Capítulo 40
La mejilla sangró por la rama que la golpeó, al pasar veloz hacia lo más denso del bosque.
Anna lloraba mientras corría, con su hijo en brazos, quien se aferraba a la progenitora, también percibiendo el peligro.
Perdió los zapatos al saltar sobre el riachuelo hacia la otra orilla, enterrándose un calzado en el lodo y el otro lo sacudió de un azote de su pie, sin dejar de huir de los sujetos que los perseguían.
No sabía hacia dónde dirigirse; pensó en la gruta, pero su aroma corporal los atraería y allá quedarían atrapados.
La señora Radojka le lanzó una mirada tan rara, que el temor por su pequeño se había alojado en su pecho.
«¡Maldita tú y tu progenie que haz de parir, porque causaron la muerte de mi hijo!
», le había escupido después de ser rescatada, mientras que el señor Damir le prometía que la mandarían derechito al cementerio.
Los venados que pastaban por el área y las aves que reposaban tranquilas en las ramas de los abetos, huyeron en todas direcciones, tanto tierra y cielo, por el veloz cruce de esas criaturas aterradoras.
Anna se lamentaba de haber subestimado el odio que los progenitores de Jevrem sentían por ella; la protección de Isabel y del Soberano nada podrían hacer por detener a los guardaespaldas que los cazaban.
A juzgar por el resonar de las pisadas sobre las hojarascas y el suelo boscoso y los gruñidos que vibraban en el aire eran varios los que los perseguían.
¿Cómo se defendía de estos, si ella era solo una hembra menuda sin experiencia en defensa?
Ya se había enfrentado a la abuela atlética de su lobezno, pero aquello no podría tomarse como antecedente de cualquier entrenamiento en comparación con los hombres del Alfa Regional.
Sola, no podría, necesitaba ayuda. Pero ¿quién sería capaz de enfrentarse a esos sujetos, sin temor a las consecuencias?
Pasando otro charco, tomó lodo y lo untó sobre ella y su hijo, lo más rápido que podían sus manos; debía anular sus aromas para que fuese más difícil olfatearla. Y hacía esto mientras ella pensaba en un ser de corazón firme y carácter feroz que sería su salvación.
Ma-cheil.
Sus oídos agudos captaron que sus cazadores se aproximaban cada vez más cerca de ella; Anna jadeaba por el dolor en sus muslos y pantorrillas, y por el aire que tragaba en abundancia sus pulmones. ¡No la iban a alcanzar!
—No llores, por favor. Por nuestro bien, mantente callado —le pidió a Jevremcito mientras corría sin aminorar la velocidad en sus piernas. Anna ha enfrentado otros retos; este era uno más; uno por la vida de ella y la de su hijo.
Los años en la que su padre y también los Brankovic la han llevado a Denali, Anna ha aprendido a orientarse por ese bosque.
Las tundras quedaban en los terrenos de mayor elevación de su ubicación; solo tenía que dirigirse hacia el noroeste y aguantar la persecución, y llegaría al asentamiento yakaramath, para estar a salvo.
El jefe de la tribu no permitiría que los asesinaran.
Animales grandes. Animales pequeños. Insectos. Aves… Todo ser viviente que sentían su cercanía, desaparecían de su vista en el acto. Anna oraba a los dioses para que le diera resistencia y a la vez agradecía que su lobezno no llorase, como si le hubiese entendido su mortificada petición.
*****
Jevrem corrió lo más rápido que sus maltrechas piernas le permitían. Tenía un mal presentimiento; sus padres le aseguraron de que no era la intención de dañar a Anna, pero él lo vio en los ojos de esos guardaespaldas.
Sus hombres le llevaban la delantera por varios kilómetros; Jevrem había intentado cambiar su cuerpo, pero al igual que en la isla le fue imposible.
Empujón y aplastamiento.
—¿¡Adónde crees que vas! —Damir, le gruñó, estando él con todo el peso de su cuerpo sobre su primogénito—, conseguirás que tus músculos empeoren; de esta manera no ayudas en nada.
—¡¿AYUDAR A QUIÉNES, A TUS HOMbrES?! Los mataré si la hieren, y te mataré a ti, papá —Jevrem había logrado conectarse de a ratos con la mente de Anna; ella corría sin parar, tratando de que nadie les diese alcance—. ¡SUELTAME!
«Libera tu bestia, invócala y mátalo. Se bajarán a tu hembra si no luchas por ella».
—La traerán de vuelta, no seas melodramático —Damir mintió de manera descarada—. Fue un malentendido. Tu madre es mañosa con sus visiones; algo captó en ese lobezno. Solo fue eso…
«¿Le creerás a ese viejo amanerado? Mátalo. ¡Mátalo!».
Jevrem se tapó los oídos y sacudía la cabeza; sus garras se alargaban, cediendo cada vez más a la furia que lo invadía. El temor de Anna fue verídico, no una exageración paranoica como la quisieron dar a entender antes de que él se librara del agarre de sus padres.
—¡Cállate! ¡Sal de mi cabeza! ¡Arrrrrrghh!
Damir se preocupó. ¿Le gritaba a él o a lo que sea que sus visiones lo llevaban?
