Capítulo 53
Los gritos ensordecedores reverberaban por las paredes rocosas de la gruta.
La voz desesperada por tomar el control, le ordenaba una y otra vez a Jevrem de atacar a los que intentaban someter su voluntad.
Anna y Ma-cheil y los chamanes eran los únicos en el que sus cabezas no tocaban el techo de la gruta, mientras que Erik, Damir y Radojka tenían que encorvarse un poco para mantenerse erguidos.
Habían hecho un círculo en torno a Jevrem, a quien los ancianos pidieron a los guardias que lo atasen en estacas que lo inmovilizaran en el suelo.
Jevrem se removía para liberar sus extremidades, pero le era infructuoso; entre más se removía, los lazos se apretaban en sus muñecas y tobillos.
«Te han ofrecido en sacrificio, ¡debes liberarte!».
¡No puedo!, exclamó a Noé, luchando el joven en contra de dos fuerzas mágicas que chocaban entre sí, en una pugna por la perdición o salvación del alma de un metamorfo de gran nivel extrasensorial.
—¿Qué debo hacer? —Anna consultó a Ma-cheil, mortificada de que a Jevrem le estuviesen haciendo daño. Su pierna herida temblaba convulsa como si choques eléctricos pasaran por sus músculos y huesos.
—¡Lárguense de aquí! —Damir les mostró la hilera de dientes, y sus ojos se oscurecieron, del coraje que le daba de que la sirvienta y ese desgraciado sobrino hayan tenido el descaro de presentarse allí.
¿Qué buscaba esa hembra?, ¿qué por fin la mataran?
Un zarpazo en la garganta la haría tragarse su propia sangre.
—Llámalo, dile que has acudido a él —Ma-cheil ignoró la enojada exclamación del Alfa Regional de Alaska, e indicó a la joven lo que debía hacer para que bajaran las defensas del joven Jevrem.
Ninguno de los ancianos ha podido introducirse en la mente de este, siendo expulsados por una entidad que se ha aferrado allí como una brea que todo lo mancha. Lo contamina.
—¡Aléjese, no tienes por qué…!
—¡¡Él la ha estado llamando!! —Radojka lo interrumpió, envarada ella ante su exesposo, que no daba tregua con su odio.
Si la hija de George Morris, lograba que su hijo bajara las barreras mentales que ha construido alrededor de él, y lo arrancaba de las garras de lo que sea que somete a Jevrem, ella se disculparía de rodillas ante Anna.
La joven se mantenía inmovilizada en su sitio, temiendo que el señor Damir se le fuera directo al cuello; no parecía querer colaborar a que Jevrem recuperase la lucidez; su orgullo como gran señor debía anteponerse al amor de progenitor.
—Ve a él. Recuerda lo que te dije… —Ma-cheil, la aupó, esbozándole a la joven una sutil sonrisa, para insuflarle algo de seguridad y mientras él cuidaba de los movimientos del líder regional.
Los cánticos guturales de los ancianos se elevaron para acallar cualquier protesta de ese sujeto de carácter terco y mente cerrada, y también para que las energías negativas que percibían del Retornado, no se propagaran más allá de su propio ser.
Aún estaba enjaulado. Si se liberaba propagaba la peste.
Y la peste era la muerte misma.
«Mi amado, Jevrem, estoy aquí», Anna se acercó y clavó sus rodillas en el suelo arenoso de la gruta, como si fuese a llorar o a implorar por el amado que permanecía postrado como presa lista para el sacrificio a los dioses.
«¡APÁRTATE, PERRA!».
Choque.
Eso fue lo que Anna sintió en el instante en que una voz espantosa resonó en su cabeza. La entidad fue capaz de comunicarse con ella.
—¡Cierra tu mente, no permitas que él se aferre a ti! —Walela percibió que Anna también podría ser manipulada, pues ella carecía de dones para defenderse.
La joven la miró interrogante. Entonces, ¿cómo se comunicaba con Jevrem si esa voz estaba allí con él?
—Háblale —Ma-cheil le sugirió.
