Capítulo 54
El gorgojeo de un pájaro le daba la bienvenida al amanecer.
Y también a Anna, que recuperaba la conciencia.
El malestar fue casi instantáneo, punzadas se manifestaban en su entrecejo y en la base del cráneo; le costó abrir los ojos, y descubrió que un hombre le hacía compañía.
Era Erik, y le sonrió enseguida, aunque no como lo acostumbrado.
Detrás de él se hallaba Ángel, y detrás de Ángel, Sakari.
El primer pensamiento que obtuvo Anna fue para Jevrem. Al incorporarse rápido, sentada en la cama; las náuseas la acuciaron. Trataba de recordar qué había pasado, pero su mente estaba obnubilada.
—Jevrem… —Lanzó sus piernas fuera de la cama—.
¡No! —Manoteó a Erik, porque este intentó mantenerla allí, seguía débil, su semblante pálido nada bueno expresaba de su salud—.
¿Qué pasó con él? —La angustia se removió en su estómago y se alojó en su garganta, quebrantándole la voz con un sollozo desgarrador.
¿Qué pasó entre la gruta y el camino a la cabaña?
¿Quién la llevó, cuando ella no deseaba apartarse del lado de Jevrem? Él la necesitaba.
—Está en su dormitorio —Erik le contestó, no muy feliz de ello—. Y tú tienes que volver a acostarte, porque parece que te vas a desmayar de nuevo.
¿Se desmayó?
—¿Y qué fue lo que pasó?
—Lo guiaste —Ángel, le contestó, en una sonrisa desbordante. Obstaculizaba la salida del dormitorio; aún descalzo y en pijamas, y sin ánimos de hacerle pasar un mal rato a su amiga.
Aturdida por todo lo acontecido, Anna buscaba sus zapatos, y enseguida se percató que en ese dormitorio nada suyo había quedado. Debieron enviárselas después de que ella huyera por el bosque, con su hijo en brazos, o las quemaron en una hoguera, en un gesto simbólico de deshacerse de ella.
Ángel rio.
Miraba a un extremo del pasillo.
Movida por la curiosidad y porque una fuerza interna la impulsaba a salir del dormitorio, Anna –apoyada de Erik– cruzó el umbral.
Al mirar en dirección por dónde Ángel fijaba su atención de manera sonriente, rompió en llanto.
—¡Jevrem!
Este salía de su dormitorio; descalzo y greñudo, con su semblante pálido y sus ojos agrandados y cristalinos, al posarlos sobre ella.
Los dos tuvieron las mismas intenciones de buscarse, con personas detrás de ellos, en oposición de haberse levantado de la cama.
Al señor Damir y a la señora Radojka no le hacían gracia el encuentro entre los dos enamorados.
Damir protestaba de que Jevrem seguía débil y que cualquier esfuerzo le haría sufrir una recaída; mientras que a Radojka la agriaba tener que darle las gracias a esa sirvienta por salvar a su hijo de un… lo que sea que lo haya torturado.
Jevrem recibió a Anna, entre sus brazos, y la besó enseguida delante de todos.
Ángel rio apenado y divertido de que por fin estuviesen juntos, y Erik sufrió una vez más un duro golpe a su corazón.
La mitad de los presentes aceptaban la relación, y la otra mitad: uno resignado y el resto, retorciéndose en la repugnancia.
Anna Morris no debía jamás formar parte de los Brankovic.
—Mi hada hermosa de alas mágicas y corazón puro, me has salvado de una condena perpetua —Jevrem le expresó, solemne, luego de liberar a la joven de sus labios que morían de nuevo en darle un beso apasionado—. Gracias por salvarme.
—Siempre, mi amor. Siempre…
—Deja ya la escenita romántica y vuelve a la cama, o tendré que recogerte del piso —Damir trataba de romper la burbuja creada entre esos dos, que volvieron a fundirse en un abrazo más fuerte.
El aroma de los híbridos captó la atención de Jevrem.
Levantó la vista hacia ellos.
Le sonrió a Ángel, quien, a su vez, lo saludó con un «hola» con la mano, y saltaba de alegría por su primo y por Anna.
Cuando Jevrem rodó los ojos hacia Erik…
Su sonrisa se desvaneció.
En un primer vistazo no lo reconoció, creyó era su tío Everett, pero enseguida notó sus rasgos, unos años más joven, y en la corpulencia más ligera de su torso.
Aun así, no lucía de la edad en la que él lo vio la última vez, cuando todos estuvieron en la cabaña; Erik había envejecido, quizás, unos diez años más, mientras que Ángel volvió a ser un cachorro.
¿Qué había pasado ahí? Isabel no le contó nada de esto, salvo que era una historia muy larga de contar, y que más adelante lo pondría al tanto, pues Jevrem había estado aturdido por el agotamiento de haber nadado muchas millas en el mar.
