El Despertar del Lobo Capítulo 44
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Capítulo 44

El bastón fue lo primero que tocó el suelo antes de que los pies sostuvieran la enjuta silueta de Jevrem.

Se había negado a que Emmett lo ayudase a descender del jeep, sería humillante para él demostrar tanta debilidad frente a los yakaramath, que lo miraban como si fuese un fantasma. Él fue hasta allá a buscar a Anna. Castell le informó lo sucedido, luego de neutralizar a los hombres del gobernador.

Discutió con sus padres, porque estos le gritaron de no ir tras ella; esto lo rebajaría y pondría en ridículo frente a los demás, porque imploraría a un hembra que ha pisoteado muchas veces el apellido Brankovic.

Rengueando, se abrió paso ante los nativos, cuyo recibimiento no fue como lo esperado, que lo saludarían como uno más de la tribu, por la amistad que lo unía y el grado de confianza que se tenían; lo que antes charlaban con él, con una cerveza en la mano, ahora lo saludaban con un asentamiento de cabeza muy respetuoso, como si él fuese un príncipe.

Ma-cheil salió de su cabaña y se dirigió hacia él.

Mismo saludo.

Distante. Extraño.

—¿Anna? —Jevrem preguntó por ella, luego del breve saludo silente del jefe yakaramath, del que al joven lobo incomodó.

—Resguardada.

—Quiero verla.

—Ella no desea verlo, está asustada.

Y él apenado por los infortunios que aún Anna pasaba por su causa. Les costaba tanto amarse…

—Por favor, todo fue un malentendido. Mis padres no le iban a hacer daño al lobezno. Ni yo...

A Ma-cheil le pareció lo contrario cuando rodearon a esos guardias regionales que estuvieron a punto de destrozar a la joven madre. El temor estuvo reflejado en sus ojos.

—Nos alegra que confirme el incidente —dijo—, pero no le puedo permitir que se le acerque.

«El bastardo se la quiere apropiar».

La protege.

«¡La desea!».

¡Calla!

—No soy un peligro para ella, ¡la amo! —¿Qué debía hacer, Jevrem, para demostrar la veracidad de sus palabras?

¿Caminar sobre fuego por ella? ¿Ofrecer su sangre a los dioses?

¿Dejarse golpear por los lobos que resguardan la aldea?

¡Lo haría todo con tal de recuperar lo que recién ha vuelto a su vida!

—Sus sentimientos nos son refutados.

—Entonces, ¿qué? —comenzaba a desesperarse, mientras sus hombres se mantenían rezagados, cuidando las espaldas al maltrecho macho alfa. Muchos aldeanos curiosos los rodeaban—. ¿Lo que no hice?, ¿lo que no soy capaz de hacer? Quiero ver a Anna.

—Márchese, joven Jevrem.

«Dile a ese maldito nativo que te entregue a la chica o quemarás la tribu si no lo hace. ¡Díselo!».

—No. —Lo negativo fue para Noé, pero Ma-cheil lo tomó personal.

—Usted no está centrado, su espíritu está quebrado, por eso no se da cuenta de lo que dice.

«¡Elimínalo, impide llevarte a tu hembra! Debes imponerte, ganarte el temor de los demás. ¡Arrasa con todos!».

—¡No! —Se llevó las manos a la cabeza y se dio golpes fuertes en las sienes y en el cráneo como si algo dentro lo estuviese atormentando.

Ma-cheil, dio un paso atrás, percibiendo una mala vibra proviniendo del Retornado.

Lo estudió detenidamente, y sus brazos se erizaron; al afinar sus sentidos, lo invadió una gélida sensación que lo impulsaba a refugiarse lejos de él. ¿Qué espíritu maligno lo rodeaba?

—¿Con quién realmente estoy hablando?

Noé se rio en la mente del joven alfa.

«Este es intuitivo».

—¿Cómo? —A Jevrem lo tomó por sorpresa que el jefe yakaramath notase lo que está arraigado y oculto en el fondo de su ser.

—¿Quién está parado frente a mí?

«¡Noé Bummer, huésped honorario de Jevrem, delicioso, Brankovic! ¿Le satisface esa información, hijo de las mil pu…?».

—Yo, ¿quién más? —Trató de ahogar la vulgaridad del espectro que mora en su conciencia. ¿Ma-cheil está al conocimiento de lo que le pasa?

«Por supuesto que sí. Y nos atacará».

—Ma-cheil, me duele la pierna, tengo migraña y están que me llevan los demonios, porque mis padres echaron a perder mis planes de estar con mi novia. ¿Podrías tener la amabilidad de llamar a Anna? Al menos, permita que me disculpe. Solo eso, y me marcho en paz.