Anna suspiró. Caramba… No habría conversación privada donde ella le expresaría que lo amaba y tendría que abrir su corazón delante de todos.
A oídos del señor Damir y de la señora Radojka, que, de momento, sería su aliada porque ella le hacía bien a su hijo.
Después volvería la suegra arpía, miembro honorario del Cuartel de las Brujas.
Aspiró y soltó el aire de los pulmones, para recuperar la seguridad que perdió hacía segundos.
Posó una mano en el pecho de Jevrem, y este se estremeció.
Ahí, en el fondo de su ser, él la sentía.
—Amor… —lo llamó—, estoy aquí. Nuestras almas están unidas para siempre. Adonde tú estés, me arrastrarán contigo, porque somos uno. Si das un paso a la oscuridad, iré a buscarte y sacarte de allí. No escuches al que te habla…
«¡Cierra la jeta, pulgosa!».
—Anna…
—No escuches al que te habla —Anna tuvo que esforzarse para que esa voz no la intimidara. El cántico de los ancianos, le erizaba la piel, y las vibraciones se percibían por toda la gruta—. Camina conmigo hacia la luz, enlaza tu corazón con el mío.
—Anna… —la llamaba como si, en la oscuridad de su mente, él la buscaba.
Radojka se aferraba al dije colgado en su cuello, en plegarias inaudibles a los dioses; la sombra espectral se desplazaba por las paredes de la gruta, recorriendo con rapidez su entorno como si buscara otro ser, al cual poseer, en caso de que la joven lograse salvar a su amado.
A Erik se le contrajo el estómago, la sombra pasó muy cerca de él, y luego siguió hacia el siguiente en el que unían sus voces guturales en una oración ancestral.
La sombra volvió a posarse en Jevrem.
Este abrió los ojos y le gruñó a Anna.
—Te amo —ella le expresó, afligida, lo que provocó que el rostro del joven se relajara y parpadeara mientras que Erik sentía que su propio corazón se rompía en dos—. No me apartes de tu lado, porque volveré a ti, una y otra vez.
—Anna…
«Tu perra pulgosa no te librará de mí».
—Claro que puedo —respondió Anna, sorprendiendo a la voz, porque la loba era fuerte—.
Jevrem es mío. Cada molécula de su ser fue creada para que se complemente con las mías.
Cada prueba, cada reto, desgracia o muerte, han sido superadas; nada de esto nos ha separado por mucho tiempo.
Siempre volveremos a estar juntos. Nuestras almas se buscan, porque fuimos creados para ser una.
—Una…
«¿Crees que podrán salvarlo? —la voz se carcajeó y el techo de la gruta se estremeció como si un movimiento telúrico estuviese azotando la tierra—.
Tonta, de mierda, ¿qué puedes hacer contra mí, que soy superior a ti?
Te puedo enfermar con un soplido… —Ahí, Anna experimentaba un fuerte mareo y unas severas náuseas que la debilitaban.
Ma-cheil y Walela se aproximaron.
Sus manos posadas en cada hombro de la muchacha, empujando hacia atrás la contaminante energía áurica de la entidad maligna.
—Jevrem…, lucha contra él. ¡Sácalo de tu ser!
—¿Có…? ¿Cómo?
«Es mío. Los mataré a todos cuando lo dominé».
—Guíalo hacia ti.
—Pero, ¡¿cómo es que…?! —Damir se sorprendió, al igual que Erik y Anna, de ver allí a Ángel, parado a los pies atados de Jevrem.
Ma-cheil se interpuso entre el gemelo mayor y el menor, para que el primero no lo increpara o los demás se lo llevaran de allí.
Los chamanes abrieron los ojos cuando escucharon al cachorro, y luego los volvieron a cerrar, concentrados en sus plegarias.
Radojka no se extrañó; de alguna manera ella percibía lo que era Ángel; su propia madre se lo había advertido hacía un tiempo atrás.
—¿Guiarlo? —Anna no tenía la menor idea de cómo ayudar a Jevrem; sin embargo, estaba allí para él, aunque fuese para confrontarlo.
