El Despertar del Lobo Capítulo 47
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Capítulo 47

¡Por fin llegó!

Erik exclamó, tras angustiosas horas de esperar a que Anna regresara de Alaska.

Isabel, Ángel, las princesitas, y Claudia –que esa noche cumplía turno–, esperaban afuera, igual de ansiosos por Anna, quien lucía ropas autóctonas y no portaba equipaje, pero en ese instante ninguno cuestionaba su indumentaria, sino la expresión acartonada que esta lucía como si fingiera estar feliz.

No lo estaba. Era pésima para ocultar su aflicción.

—¡Anna! —Winona y Erika, corrieron a saludarla, disputándose entre ellas, quien de las dos cargaría al lobato. Ninguna. Isabel no lo permitió, porque fue la que lo recibió a cambio para evitar accidentes.

Claudia mantenía una pose de absoluto desinterés por la recién llegada, pero tenía que aguantarse de estar allí. ¿No pudo llegar temprano? Estaba que se largaba a dormir.

—Oh, Isa… —Anna estaba por llorar, pero se contuvo para evitar que sus padres se preocuparan o la increparan por ser melodramática ante la reina. Pero no los vio allí—. Muchas gracias por permitirme ver a Jevrem —la abrazó fuerte—, me hizo feliz que él esté vivo y esté bien…

»Y… —se separó y bajó la mirada—. Perdona por haberme marchado a Nueva York, sin pensar en las consecuencias. Perdónenme los dos. —Se reverenció ante ella y Erik, pero Isabel la tomó de una mano y la levantó enseguida. Nada de reverencias, no estaban en plan de reyes y súbditos. Sino familia.

—Por mí no te disculpes, Anna —Erik, replicó en el acto—, se comprende: se trataba de tía Camila…

—Así es. Pero estuvo mal lo que hiciste —Isabel la increpó sin gritarla; de momento, dejaba de lado lo sucedido con Jevrem. Primero le diría unas cuántas verdades, pues la impulsividad de su amiga casi ocasiona una desgracia en su propia casa.

Anna sollozó, cabizbaja.

—Todo ocurrió tan rápido…

—En las emergencias hay que actuar con inteligencia. Te dejaste llevar por las emociones. Y, mira lo que pasó: de todos modos, perdimos a Camila.

—Lo siento, Isa… Haré lo que sea para reparar tu confianza y la de todos.

—No se trata de nuestra confianza, sino de la tuya, Anna —Isabel replicó mientras el lobato metía su carita en la curva de su cuello.

Tenía sueño—. No confiaste en nosotros. ¿Cuántas veces te hemos ayudado?

¿Cuántas veces hemos afrontado situaciones difíciles y las hemos superado?

¡Somos unidos como familia!, ¡tú eres parte de la familia! , así otros rezonguen por este hecho…

—Lo sé…

—¿Y por qué no acudiste a nosotros? ¿Acaso no apreciamos a Camila?

¡Ella es como mi segunda madre! ¡Es una tía maravillosa para mis hijos!

Winona la adora. Erika se duerme en sus brazos.

Ángel y Erik han aprendido modales con ella…

¡Todos la queremos! —le expresó, con dureza, pero siendo considerada de no elevar la voz para que el lobezno no se asustara.

Anna mantenía sus ojos clavados en el piso, no tenía el valor de afrontar la mirada decepcionada de Isabel. ¿Qué le iba a rezongar? Cada verdad que le expresaba eran martillazos en su cabeza.

—Mamá, ¿qué pasará con ella? ¿Soportará que la mangoneen?, es tan temperamental…

—Camila pasará por la etapa neonatal del vampirismo —respondió mientras sobaba la espalda a Jevremcito para mantenerlo relajado, ya que cayó rendido sobre su hombro izquierdo—.

Los primeros años son inestables y peligrosos.

La sangre les hará perder el control. Matarían a sus seres queridos por saciar su sed. Ellos la cuidarán.

—¿De qué manera?

Expulsó un lamentoso suspiro.

—No serán amables, pero le enseñarán a sobrevivir. Oremos a que Camila, soporte con aplomo.

—Y desangre al señor Spencer —Erik espetó—. Por él, pasó todo esto.

Y por ella misma, meditó Anna, apesadumbrada.

Isabel, lejos de odiar al anciano, sintió compasión. Hizo lo posible por salvar del cáncer a su amada.

—Mami, dame a Jevremcito, lo quiero cargar —Winona interrumpió en la discusión de los adultos; sus bracitos en alto para que Isabel se lo entregara.

—¡Yo debo ser el que lo cargue! Soy su padrino.

—No te atribuyas ese cargo, Ángel, aún no se ha efectuado la ceremonia, y Anna no ha dicho nada al respecto.

—Pero lo seré, mami. ¿Verdad, Anna, que lo seré?

—Eh… —Anna echó un vistazo a Isabel, y, a pesar del cabreo, ésta asintió, sonriente. Ángel sería un buen padrino.

—Sí, por supuesto.

—¿Y por qué él y nosotras no? —Winona protestaba por el favoritismo del otro.

—Porque lo dije primero. —Le sacó la lengua.