—Está bien, señor Ma-cheil, hablaré con él —Anna expresó desde el umbral de la casa del jefe de la tribu. No sostenía al lobezno, debía otra hembra de tenerlo mientras ella aclaraba las cosas con el sobrino del Soberano.

Ma-cheil dio su consentimiento y guardó las distancias, pero sin alejarse del todo. No le gustó la oscuridad que había en los ojos del muchacho.

Le aconsejó a la kenayense de no moverse de su sitio.

Los curiosos, expectantes de la joven pareja.

—Anna…, lo siento. Mamá no tenía intenciones de lastimarlos. Ella es ruda para ordenar; la conoces, no es amable, pero no es perversa.

—Tu padre sí. Esos guardaespaldas no intentaban detenerme: me daban caza.

«Yo puedo arreglarlo, nadie se dará cuenta».

Jevrem sacudió la cabeza.

Ma-cheil observaba.

—Te prometo que no volverá a pasar.

—No estás en condiciones de hacerlo cumplir. Tu padre me odia y me quiere fuera de tu vida, no dudará en hacerme desparecer.

—¿Y lo mejor es estar separados? No somos cachorros, Anna.

Ella sonrió entristecida. Lo mismo pensaba Erik frente a su propio padre. Vaya, qué ironía; estos tratan a sus hijos como tales.

—Odio tener que darles la razón, pero lo mejor es que nos mantengamos alejados. Yo volveré a Montana; cuando sientas que los rostros del pasado ya no te afectan, me buscas. Allá estaré.

La expresión de angustia se reflejó en el rostro pálido de Jevrem. ¡¿Cómo lo va a dejar?!, ¡la necesitaba!

Se aferró al bastó y rengueó hacia los escalones que conducen a la cabaña de Ma-cheil.

Todos se tensaron. La mano del jefe yakaramath, en alto. Deténgase o lo lamentará.

«¡Mátalos a todos, se interponen en tu camino!».

—Temo perderme si no te tengo a mi lado. —Anna era su luz, su conciencia, su bondad.

«Ella no te salvará de mí».

Sacudió y sacudió la cabeza. ¿Cómo hacía para callar por siempre a la maldita voz infernal de Noé Bummer?

«Serás mío. Tu cuerpo será mi cuerpo. Tú voz: mi voz. Tus ojos: mis ojos. Me apoderaré de ti».

¡No!

«Deja que tome control de tu alma.

¡Nunca!

Dame acceso a ti. Disfrutarás el poder que te otorgaré al compartir el cuerpo. ¿Ves a todas esas hembras que hay en esta aldea de mierda? Serán tuyas si dejas de luchar contra mí».

¡No! ¡No!

—¿Jevrem? —Anna pretendió descender los pocos escalones que conducen hacia su amado, pero Ma-cheil se interpuso para que no cometiera el error de estar a su alcance.

—Está bien —respondió, abatido—. Vete a Montana, es lo mejor. Allá, tío e Isabel, te cuidarán.

«Qué pocos huevos tienes. ¡Llévatela!».

¡Ja! Como si él pudiese contra todos.

Su tío no le perdonaría que, por un lío de faldas, él haya causado una rotura de amistad con los yakaramath.

Dio una venia al jefe de la tribu, y este le devolvió el mismo gesto de despedida.

¿Cómo pensaba él que estaría feliz con Anna, si había una voz torturándolo en su cabeza? Antes de estar con ella, debía expulsar de su ser a Noé, o este acabaría con él.

«No puedes hacerlo, porque soy tú».

—Aún no.

—¿Señor? —Castell no comprendió lo que de repente el joven amo decía.

—Larguémonos, necesito descansar.

Levantó la mano, y, con un «adiós», le expresó a su hada, quien a su vez le lanzó un entristecido beso al aire, para que la brisa lo llevara hasta el todoterreno.

Anna lloró, porque aún dudaba de si hizo lo correcto de no estar con él, pero al ver a Sakari que se asomaba –con su pequeño– por la puerta principal de la cabaña, comprendió que fue lo mejor. Amaba a Jevrem, pero amaba más a su hijo.

—Oh, Eshkanu, diosa protectora… —la chamana de repente se acercó a Ma-cheil—, ¿qué fue lo que nos visitó?

El jefe la miró.

—¿A qué se refiere, Walela?

—El Retornado… Tiene dos sombras: una es suya, pero la otra…, ¿de quién es? No pertenece a ninguno de sus hombres ni de nadie de los de aquí. Lo persigue, pegado a él.