Capítulo 71
Édgar sonrió satisfecho en cuanto una figura menuda, de cabellera larga y negra, descendió de un viejo Volkswagen que se detuvo a unos cinco metros del Audi de la rubia que él descabezó.
Se bajó de su respectivo vehículo; el crío acomodado en su pecho, como si él fuese el «marido» impaciente por la esposa que lo hizo esperar más de la cuenta, de la «fiesta» a la cual no debió ir sin compañía masculina.
Anna se paralizó al ver a Édgar con un aspecto tan aterrador que parecía un psicópata: todo manchado de sangre.
¡Oh, Licaón, ¿a quién asesinó este?!
Estudió al pequeño que lloraba histérico, sin saber ella si él, al final, perdió el control y fue rudo con su hijo.
A pesar de lo evidente, el olor a muerte de inmediato captó su atención; hacia su izquierda y a cierta distancia de un vehículo de alta gama, alcanzó a identificar dos cuerpos sin cabezas…
Jadeó, ¡¿qué fue lo que cometió ese malnacido?!
Según los aromas y las siluetas de los cuerpos, pertenecían a Orfelia y a Abby Rose.
¡Y el asesino cargaba en brazos a su hijo!
—¡Eh, espera, que tengo que hablar contigo!
—Édgar llamó al lobato que giraba el Volkswagen para devolverse por la misma ruta que llegó—.
Sostenlo un momento… —le entregó a Anna, el lobezno, y esta rápido lo revisó a ver si lo había lastimado.
Por fortuna lucía intacto. Solo enojado por el sujeto que le hizo pasar hambre.
Tendría que darle del pecho, solo que no quería hacerlo delante de ese desgraciado.
—¿Qué vas a hacer? —Anna tenía un mal presentimiento en cuanto Édgar le hacía señas al lobato para que lo esperara un instante—. Déjalo ir, él está…
Édgar le mostró los dientes para cohibirla.
Extrajo su billetera y trotó hacia el lobato, como si pretendiera pagarle por el favor recibido.
Señal de que bajara la ventanilla de su puerta.
—¿Cuánto te debo?
—Nada, señor.
—¿Te parecen unos…? —En un veloz movimiento, le partió el cuello y luego le arrancó la cabeza en dos buscos zarandeos.
Anna gritó horrorizada.
—¡Era casi un cachorro! —Ocultaba el rostro de su pequeño, para que no viera cómo Édgar sostenía del cabello, la cabeza del lobato.
—Pudo haberme delatado.
—Estaba hipnotizado.
—No dejo cabos sueltos —Lanzó la cabeza hacia el mismo sitio por donde arrojó las otras dos—. Vamos.
—¿Adónde…? ¡Dame a mi hijo! —Le arrebató a Jevremcito sin apiadarse de su mortificación y de los lloriqueos de su propia descendencia—. ¡¡Entrégamelo, tienes las manos manchadas de sangre!!
—¿Lo quieres? Entonces, ¡muévete rápido, que debemos largarnos! —Apuntó con la mandíbula hacia el Audi, para que se subiera por la parte del copiloto que no tenía puerta—. Te lo daré cuando nos hallamos marchado. ¡Muévete!
Obedeció, temblorosa, tratando de no cabrearlo. Édgar había demostrado hasta dónde lo llevaría su salvajismo.
La puerta del lado del piloto, sonó en un ¡plof!
fuerte, tras el alfa peruano haberse subido aprisa al vehículo.
Con la mano libre oprimió la suichera; este modelo moderno le causó gracia, pues era demasiado afeminado para su estilo rústico.
No tomó el Volkswagen porque viajarían lentos e incómodos.
Arrulló al lobezno y lo mostró a Anna, como expresándole: «se parece a mí». Él ya sabía que el pequeño era su hijo.
Le dio un beso en la coronilla.
—Te ibas a casar con ese maldito alasqueño y le ibas a endilgar a mi lobezno, perra interesada —le reclamó, enojado, a pesar de que se moría por arrancarle ese vestido rosado de puta ricachona.
—No sabía que era tuyo…
—¡Claro que lo sabías! —La abofeteó fuerte y le hizo sangrar la nariz—. Tú y la otra perra mintieron para que yo no te reclamara como mía —se refirió a la señora Radojka—. ¡Y lo eres, Anna! Eres mía. Dilo. ¡Di que eres mía!
—Soy tuya…
La besó con rudeza y luego volvió a besar la cabecita del crío. Regresaría al Cuzco como un vencedor: tenía a su hembra y de paso con la prueba que demostraba que él siempre tuvo la razón, el duelo aquel lo ganó por fuerza y por genes. Tenía todos los derechos legales sobre Anna Morris.
—Dame a… Dame a Georgito —Anna se cuidó de no revelar el verdadero nombre de su hijo, y rogaba a los santos lobunos de que Abby Rose o la nodriza no se lo hayan dicho antes de morir.
Él la miró un rato en silencio y luego torció el gesto.
—¡¿«Georgito»?! ¡¿Llamaste a nuestro hijo como al abuelo materno?! —reprobó con una fea mueca—. No, no… ¡Se va a llamar «Qori» como su abuelo paterno! Qori Ruíz…
—Es un bonito nombre… —se contuvo de protestar a fin de evitar que no la golpeara.
La expresión enojada de Édgar se transformó en puro gozo. La condenada comenzaba a aceptar su lugar.
Obedecer.
En compensación por su docilidad, le entregó el crío.
