Capítulo 39
Los gemidos recorrían cada pasillo estrecho de las mazmorras de la villa.
Al final, el aburrimiento a ambos les ganó, y la mejor forma de entretenerse hasta que le levantaran el castigo era la de follar hasta el hartazgo.
Las muñecas de Zafira se lastimaban con la presión que Erik ejercía sobre estas con sus manos en el suelo; la inmovilizaba mientras él la estocaba continuamente en una actitud intimidante y descontrolada.
Las ropas de Zafira estaban desgarradas, y el catre destrozado por la breve lucha que tuvieron los dos antes del coito; habían discutido por algo que ya no tenía importancia: Erik se pedorreaba y ella le gruñía que lo golpearía si volvía a aromatizar con gases putrefactos la celda.
Al caerle a piñazos, rodaron por el piso, y él terminó dominándola en dos movimientos y robándole un beso que incendió sus entrañas.
—¡Eh, ya basta!
La exclamación enojada de Erik despertó sobresaltada a Zafira, quien se sentó en el acto.
Se halló en el catre, aún intacto, y bañada en sudor.
Al darse cuenta de lo que pasaba, sus mejillas se ruborizaron y su corazón –y clítoris– palpitaron demoledores. Los gemidos ya no sonaban en su inconsciencia onírica, sino que estos traspasaron la realidad.
Desde el otro lado de la celda, los guardias les colocaron como «música» una secuencia de gemidos masculinos y femeninos. Se propusieron excitar a los encarcelados.
—¡BASTA, HIJOS DE PUTA! —Los aporreos en la puerta de hierro macizo dejaron abolladuras.
Los gemidos grabados resonaban a través del bordillo de la puerta, que, tras la reciente reparación en las bisagras y las abolladuras en la hoja metálica, comenzaron a torturarlos—. Van a ver cuando salga… ¡Ya van a ver!
—Y así estaremos por seis meses más. ¿Te rindes? No tienes que estar más tiempo aquí.
—¿Te rindes tú? —Erik le replicó de mala gana a Zafira, estando él aún de espalda a ella, esperando mortificado a que apagaran los gemidos.
—No quiero favoritismos —la situación de Zafira empeoraría en la villa y adonde se marchase nadie la respetaría. Dirían de ella que su rebeldía se debía a su cercanía con los gemelos híbridos, olvidando sus deberes.
Él rio indolente.
—De ser así, estarías en mejor posición a la que estás ahora, Zafira —le expresó; sus manos en garras sobre la puerta.
—Lo estaba hasta que te seguí.
—¡No te pedí que me siguieras!
Zafira se paralizó.
Sus ojos fijos en la hombría de Erik.
—Soy responsable de mis actos y de mis palabras, pero tú también lo eres de los tuyos —la increpó—.
¿Te obligué? ¿Te amenacé? ¿Te manipulé? Me parece que no; más bien, me seguiste a pesar de mi inexperiencia y de lo peligroso que sería rescatar a Anna.
Así que, despójate del traje de víctima, ¡me seguiste porque quisiste!
—Te seguí por el aprecio que te tengo —le costaba apartar la mirada de ese duro miembro que empujaba la dureza de los vaqueros de Erik. Él no se daba cuenta del efecto devastador que causaba en ella.
Afuera seguían los gemidos. Esta vez adoloridos. La hembra sufría por la penetración ruda del amante. Su «¡Sí!», «¡Oh!», continuos hacían ecos en sus tímpanos.
—Te lo agradezco, pero no me lo saques más en cara. —El pecho de Erik parecía haber aumentado de volumen y ahí abajo también.
Zafira se remojó los labios con su lengua. Las imágenes del sueño, la grabación detrás de la puerta, el encierro, la semidesnudez de Erik, el calor, la excitación…
La atracción.
Así fuese, por una vez, quería ganarle en algo a la maldita alasqueña, del cual le desagradaba que lo tuviera todo. No en esta ocasión.
—Discúlpame, pasa que el traje ya me aprieta. Tal vez deba despojarme de este como dices…
Y se quitó la camiseta.
Las cejas de Erik se arquearon.
—Fue en sentido figurado… —Aunque de ese modo también le gustaba.
Si ella miraba su erección, él no apartaba sus ojos codiciosos del sujetador que cubría los senos de su compañera de celda—.
¿Te estás…? —Gloriosamente desnudando. Él apenas era consciente de sí mismo, de su erección cubierta por la prenda masculina.
Zafira había perdido la cordura por esos gemidos que resonaban desde hacía horas.
Sus ropas sucias caían al piso: el pantalón, el sujetador, la braga…
Muy sensual se acercó a él.
Erik retrocedió, ¿era real lo que estaba sucediendo?
La pared, a su espalda, fue el impedimento para apartarse de su amiga; sin embargo, el espacio allí era reducido. Carajos…, la iba a embarrar.
