El Despertar del Lobo Capítulo 49
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Capítulo 49

«Aquí apesta».

Noé se quejó de la pestilencia a orines y heces secas, que viciaban el aire en la gruta.

No era espaciosa, más bien, incómoda, del que ellos no podían mantenerse erguidos, a menos que quisieran sufrir de dolor de cuello.

Por ese motivo, el joven alfa flexionó sus largas piernas y acomodó su espalda contra la pared rocosa.

La brisa del exterior apenas les daba y la entrada estaba casi cubierta por ramas bastante densas.

No obstante, otro aroma aún conservaba los vestigios de un macho adulto.

El que estuvo en ese entorno, pasó una buena temporada.

—Huele a… —Jevrem olisqueaba y la posibilidad de lo que pensaba lo preocupaba. ¿A cuál de los gemelos lo mantuvieron allí confinado?

Sacudió la cabeza, aquellos eran lobatos y, el aroma que percibía, para su desgracia, correspondía al de un adulto.

—Debe ser de Ángel. —Él era diferente. Además, la colección de rocas, aún permanecían alineadas, muestra evidente de que su primo utilizaba la gruta como su escondite preferido y baño rudimentario.

«Aquí puedes esconder a tus presas, si te preocupa que tu familia te sermonee por tus gustos. Hay buen espacio para enterrar los restos».

Como en la inmensidad del bosque.

—Más bien, es a ti a quien enterraré.

«Y cómo piensas hacerlo? ¿Arrancarme de tu cabeza? Más bien, ordénales a tus hombres. A uno de ellos, si no deseas que los demás se enteren que no eres tan incólume después de todo».

—Hallaré el modo de exorcizarte.

«¡¿Exorcizarme?! —Se carcajeó de lo que este pensaba hacer—.

¿Aún crees en esas pendejadas? No…, Jevrem.

No es un exorcismo lo que necesitas para librarte de mí.

Tendrás que matar y comer humanos. Te he traído del más allá, debes alimentarte de la manera correcta o morirás. Cada vez estás más débil y famélico».

—Puedo aguantar.

«¿Hasta cuándo? —lo retó—. ¿Hasta que enloquezcas y te comas a tu propia madre? Lucía tan apetitosa…».

—Eres un parásito repugnante. ¿Eso hiciste con todos los isleños?

«Muchos tuvieron buen estómago. Mi pareja era una golosa. La vieras cómo se comía las partes íntimas de los humanos. Vamos…, salgamos, puedes hacerlo. Tus hombres te protegerán».

—No.

«¿No? Entonces, estás considerando comente a tu madre…».

—¡Cállate!

Fuera de la gruta, Kai y Ryder intercambiaban miradas. ¿Qué le pasaba al alfa?, ¿se le zafaron las turcas de la cabeza?

«Nunca rechaces la carne de una madre».

—Prefiero un buen plato de ensaladas.

«No me hagas vomitar. Si te atreves a ingerir monte, te torturaré hasta que consideres comerte las tipas de tus padres».

—Antes me lanzo de cabeza por un risco.

«Trata de moverte. Anda, mueve un brazo».

—¿Para qué?

«Solo muévelo».

Jevrem intentó elevar el brazo derecho.

Estaba paralizado.

«Si quero, puedo hacer que te levantes y te dirijas hacia tu madre. O tal vez hacia esa hembrita de téticas llenas de leche. Haré que te comas a la cría delante de ella».

—¡No lo permitiré!

«Estás débil, serás mi títere».

Jevrem iba a lanzar una serie de palabrotas, pero se detuvo a meditar que, si tenía esa capacidad, ¿por qué no lo obligaba a hacerlo?

—Vuelve a inmovilizarme el brazo —lo desafió. Extendió la extremidad, y, esperando a que él, le replicara, lo sacudió sin problemas. Rio—. No puedes controlarme por mucho tiempo. Por eso necesitas que me alimente de humanos. Para tomar el control.

Noé permanecía en silencio, estaba muy molesto.

Pese a no ser lo ideal, la gruta se convirtió en el refugio para Jevrem.

Prefirió cojear un rato a seguir soportando estar bajo un mismo techo con sus padres. Descubrir que estos aún seguían en la cabaña, lo puso de malhumor, que ni le importó el dolor en su pierna, con tal de no verlos otra vez. Necesitó pensar.

Anna le temía; lo vio en sus ojos, él ya no le brindaba esa seguridad en la que ella se refugiaba en sus brazos; se mantuvo apartada, midiendo los pasos de Jevrem, desconfiando de lo que él le prometía.

«Eso no te pasaría si estuvieses fuerte. Te habría obedecido en el acto».

—Es una progenitora que teme por su lobezno. Yo no me mostré afable con este; ni mis padres. Es natural que se aleje.

«Si la deseas en tu cama, tendrás que ordenarles a tus hombres que la traigan a la fuerza».

—Jamás la obligaría a hacer nada que no quiera.

«Los alfas ordenan: los omegas obedecen. ¡Exígele que vuelva y que se abra de nuevo de piernas para ti! Ese es su oficio: ¡complacer al macho!».

—¡Anna vendrá a mí cuando… —cuando él se libere de la maldita voz de Noé Bummer.

Este se carcajeó.

«Tus pensamientos no son privados para mí. Si me arrancas de tu conciencia, tú mueres. ¿Por qué crees lograste salvarte de los tiburones? Fue por mí, te di parte de mi alma».

—¡Mientes! —le gritó—. ¡Me desharé de ti como hice en la isla!

«Inténtalo a ver cómo le haces».

—¡Te mataré!

—¿Con quién discutes? —Damir rodaba sus ojos en varias direcciones por la gruta, sin hallar al causante de su cólera.

«Dile: con la voz de tu conciencia».

