Capítulo 48
—Deja la terquedad y vuelve a tu dormitorio.
—No me da la gana.
—Pero la reina dijo…
—¡Estuve ahí, la escuché muy bien! —Erik lanzaba largas zancadas de las que Zafira casi tenía que correr para alcanzarlo, a través del ala norte de la planta baja.
Del dormitorio, donde recién había acabado de abrir la puerta, para ingresar, le dio por devolverse sobre sus pasos y bajar por las escaleras del lado opuesto al vestíbulo principal de la veraniega residencia.
Al condenado se le había antojado de ir al estudio a descargar la frustración que lo amargaba.
Y sí que lo estaba…
¡Tenía que haberse levantado de entre los muertos!
, mascullaba Erik para sus adentros. ¿Qué oportunidad tendría con Anna si el otro estaba vivo?
Podrá contar con la ventaja de que Anna volviese a la villa y que esté cabreada con Jevrem, por no defenderla del padre.
Pero Erik solo sería para Anna, el cachorro que solía cuidar en Denali y en Nueva York.
Jamás lo vería como una posible pareja, ella seguía amando a Jevrem.
Carrigan –guardia interno– afinaba el oído para captar lo que estos dos discutían mientras se dirigían a las puertas dobles al fondo del pasillo.
Al parecer, lo que se decía de esos dos no eran exageraciones por empleadas envidiosas que no soportaban el reconocimiento de la hermosa montanesa.
En realidad, sostenían un amorío clandestino.
—Por eso te cuesta levantarte temprano, te lo pasas despierto hasta el amanecer. —La joven maldecía los tacones de aguja, que hacían juego con su elegante conjunto de chaqueta y pantalón, azul marino. Le costaba darle alcance a Erik, que le sacaba casi un metro de distancia al caminar con rapidez.
—Prácticamente no me estoy levantando tarde —su descaro al límite—; he llegado a todos mis entrenamientos a tiempo.
—Adormilado.
—¿Me he quejado? —La miró de refilón mientras pasaban por el frente de Portman, el más próximo apostado al estudio—. Cuando estuve conti… —enmudeció, de repente consciente de que acabarían en discusión.
Zafira entendió lo que Erik estuvo a punto de espetarle:
«Contigo».
Vaya bocón… ¡Se refería a cuando él estuvo con ella en las mazmorras!
La paliza que le dieron los vampiros y el trasnocho que este haya arrastrado hasta que bajó a molestarla, no le afectó su desempeño para follarla.
—Sí que quedó demostrado —masculló, enojada, sin que él se dignara a mirarla. Y sin que los dos se dieran cuenta de que Portman agrandó los ojos, por lo que escuchaba—. Rindes, ¿eh? Pero ¿de qué sirve tu resistencia física, si tus neuronas no dan para más? En Nueva York…
Él, le plantó cara, justo a las puertas del estudio de ballet.
—¿Te urge acostarme en la cama?, ¿tan preocupada estás por mi descanso?
Los labios de Portman, a punto de esbozar una risita burlona.
Las orejas de Carrigan: dos radares capta-cotilla.
Estos dos intercambiaron miradas desde sus respectivos puestos de vigilancia. «Qué te dije, ¿eh?», le expresó silente el primero al otro a modo triunfal de la veracidad de lo que Claudia le había comentado, antes de él tomar su turno.
—Mis órdenes fueron claras: directo al dormitorio —Zafira alzó la mirada hacia Erik, y la sostuvo desafiante, pese a que sus ojos tendían a observar los labios de este. Ellos follaron, pero no se besaron. ¿Cómo serán sus besos: tímidos o ansiosos por aprender a ser apasionados?
—¿Vas a ponerme el pijama y darme el beso de las buenas noches? —Erik sonrió mordaz—. Aún no me has besado… Bésame entonces y déjame tranquilo.
—No seas imbécil. —Él había inclinado el rostro y estiró sus labios hacia Zafira—. Prefiero besar un asqueroso vampiro que a ti.
—Pero follas… —apretó los labios por segunda vez, debido a la presencia de los guardias en el pasillo. Pero fue demasiado tarde, estos ni pestañeaban, de la atención que prestaban de la pareja de enamorados. No los observaban, en cambio, sus oídos se mantenían atentos a lo que escuchaban.
Un paso al frente.
Ojos ardiendo de rabia.
—Termínalo: «Follé, por desgracia, contigo» —Zafira completó, cabreada, las palabras inconclusas de su lamentable aventura—. Lo que me arrepentiré siempre, porque fui yo la que te sedujo, siendo consciente de lo que sientes por Anna Morris.