—Él debe hallar el camino hacia a ti —expresó Ángel, con una seriedad que le confería más edad de la que aparentaba—.
Anímalo a vivir —como él lo hizo en su ocasión con Jevrem, pero que ahora la conexión la tenía con Anna—.
Háblale, sé su voz… Anímalo a luchar; lo que se aferra a él, es un parásito que se alimenta de las almas de los infortunados.
Se apoderó de Jevrem en un momento trágico.
«El cerdito que me ayudó a salir es el que me quiere detener».
—Une tu corazón con el de Jevrem.
Anna cerró los ojos y posó de nuevo la palma de su mano, en el pecho –justo a la altura del corazón– de Jevrem.
No hubo palabras expresadas en voz alta para que, los que estaban ahí presentes, escucharan. Su pedido era silencioso. Íntimo y peligroso.
«Me llamaste y estoy aquí para ayudarte, amado mío. Por tu camino hallarás el terror, no te lastimaré, porque soy tu escudo. Usa mis fuerzas motrices, usa la fuerza de mi alma y mi corazón, aférrate a mí y sígueme».
—Anna…
Damir enlazó su mano con la de Radojka, que no la rechazó; no por sentir aún algo por él, sino que debían estar juntos en ese instinto por un mismo bien.
Ángel estrechó la mano con Erik, no debía soltarlo o se perdería.
Entonces, los chamanes comprendieron un hecho importante: la unión era primordial.
En una línea de oración y sabiduría infinita, sus dedos se entrelazaron, como hermanos nativos.
Afuera comenzó a llover a cántaros.
Adentro en la gruta, temblaba.
La sombra se movía como bestia que protege su presa.
*****
Del lado de los que nadie ha podido cruzar, sin pagar las consecuencias, Jevrem tuvo que volver a ese mismo lugar.
La vacuidad.
Se sintió abandonado, en medio de la nada, sin hallar asidero que lo protegiese de alguna caída o tropiezo.
Su anterior experiencia en ese lugar que no era real ni tangible, en nada lo ayudaba a desenvolverse.
Sus pisadas eran vacilantes, sus manos trataban de hallar lo que fuese que le indicase en dónde se hallaba.
—¿Anna? —Ella ya no le hablaba, todo era silencio y quietud, y una soledad infinita que resquebrajaba su temple. ¿Qué hacía él allí si estaba vivo?, ¿adónde fueron los demás que lo habían atado?
Y sus ataduras…
No podía ver sus manos.
La negrura lo envolvía.
A poca distancia de él, reverberó una risa siniestra, y de inmediato Jevrem se puso en alerta.
Noé Bummer estaba por ahí, acechándolo. Quizás observándolo y él no a este.
Su lobo interno no respondió al llamado del joven alfa, y allí en el limbo, la bestia fue separada del hombre.
Lo que, lo definía, ya no existía. Solo era Jevrem Brankovic: el que una vez murió por los tiburones, el que una vez amó de manera sincera a una chica de largas trenzas, el que una vez cruzó el continente, montado en una moto para alejarse de los malos recuerdos y del dolor.
¿Por qué insistían en atarlo si ya pagó todas sus deudas con la vida misma? ¿Qué más tenía que pagar?
—Debes entregarme tu cuerpo vivo para que yo pueda existir ahí —Noé le comentó desde dónde sea que se hallaba vigilando su ceguera. Ya no lo torturaba dentro de su cabeza.
Jevrem se guio por donde provino el sonido de esa voz estridente, y empuñó las manos; para ello tendrían que medirse con él a los golpes.
—Nací en este cuerpo y moriré en este cuerpo. ¡Vete al infierno!
Noé se carcajeó.
Un golpe certero tumbó a Jevrem.
Esto lo desconcertó. ¿Cómo pudo dolerle si él era un espíritu desencarnado?
*****
—¿Qué le sucede, por qué se tuerce de esa manera? —Anna consultaba llorosa a Ma-cheil, y este no comprendía del porqué de ese repentino ataque del cual de la nada se le amorataba el rostro. Las lesiones aparecían como si fuesen invocadas.
