Capítulo 52 #2
—Iré de todas formas, no vine a quedarme de brazos cruzados. ¡Soy responsable por ti!
Él rio indolente.
Tyson no intervino, prestaba atención del modo en cómo el joven alfa manejaba su liderazgo. Hasta el momento, enorgullecería al padre.
—Al contrario, Zafira —Erik le gruñó—, yo soy el que debo estar pendiente de ti.
Y no nos vas a acompañar; haré que la estadía anterior en las mazmorras sea corta para la que tendrás en adelante si me desobedeces.
Vigila a que, por acá, no haya aproximación.
Solo tienes permitidos acercarte si ves movimientos; si vas, estaremos advertidos.
Pero, si es solo el empeño de hacerte la valiente, te castigo.
Zafira casi se pierde en la mirada intensa de lobo. ¿Era una promesa o una amenaza?
—Tu trabajo es tan importante como el nuestro —Richard le comentó mientras le apretaba suave el brazo, lo que le valió que Erik le gruñera.
—¡Ve al frente, luego te preocupas por ella! —Esa misión solo le concernía a él.
Desde la copa del árbol, Jacinto Maldonado indicó con señas el número de metamorfos que merodeaban a dos kilómetros al norte.
Y había más.
Robin White y Leonard Ferrer tuvieron que retroceder cuando intentaron abrirse paso por los matorrales. De todas direcciones emergieron docenas de lobos cuadrúpedos.
—Solo Anna tiene permitido pasar.
—Irá con nosotros —Erik se impuso a la nativa, pero esta ni se inmutó.
—Entonces, el Retornado dejará de ser lo que es él.
—Erik, estaré bien.
—¡Claro que no! Allá están, Damir y sus hombres, y esa loca es su cómplice.
Los lobos le perfilaron los colmillos.
—Permítele que solo él la acompañe. Al menos, ella debe tener esa garantía.
Sakari meditó lo que sugirió la hembra de piel oscura, y asintió.
—Bien. Solo él.
Erik asintió a Zafira, por su oportuna intervención. Así sea hasta la muerte, él defendería a Anna Morris del yugo de su tío.
En el instante en que el joven hacía amague de despojarse de sus ropas, para cambiar su anatomía, la nativa lo detuvo.
—Deberán presentarse erguidos en sus dos piernas.
—Así será más fácil que nos maten.
—Ma-cheil está allá —Sakari le comentó a Erik—, él es un líder de palabra. Velará por ustedes. Pero a usted, joven Anna, el Retornado la necesita.
«Jevrem», Anna lo llamaba, pero él seguía sin responderle.
A través de los matorrales, los dos jóvenes se encaminaron hacia la gruta oculta.
Procuraban no causar ruidos al pisar las hojarascas, pero era inevitable por los múltiples oídos agudos de los metamorfos.
Había tres fuerzas en el bosque que los observaban desde diferentes ángulos: los hombres de Damir, los de Jevrem y los de Ma-cheil.
Ambos confiaban en el líder yakaramath, pero no en los otro dos, cuyo lazo sanguíneo crearía una alianza invencible.
—Si tu novio se torna extraño —agresivo—, te saco de allá. Aún no me gusta nada eso de ayudarlo, con esa voz en su cabeza. Está esquizofrénico. Es todo.
—Es clarividente, su mente no es como la de nosotros. Él ve lo que está oculto. —Erik arqueó una ceja, y Anna agregó—. Se refiere a que «ve» lo que hace una persona, en un lugar lejano, justo en ese preciso instante. Se mete en sus ojos.
—¿Lee la mente?
—Eh… —¿Podía ser?—, no sé… Hasta donde tengo entendido, Jevrem es capaz de saber lo que hace cada quien en cualquier parte del mundo. Solo debe tener alguna prenda personal de dicha persona, para ubicarse en la conciencia de este.
—Y de tanto meterse en la mente de los demás, le frieron el suyo.
—«La voz» debe ser la de un asesino con la misma capacidad de Jevrem —Anna replicó en la medida en que se cuidaban de cada paso que daban por el sendero—. Al parecer, no lo suelta.
—Me encargaré de que sea así. —Sus garras largas.
—Ni se te ocurra, matarías a Jevrem.
—¡Por aquí!
Anna y Jevrem se detuvieron abrupto, justo a la sombra de un sauce de tallo inclinado como si en algún momento se fuese a caer por su propio peso.
—¿Ese era…? ¡¿Cómo carajos?! ¡Lo voy a matar! —Erik corrió hacia el punto donde vio a su gemelo aparecer de repente. Anna lo siguió aprisa. Su corazón desbocado—. ¡¿Cómo se metió en el helicóptero que ni nos dimos cuenta?!
—Y en el jet…
—Mi mamá me va a matar, y yo lo voy a matar a él. —Lanzaba vistazos de un lado a otro, por entre los matorrales, a ver dónde carajos se escondía.