¿Qué estaba viendo?
—¡Eh! —Le dio de bofetones, no debía «ver» cómo sus hombres destrozaban a la sirvienta y a ese mocoso. Se suponía que fue un error y él se encargaría de matar al culpable, como castigo. La quería muerta, pero no frente a los «ojos» clarividentes de su hijo.
Ryder y Parker, quienes se mantenían cerca, para velar por el joven alfa, ayudaron al gobernador a llevar a Jevrem de vuelta a la cabaña.
—¡NO! —Se removía con fuerza, pero no podía por el agarre de dos que eran más fuertes que él—. ¡ANNA! ¡ANNA!
*****
Las aspas quietas del helicóptero se divisaban a través de las ramificaciones altas y medianas de los abetos que faltaban por cruzar. Anna consideró que Licón le había mandado por algo la aeronave rotatoria, era un excelente medio para escapar.
Sin embargo, dos de los hombres de Damir, le habían dado alcance; uno por cada extremo, aproximándose a una continua persecución mortal.
No le daría tiempo, pensó afligida, estaban casi sobre ella: encender el motor, el momento de aceleración de las aspas…
, llegarían a ellos antes de emprender vuelo.
También sopesó transformarse; dejar a su lobezno en el suelo y hacer que esos sujetos la persiguieran hasta que fuese inevitable confrontarlos. Pero se arriesgaba a que uno de estos se rezagara, su Jevremcito también era el objetivo.
Le restaba correr hasta la aldea.
Por su periferia notó un cuadrúpedo negro que iba veloz hacia el guardaespaldas del Alfa Regional; sonrió y enseguida giró su rostro hacia el otro lado. Castell, en su forma cuadrúpeda saltó sobre el otro cazador.
Lloró, aliviada, sin dejar de correr, los muchachos acudieron a salvarla.
Un tercero seguía persiguiéndola y este parecía empecinado en atraparla. Ya estaba convertido, la habilidad de correr y convertirse, pocos lo conseguían. O te detienes y cambias tu cuerpo, o sigues corriendo hasta no poder más con sus piernas bípedas.
Al salir de la densidad del bosque, Anna apretó los dientes. La superficie de la tundra hería la planta de sus pies. Tiempo necesitaba para transformarse y ganar mayor velocidad con sus cuartos traseros y delanteros. Pero el sujeto casi le pisaba los talones.
Entonces…
De la neblina matutina…
Emergió una docena de lobos.
*****
Dos surcos dejaban los pies de Jevrem, en el suelo, al ser arrastrado contra su voluntad por Ryder y Parker, que lo llevaban de los hombros, en sentido contrario por donde el joven deseaba correr.
La voz en su cabeza le ordenaba asesinar a todos y apoderarse de la hembra y de las que habitaban la cabaña.
Solo para él. Pero mientras estuviese así era inútil.
No podía ver lo que pasaba con Anna, la voz lo interrumpía, de manera que bloqueaba su don. Estaba atado en su mente y limitado en su cuerpo inútil; su necedad por no consumir carne humana le costaría la vida de Anna y la del lobezno.
*****
El cazador se detuvo abrupto. Él no podría contra todos ellos, la hembra y el mocoso no valían la pena, por más que el amo le compensara, billete sobre billete. Estos no se inclinaban ante coronas ni rangos superiores, lo destrozarían si invadía sus terrenos.
De entre la manada de lobos de pelaje pardo, uno de ellos se adelantó.
Anna cayó exhausta, casi a las patas del líder.
Ma-cheil –convertido– le gruñó al que estaba a poca distancia. Que ni se atreviera a perfilarle los colmillos, ni los buitres comerían su cadáver.
El guardaespaldas retrocedió sobre sus pasos, y, cabizbajo y con la cola metida entre las patas, se devolvió hacia donde se hallaba su amo, aguardándolo.
Sus dos compañeros habían sido dominados por los hombres del antiguo Alfa de Kenai.
Preferían que los castigaran o expulsaran de la manada, pero no iban a perecer allí por un drama familiar.
—Gracias —Anna le expresó al lobo líder. Era Ma-cheil, que, por voluntad de Licaón, se los topó en el camino.
O quizás no. Se fijó en Sakari que se aproximó para ayudarla a levantar. Solo ella estaba en su forma bípeda.
—Tomé un atajo —la nativa yakaramath le explicó con una sonrisa afable.
Había aprovechado la distracción de todos y corrió por un sendero que solo su tribu conocía, para alertar lo que sucedía.
Fue una bendición de los dioses que la joven Anna decidiera buscarlos.
Si hubiese tomado otra ruta, tal vez nadie habría llegado a tiempo para salvarla.
—Quieren lastimar a mi lobezno. ¡Por favor, señor Ma-cheil, no lo permita! —Anna le rogó al líder, aún este sobre sus cuatro patas lobunas.
Breve círculo en torno a la chica, indicaba que Ma-cheil aceptaba el pedido de ayuda de la campeona del Bidzaa.
Capítulo 41
—No has cumplido con lo prometido —Abby Rose le reprochaba a Lucio por haberle ofrecido, de acabar con Anna Morris, a cambio de dejarse follar por sus hombres.
