El Despertar del Lobo Capítulo 43
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Capítulo 43

La carta de despido a Zafira, le fue entregada por Adela Mulder, tan pronto salió de la celda.

El señor Ospina seguía disgustado con ella que, de inmediato le ordenó empacar sus cosas y largarse antes de la puesta del sol. No sería azotada ni pasada por las garras ni tampoco cumpliría la condena completa; le permitieron marcharse con sus extremidades intactas.

De paso le prohibieron poner en su currículo los servicios prestados a la reina María Isabel. Y también de permanecer por los linderos del estado.

En cambio, le recomendaron marcharse a los Apalaches, allá la recibirían, pero no serían indulgentes con sus heroicos impulsos; debía obedecer, callar y seguir los lineamientos impuestos por el alfa de aquella región.

Si volvía a causar problemas, en su esfuerzo por destacar por encima de los demás, nadie abogaría por ella.

Subió al auto que la conduciría al aeropuerto.

Oculto entre paredes de setos, del estacionamiento, Richard Collins, uno de los guerreros más feroces de la manada de Montana, observaba escondido la partida de la muchacha.

¡Todo el tiempo que él perdió por no haberse atrevido a enamorarla!

, ahora ya no había manera, miles de kilómetros y muchos machos los mantendría separados.

Sopesaba en pedir, al senescal, un traslado a aquella zona para estar con ella.

—¡Eh! ¡Zafira! ¿Adónde la llevan? —Erik alcanzó a divisar a la joven que metía sus pertenencias en el maletero. Minutos antes, Ángel le había avisado.

—¡Erik! —Isabel se preocupó de que su hijo agarrara a piñazos al pobre chofer, quien solo atendía a las órdenes de su esposo. Habían llegado a tiempo para detener al vehículo.

Eliana y Claudia tuvieron que correr detrás de la reina, felices de presenciar lo que sería después una buena cotilla. Pero también con la envidia latente de lo que esa hembra greñas-esponjosas era capaz de despertar en el joven alfa.

—¡Detén el puto auto! —Las dos palmas de Erik se plantaron en el capó. El frenazo sacudió al chofer y a la pasajera que iba en el asiento del copiloto.

—¡¿Qué carajos haces?! —Zafira deslizaba hacia abajo la ventanilla de su puerta, para increpar al desgraciado.

—Bájate del auto.

—No. Me dieron la orden de marcharme.

—No es necesario que lo hagas.

¿Ah no?

Extrajo la prueba del porqué debía largarse de allí.

—¡Aquí está la carta! —A través de la ventanilla, se la abanicó en la jeta, pero de inmediato se controló cuando notó que se acercaba la reina—. Perdóneme, majestad, ya estamos por marcharnos. —Casi le escupe una palabrota a Claudia, al darse cuenta de que esta sonreía desdeñosa de que la echaran.

—Bájate, obedece —Isabel le pidió.

—¿Perdone? —la joven asistente no comprendía por qué la reina había cambiado de parecer. ¿Lo hacía porque consideró lo injusto del castigo o porque el cachorrito le chilló?

La angustia de Erik le hacía pensar que era lo segundo. Su corazón palpitó. ¿Será que…?

«No debimos hacerlo?», recordó avinagrada del arrepentimiento que él le expresó en la celda.

La actuación de él no era por haber descubierto que, después de todo, la amaba. ¡Una mierda! Solo trataba de enmendar su error, con devolverle el trabajo.

Erik le abrió la puerta, y, de un jalón, la sacó del auto.

Eliana y Claudia jadearon por la actitud pasional del joven alfa. Estos dos ya estuvieron juntos. ¡Y en las mazmorras!

O desde antes…

—¡No seas tan bruto, Erik! —Isabel increpó la forma tan poco caballerosa de su hijo.

—Si la expulsan, la vuelvo a traer —aún su mano sujetando a Zafira—. Ella no va a pagar mis acciones.

A pesar de la presencia de la reina, Zafira se liberó con rudeza del agarre de Erik.

—Me despidieron, entiéndelo.

—Volverás a retomar tus funciones.

—Ya no.

¡Upa! Tanto Zafira, como las otras dos asistentes, hicieron una venia ante la proximidad del Soberano.

Everett se inmiscuyó en la conversación, habiendo aparecido de repente. Los observó desde la tercera planta, y, desde allá saltó para averiguar lo que sucedía.

—Papá, ya te dije que Zafira no…

—Ella no volverá a trabajar para Isabel. ¿La quieres acá? Muy bien… En adelante será responsabilidad tuya: cuidarás de ella, la vigilarás y controlarás. Serás el que determine si se queda o se larga de la villa. Pero estará bajo tu mando.

¡¿Qué?!

Isabel se sorprendió por la medida tomada de su esposo.

Eliana y Claudia, se irguieron de inmediato, atónitas de lo que escucharon. ¿Cómo es que la tercera asistente tenía tanta suerte? Ardían de rabia, porque esos dos no se la pasarían con agenda en mano, visitando hospitales u orfanatos, sino que estarían follando todo el día.

Zafira casi se cae de cabeza al suelo, al mantenerse aún reverente. ¡¿Qué clase de castigo era ese?!, no daba crédito a lo que escuchaba.

Mejor que la mataran.