—¡Por aquí! —exclamó, el cachorro, antes de que Anna sugiriera, dejarla ir sola a la gruta mientras Erik buscaba al hermano menor. La preocupaba el tiempo que perderían por esos parajes; lo que atacaba a Jevrem, lo estaba lastimando.
—¡Ángel! ¡¡Ángel!!
—¡Shhhhhht! —Él puso su dedito rollizo en sus labios, para que Erik dejase el escándalo—. No grites, ¡no estoy sordo! —Estaba descalzo y en pijamas.
—¡¿Qué haces aquí, pequeño demonio?! —Lo sacudió de los hombros, enojado y mortificado de lo que a este le pudiera suceder por él no haber inspeccionado antes las aeronaves—¡Te daré una paliza tan pronto pueda! ¡¡Ve hacia allá con los demás y quédate junto a Zafira!!
Infló los cachetes.
Él no fue hasta allá para que le gritaran.
—Hasta que me escuchen.
—¡Qué vas a decir para que no te dé una paliza!
—Jevrem caminará de nuevo al limbo si no atacamos lo que se está apoderando de él.
Anna, jadeó.
—El asesino... —asumía de que era alguien con el mismo don, capaz de aislarlo, y es por esto que ella otra vez no podía comunicarse con Jevrem. Este la bloqueaba.
—No es nadie que esté vivo —Ángel comentó a la vez en que sacudía la cabeza—, no está en este plano…
—¿Y qué es?
—Es un ser malo, Anna, muy malo. Capaz de despertar toda la maldad del mundo.
—¿Y qué debemos hacer?
—¡¿«Debemos»?! —Erik le replicó enojado a Anna—. Este gordinflón no va a meterse en esto, ¡se va a largar ahora mismo!
—Y mamá y papá y tú y yo y Anna… moriremos si dejamos que ese ser tome control de Jevrem —le advirtió de la manera más lúgubre—. Hay entidades que esperan obtener su propia venganza. —Sus amigos del bosque le dijeron que en las sombras aguardaban algunos que perecieron a manos del clan de su padre.
—Lo que sea, esa «voz», la enfrentaremos —Anna ni quería pensar en qué tan poderoso sería—. Jevrem nos necesita. —Y si Erik se pone con negativas, ella iría sola a la gruta.
—Los dos iremos. Pero Ángel… ¡¿Adónde se largó?! —Erik se angustió, mirando por el rededor sin poderlo vislumbrar o rastrear—. Qué habilidad tiene para escabullirse. ¿Te fijaste hacia dónde se dirigió?
—Supongo que hacia donde los muchachos…
—O hacia la gruta. ¡Vamos!
El tramo restante lo saldaron a las carreras.
Al llegar, hallaron una cantidad ingente de lobos cuadrúpedos y bípedos que les gruñeron tan pronto se acercaron. Pero enseguida se estremecieron por los alaridos de un macho que, al parecer, estaban torturando en la gruta.
¡Jevrem! Anna intentó entrar rápido, pero un sujeto corpulento se interpuso en su camino.
El guardaespaldas que se había avocado de primero, a darle cacería desde la cabaña hacia las tundras, miró con desprecio a Anna, rencoroso de no haberle puesto las manos encima; quedó como un inepto frente a su amo por no haberla asesinado junto con su bastardo.
Erik no pasó desapercibido el nerviosismo que el hombre de confianza de su tío Damir le causaba a Anna.
¿A ver, idiota, qué le pasa?, ¿cuál es su problema?
Le perfiló los dientes y este le respondió de igual modo, aceptando el tipo de enfrentamiento en el que quieran batirse.
Ambos se midieron, cara a cara; igual tamaño, igual temperamento…
Vernon alargaba sus garras, ya invocando a la fiera que siempre mantenía latente en su fuero interno; mientras que las venas de Erik comenzaban a hervir bajo la epidermis de su cuerpo.
Este era el que intentó matar a Anna, y él lo iba a despedazar por ese hecho.
—¡Basta! —Ma-cheil salió de la gruta en el momento oportuno, siendo acatado enseguida por los dos machos airados y por todos lo que rodeaban amenazantes a la joven pareja—. Erik. Anna. Pasen, los esperan.
En los ojos de Vernon se leían: «Te salvaste de una paliza».
Y en los de Erik: «Cuando quiera, hijo de puta».
—Ten cuidado de Jevrem —Ma-cheil le advirtió a la joven kenayense antes de que esta cometiera el error de correr a él para abrazarlo—, será ofensivo e hiriente.
No lo escuches. Tú tampoco —se dirigió a Erik, quien asintió mientras escuchaba que desde el fondo de la gruta su primo gritaba como si lo estuvieran cortando en pedacitos.
Al cruzar el umbral rocoso, Anna se llevó la mano a la boca, para tapar el jadeo mortificado por lo que allí dentro observaba.