«¡Escuchaste eso! ¡¡Ella fue la que lo sedujo!
!», los ojos grises de Portman, casi se le salen de las cuencas al mirar a su compañero que se le desencajó la boca ante la sorpresa.
La más seria de las empleadas resultó ser la más fogosa.
Si el primogénito del Soberano, la rechazaba, él se ofrecía para tomar su lugar.
Zafira Washington era una hembra muy sexy.
Erik fue consciente de su error.
—Perdona, no debí abordar ese tema.
—Pues, «ese tema», aún nos incomoda —le espetó a pesar del ardor que sentía en su garganta por el esfuerzo que hacía para no llorar—.
Y tendremos que superarlo, para que no entorpezca nuestra amistad.
Mi preocupación por ti es sincera, pero nada se relaciona con que quiera meterme en tu cama, por haberme quedado el gustico de haber estado juntos.
Si me pidieron que vele por tus sueños, lo haré.
Estaré pendiente a que ni los mosquitos te importunen o que una espada traicionera te corte la cabeza mientras duermes en tu apacible suite.
Me entrenaron para servir a los amos, estar pendiente de sus necesidades y cuidados.
En esta segunda oportunidad que me dieron les demostraré que soy buena en mi oficio; de que conmigo tus padres cuentan para que su «amado hijo» no la cague de nuevo.
La dura declaración de la hembra broncínea, causó admiración, tanto en Portman como en Carrigan, que enseguida se propusieron conquistarla. Así de apasionada era que no temía una represalia por parte del otro que la miraba avinagrado. Le cantaba todas las verdades en la jeta.
Erik abrió una de las puertas dobles del estudio, pero no entró para evitar que Zafira lo siguiera. Si lo permitía, él volvería a caer en la tentación de estar entre sus piernas. Y ya no quería traicionar más lo que sentía por Anna.
—Deja de preocuparte por situaciones tontas, ya no soy un cachorro para niñeras —le replicó de vuelta—.
Puedo ir solo a mi habitación y patear al hijo de puta que me amargue el sueño.
Me han dado las peores palizas de mi vida y aquí sigo en pie.
Así que, ten la seguridad de que en unas horas estaré al cien por cien en mis clases de Moral y Ética.
Buenas noches. —Y con esa despedida, zanjó la discusión con su ahora protegida-asistente que se folló en la celda.
—¡Más bien, buenos días, ya está por amanecer! —Ante la mirada severa de Erik, a Zafira no le quedó otra alternativa que largarse de allí.
¡Uf, qué necio! ¿Así que Erik Brankovic era de los que no les afectan los trasnochos?
¡Bien!, no hay problema, ella pronto vería cómo él se las iba a arreglar para centrar su atención en la pila de libros que ella se encargaría de que el profesor Wang le hiciera tragar durante las horas de clases, a ver si sus escasas neuronas aguantaban.
Erik entró al estudio y luego se volvió hacia Zafira, que ya llevaba unos cuantos pasos saldados para salir de esa área.
¡Válgame!
Observó de cómo a esta el pantalón de algodón le amoldaba estupendo el trasero, provocando sin querer que a Erik le palpitara su miembro.
Azotó la puerta, tras de sí, como dando fin a su amistad con Zafira.
Era lo más conveniente, hablaría con su padre para que la asignaran a Ángel.
Y, si esto no funcionaba, entonces optaría por mandarla a los Apalaches.
Él no podía estar siquiera a un metro de ella: su olor, su cuerpo, sus labios carnosos que aún él no ha probado y lo tentaban a hacerlo.
¿Cómo sería besarla? La tuvo y no la besó, vaya pendejo.
¡No la pienses más!
¿Cómo era posible que la deseara otra vez cuando él aún amaba a Anna?, ¿qué clase de amor fiel era ese?
—Aún estás bajo el influjo del sexo. —Era lo que sucedía, meditó mientras encendía el estéreo ochentero.
Su propio cuerpo respondía a la cercanía de Zafira, pues ambos se disfrutaron como jamás él lo volvería a hacer con ella.
Esto se le iba a pasar cuando hiciera suya a Anna. Estaba destinado a su exniñera.
«¡Oh, Erik!»
Volumen alto en el estéreo, desesperado por comenzar la sesión de danza.
Él está destinado a Anna.
¡A Anna!
No a Zafira.
Los tímpanos le zumbaban por el estrepitoso ruido; buscaba ensordecer los demás sonidos y perderse él en la música.
