Capítulo 51
«Anna. ¡Anna! ¡ANNA!».
La joven dejó rápido al lobato en la cuna, luego de escuchar que Jevrem la llamaba.
Su voz provenía fuera del dormitorio, y ella emocionada y a la vez desconcertada, saltó hacia la sala para abrazarlo. Él dijo que una vez estuviese bien, la buscaba.
Pero allí no había nadie.
—¿Jevrem? —lo llamó, girando sus talones, para determinar de dónde provenía la voz; había sonado como si le urgiera que ella acudiese a él.
Se asomó al pasillo, por esa área todo estaba silencioso y solitario.
—Huy, ¿acaso fue una broma de Ángel o Erik? —De haberlo sido, les jalaría de las orejas, porque no son maneras de divertirse a expensas de su tristeza.
Tampoco sus padres se prestarían para una bajeza como esa; abrió con cuidado la puerta del dormitorio de ellos; seguían durmiendo. Su papá roncaba.
«Jevrem» —Él le había dicho que la conexión telepática se había roto, pero ella lo escuchó allí mismo. ¿Fue real o le pareció? No estuvo soñando ni había bebido nada que le provocase alucinaciones auditivas.
«Ayúdame, Anna».
Jadeó. Lo volvió a escuchar.
«¿Qué te pasa, amor? ¿Dime cómo puedo ayudarte?».
«Él se está apoderando de mí».
«“¿Él?” ¿Quién, Jevrem?».
«Él…».
«¡No puedo ayudarte si no me dices! ¿Quién es el sujeto que te lastima? ¿Es alguno de los muchachos?».
«Ayúdame».
Anna lloró.
Corrió al dormitorio y levantó al lobezno. Lo llevó a donde sus padres.
—Mamá… —Zarandeó con cuidado su brazo. Esta despertó enseguida, era de sueño ligero—. Por favor, cuida a Jevremcito.
—¿Qué sucede?
—Tengo que hablar con Isabel; tardaré un rato. Cuídalo, ¿sí?
—Pero, Anna… —Se sentó en la cama, para recibir al nieto que lo posaban en sus brazos.
—Ya lo amamanté y le cambié el pañal —le susurró como si, lo que iba a hacer, no fuese alarmante—. Dormirá hasta el amanecer, no les dará trabajo. Lo que pasa es que debo informarle algo a la reina que se me pasó…
—¿A esta hora?
—Sí, es importante.
—Anna…
—Shhhh…, despertarás a papá. Luego vuelvo.
—¿De qué…? ¡Anna! —La joven abandonó el dormitorio matrimonial antes de que Emilia le exigiese saber de qué se trataba.
La abuela acomodó al pequeño, al centro de la cama. George se volvió hacia este y casi lo aplasta con el brazo.
Tuvo que levantarse para llevarlo a la otra habitación, pues no era seguro dormir con Jevremcito en el medio. Lo dejó en la cuna, y ella se acostó en la cama de Anna, con la preocupación latiéndole en el pecho. ¿Qué información era esa que no se aguantó decirle a la reina María Isabel hasta mañana?
Las palpitaciones azoradas en su corazón le indicaban que era concerniente a ese muchacho que se le escapó a la muerte.
Mientras tanto, escaleras arriba…
Los pies descalzos de Anna se desplazaban aprisa hacia la tercera planta. No fue un sueño, se repetía en su fuero interno; ella lo había escuchado con claridad en esa conversación telepática, a Jevrem le pasaba algo muy malo y necesitaba que lo ayudaran. Que ella lo ayudara.
—¿Anna? —En una rápida carrera, Erik la alcanzó cuando la divisó desde el vestíbulo; después de una exhaustiva sesión de ballet en el estudio, donde él agotó hasta el alma, dio por concluida sus enérgicas meditaciones con respecto a Anna y a Zafira.
Estaba chorreando de sudor y visiblemente agotado.
Por un instante se emocionó de que su bella exniñera lo buscara a su dormitorio, pero, como siempre...
—Me urge hablar con Isabel.
…se equivocaba.
Él puso cara de «¡Ah!, con mamá…».
La decepción fue aplastante.
—¿Jevremcito está enfermo? —Solo así Anna se atrevería a interrumpir el sueño de alguien más. Él lobato debía estar padeciendo de alguna gripe o cólicos que lo hacen chillar y a esta la mantienen nerviosa.
—No —contestó mientras seguía por su camino, con Erik a su lado, curioso de cuál en realidad sería la urgencia—, necesito decirle algo.
Ay, ay, ay… A Erik se le hacía que la mortificación de Anna se debía a un sujeto de largas canillas y mirada hosca.
Su primo.
—De él, ¿cierto? —Si fuese algún hecho sobre sus padres, lo habría dicho. Tenía que ser de un tema que para ella resultaba incómodo de contar.
Asintió, sin mirarlo.
Al cruzar por el pasillo hacia el área de los dormitorios de la familia real, dos guardias la detuvieron. Allí solo pasaban los Brankovic.
—Viene conmigo, ¿no es obvio? —Erik los atravesó con la mirada, como expresándoles silente: «¡Háganse a un lado, tontos!, ¿no se dan cuenta de que esta hembra dormirá en mi cama esta noche?».
Los guardias le permitieron el paso. Pero Anna notaba en las expresiones desdeñosas de estos como si la juzgaran en sus fueros internos: «¡Vaya trepadora! Con el otro, convaleciente, y anda de amores clandestinos con el hijo mayor del Soberano. Una joyita de hembra».
¡Pues no lo era!
En actitud digna y con la frente en alto, Anna pasó de primera en medio de los guardias apostados, y siguió por su camino mientras lanzaba para sus adentros algunos madrazos a los malpensados. Estos nada le dijeron, pero sus carotas escandalizadas fueron evidentes por el joven que la acompañaba.