—¡Eh, apaguen esa cosa, ya fue suficiente! —Aporreó la puerta, sin apartar la mirada de los vellos púbicos ensortijados de la bella asistente.
—Ya estoy despojada del victimismo —Zafira, ronroneó—, lo que haga ahora es porque quiero. ¿Así o más claro? —Sus manos se paseaban seductoras por el pecho del muchacho.
—Me… q-queda claro… —respondió, ahogado en la tensión que le producía el contacto femenino.
—No te volveré a culpar de nada. Soy consciente de mis actos.
—Zafira… —Erik jadeó sin querer detener a la chica que se atrevía a desabrocharle el pantalón—. Yo no… Yo no soy un experto…
—Si quisiera un macho que ha pasado por mil camas, me habría fijado en un delegado o en un funcionario, pero me fijé en ti, Erik. Quiero la inocencia que aún hay en ti.
Él cerró los ojos en cuanto ella introdujo su mano, para acariciarle las bolas dentro de su bóxer.
Vaya que eso se sentía deliciosamente bien.
—¿Quieres hacer lo mismo conmigo?
—¿Tocarte? —La miró, con un fuego abrasador alojado en sus pupilas, olvidándose de la promesa que se hizo y ante Zafira, de entregarse por primera vez a Anna Morris.
—Sí… —susurró con ese deseo que la quemaba por dentro—, tócame… —Separó las piernas para que él tuviese acceso a su intimidad.
Él se dejó llevar por el instinto y por los gemidos que se repetían en un bucle infinito.
Sus dedos atravesaron la capa ensortijada que protegía lo que todo macho ansiaba poseer; con sus yemas temblorosas palpó los labios vaginales, la ingle que demarcaba la pelvis, la vagina y los muslos.
Zafira gemía suave en un acompañamiento acompasado con la grabación y con la de su compañero; respiraba profundo y un poco jadeante, con la boca entreabierta, como invitándolo a que la besara.
Erik aún no lo hacía, porque le fascinaba la cara de placer que Zafira ponía, allí, ofrecida ante él.
Ambos tocándose como amantes incipientes y no como amigos confidentes.
La acariciaba por los límites antes de sumergir los dedos en esa cavidad que él fantaseó varias veces, tras verla desnuda en la cabina del jet.
—Siente mi humedad… —lo animó a que la masturbara, ella ya estaba en esas faenas con él.
El pene sobresalía de la pretina del bóxer y la cremallera abierta del pantalón, cuya prenda apenas deslizada unos centímetros más abajo de sus caderas.
El olor a sexo nublaba sus sentidos. Zafira apretaba su glande y masajeaba como si lo hubiese hecho muchas veces con otros machos.
La imaginó con dos al mismo tiempo; uno dándole por delante y el otro por atrás…
Luego estos desaparecieron y era él quien la tenía encadenada y amordazada mientras la follaba como un ladrón roba-virtudes.
Quería escucharla gemir como a la chica de la grabación.
—¡Oh, Erik! —Zafira jadeó fuera de sí misma, casi abandonando el placer que sus manos delicadas hacían por su pareja sexual.
Él enseguida sacó la mano para observar la mucosidad impregnada en sus dedos.
Los olió y la miró como lobo hambriento.
—Dicen que, cuando una hembra ya está así… —mostró sus dedos—, es porque está lista para la penetración. —Su hombría le dolía; no por los masajes eróticos de Zafira, sino porque estaba a punto de explotar.
—¿Qué deseas penetrar primero? —le sonrió malévola, lo que él quisiera, ella lo aceptaba.
—También dicen que a la hembra hay que explorarla por dentro para determinar su profundidad, así el macho se asegura de que tiene la medida adecuada.
Ella movió su pelvis hacia adelante.
—Entonces, revísame, a ver si soy apta.
Los dedos de Erik, vacilaron un momento, como si no supiera hacia dónde debía tocar ahí dentro.
La nuez de su garganta se movió, al pasar saliva; el calor en su cuerpo le hacía burbujear hasta la sangre. En ninguna de las revistas anteriormente vistas le enseñaron qué debía hacer; aun así, el instinto lo guiaba a explorar por esas profundidades reservadas para unos cuantos afortunados.
Zafira se tambaleó y el agarre que hacía en el miembro de Erik languideció por un instante; por poco a ella le fallaron las piernas; los dedos de Erik habían llegado al límite de su extensión; si los tuviese más largos, se los metía hasta los nudillos.
—¿Cómo me hallas? —jadeaba en una agonía que no deseaba se acabara jamás—. ¿Tengo la medida adecuada para ti? —Erik era un chico grande, haciéndole honor a lo que se decía de los atributos masculinos del Soberano y del extinto alfa de Kenai. Era de buen linaje.
Él tuvo que carraspear para poder hablar.
—Al parecer, sí… Aunque hay que estar seguros. —Eso que ambos hacían lo consideraría en delante de lo mejor que le ha sucedido.