¿Estudiar sobre moralidad y buenas costumbres?
A él solo lo calmaba danzar. ¿Por qué aprender sobre reglamentos rancios del que la mayoría de los súbditos de su padre, se las pasaban por el culo?
No quería leer ni memorizar nada; quería agotarse al saltar cada nota musical.
Danzar para no gritar. Danzar para no golpear a nadie. Danzar para no recordar…
Lo que hizo con Zafira.
«¡Oh, Erik! —recordaba los gemidos de su amiga, que, inoportunamente, en ese instante, lo ponían tan duro que estaría así hasta mucho después de correrse dentro de ella, si volvieran a hacerlo.
Le pasó en la celda. Vaya manera de perder la virginidad: lo hizo con una hembra que sabe muy bien cómo excitar a un macho, aunque fuese un inexperto que apenas se masturbaba—. ¡Oh, Erik!».
Sacudió las piernas y las estiró para entrar en calor. Brazos, torso, hombros…, ejercicios vitales en cada extremidad y músculo de su cuerpo tenso. No quería pensar en ella. Ya no…
Al ritmo de la tercera estrofa cantada de manera enérgica por el vocalista de su grupo de rock favorito, Erik comenzó a moverse en torno a la pista; sacudiendo su imponente figura en una violenta danza contemporánea, que improvisaba cada paso salido del corazón, pues este órgano y su mente estaban en una continua batalla de contradicción.
Tomar a Zafira: olvidar a Zafira. Volver a ella: alejarse de ella…
Esa noche no danzaba para agradar ni a su sombra o a su reflejo en los espejos, sino que desafiaba a los que pretendían contenerlo; ¡incluso a sí mismo! ¡Contradicción, sí! ¡Contradicción!, porque si reventaba sus propias cadenas mentales, se cargaba a más de uno. Y Zafira estaba en su camino.
No para herirla. Juraría ante todos y pondría a Licaón como testigo, de que no era así, él la habría de tomar, a pesar de sus sentimientos hacia Anna.
Giraba y saltaba. ¿La amaba o era obsesión?
Anna Morris era agua y él, fuego. No eran compatibles, y, aun así, se empeñaba en tenerla.
En cambio, con Zafira… Ella era fuego, al igual que él.
Fuego y más fuego… ¡El infierno! Él solía identificarse con este elemento cuando deseaba revelarse a los suyos y hallaba muros a su rededor que impedían hacer lo que más amaba.
Quería arrasarlo todo. Pero esta vez no se trataba de la danza, sino de su amiga, a la que no debió haber tocado.
«¡Oh!».
Se reprendía por pensar en cómo hizo gemir a Zafira. Pensaba en su rostro contraído, en sus uñas clavándose en su espalda, en sus labios entreabiertos, ahogada de placer… ¿Por qué la pensaba tanto si él estaba destinado a Anna?
Anna… ¿Realmente qué sentía por Anna?
Él ha fantaseado con ella, la ha celado con su primo, la ha llorado, pero ¿por qué razón su mente se empeña en mantener centrada la imagen de una hembra que ha sido capaz de provocar ese fuego arrollador que le calienta las venas? Zafira.
«¿Tengo la medida adecuada para ti?».
Al caer de rodillas, estas se deslizaron en el sudor que había en el piso, en ese ritmo artístico que lo llevaba al límite. Y luego se levantaba con rapidez para seguir descargando su ira.
«Oh, Erik… ¡Oh!».
Gruñó mientras giraba como un torbellino en el aire y rebotaba en las tablas, para luego volver a girar sobre sí mismo.
Las piruetas se le daban bien, alternadas con split, en un ángulo híper amplio, al saltar y sin perder su masculinidad.
¡Caramba! Su pene emitía pulsaciones, respondiendo a los pensamientos que él no lograba deshacer: estar entre las piernas de su amiga, mover su pelvis contra la de ella, entrar y salir tantas veces… La deseaba de nuevo.
¿Era solo eso?
En su danza: rogaba de rodillas, suplicaba a los dioses, se encogía en las tablas y luego se levantaba como una criatura perdida que se ha encontrado a sí misma. Zafira… No Anna. ¿Qué le estaba intentando decir su corazón, lo que su mente no era capaz de procesar?
«Ella es».
Sacudió la cabeza, por la improbabilidad de ese sentimiento. No era Zafira, la hembra destinada a caminar junto a él, porque desde hacía mucho ya había escogido cuál sería su compañera. Él amaba a Anna.