Ambos jóvenes se dirigieron a la habitación principal, la que se hallaba más lejana del pasillo. En esa área no había guardias apostados en cada puerta, suponiendo Anna que la privacidad era primordial para la realeza.
Vaciló en tocar a la puerta, pero Erik dio tres toques firmes que debieron despertar hasta a la señora Gianforte en el área de los empleados.
Al cabo de un minuto, Isabel abrió la puerta.
Su cabello revuelto.
—Es sobre Jevrem —Erik respondió a la mirada preocupada y adormilada de su progenitora.
—¿Qué le pasa? —su voz acartonada por las horas en que no ha usado sus cuerdas vocales. Ya estaba por amanecer.
—Lo siento, Isa, por interrumpirte el descanso —Anna expresó apenada mientras madre e hijo le prestaban atención—, pero no sé a quién recurrir.
Ella los hizo pasar al interior.
Erik percibía el aroma de su padre en el dormitorio; hasta ese instante se había dado cuenta de que no lo ha visto desde que este le impuso hacerse cargo de cada acción de Zafira.
—¿Papá?
—De viaje.
—¿Adónde?
Isabel lo miró con un «no preguntes tanto», y este comprendió que se trataba de algún asunto donde iría a «suavizar» tensiones con sus puños a los vampiros. Cada vez que retornaba a casa, traía consigo alguna herida.
—¿Qué le pasa a Jevrem? —Isabel los invitó a sentarse en los sillones de la sala de la suite.
Ay, caramba…
Anna esbozó un mohín. ¿Cómo lo iba a contar sin que la tomaran por histérica?
—No sé cómo comentarlo.
—¿Necesitas hablar a solas? Erik, vete.
—¡No! —Anna intervino en favor del muchacho que bastante ha hecho por ella—. Él puede quedarse —medio le sonrió—, no es algo en referencia a Jevrem y yo. Aunque, bueno… —carraspeó—. Es sobre su don…
—¿Conectó con otro asesino?
La cara de Erik: «¡¿Qué?!».
—Espero que no. Él… —Suspiró—. Él y yo tenemos una conexión telepática; lo sabes, ¿no?
—Isa, asintió, pero Erik mantenía la boca desencajada; eso él no lo sabía.
Y presumía que el chismoso de su gemelo menor tampoco—.
Nos dimos cuenta que ya no era posible, tal vez por lo de…
Bueno, eso fue así hasta hace unos minutos.
—¿Cómo así, se comunicó contigo desde Denali? ¿Funciona desde lejos? —Dedos en la cien. Erik presumía que eso fue lo que había pasado.
—Isa, Jevrem no está bien, y no por lo de los tiburones. Él está pidiendo auxilio a los gritos. Y no lo soñé… —agregó a la posible réplica de Isabel y Erik.
—¿Qué te dijo?
—Pedía ayuda.
—¿Solo ayuda? —Erik trataba de comprender hasta qué punto eso era urgente. Tal vez su primo pasaba por una crisis de ansiedad.
Anna se estrujaba las manos; ella ha causado tantas molestias, que ya debía ser una carga para ellos en la villa.
—Quiero volver a Denali.
—Pero él… —Isabel miró a Erik y dejó inconcluso lo que le iba a replicar a Anna—. ¿Y lo de sus padres?
—Supongo que siguen allá. Llevaron equipaje.
—Qué bastardos. Y les ordené que no lo molestaran.
—Son sus padres, Isa. Desean estar con su hijo, a quien apenas recuperaron cuando lo creyeron muerto. Ni al señor Everett obedecerían…
—Sí, pero no se les exime que quisieran «corretearte».
Erik se mosqueó.
—¿Quisieron matarte? —Captó al vuelo lo que su progenitora intentaba preguntar sin revelar mucha información a él.
Pero supo tejer cada palabra velada, cada gesto tenso y obtuvo una conclusión acertada—.
¡¿Y piensas volver a ese lugar?! Mamá, ¡no lo permitas!
Tío Damir casi la mata acá, con su reto de mierda.
Allá estará libre de hacer con Anna lo que le plazca.
—Por eso estoy aquí, para que me ayuden —Anna se inquietó de que le impidieran volver a Denali. Debió quedarse callada y arreglárselas por su propia cuenta—. Necesito que me permitas que uno de los guardias me acompañe, como protección.
—Iré yo.
—¡De ninguna manera! —Jevrem tomaría fatal que otro hombre estuviese cerca de Anna. Por naturaleza, los lobos son territoriales y en extremo celosos.
—Aún no he visto a mi primo, mamá, será como darle la bienvenida. Y, lo de tío Damir…, tengo ganas de darle unas palmadas en la espalda.
—Él tiene a sus hombres.
—Llevaré a los míos. A ver si nos joden la paciencia.
—¡No! —Isabel le gruñó para que desacelerara su manía de meterse siempre en problemas—.
Si tu papá antes no te dio una paliza, en esta ocasión lo hará.
Damir es vengativo; se las cobrará a los dos, por los disgustos que le hicieron pasar.
No se medirá contigo por ser su sobrino —se dirigió a Erik que mantenía el ceño fruncido—, y contigo será cruel —advirtió a Anna—.
¿Van allá a caer en sus garras? Dios no lo permita…
—Isa, por Jevrem estoy dispuesta a correr el riesgo.
Erik alzó la mandíbula, de manera airada. Él por Anna también pondría en riesgo su vida.
—Deben ir.
Los tres se sobresaltaron por la repentina aparición de Ángel en la sala de esa estancia.
—¿Qué haces levantado? ¡A dormir! —Isabel le ordenó, pero Ángel se negó de manera categórica. Su semblante serio.