbujas.

La piel de su virilidad sabía a las esencias de baño que Isabel se había encargado de surtir para cada dormitorio y también para el principal, cuyas dimensiones se permitía en el área del baño una tina descomunal.

Era demasiado grande, por lo que, sin quejarse, conjeturó que fue traída para que el tamaño del Soberano y las largas piernas de Isabel, cupiesen allí sin problemas.

Anna habría entrado hasta en una ponchera.

Aunque Jevrem…, el pobre habría protestado.

Dejó atrás esos pensamientos, porque lo que le interesaba era complacer a su macho.

Y lo haría muy feliz.

Los lametones dejaron limpio el tallo, desde el glande hasta las bolas. No había rastro de burbuja que ella absorbiera por la nariz y la hiciera estornudar o toser, «la zona» estaba despejada; su lengua enroscándose sobre el mástil, y sus labios chupando…

Cuando Jevrem, la llevó tomada de la mano al dormitorio, Anna pensó que iban a charlar de lo ocurrido y que aclararían los malentendidos.

Sin embargo, no hubo disculpas ni comentarios sobre la voz que a él lo martirizó estos días, ni hablaron del señor Damir y la señora Radojka.

Nadie era merecedor de robarles la atención; ni Ángel, ni Ma-cheil, ni los que protegían a Anna.

Lo que sucedió fue que las ropas de Jevrem se arremolinaron en el piso, tan pronto él cerró la puerta tras de sí.

Los besos los reservó para después, tenía afán por asearse, a causa de estar sucio a orín, sudor y arena de la gruta.

La tina se había llenado mientras Jevrem, allí se acomodó, sin antes haber climatizado el agua.

Ahora estaba fría. ¡Heladísima! Anna ni quería meterse, porque saltaría fuera antes de que sus nalgas se posaran en el agua.

Jevrem, al parecer, no tenía intenciones de retozar, sino de estar con Anna, como macho y hembra en franca convivencia desde hacía décadas.

Giró la llave del agua caliente, Jevrem no protestó; de hecho, no se había dado cuenta de su despiste. Sonrió apenado y dejó que Anna hiciera el trabajo.

Minutos después las manos y la boca de la joven lo hacían gemir de placer.

—¡Oh, Anna, sí! ¡Oh, Anna! —Su respiración, una agonía exquisita entre jadeos y gemidos varoniles. Ella no le daba un segundo para recuperar el aliento; su pecho se agitaba por el aire que tragaba, ya que su nariz había olvidado la función normal de respirar.

La sensación de sentir los labios de Anna en torno a su pene era…

¡Oh!

¡Crash!

Al aferrarse con tanta fuerza a la tina, Jevrem la quebró. El agua se escapaba a través de las grietas, como cascada que busca el cauce del río.

Anna dejó su faena por lo sucedido. Su boquita hinchada por el sexo oral, en una «o» de sorpresa.

Mientras tanto, Jevrem quería volver a tener su pito allí para que lo consumiera todo. Pero no en esa tina rota, ya no era posible, demasiado peligrosa para Anna.

Se puso en pie, y, desnudo, alzó a Anna entre sus brazos, y sin cojear la llevó hasta el dormitorio, dejando huellas húmedas de un rato de placer en el baño.

—Tendré que comprar otra tina…

—¿Te hice sufrir? —Anna le preguntó mientras él la depositaba en la cama, y se acomodaba entre sus piernas, percatándose de que él no esbozó ningún gesto de dolor por estar en esa posición. Sus rodillas, sus cicatrices en los muslos no lo cohibían.

—Mucho, mi hada impúdica. Tendré que hacértelo pagar por ser tan malvada…

Ella rio nerviosa y profundamente excitada. ¡Qué le hiciera de todo: ella quería!

La camiseta que usaba, él la desgarró en jirones, y, con el resto de la tela, le tomó ambas manos a Anna, y las llevó hacia el cabecero de la cama.

—¿Sabes lo que nunca he hecho contigo? Atarte…

La joven morena se ruborizó.

—¿Tan mal me porté? —Su pregunta seguía el juego de su amante en la medida en que este le inmovilizaba las muñecas.

El sujetador desgarrado, arrojado lejos de la cama. El pantalón chocó contra el ventanal, a espaldas de Jevrem, cuando él lo aventó como si estorbara entre los dos.

—Anna, Anna, Anna… No sabes lo que me gusta que uses tanguitas… —Estiró la tirita para que el rectangulito de la prenda íntima se le metiera entre los labios vaginales.

Se removió debajo de Jevrem.

—Venía preparada para todo.

Él sonrió perverso.

—Me rescatas y me complaces…

—Y me castigas. ¡Qué injusta es la vida! —fingió tristeza. Ella oraba para que el castigo fuese largo.

La besó en los labios, de un modo tan indecente que Anna se mojó.

Jevrem percibió el aroma de la excitación.

—Se me hace agua a la boca… —Se deslizó hacia abajo para que su rostro estuviese al alcance de la pelvis femenina.

La abrió más de piernas.

La braga sin removerse.

—Podría hacer que te corras sin siquiera tocarte —expresó jactancioso de la capacidad que él tenía sobre Anna de excitarla.

Ella no lo dudó. Solo oír su voz gutural, su aroma de macho y ver su precioso rostro, le daría un orgasmo espontáneo.

—¿Y cómo sería eso? —lo animó, ansiosa por «padecer» lo que él le quisiera hacer.

Estiró las tiritas de la tanga hacia las tetas de Anna.

El rectángulo aprisionando sus carnosidades íntimas.

—Sin tocarte. —Solo la delicada prenda.

Y comenzó a estirar y estirar y estirar…

La fricción de la tela, en el clítoris, la hacía gemir y retorcerse en un sufrimiento que deseaba prolongar hasta que les cayera la noche.

Quería cerrar las piernas, para intensificar ese «dolor» pulsátil entre sus labios vaginales, pero Jevrem, con sus propias rodillas, la mantenía abierta para él.

Anna apretaba los ojos y jadeaba.

Jadeaba. ¡Jadeaba!

La tanga se le metía bien duro, rozando también el ano; ella prácticamente era «follada» por la prenda íntima, con sus continuos roces.

Se mordía el labio inferior, para no gritar; de haber imaginado que Jevrem le haría eso, ella habría usado una braga de tejido grueso para que la raspara mucho más por dentro.

—Vamos, Anna, quiero verte correr… —La tirantez cada vez más rápida; de un momento a otro rasgaría la tela.

—¡Oh!

—Sí, así… Vamos, mi hada, regálame tu orgasmo.

—Él se moría por tocarla con su propio pene, perforarla por la boca, el ano y la vagina.

Empujar y empujar y llenarla hasta que su semen impregnase hasta las sábanas.

Pero quería, por ese instante, verla alcanzar el clímax con un retazo de tela que él apenas tocaba con las puntas de sus dedos.

El rostro de Anna se tornó rojo, su piel ardía, sus venas hervían, sus colmillos se alargaban, sus garras desgarrando sus ataduras.

Y el orgasmo explotó en un gemido bastante sonoro.