Capítulo 45
Él estaba loco.
Loco como una cabra loca en un lugar completamente loco.
De otro modo, ¿qué hacía allí, arriesgándose a que lo atraparan?
Desde las rocosas observaba la vivienda de tono ocre del Soberano, con sus ventanales, sus árboles rodeándola y las montañas como gigantes que lo protegen.
Sin embargo, Édgar estaba ubicado sobre una de estas, estudiando a detalle los caminos de acceso, los valles abiertos, los muros altos que no eran de ladrillo o concreto sino vegetación.
Entrar allá era fácil, pero pasar desapercibido era otra cuestión.
—Ay, Annita querida… —En alguna parte de esa vivienda lujosa, ella se hallaba conviviendo con esos malditos como si fuese una de ellos.
La sacaría de allá, se la llevaría a otro país, donde ese rey no extendiera su poder sobre él.
La llevaría a algún país de machos dominantes y hembras dominadas.
En dichas tierras forjaría su propio linaje, sin leyes tontas que coarten cómo educar y amansar a los que se revelen.
Anna no volvería a trabajar ni saldría jamás de su casa; estaría dentro, manteniendo limpio el hogar, y lista ella para servirle cuando a él se le antojase reventarla en la cama.
Se acomodó en la cúspide de la montaña encarpada, esperando a que los residentes se largasen a dormir.
Esa clase de metamorfos no eran resistentes a permanecer desvelados durante muchas horas, las rutinas los han hecho predecibles, tal como el Alfa de Kenai.
Qué fácil fue llevarse de su morada a Anna…
—Ojo, ese lugar no es como la otra casona… —se reprendió a sí mismo; la vivienda del rey estaba muy bien custodiada por guerreros adiestrados al combate y a mantener los ojos vigilantes durante días. Si a él se le ocurría invadir y lo atrapan, el mismo rey lo descuartiza.