—Jevrem lucha por su vida —Ángel comentó—. Si pierdes ante el especto, el que despierte no será bueno.
—¿Y qué podemos hacer?
—Solo tú, Anna. Jevrem te escuchará. Hazle saber que eres parte de él. No del especto.
—Tráelo de vuelta, Anna —Radojka, sollozó. Damir ni gruñó ni maldijo ni miraba enojado. Le daba la oportunidad a la muchacha de hacer por su hijo lo que los demás no pudieron.
*****
Jevrem no tenía modo de defenderse.
Muchas manos lo sujetaban y lo aventaban de manera violenta por el aire hasta que impactaba, en lo que parecía ser un suelo sólido. Los golpes que él sufría eran para que tuviese los brazos y las piernas fracturados y la boca sangrante, pero se levantaba aporreado para hacerle frente.
—Por acá estoy —Noé le tocó el hombro, y Jevrem se volvió en un giro rápido que casi lo hace caer.
Su puño pasó en una curva que no halló contrincante—.
¡Por acá! ¡Por acá! —Reía en su intención de agotar al joven alfa, pues, si se pasaba, lo mataba.
Un cuerpo maltrecho no le servía para defenderse. Esos chamanes lo reconocerían.
«Jevrem, sigue mi voz».
—Condenada perra, me encargaré de ella cuando… ¡Argggh! —Noé se distrajo por un segundo, y el puñetazo del aludido lo tomó con la guardia baja.
—Si puedes golpearme, yo también puedo. Aquí ambos somos iguales —Jevrem había tardado en comprenderlo. No fue que Noé Bummer lo haya llevado de retorno al abismo, sino que él mismo lo empujó hacia ese vacío del que nunca debió salir. Aprendió a jugar su juego.
Las múltiples manos lo sujetaron, pero la luz de Anna cobró vigor para volverse cegadora.
«De mí, obtén tu fuerza, Jevrem. Soy tu luz, tu escudo y tu espada. Toma lo que necesites para destruirlo, y vuele a mí».
La silueta de Anna emitía vibraciones. Jevrem la observaba casi hipnotizado. Lo atraía, le ofrecía su propia energía, pero él no sabía cómo apropiársela.
Una mano lo estrangulaba. La otra lo golpeaba por el estómago. La tercera le daba por el costado izquierdo. La cuarta por el derecho. La quinta le agarró la entrepierna. Las otras dos elevadas en puños, preparados para aventarse con violencia contra su pecho.
Jevrem, adolorido, rodó los ojos hacia la silueta de su amada, y se concentró para recibir lo que ella le ofrecía.
La luz se tornó más cegadora.
Todo era blanco. Muy blanco…
Como una onda expansiva, Jevrem expulsó hacia la profundidad del abismo a la entidad invasora.
Tras el aumento de poder, la silueta femenina desapareció en una densa neblina, y Jevrem sintió que lo jalaban hacia abajo, como si las manos de Noé aún lucharan por aferrarse a él.
*****
—¡Están muertos! Oh, Licaón…, no nos hagas esto. No mi hijo. ¡No!
Radojka cayó al suelo, desconsolada de no haber podido hacer algo por su único hijo. Las extremidades de este se habían fracturado por sí solos, había vomitado sangre, se le había fracturado la nariz, y sus ojos se inflamaron tanto que el rostro hermoso de Jevrem era irreconocible.
Ma-cheil y Walela inspeccionaron los cuerpos inertes de Anna y Jevrem.
No permitieron que los progenitores del Retornado se acercaran.
Ninguno de los dos sobrevivió; la joven cayó lánguida sobre el pecho del alfa, y este quedó petrificado de tantas heridas internas y externas que sufrió.
Dos almas bondadosas se perdieron, dos almas que…
Ángel jadeó, y su dedo de inmediato apuntó hacia la mano de Anna.
Se movía.
Y ante la reacción de la joven, un quejidito varonil se escuchó debajo de esta.
Todos gritaron de júbilo.