Capítulo 52
—¿Gomitas? Me ayudan a calmar la ansiedad por comer… —Richard estiró su mano hacia el asiento de su compañera de vuelo, asumiendo de manera equivocada de que esta tenía hambre.
—No, gracias —Zafira lo rechazó amable y con una sonrisa fingida para no demostrar el cabreo que la azotaba.
Erik aún no perdía las esperanzas de conquistar a la alasqueña, y, para ello, se ofreció a escoltarla hasta Denali.
Pero en realidad lo que deseaba era entorpecer la relación entre Anna Morris y aquel Alfa de Kenai.
Richard se aventó a la boca, la gomita de mascar que le iba a ofrecer a Zafira, y la masticó sin borrar su amplia sonrisa del rostro.
A pesar de que esta no era de las hembras que suelen charlar amenas, él estaba emocionado de haber logrado sentarse a su lado.
Tuvo que sobornar a Tyson, con entregarle la paga de un mes completo, para que cediera su puesto.
Ni le rogó, pues este utilizó dicho pretexto para sentarse en el asiento del copiloto en la cabina de controles.
La organización fue rápida. El jet despegó del aeropuerto, a primera hora del día, por lo que apenas la escuadra de diez hombres tuvo tiempo de comer una ración de tocineta que todos solían mantener de reserva en los bolsillos de sus uniformes verdes, como bocadillo cuando salen en las misiones.
—Me gusta Alaska, es un estado hermoso —dijo mientras Erik, de vez en cuando, posaba su mirada hosca sobre ellos—.
¿Conoces los glaciares en Seward o los de Kenai?
—Se esforzaba por entablar conversación para un acercamiento más estrecho con ella; Zafira solía saludarlo distante, en la villa, y esto propiciaba a que él se planteara conquistarla.
—Apenas conozco las tundras.
¡Ah, qué bien!, Richard sonrió ante este hecho, la falta de aventura de la asistente de la reina le daba a él mayor oportunidad de idear un plan en el que se le hiciera fácil estar los dos a solas durante días.
El camping en las cumbres montañosas sería lo ideal: los dos compartiendo una carpa pequeña, donde dormirían apretujados, con las piernas enredadas entre sí y las manos posadas en sus pechos.
Él la acariciaría más de lo que el pudor de ella le permitiría.
—Cierto, fue para lo de… —Su mandíbula señalando hacia Erik, quien rápido le sostuvo la mirada de manera altiva—. Entonces debes conocer un poco más… Conozco Denali, he ido varias veces, como escolta del Soberano. Será un placer recorrerlo juntos. —Y lanzó la red a ver si pescaba a la bella sirena.
—No vamos a pasear —Erik replicó, enojado, inmiscuyéndose en una conversación que no le concernía.
Anna ocupaba el puesto contiguo a él, y los otros compañeros en los asientos de atrás de la veloz aeronave—.
Vamos a proteger a Anna. Y al que atrape fuera de su puesto de vigilancia, lo muelo a golpes.
—En especial a ese idiota que no soportaba.
¡Entrometido! Zafira ni lo determinó, era su amo inmediato, impuesto por el Soberano, pero estaba por propinarle un par de puñetazos. Cachorro caprichoso.
—Cuando tengamos, unos días libres, podemos explorar los icebergs —le sugirió al guardia, y este asintió encantado. ¡Fue buena idea haberlo sugerido!
—Las noches en las cimas son las mejores durante el verano. Te darán ganas de aullarle a la luna.
Zafira rio y Erik torció el gesto. A esa le brillaron los ojos por la propuesta del idiota que le aúlla hasta los grillos cada vez que se alborota.
—Gracias por hacer esto posible —Anna le expresó a Erik, ajena a la animosidad de este hacia el guardia que no paraba de hablar en voz baja con Zafira Washington—.
Isabel no me hubiera permitido partir sola—.
Ni hubiera podido. ¿Cómo se hubiese enfrentado a los guardias del señor Damir?
Ni un paso a la cabaña habría alcanzado a dar, la habrían interceptado y luego desaparecido en el acto.
Y de ella solo permanecería el misterio: ¿qué fue de Anna Morris?
—Tampoco yo —Erik afirmó—, jamás te habría dejado ir sin mí y sin el apoyo táctico adecuado.
—Miró hacia Tyson que señalaba los controles al piloto, como niño que pregunta mucho sobre un tema que le interesa; agradecía su presencia, valía más que un batallón junto—.
No le temo a mi tío, ya él probó mis nudillos —su mano empuñada, prometiendo el joven que la estamparía de nuevo en la jeta de ese maldito si volvía a vomitar insultos hacia Anna—, pero él cuenta con hombres que han estado en varias guerras.
Anteceden los movimientos de sus enemigos.
Y la maldad de aquel sujeto se leía a leguas, meditó la joven que tenía el infortunio de tener un suegro venenoso.
—Espero no llegues a ese extremo —exteriorizó su preocupación—, porque no quiero que te enfrentes a Jevrem.
Él ha tenido diferencias con su padre, pero lo ama; no le agradará que su primo lo reviente a puñetazos.
—Aunque él sí a este, casi enloquece al enterarse de la crueldad de sus actos hacia la hembra que ama.
—Pues, no dudaré en repartir golpes a los que te molesten. Si te ofenden o pretenden lastimarte; los mando con San Pedro. —El santo que su madre suele mencionar cuando otros la cabrean.
