El Despertar del Lobo Capítulo 46
53%

Capítulo 46

«¿Desea deshacerse de Anna Morris?

Yo puedo sacarla del camino.

Deme los medios y no volverá a sufrir de dolores de cabeza por ella, sin tener que mancharse las manos de sangre».

El papel se volteó. No había número telefónico ni correo electrónico o buzón, ni firma ni huella ni nada.

Damir alzó sus ojos hacia su secretaria.

—¿Quién lo envió?

—Fue dejado en recepción —explicó—, no se supo qué mensajero lo trajo.

—Pero ¿lo rastrearon, revisaron las cámaras?

—El casco lo protegía… Y no había aroma que rastrear, el recepcionista no estaba en su puesto en ese momento, estaba en el baño.

—¡Incompetentes! Despidan a ese recepcionista y al vigilante de la puerta, que, al parecer solo está pendiente del culo de las empleadas. ¡Retírate!

La secretaria apechugó su agenda, mortificada de que ese día perdiera su trabajo por la incompetencia de otros.

Damir repasó la nota anónima.

«¿Desea deshacerse de Anna Morris?

Yo puedo sacarla del camino (...)».

Controló el impulso de romper el papel o arrojarlo a la chimenea encendida, para deshacerse de todo tipo de evidencia que lo comprometiera más adelante.

Deshacerse de ella… ¡Claro que quería deshacerse de esa condenada que odiaba con todo su ser!

, pero que se salvaba cada vez que él le lanzaba las garras para matarla.

Olió el papel.

Ni un resquicio de perfume o humo de cigarrillo, o el lugar del cual provino. Nada que delatara al sujeto que se alineaba a él para liquidar a esa piojosa.

¿Para qué escribió si no dejó como contactarlo? Existiendo medios tecnológicos de rápida comunicación se le ocurrió enviar una nota que cualquiera pudo haberla leído. Debió pasar por muchas manos.

¿Acaso eso quería: comprometer su imagen?

Apretó el puente de su nariz. Caramba…, quería largarse a casa y tomar un baño de espumas en la tina; el día fue largo y tedioso, y la noche entró bastante calurosa. Y él aún seguía allí en su despacho, estrujándose las neuronas por culpa de un posible chantajista.

—¿Y a quién le importa una sirvienta de bragas ligeras? —Los que podrían chillar, por esta, serían Everett y la ordinaria de Isabel, que la consideraban parte de la «familia».

Aguzando su ojo, observó concienzudo la letra manuscrita de la nota que le enviaron de la manera más misteriosa, y determinó: cada palabra presentaba curvas pronunciadas y delicadas como si hubiesen sido escritas por una hembra.

¿Y qué hembra, de malas pulgas, le tenía manía a Anna Morris? ¿Qué hembra se vio perjudicada por aquella al estar en el camino hacia…?

Torció el gesto.

Hacia el corazón de Jevrem, su hijo.

Y tenía dos sospechosas.