—¡Jevrem! —Ángel corrió hacia él, y lo apapachó por la cintura, con esa afabilidad tan de él que derretía corazones gélidos.
—¡Ey, primo te hacía en Montana! —De hecho, él lo vio partir—. ¿Isabel? —¿Qué pasó para que ella lo dejase allí? Era muy sobreprotectora.
—En Montana —Erik respondió por su hermano menor, lanzándole a este una mirada enojada debido al lío en que los metió.
Enseguida Ángel, interrumpió el abrazo a Jevrem, para que Erik le expresara al primo su afecto fraternal.
—Sí que has crecido, muchacho… —Jevrem le comentó con cierta inquietud alojada en la boca de su estómago; había alcanzado a fijarse de que Erik salió del dormitorio de huéspedes donde Anna se alojó, y la ayudaba a sostenerse.
El joven sonrió un tanto tenso.
—Así lo quisieron los dioses —replicó, en un encogimiento de hombros. Ángel, asentía, pero ya no estaba enojado por quedarse chiquito; se divertía estando así, no tenía esa presión que los adultos depositaban en su hermano mayor.
—Eres casi idéntico a tu padre, por poco me inclino ante ti —Jevrem comentó de manera socarrona.
Damir esbozó una fea mueca y Radojka se cuidó de no hacer ningún comentario displicente hacia el muchacho.
Después de todo, fue este quien trajo de vuelta a Anna Morris, la que logró anclar el alma de su hijo a la vida.
—Bueno, puedes hacerlo, por mí no hay problema.
—No seas payaso, Erik —Anna lo reprendió sin enojo, y Ángel rio, al igual que Jevrem y Sakari.
Radojka sonrió desabrida, Damir oraba a los dioses a que mataran a ese condenado muchacho que en una oportunidad le echó a perder los planes.
Llegaría el día en que le devolvería el puñetazo que le estampó en la cara.
—Suficiente saludo —espetó—. Vuelve a la cama, Jevrem, luces pálido. —Él no era de los padres consentidores, pero se comportaría como tal, si eso le garantizaba separar a su hijo de la sirvienta.
Sin hacer réplicas, Jevrem entrelazó sus manos con la de Anna.
—Muchas gracias por todo lo que hicieron por mí. Les debo la vida —le expresó a Erik, a Ángel y a Sakari, y luego a Anna, a quien le besó la mano que sujetaba. Miraba a la joven con profundo amor, del cual incomodó a sus progenitores y a Erik—. Nos vemos más tarde. —Y se llevó consigo a Anna.
Damir le bloqueó el paso.
—Necesitas descansar, no…
—Lo sé, solo quiero abrazar en privado a mi novia.
Y pasó por el lado de Damir hacia el dormitorio principal.
—Jevrem y Anna se van a dar besitos. ¡Auch!
¡Por qué me pegas, tonto! —Ángel se quejó por el zape que le dio Erik, a causa de su comentario.
El tío Damir enrojeció como si quisiera explotar en mil palabrotas y la tía Radojka se alisó su cabello, y se marchó hacia el dormitorio contiguo, donde le asignaron para su estadía.
No soportaba la idea de que su hijo estuviese con esa hembra; podría ser su salvadora, pero su linaje no le daría buenas crías.
Y, mientras Radojka, viva, esos dos no van a estar juntos.
*****
Zafira simuló que no vio salir a Erik de la cabaña.
Su orgullo le imploraba de que se mantuviese firme como una guerrera implacable de los enemigos que acechaban. Si bien, Erik estaba lejos de ser uno de esos sujetos que terminan con la cabeza cercenada, cada día le daba un motivo, si seguía fastidiándola.
Se mantenía «distraída», charlaba con Richard en el punto en que iniciaba el descenso hacia el riachuelo; de allí no se movían, vigilaban los cuatro puntos cardinales de su ubicación, mientras que el resto del equipo proveniente de Montana, aún permanecían por las inmediaciones de la cabaña.
Todos se formulaban muchas preguntas con respecto a Jevrem Brankovic, del cual su halo de misterio aumentaba y la leyenda con respecto a él ya pasaba de lo inverosímil. ¿Qué sucedió en la gruta, que hubo gritos, exclamaciones y cánticos?
Los que estuvieron allá, dentro, ni comentaban ni hacían expresiones de «¡Uf, si supieran lo que pasó!», salieron sudorosos y agotados, pero con vítores ensordecedores que se escucharon hasta sonde Zafira y su grupo estuvieron a raya.
Los pasos de Erik se dirigieron hacia ella y Richard Collins.
La joven montanesa esperaba a que su «jefe» no los increpara por estar charlando en horas de vigilancia.
Los hombres del gobernador siempre andaban malencarados y como si tuviesen una estaca metida en el culo.
