El Despertar del Lobo Capítulo 42
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Capítulo 42

La embarró…

La embarró y mucho.

Erik se acomodaba el pantalón, sin atreverse a mirar a Zafira. Lo que hicieron los dos, no debió pasar, él no sentía nada por ella, sino por Anna, a la que no quería defraudar.

Golpeó la puerta.

—Abran, necesito salir —pidió a los carceleros; motivo por el cual, Zafira se levantó de inmediato del catre.

—¿Erik? —Recogió sus ropas y se pegó a la pared de la puerta, para que aquellos no la vieran desnuda. Comenzó a vestirse rápido—. ¿Te sientes…? ¿Te pasa algo? —Su camiseta cubriendo su torso; su sujetador en algún punto de la celda.

—Ya no quiero estar aquí. ¡Abran!

La amargura se reflejó en la sonrisa de Zafira. Tan típico y tan básico…

—Hasta que por fin te hartaste.

—Este encierro no tiene sentido.

—Porque ya me follaste. Misión cumplida.

Él la miró avinagrado.

—Tú me sedujiste, no te victimices de nuevo.

—¿Y el cabreo se debe a que te arrebaté tu virginidad? ¡Ay, perdona por eso!, sufriste tanto…

Dos golpes fuertes a la puerta.

—¡Abran o la derribo, hijos de puta!

—¡¡Sí, por favor, abran!! El cachorrito ya se aburrió. Pobre, pobre cachorrito…

Los carceleros, que notaron el timbre áspero del muchacho, descorrieron los cerrojos y abrieron la puerta.

Antes de marcharse, Erik se volvió hacia Zafira.

—No debimos hacerlo.

Y, la dejó allí, con la rabia bullendo y los carceleros con un «¡auch!» en sus expresiones por el rechazo tan hosco del primogénito del Soberano hacia la asistente desempleada.

—Déjenla salir —les ordenó a estos, pero Zafira de la celda no se movió. Se sentó en el catre y allí soltó lágrimas silenciosas. La puerta de la celda seguía abierta.

¡Pendejo!

Una amistad se perdió. Erik se reprendía por no haber resistido a la seducción, vio los pechos y los vellos púbicos de una hembra, y sus neuronas dejaron de funcionar; se suponía lo haría por primera vez con Anna, que la sorprendería con ese hecho; pero lo arruinó por tratar de convencer a Zafira de ese sacrificio absurdo de permanecer seis meses encarcelada.

Los guardias que hallaba a su paso, percibieron en él, el aroma a sexo, y entre ellos la sorpresa reflejada, porque los efluvios femeninos estaban impregnados en su piel. Entonces, ¿no es del bando equivocado? Después de todo, el condenado era hetero.

¡Tonto idiota! ¡Tonto idiota!, se repetía en su fuero interno.

¿Cómo volver a mirar a Zafira como antes?

¿Cómo llamarla ahora su amiga, si con ella conoció las mieles del sexo?

Lo peor, muchos lo vieron en esas condiciones y de las mazmorras escucharon los gemidos; alguno le contará a Anna, y esto a él lo mortificaba.

Al subir por las escaleras posteriores, hacia el dormitorio de la tercera planta, se topó con los ojos de su padre, venía este del área de los despachos.

Nada se dijeron, su padre parecía saber lo que había sucedido, porque tenía una especie de satisfacción en el rostro. Su hijo ya era un macho adulto.

Lo cabreó más. Azotó su puerta y enseguida se desnudó enojado. Qué maldito: censuraba que él amara a Anna, pero con Zafira lo celebraba. ¡Claro que lo celebraba!

—Hipócrita. Por eso Anna no quiere estar acá, no es apreciada. —Se dirigió al baño a ducharse.

Pero lo que él hizo con Zafira…

Mierda. Recordaba los gemidos, las embestidas: empujando y empujando, él, hasta enterrar la empuñadura dentro de ella, y él dándole cada vez más duro y rápido hasta conseguir el orgasmo.

Se endureció de nuevo, listo para otra arremetida.

—Estás loco si la buscas de nuevo. La embarraste. —Al tocarla y al decirle que no lo debieron haber hecho.

«¿Te gusta?».

«¿Por qué no lo hicimos antes?».