Anna lo recibió, en medio del alivio, palpando enseguida sus piernitas y bracitos y torso, como si lo acariciara para calmarle el llanto, pero que buscaba moretones y laceraciones. Nada, por fortuna.
Lo arrulló mientras lanzaba plegarias a Licaón. Ambos debían sobrevivir a la locura.
Y, de repente…, su campo visual se obstaculizó por el rostro de su captor, al inclinarse este hacia ella para besarla.
Anna apretó los párpados y empuñó la mano que protegía a su pequeño, soportando cómo Édgar le estrujaba sus labios, y cómo su asquerosa mano se perdía bajo el faldón de su vestido de gala.
Sopesó luchar en arrancarle los labios de un mordisco, en golpearlo, en revolverse para que no la manoseara, en empujarlo y huir de allí, ya que no había puerta en su costado que se lo impidiera, pero sostenía a Jevremcito y temía que Édgar se descargara furioso contra este, porque ella lo rechazaba.
Aguantó la invasión en sus labios y el manoseo en su entrepierna, del cual no sentía placer, sino una quemazón que le dolía. ¡Basta! ¡Basta! ¡No la toque más! ¡¡Basta, por favor!! Licaón, Licaón…, que pare ya…
Lloraba, rogaba que se detuviera, estaba por vomitar.
Escuchó un poderoso gruñido que ocasionó que Édgar se incorporara en su asiento y se volviese hacia el que acababa de arrancar la puerta del piloto.
—¡Hijo de…! —Édgar intentó lanzarle un zarpazo, pero emitió un chillido como si hubiese visto a un monstruo. ¡Carajo, ahora sí que moriría despedazado!
Sin exigir explicación o vociferar palabrotas, por lo acabado de descubrir, Erik agarró de las greñas al fortachón y los jaló hacia él para sacarlo del vehículo.
—¡Tengo derechos! ¡Tengo dere…! ¡Ayyyyy! —Édgar palideció al confundirlo con el Soberano; su cuerpo impactó en el suelo, del cual apenas le dio tiempo de sacudir la cabeza, pues recibió dos puñetazos que lo dejaron atontado. Tenía al Sobe…
Aleteó sus fosas nasales, y sus cejas se arquearon.
¿Acaso no es? Su olfato le indicaba que este no era el rey de los lobos americanos.
Torció el gesto, al haberse equivocado, pero no lo amilanó de lanzarle a este una patada en las canillas.
—Parecido, pero no es… —expresó mientras se levantaba, jactancioso de doblegar con facilidad al muchacho; sin duda alguna, un miembro de la familia real que se parecía de manera sorprendente al otro: más joven y delgado; un alfa incipiente al que le faltaba mucho para alcanzar su máximo nivel—.
¿Eres hijo del Soberano? —Vaya sorpresa tan buena se acaba de llevar, el destino se empeñaba en ponerle en el camino a esos enclenques.
Aunque, lo de enclenque estaba por verse.
—¡Vete, Anna! ¡HUYE! —Erik se recuperó rápido y se lanzó contra el sujeto, sin darle a este la oportunidad de invocar a su bestia interna.
Édgar quiso detener la huida de Anna, pero el joven le saltó encima como si fuese un león.
Gritó adolorido por la mordida en su brazo, del cual, al ponerlo como escudo, salvó su cuello de un desgarramiento.
La lucha entre los dos machos se daba como los bípedos; Édgar maldecía en su fuero interno que el muchacho no le daba ni respiro para transformarse.
Así que, con la mano libre le dio un demoledor golpe que le fracturó las costillas.
Erik lo soltó adolorido.
Y luego Édgar lo golpeó en la cara tan fuerte que le fracturó la nariz y le reventó la boca.
—Te falta mucho para ser como tu padre —le espetó, pernicioso.
Erik miró hacia la lejanía, detrás del sujeto, por donde Anna huía con Jevremcito, en dirección hacia las montañas.
Costándole respirar, se puso en pie.
Y, con toda la furia, se lanzó como una bala de cañón contra el sujeto que estaba en proceso de transformación. No le replicó al animoso comentario del bastardo secuestrador, ni le preguntó del porqué quería llevarse a Anna y Jevremcito Morris, pero le cerraría la jeta para siempre.
Un puñetazo suyo le voló los dientes al otro. Sus garras de nuevo se alzaron y se dirigieron contundentes hacia el rostro del secuestrador.
—¡Arrrgghh! —Édgar chilló por la mejilla desgarrada desde el rabillo del ojo hasta la mandíbula—. ¡Hijo de…! —Otro golpe, y este fue directo al estómago.
Erik consiguió el tiempo que a Édgar le hizo falta para incrementar su estructura ósea y muscular. Sus brazos y piernas comenzaron a estirarse, sus bíceps y pectorales, al igual que sus piernas se abultaban el triple al tamaño original en su forma bípeda.
Pero sucedió que Édgar, a pesar del colapso respiratorio, por el puñetazo en el estómago, dirigió sus garras tensas como dagas mortales hacia el pecho del joven alfa.
Erik jadeó paralizado.
Oh, Licaón…
Pensó en Anna, en sus padres, en sus hermanitas, en Ángel… Pensó en Zafira.
Y, en este último ser, un sentimiento que va más allá de la amistad y de la hermandad, lo devastó, porque su tiempo allí había acabado de expirar, y él no pudo expresar lo que, por esta, en realidad sentía.
—Los reyes llorarán a un cachorro menos… —Y las garras de Édgar Ruíz le arrancaron el corazón.