Ellos eran más numerosos, abarcando extensiones de tierra, prácticamente tres guardias contra uno, en el caso de que se desarrollase un enfrentamiento.
Pero, a pesar de esto, el ambiente se percibía más relajado.
Bracitos rodearon la cintura de Zafira.
—Te quiero —fue una expresión tan dulce por parte del pequeño híbrido que enterneció a la asistente.
—También te quiero, Ángel —le expresó enseguida, teniendo en cuenta algo que había quedado pendiente—. Pero estoy enojada contigo. ¿Cómo es que hiciste para colarte en el jet y en el helicóptero? —De hecho, ni siquiera ahí lo vio aproximarse.
—Eso también quisiera saber —Erik increpó a su hermano mientras daba un movimiento brusco con la mandíbula, para que Collins se largara. Distraía a Zafira, de sus obligaciones.
Ángel se encogió de hombros.
—Salté.
—¿Cómo que «saltaste»? ¿Dónde te escondiste que ni te percibimos?
—Ya te dije que salté.
—Mamá te va a matar.
Puso cara de terror.
¡Ay, eso no!
—¡No se lo digas! —Chilló, porque en más de una ocasión su progenitora lo metió en cintura—. Por favor, Zafira, dile a Erik que no se lo diga.
Esta apenas esbozó una sonrisa apenada.
—Lo siento, Ángel, tu mamá debe saber… Lo que hiciste fue muy peligroso —tal cual el par de hermanos—. Los mismos muchachos te habrían golpeado sin querer.
—No hice nada malo…
—¡¿Te parece que no?! —Erik le gruñó—. ¿Viste en el estado en que estuvo el primo? Espero que mamá te dé unas buenas nalgadas.
—¡Eres un odioso! —Se separó y echó a correr hacia el riachuelo.
Zafira lo persiguió, el cachorro no debía estar solo por esos parajes; los yakaramath y las otras tribus seguían por ahí, vigilando, y ella temía que se produjera un altercado del cual después no se pudiera remediar.
Al tratar de darle alcance, Ángel rodeó el grueso tronco de un abedul negro, y, al darle alcance, justo en ese tramo, Zafira le perdió el rastro.
Paralizada, se rezagó para observar las huellas de sus pies.
Ni una.
—¡Ángel! ¡Ángel! ¡Regresa, de una puta vez, o te daré una zurra! ¡¡No me colmes la paciencia!! —Erik olfateaba el aire, para captar su aroma, pero todo de su hermano desapareció.
—¿Habrá vuelto a la gruta? —Zafira, consultó, igual de intrigada que Erik. Ángel era veloz para librarse de dos lobos que lo superaban en tamaño y musculatura.
—Si lo hizo, de allá lo traigo de una oreja. Está causando muchos problemas. —Y el hecho de que Ángel había desplegado una vez más ese sentido psíquico que lo inquietaba.
Fingiendo que montaba guardia desde la parte posterior de la cabaña, Richard aguzaba su sentido auditivo a los que estos dos discutían en voz baja.
El mequetrefe no hacía más que mantenerlo distante de Zafira, como si se creyera con derechos de estar siempre sobre ella.
Se la había comido y no dejaba que otros probaran el mismo postre.
—¿Cómo logró camuflarse en las dos aeronaves? —Zafira meditó, pensativa—. No había lugar para esconderse…
Erik torció el gesto. Ni él era tan terrible con sus padres, como Ángel.
—Ni me quiero imaginar dónde se habrá metido. —Como el de sujetarse de la cola del jet o colgarse de las patas del helicóptero. Aunque las dos situaciones se le hacían improbables.
Cuando hicieron el amague de enfilarse hacia la gruta, las risas de Ángel les hicieron dar la vuelta.
Se hallaba en lo alto de la colina, y de inmediato corrió hacia la cabaña.
Erik expresó una palabrota sin sonido de voz. ¡Pobrecito cuando lo atrape!
—Le daré de correazos.
—Y tu mamá te las dará a ti por tomarte esa atribución —Zafira no estaba segura, de si Erik hablaba en serio, nunca le levantó la mano a su gemelo ni cuando reñían por una presa cuando ambos tuvieron la misma «edad».
—Ahora entiendo a mis padres, esto de ser responsable de un crío es una mierda. Tendré mis hijos, bien entrado en años…
Zafira puso los ojos en blanco.
—Y pretendes ser el padrastro del lobato de Anna.
Erik miró enojado a su asistente, y esta siguió caminando hacia el tope de la colina, con la satisfacción de haberle atizado el comentario al otro. ¿Acaso quería solo sexo con la madre, sin retribuir la obligación propia de un progenitor sustituto?
Jalón de brazo hacia atrás.
Erik la detuvo.
—Si se hubiera dado la oportunidad, habría sido un buen padre. Pero no se dio… No con ella.
—Será con otra.
Él la recorrió con la mirada.
—Sí, con otra.