—Erik, por favor, no… ¡Upa! —Todos en la cabina se sacudieron brusco por la turbulencia que el jet atravesaba.
Tyson se inclinó hacia un lado para echar un vistazo hacia los pasajeros, detrás de él: Anna se aferró al apoyabrazos de su asiento.
Collins y Fontaine se aseguraron el cinturón de seguridad.
Ferrer, White y Maldonado echaban vistazos por sus ventanillas, a ver qué tan alto estaban ellos de la tierra.
Y Zafira y Erik intercambiaban miradas, recordando una situación que fue más peligrosa y de la que ellos dos desafiaron las leyes de los vuelos.
Y, como nadie entró en pánico, en especial, el primogénito del Soberano, Tyson volvió a acomodarse en el asiento; conversando tranquilo con el piloto.
—¿Has considerado hacer la exploración por carretera? —Richard le preguntó a Zafira, pálido como un cadáver—. Tardaríamos más, pero lle… —sacudón violento de la aeronave—… garíamos seguros.
—Buena idea —lo secundó, sintiendo su estómago revuelto.
—Entonces, acordado. En nuestras próximas vacaciones nos lanzamos primero a Seward. La pasaremos bien: glaciares, noche de luna y aullidos…
Erik apretó la mandíbula para no gruñir. Daría muchos golpes, y al primero que aventaría contra los árboles sería a ese hijo de puta.
*****
—¡Suban! —Un sujeto les ordenó en cuanto la escuadra descendió del jet. Los llamaba desde el umbral de la cabina de un helicóptero militar, preparado desde un punto en donde ese tipo de aeronaves pudieran despegar.
Erik sonrió por la sorpresa que le había dado su progenitora, porque ellos no habían vislumbrado el modo en cómo se trasladarían de allí hasta Denali.
Todos subieron de un salto; ¡hasta Anna!, quien causó buena impresión en los guardias. Por algo ella había ganado el reto, sabía moverse bien en diferentes terrenos.
—En cuanto aterricemos en Denali, corremos hasta la cabaña —Erik comentó en tono autoritario, mientras que Tyson asentía a las indicaciones del muchacho—.
Deberán estar atentos a que los hombres de Damir y los de Jevrem no nos bloqueen el camino; si quisieron matar a Anna; lo más probable, lo harán con nosotros. Nos considerarán invasores.
—¡Sí, señor! —contestaron los guardias a una voz. Zafira le asintió, sin nada que objetar, pues, hasta el momento, él fue el encargado de organizar la escuadra. Y lo estaba haciendo bien.
Sin contar el desastre en Nueva York, esta sería la primera misión de Erik, coliderada con Tyson y con el apoyo de uno de los miembros principales de la Corona.
Ahí este pondría en práctica lo aprendido en su entrenamiento y de sus errores.
Oraba a que de allá después, todos ellos, lo contasen a otros como experiencias victoriosas pasadas. No como una derrota vergonzosa.
—Mantente cerca para estar pendiente de ti, ¿entendido? —Richard le pidió a Zafira, preocupado de que a ella la lastimaran.
Erik estuvo a punto de gruñirle.
El helicóptero los dejó en el punto entre las tundras y la línea de árboles.
No posó sus bases metálicas en tierra, todos saltaron y al instante comenzaron a correr hacia el bosque. Zafira se había convertido en la sombra de Richard Collins, pero Erik se rezagó y la jaló hacia él, para mantenerla junto a Anna.
No hallaron obstáculos ni guardias que los atacasen. El trayecto estuvo libre de inconvenientes. La escuadra corrió a una misma velocidad; las hembras no protestaban por esforzarse más para no quedar rezagadas, tenían mucha resistencia.
Faltando unos kilómetros para llegar, se toparon con Sakari.
Sus manos a los costados, en actitud tranquila.
—Están en la gruta —reveló a Anna y a Erik, conocedora de antemano de su llegada—. La esperan.
—Anna no está sola. ¿Qué quieren con ella?
—Fue invocada.
—¿Para qué?
Sakari no contestó a Erik Brankovic. Sin embargo, su mirada advertía a la joven de que ella se diera prisas.
—A ayudar —Anna sabía a lo que iba. Jevrem la necesitaba; a pesar de que él no volvió a comunicarse y ella no pudo entablar más contacto mental, el llamado anterior estuvo teñido de miedo.
La mano de Sakari se extendió hacia el fondo, indicando a Anna, de avanzar por la dirección indicada.
—Ella solo tiene permiso —comentó, tajante—. Si ustedes pretenden molestar, serán reducidos. No lo intenten, vayan en paz y podrán ser testigos. Van en guerra: sus ojos cerrarán para siempre.
—Actuamos según cómo nos reciban —Erik le replicó a la nativa—. ¡Maldonado! —llamó al guardia—: Inspecciona arriba —señaló las copas de los árboles—. Averigua a cuántos tramos están asentados y cuántos son.
Este asintió, y enseguida sus garras le permitieron trepar el tronco más alto de los abetos que los rodeaban. Desde allá observaría por cuáles puntos podrían colarse sin ser detectados.
—Comiencen a embadurnarse. ¡Tú no! —le ordenó a Zafira y esta protestó—. Te quedas acá.