«Porque hubiese sido ilegal. Y bien: ¿soy apta?».

—Lo fuiste, Zafira. —Le agradó observar cómo ella fruncía el ceño y se mordía su labio inferior mientras él la penetraba. Se acoplaron a la perfección; no lo apuró, fue una amante paciente que le insufló seguridad.

Al percatarse de lo que hacía, Erik jaloneaba su pito como las veces en que las fotos de las chicas en las revistas lo excitaban. Pero esta vez él no pensaba en aquellas hembras ni en Anna, de la que fantaseaba muchas veces; más bien, en Zafira que una vez más lo seducía.

*****

Por la zona del estacionamiento, Erik escogía qué automóvil debía tomar para ir a Denali.

No tenía que pedirle permiso a nadie, iría a saludar a su primo, y, de paso, expresarle su amor a Anna.

Se arriesgaba a que aquel lo retara, estaba dispuesto a que lo apaleasen, pero no iba a permitir que se la quitaran.

—Mamá se va a enojar.

La increpación de Ángel sobresaltó a Erik. Estaba cómodamente sentado sobre el capó de un BMW gris metálico.

Y, si Ángel estaba allí…, su mamá estaba en la villa.

—Te doy un pescozón si le adviertes.

—Ya sabe. —Los ojos de Ángel, con un «mira detrás de ti», hicieron que Erik se diese la vuelta.

¡Ay, carajo!

—Mamá…

Se preparó para que esta le retorciera las orejas, pero no lo increpó, sino que enseguida lo abrazó, aliviada de verlo en la seguridad de su hogar.

Mientras tanto, Eliana y Claudia se mantenían un poco apartadas, siguiendo a todas partes a la reina María Isabel, que les hacía anotar pendientes en las agendas que portaban, sobre labores filantrópicas de comunidades omegas del país, escuelas y universidades que requerían aporte económico, atenciones a las aldeas nativas más vulnerables, donaciones a clínicas veterinarias, entre otras…

Isabel sollozó feliz y le besó ambas mejillas a Erik; durante el vuelo de retorno, oraba a que no hayan sido noticias, de las que, alimentaron sus esperanzas en vano; tantas cosas que pudieron pasar en Nueva York, que ella no se hubiese recuperado de un duro golpe.

—Casi muero de angustia al saber que estabas en terrenos de Kerenor.

¿Por qué lo hiciste?, ¿no confías en la manada de tu padre?

No hubiésemos permitido que Anna o Camila estuviesen más tiempo en su poder.

¡No lo vuelvas hacer! —Hasta a su propia madre, Isabel sacó de esa ciudad.

La mantenía oculta donde los vampiros no la pudieran atrapar.

—Perdón, mamá, fue un impulso…

—Debes aprender a pensar en tus acciones. Traen consecuencias.

Claro que lo sabía. Zafira era esa «consecuencia» de la que él…

Los gemidos seguían allí…

En sus recuerdos recientes.

—Al menos, mis impulsos sirvieron para salvar a Anna. Aunque de tía Camila… —esbozó un gesto de pesar—. Mamá…, ella…

—Lo sé. Tu papá me dijo. —Y se soltó a llorar.

Eliana no supo qué debía hacer, miró a su compañera y esta tampoco sabía si era apropiado consolar a la reina.

Por fortuna, se mantuvieron quietas; no era asunto de ellas, su labor radicaba en acatar órdenes, ejecutar algunas labores, llevar recados, atende llamadas…

Pero no secar las lágrimas a la consorte del Soberano.

Erik consolaba a su progenitora, y enseguida alzó la mirada hacia Ángel, pero se sorprendió de no hallarlo sobre el capó del auto.

«¿Y Ángel?», sin sonido de voz les preguntó a Eliana y a Claudia, y estas se encogieron de hombros; tampoco se dieron cuenta de hacia dónde su travieso hermano se dirigió.

¿Se escondió o se marchó antes de que lo pillaran jugando sobre los autos de lujo de su padre?

¿Y por dónde salió?, el único portón abierto del garaje, ellos la bloqueaban.

Por lo pronto, le dio un beso en la coronilla a su progenitora que necesitaba la consolaran.

—¿Ella será feliz allá?