Zafira detuvo la mano del joven.
—¿Deseas comprobar? —Retrocedía sus pisadas en dirección hacia el catre. Él la seguía—. Es importante para que le confirmes a «ese alguien» para que no quede con la duda.
—Todo sea por el bien de la ciencia y las habladurías —su voz irreconocible a efectos de un joven que hasta ese instante fantaseaba con una hembra desnuda mientras hojeaba a escondidas revistas porno.
Zafira se acomodó, bocarriba, sin preámbulos que los excitara o de besos que los conectara con las emociones; que se subiera sobre ella y la penetrase con rapidez antes de que algún idiota alertase a los amos, de lo que ellos estaban a punto de hacer.
Él no iba a ser para aquella trepadora que no lo valora; le quitaría la oportunidad de iniciarlo en el sexo. Ese placer sería suyo.
—¿Asustado? —Notaba su preocupación como si temiera se le fracturase el pene por usarlo de esa manera.
—No quiero decepcionarte.
—¿Por qué lo harías? —Masajeaba sus hombros y bíceps, sin apabullarlo de comenzar. Debía de sentirse seguro de hacerlo.
—Soy un novato.
—¿Y qué?
—¿Y si no rindo? Si no te…
—Me complacerás —sonrió—. Eres sensible, Erik, me tocaste con delicadeza y no me asaltaste al verme desnuda.
Aguardas por mi permiso; sé que lo quieres, lo deseas…
Tu hombría responde a las caricias y a lo que ves en mí.
—Con la punta de sus pies, le deslizó el pantalón hasta más abajo de las nalgas, para que ese miembro que tanto ansiaba, saliera al pleno hacia su vientre y le regalara orgasmos—.
Penétrame sin temores al cansancio o a no saber qué hacer; ya verás que lo sabrás; el cuerpo siempre responde según lo que sienta en el momento.
¿Aún deseas hacerlo? —Él asintió, el glande a las puertas del cielo—, entonces, empuja dentro. Ya estás bien ubicado. Hazlo.
Él se tensó y tuvo que apretar el colchón para no agarrar fuerte las caderas de Zafira. La heriría.
—Entra sin miedo. ¡Oh! —Lo hizo cuando ella aplastó las nalgas de Erik con sus talones, para animarlo—. Así, sí… Lo haces bien. ¡Mmm!… Un… Un poco más… ¡Oh! ¡Oh! —gemía, el entraba lento pero constante.
Erik emitió un gruñido que casi hace venir a Zafira. Estar dentro de su amiga era mejor de lo que había imaginado; la humedad vaginal, los olores, las palpitaciones, los sudores, las caricias… Cada centímetro que reclamaba para sí era un triunfo declarado ante los demás. Ella esa noche era suya.
—¿Te gusta? —Zafira no tendría que preguntar, en el rostro de Erik se apreciaba lo bien que la pasaba.
—¿Por qué no lo hicimos antes?
—Porque hubiese sido ilegal. —Apenas era un adulto. Los dioses no lo devolvieron a la niñez, por la razón que ellos se hayan propuesto—. Y bien…, ¿soy apta para ti?
Él la miró con deseo animal.
La penetró más profundo.
—Muy apta…
Su pelvis respondió al coito sin que la hembra, bajo él, le indicara lo próximo que debía hacer. No era rudo ni apresurado, se tomaba el tiempo de disfrutar la lentitud en cómo su pito se enterraba en ella. La erótica melodía procedente del pasillo había cesado.
Erik y Zafira no se daban cuenta de esto, concentrados en sus propios gemidos.
Otra melodía sustituía a la que los carceleros le habían puesto; los resortes y los tornillos del catre chirriaban por los envites que Erik hacía sobre Zafira.
Casi lo invade la ansiedad de terminar rápido o de hacerlo perfecto, pero se relajaba al observar que su amiga disfrutaba cada una de sus estocadas.
De repente, él se vio invadido por una sensación de agobio; sus caderas se desesperaron, su pene había engrosado de una manera que apenas podía sacarlo de la húmeda cavidad; el calor en la celda se acrecentó, las aspas del ventilador poco ayudaban a refrescarlos; su cabeza parecía querer estallar al igual que su corazón y su…
—¡Oh…! —pene.
Los golpes que hacía su pelvis contra la de Zafira se habían salido de control.
Él no podía detenerse, quería darle de estocadas hasta que el catre se incendiara; sus labios estaban cerca de los de Zafira; no se besaban, no lo necesitaban; sus alientos se empujaban, jadeantes, excitados y entregados a la pasión.
Ella lo sedujo y él aceptó. ¡Y le gustó!
¡Le gustó muchísimo follarla! Les agradecería después a esos condenados guardias que no desistieron hasta que ellos dos unieron sus sexos.
Vaya forma de perder la virginidad: encerrado en una celda y con una candente hembra de piel oscura.