—Pero ¡mami!

—¡¡Ya dije que yo!! ¿Verdad que sí?

—¡Fuera los tres, que nos van a enloquecer! ¡Al dormitorio!, ya les permití estar aún despiertos a estas horas de la madrugada. Anna ya llegó, y ustedes a dormir. El que proteste, se gana una nalgada.

—La culpa es tuya por quejica.

—¡Mamá, Ángel me dijo «quejica»!

Isabel puso los ojos en blanco, y los miró con severidad. Bastó para que los tres entraran calladitos a la residencia.

—Isa, sé que me costará muchos años para que ustedes perdonen mi imprudencia —Anna comentó mientras los cachorros eran escoltados, escaleras arriba, por la señora Gianforte, quien, al parecer, se mantuvo cerca por si la necesitaban—.

Pero, no estuvieron aquí cuando Matilde, antes de empeorar, manifestó su voluntad.

¡Sí, lo sé! —impidió que la reina y Erik, replicaran—, no fue una buena decisión de mi parte, pero les juro que, de repetirse ese día, habría hecho lo mismo.

¿Saben por qué? —Los otros dos sacudían la cabeza, porque ignoraban las razones de Anna Morris—. Ella se salvó.

—Siendo vampira —A Erik le entristecía que su tía Camila, dejase de ser lo que ella fue antes, para ahora convertirse en una sedienta de sangre.

—Pero se salvó…

—¿Y será feliz siendo parte de esos murciélagos?

La joven asintió.

—Sí, Erik. Estoy segura de que Camila se adaptará a esos…

a esa gente. Ella ama la vida. ¡La goza!

Tal vez le cueste al principio y me odie por no impedir que el señor Spencer decidiera por ella ese destino; sin embargo, yo la vi asustada cuando afrontaba las quimios; trataba de lucir fuerte, pero la descubría llorando.

¡Claro que agradecerá las décadas o siglos extras que vivirá! —Incluso, más que ellos.

—Yo también lo creo —Isabel secundó, pensativa, y con sus ojos anegados en lágrimas—. Si alguien es capaz de adaptarse a los cambios bruscos, esa es Camila.

Permanecieron un rato en silencio; cada uno rememorando los mejores momentos compartidos con la anciana; no debían llorarla porque no ha muerto, no de la manera en que el cuerpo se pudre bajo tierra, pero sí extrañarían su presencia y los afilados comentarios que solía expresar cuando se hallaba en medio de una acalorada discusión familiar.

Camila fue la madre, la tía, la amiga, la protectora…

El pilar que a todos mantuvo firme, pero que se derrumbó por cuestiones de la naturaleza humana.

Debían esperar a que ella estuviese lista para, al menos, soportarse de lejos.

Y, para ello, tendría que pasar muchos años.

—Ahora, centrémonos en lo otro —Isabel cerraba de ese modo el tema anterior.

Erik esbozó un mohín.

Lo centrado a tratar: su primo.

—De nuevo te agradezco, Isa, por todo lo que has hecho por mí. A pesar de todo…, me ayudaste a ver a Jevrem. Parece mentira que esté vivo.

¡Vaya el favoritismo hacia esta tipa!, exclamó, Claudia, para sus adentros.

Rompe las reglas, se folla a Erik Brankovic y a otros tipos, se salva del confinamiento en las mazmorras, la premian con un viaje de primera clase hasta Alaska, y, de paso, le aplauden la relación que sostiene con el sobrino del Soberano. Por eso hace lo que le da la gana.

En cambio, si ella se presenta cinco minutos tarde al despacho de la reina María Isabel, la increpan severamente.

Isabel le sonrió apenada.

—Lamento lo que pasó en Denali, no pensé que ellos… —calló, ahí se percató que era mejor no hablar frente a su hijo mayor.

—¿Qué pasó? —Por desgracia, Erik se alarmó, y enseguida Anna e Isabel se tensaron.

—Es por tu tío Damir: es un imbécil —Isabel le contestó sin entrar en detalles.

—¿Y qué hizo el tío Damir, para que tú dejaras a Jevrem? —inquirió a su amiga. No es que a él le molestase la falta de atención, de Anna hacia el primo; al contrario, él estaba feliz, pero no a expensas de alguna humillación hacia ella.

—Me echó de la cabaña.

—¡¿Y el primo lo permitió?! —Qué hijo de…

—¡No, claro que no! —sonrió, nerviosa—. Está débil, no se dio cuenta…

—mintió para tapar el hecho de que el señor Damir ordenó a sus hombres de asesinarla, sin que su propio hijo se diese cuenta—.

Hola, Claudia. Hola, Zafira. —Trató de cambiar el tema, tras fijarse en la presencia de las dos asistentes.

La primera forzó una sonrisa desabrida.

—Hola, señorita —Claudia detestaba a la protegida de los reyes, pues esta era otra aprovechada.

Rezagada de todos.

Siendo la última…

—Bienvenida —Zafira casi le gruñe a Anna, pese a que su propia estadía allí pendía de lo que Erik, su nuevo jefe, considerase mejor para todos.