Y Noé volvió a tronar en carcajadas.

—Medito —dijo el joven, y enseguida volvió a sentarse en su sitio.

Precavido de estropear sus zapatos y ensuciar su traje de veinticinco mil dólares, Damir ingresó allí, encorvado, sin que su hijo se lo permitiera. A este le dio por sentarse en la parte más oscura de la gruta.

—Pues, vaya forma de meditar… —lo inquietaba que fuese la tercera vez que observaba que actuaba raro, como si alguien a menudo le hiciera sacar de las casillas. Algún sujeto que nadie veía.

—¿Qué quieres?

—Te he traído comida.

—No tengo apetito.

—Debes alimentarte. Langdon dijo que apenas has probado bocado. Comerás de lo que mis hombres cazaron; tres días es mucho tiempo para estar en esas lamentables condiciones.

«¡Traga de lo que te trajeron, hijo de puta, me estás matando de hambre!».

Jevrem sonrió despectivo, eso es lo que pretendía.

—Llévense lo que sea que… —enmudeció cuando Damir ordenó con una seña de traer lo que cazaron.

«¡Sí! Tu padre sí que sabe cómo alimentar a un lobo».

—¡Llévenselo, no lo voy a comer! ¡¡No!! —A sus pies le arrojaron a un humano que temblaba de terror.

—Es un excursionista solitario. Tiene buen semblante y buena constitución física. Te nutrirás de él.

—No lo quiero.

«Yo, sí. ¡Arrástrate a él, arráncale un brazo!».

Damir agarró al humano y le destrozó la camiseta, con la intensión de que los músculos y el aroma corporal de este, incentivara el apetito a su hijo.

—Come. —Sobre sus piernas depositó al hombre tembloroso. Jevrem se tensó. El humano imploró.

—No.

—¡Come!

«¡Hazlo, maldita sea! ¡¡Come!!».

—¡NO!

—¡Arrrrgghhh! —Desde el hombro, Damir desprendió el brazo del humano, y luego se lo acercó a los labios apretados de Jevrem.

—¡Aléjalo! —Su espalda se pegaba contra la pared rocosa, donde se hallaba atrapado, apartando su rostro para que la carne blanda no lo tentara.

«Muérdelo, volverá todo a la normalidad».

Jamás sería normal con una voz en su cabeza.

—Comerás, porque es una orden —Damir, exigió, sin ninguna empatía por el humano ni por su hijo—. Te lo ordeno como tu señor que soy.

—¡No!

—¡COME! —Pegó el brazo arrancado a los labios de Jevrem; gruñendo, este, mortificado por el aroma del humano y del sabor que lo estaba enloqueciendo.

«¡Hazlo, tengo hambre!».

—¡Vernon! ¡Rice! Ayúdenme con este idiota que se niega a regenerarse. ¿Eso es lo que quieres? —Volvió su atención a él—. ¿Ser la burla del clan? La lástima… Sienten lástima por ti. ¡Muerde de una puta vez!

—Damir, no es la manera de… ¡DAMIR! —Radojka, quién recién entró a la gruta, se escandalizó de la violencia que ejercían contra su amado hijo. Le llevaba en una cacerola un buen guiso de venado, preparado por Nashua.

La cacerola cayó al suelo arenoso, corriendo ella hacia el grupo que obligaba a Jevrem a comer a la fuerza carne humana.

—¡Déjenlo, ya basta!

—Apártate —su exesposo, la empujó, y esta le gruñó de vuelta.

También Jevrem.

Pero estaba aprisionado por los hombres de su padre.

Apretó los dientes. No comería, mataría de hambre a «la voz», así él mismo tuviese que morir también. Si cedía, perdería el control total de su conciencia.

—¡TRAGA!

Una mano nervuda tomó del cuello trasero de la chaqueta sastre de Damir, y lo jaló hacia atrás con mucha fuerza.

Los demás quedaron paralizados.

Radojka agradeció la buena fortuna de su presencia.

—Obligarlo empeorará su estado —Ma-cheil no tuvo reparos de enfrentarse al Alfa Regional.

Después de que el Retornado se marchara de la aldea y que la joven progenitora volara hacia a Montana, él sostuvo una larga charla con la chamana. Los «ojos» del joven estaban contaminados.

—El modo en cómo alimente a mi hijo, no es de tu incumbencia —Damir le espetó con los dientes apretados. Sus hombres aún sostenían a Jevrem; este seguía forcejeando.

Ma-cheil lamentó que una vida humana se perdiera; el excursionista quedó con una mueca de dolor post mortem que sufrió cuando le arrancaron de cuajo el brazo; aún existía otra alternativa, esa que se tomó conduciría al joven alfa a un camino sin retorno.

—Sí lo es cuando cazan de manera indiscriminada y cuando no respetan la decisión de un macho que ha escapado de la muerte.

—No debes hablarme así, soy…

—El padre testarudo del joven Jevrem —lo despojó de su rango—.

Lo conozco bien, señor Damir. Le hablo de igual a igual, ambos somos procreadores y defensores de la tierra.

Cuidamos nuestras manadas, cazamos la especie según la necesidad.

En este caso, y aunque lo parezca no lo es, el joven Jevrem pasa por un «ayuno» autoimpuesto.

Damir puso cara de, «¡¿qué disparate estás diciendo?!».

Rio, con animosidad, y, de manera tosca, recogió el brazo arrancado del humano.

Goterones de sangre por el suelo arenoso.

—¡¿Cuestionan mis actos?! —Se carcajeó, con la ironía marcada en sus labios torcidos a causa de la rabia, por la doble moral de esos nativos—. A mí…, pero no a Everett, que alimentó con carne humana a su vástago rebelde, y en tu propia aldea.