—Lo cumpliré cuando sea oportuno.
—Me lo has dicho desde hace días, y esa maldita sigue viva. Quiero que cumplas con tu parte del trato, yo cumplí con el mío. —Aquella vez lo hizo con ocho sujetos que le perforaron hasta las orejas; bebió sus sémenes, tras un coito grupal bastante rudo.
De un contundente golpe, Lucio Reinhold le reventó la boca y amorató su mejilla. Abby Rose cayó al piso de la sala donde se hallaban, bebiendo su habitual copa de vino, tras una noche apasionada, pero que a ella ya no la satisfacía. Solo fingía.
—¡Ninguna perra me reclama nada! —le gruñó, feroz. Ella se encogió en el sitio, temerosa de que le pateara el estómago—. No voy a estropear todo lo que he conseguido por un capricho tuyo. Esa omega no es de fácil eliminación: liquidarla sería encausar la atención del Soberano hacia nosotros.
—¡Lo prometiste! —exclamó llorosa. Aún la asqueaba lo que le hicieron: Orwell le dio por el culo, tan fuerte, que le dolió cagar durante varios días.
Emerson y Nelson casi le arrancan los pezones de lo tosco en que le chuparon las tetas, y Black la hizo chillar por su verga extralarga.
La denigraron tanto que no volvería a cazar con ellos.
Él se acuclilló a la altura de sus ojos anegados en lágrimas.
Su rostro frío como los de un monstruo.
—La quieres muerta? Hazlo por tu propia cuenta. Pero si eres atrapada o descubierta, no te ayudaré a esconderte. En esto estás sola.
—¡BIEN! —aceptó el reto de matar a la sirvienta. Con ese idiota no conseguiría nada; más bien, fue él quien se aprovechó de ella, de su rabia e ingenuidad, por pretender fregarle la paciencia a su padre, que la obligaba a ser siempre perfecta.
«Aún quedan más Brankovic que conquistar», le había dicho este en una ocasión que la halló llorando por la muerte de Jevrem.
La presionaba a seducir a los vejestorios de los tíos paternos de Everett; esos asquerosos sujetos espantosos que la harían vomitar si la tocaban. No estaba tan desesperada por ser mantenida, pero sus padres sí que ansiaban casarla a ella con un miembro del clan más importante del continente.
Hasta le había propuesto los hijos varones de su antiguo amante: dos lobatos temperamentales, de comportamiento extraño y una enfermedad degenerativa que, al parecer, los envejecía cada día que pasaba.
El llamado «Erik» era el más indicado, pues, de los dos lobatos «enfermos», este podría ser manipulado por la seducción de una hembra entregada a satisfacer a los machos.
No lo conocía, aún no ha visto una foto suya; sin embargo, los padres de Abby tenían claro que debían investigar cuanto antes toda información sobre el primogénito.
Ella debía cruzarse en su camino, coquetearle y follarlo hasta que él le declarase su amor, a pesar de que los padres de este no querían saber nada de la joven.
Pero si el lobato se obsesionaba, el enlace sería inminente. Y ella formaría parte de los Brankovic.
Por desgracia, para Elías y Violet Obrenovic, la hija no les secundó los planes. Forjó los suyos con un militar de élite.
Un mentiroso manipulador peor que su padre.
—Termínate la copa y lárgate —lo echó de su apartamento, donde compartió grandes momentos con otros amantes.
Lucio no se enojó por la ruptura con la rubia.
Ya estaba aburrido de ella y de sus exigencias.
Se zampó el resto del vino, y depositó la copa en el tope de la mesita central de la sala.
Abby seguía en el piso, en su drama de «dama sufrida».
Pasó por su lado, y, antes de cruzar el umbral de la puerta, le lanzó una última advertencia:
—Si me involucras en tu tonta venganza, te ofreceré de experimento a los vampiros. Contigo harán maravillas…
Y cerró la puerta tras de sí.
Abby Rose lloró de rabia.
La querían para complacer en la cama, no para apoyarla en la única cosa que pedía para ella: la cabeza de Anna Morris.
Lanzando cachetadas para acabar con su llanto, se puso en pie, y enseguida se dirigió a su dormitorio, para cambiarse de ropas.
¿Qué sabía ella de esa tipa?
—Es una idiota.
¿Cuál es su talón de Aquiles?
—Su bastardo.
¿Dónde vive? ¿Amigos?
—En Montana. Everett y esa hispana de mierda.
¿Qué habilidades tiene? ¿Fortalezas?
—Ninguna. Salvo correr…
¿Enemigos?
Dejó de desvestirse, pensativa de ese hecho. ¿Qué personas odiaban a esa sirvienta, pero que le proveyeran los medios para acabarla?
Rio.
—¡Muchos!
Y aún, riéndose de los nombres que repasaba en su mente, se encerró en el baño para limpiar la repugnancia que Lucio Reinhold dejó dentro de su cuerpo. Tomaría su consejo al pie de la letra: ella misma sería el verdugo y, los que odiaban a esa sarnosa, serían sus armas.