—No lo sé —Isabel respondió, con voz rota, y deshizo el abrazo de su hijo para alzar la mirada hacia él—. Pero estoy segura de que Kerenor lamentará tenerla entre su gente. Camila no es dócil…

—Ojalá les amargue sus eternidades para que aprendan a no convertir a los humanos que no lo han pedido.

Isabel también deseaba que su vieja amiga les causara quebraderos de cabeza y los pusiera en cintura, pero las probabilidades de que eso ocurriera eran mininas, ¿a cuántas personas han esclavizado sin haber recibido después algún castigo por sus horrores?

—Solo pido que su felicidad sea genuina junto a Conroy o con el vampiro que la proteja —expresó, apesadumbrada—. Y que jamás nos olvide, porque yo siempre la tendré en mi corazón.

—No la olvidaremos. —Nada podía hacerse por la tía Camila, ya no era humana, menos formaba parte de la manada.

Pero él sí podía hacer algo por alguien más.

—Mamá, no quiero parecer insensible, pero… —Echó un vistazo hacia las dos asistentes que se hicieron las que no estaban pendiente de la conversación que ellos sostenían y luego se centró de vuelta en su progenitora— ¿qué hay de Zafira? Ella me apoyó, me cuidó —y folló—. No merece ser despedida.

Al ser mencionado el nombre de la tercera asistente, la animosidad en Eliana y Claudia se puso en evidencia frente al joven alfa, por el mohín que desfiguró sus rostros. La sinvergüenza tenía quien la defendiera.

—Es decisión de tu papá.

—¡Pero es la asistente que más aprecias! —exclamó desesperado y a la vez lanzando su dardo a las odiosas asistentes, que se alegrarían si a Zafira le cierran las puertas de la villa.

—Quebrantó las normas. ¿Qué habría pasado si hubieras muerto?

—Seríamos dos, porque si yo caía, ella también. Sin embargo, no sucedió, me mantuvo cuerdo. Mamá… —soltó el aire de los pulmones—, Zafira es buena —muy buena— empleada; ya pagó —con creces— en las mazmorras.

Ella lo escaneó.

—Supongo que Zafira ya está libre, porque si tú estás fuera, ella también, ¿no? Supe de tu empecinamiento de estar encerrado para hacerle compañía, algo de lo que no estuve de acuerdo, pero tu papá sí. ¿Con qué propósito fue eso?

¡¿Cóóóómo?!, Eliana y Claudia intercambiaron entre sí miradas incrédulas. Ahora comprendían por qué el primogénito de los reyes se preocupaba tanto por esa idiota, había interés amoroso de por medio.

—Con el propósito de sacarla de allí. —Del que terminaron follando.

—¿Encerrándote con ella? ¿Qué pensabas lograr? Fue condenada a seis meses de claustro y de allí la mandaban a los Apalaches. Si pensabas que tu papá, la iba a liberar por capricho tuyo… A menos que… —comprendió—. ¿Te gusta Zafira?

Resopló.

Eliana agrandó los ojos.

Claudia abrió la boca, estupefacta.

¡Sí, había interés romántico!

—N-no —tartamudeó—. No me gusta ella. Quería sacarla de la celda, pero la necia estaba firme de permanecer allá.

Las dos jóvenes volvieron a mirarse, con la sospecha bailoteando en sus ojos claros, y entre ellas un silente «sí le gusta».

—No te iba a obedecer, porque cumplía su condena. ¿A tu papá no le hubiera gustado que se le desobedezca?

—Él no me regañó por lo que hice, pero Zafira será expulsada de Montana. No lo permitas, mamá. Y no porque ella, me atraiga, es porque no lo merece. Estuvo dispuesta a morir por mi culpa; demostró mucho valor. —Y buen arte en el catre.

Caramba, le va a costar unos días olvidar el orgasmo que disfrutó en la celda. Deseaba repetirlo.

Con ella…

¿Y Anna?

Por segunda vez no pensó en la bonita exniñera. ¿Por qué? ¿Por la aparición de Jevrem? ¿O porque él estuvo con Zafira?

¿Dicha sensación pasaría si él salía con otra que no fuese Anna?

Por desgracia, no sería con Zafira.