—Le daré en la jeta cuando lo vuelva a ver —Erik no dejó pasar el asunto con su tío paterno.

—¡Tú no harás eso! —Isable lo increpó, porque él insistía en buscar camorra—. Más bien, ¡lárgate a dormir!, mañana debes levantarte temprano a estudiar, que tienes los libros abandonados. Zafira… —se dirigió a ella—, ocúpate que de su cuarto no salga. O esta vez a él lo encerramos en una celda.

Claudia casi ríe desdeñosa. Por supuesto que su excompañera se iba a ocupar, lo mantendría postrado en la cama, mientras esta le ofrecía su cuerpo.

—Sí, majestad —Zafira ni de coña miró a Erik. Ahora ella debía velar por él. ¡Ja! Esto sí que le iba a encantar.

Erik se marchó, mascullando palabras ininteligibles, mientras que su asistente personal mantenía distancia, unos pasos detrás de él.

La breve información que se le escapó a Isabel, provocó que a Anna se le desencajara la mandíbula, por la sorpresa.

—¿Celdas? Ay, Isa…

Esta no le respondió en el acto, sino que le permitió a Claudia de marcharse a descansar. La conversación que sostendría con su amiga no era para sus oídos. Ya bastante escuchó.

—Lo tuyo acarreó consecuencias —le dijo, una vez a solas. Al menos estarían libres de los empleados y los familiares que podrían tomarse a mal lo que escucharan, porque los guardias seguían presentes en su entorno.

—Lo siento… —Anna tendría que disculparse después con Erik y con Zafira, pues no les agradeció lo que hicieron por ella.

Isabel le dio un beso en la mejillita al bebé y, aprovechando de que estaba dormido, se lo entregó a Anna. Ni se dio cuenta de que lo cambiaron de brazos.

—Descuida —le sonrió a la alasqueña—, al menos, el castigo que sufrieron les sirvió para que pensaran un rato en sus acciones.

Se dirigieron al interior, y, mientras subían hacia la segunda planta, Isabel le preguntó:

—¿Exactamente qué pasó en Denali? Ma-cheil, me telefoneó, expresó que debió mantenerte resguardada en la aldea. Pero no reveló más. ¿Qué hizo el maldito de Damir, aparte de echarte de la cabaña? Tuvo que ser malo para que el jefe interviniera.

—Me querían matar —reveló en un susurro—. Además, Jevrem… Él está…

—¡Anna! —Emilia descendía las escaleras en dirección hacia las dos hembras que iban subiendo los escalones.

La joven agradeció a los dioses, porque ahí razonó de que no era prudente decir nada de lo que ella observó en Jevrem.

Tal vez lo estaba juzgando de manera equivocada, y él solo temía perderla por no tenerla a su lado.

Se había aferrado demasiado rápido a ella, que hasta la había asustado.

Además, la extraña pasividad que demostraba, siendo contraria a la violencia contenida en sus ojos negros, se debía al trauma, y esto ya era del conocimiento de los progenitores y de los médicos que lo han tratado.

—Hola, mamá. —Se dejó abrazar por Emilia, quien le dio un beso a la hija y otro al nieto.

—¿Por qué tan rápido? —le extrañó verla más pronto de lo que había asumido. Había calculado que volvería en unos meses.

Anna se encogió de hombros, restándole importancia.

—Fue un ida y vuelta…

La progenitora sacudió la cabeza, como expresando de esa manera de que los jóvenes tenían el aguante para cruzar medio país, solo para darse un beso y luego volver.

—Debiste dejar a Jevremcito —le sacó en cara lo que antes discutieron—. Míralo, está cansado. Y, a juzgar por cómo huele la reina, la pusiste a cargarlo… Nos disculpamos, majestad, por las molestias. —Los brazos de la abuela materna extendidos hacia el pequeño, para que Anna se lo entregara.

—¿Cómo está el alfa? —George, preguntó, haciendo patente su presencia en el tope de las escaleras. El albornoz cubría parte de su pijama, de camisa y pantalón a rayas.

—Bien —Anna subió los escalones enseguida, para abrazar a su progenitor—. Un poco maltratado; le tomará unos días recuperarse.

—No es para menos… —Emilia comentó mientras arrullaba a Jevremcito.

—¿Y cómo se salvó?

—Eh… —Anna carecía de respuestas. Ni el mismo Jevrem, sabía—. Lo que dicen todos: «fue un milagro». —La explicación más acorde para el misterio.

A George no lo convencía la explicación de su hija. En cambio, Emilia…

—¡Deberíamos celebrar el milagro! —sugirió, emocionada—. Un baile de gala o una cacería a lo grande, ¿qué les parece?

Mala idea.

—A Jevrem no le gustan las celebraciones —dijo, Anna, e Isabel asintió, porque a Jevrem le faltaba mucho para estar bien.

Le recordaba a Everett, con el asunto de la pierna derecha.

Su cuerpo estaba maltrecho, pero su alma aún sangraba por lo de la madre—.

Tal vez, una cena, en su momento oportuno. Algo íntimo…

—Por supuesto —George acordó—, después de lo que le pasó, no querrá que la gente lo mire como si fuese un santo patrono.