Capítulo 38
Anna desayunó en compañía de las nativas y de Emmett que solía robarse lo que había en las cacerolas, pese a que ya se habían dado un festín durante la cacería.
El venado no requirió cocción ni sazón, se descuartizó en la parte trasera de la cabaña, y las mejores partes del animal lavadas en el riachuelo; donde Anna y Jevrem follaron un rato, hasta que Abby Rose se propuso echarles a perder la mañana.
Los citadinos solían alimentarse con guisos y aderezos que cambiaban el sabor de las presas; en cambio, en las aldeas apartadas de Alaska, lo mejor era engullirlos crudo. Por eso los locales eran más fuertes que los citadinos: no comían aditivos químicos.
Nashua sugirió a Sakari, de expresarle a la reina sobre este hecho: el joven alfa debía consumir carnes crudas; aunque lo ideal era que comiese mientras su animal cazado aún tuviese un halito de vida. Porque lo otro…, cazar humanos, la posibilidad se la dejaban al propio Jevrem.
Él se había negado tajante.
Las maletas ya estaban en la parrilla del techo de la camioneta que conduce Langdon. Se tomaban el tiempo, el helicóptero solicitado aterrizaría después de las cuatro de la tarde; las condiciones meteorológicas no eran las más idóneas.
Jevrem no volvió a salir del dormitorio y apenas devoró una pata de venado, por el poco apetito que tenía; del móvil no apartaba la vista, escribiendo textos a gente que nadie conocía y gruñendo solo ante pensamientos desagradables o asuntos pendientes que no podía hacer.
Nashua habló en su lengua nativa a Anna, y esta esperó a que terminara, para luego dirigir su mirada expectante a Sakari, quien le traduciría lo que le dijo.
La nativa yakaramath tomó un sorbo de aguamiel, y luego respondió:
—Dice que la apena que usted, joven Anna, se marche de Denali. En cuanto llegó, el joven alfa tuvo un brillo en sus ojos que no vio desde que a él lo trajeron con el alma rota. Pero si se marcha, la oscuridad lo devorará de nuevo.
Anna casi rompe en llanto. Su lobezno cargado por Sakari, que lo adoraba como si hubiese nacido de su propio vientre.
—Tal vez vuelva en unos días… —Sopesó la posibilidad de retornar, pero sin su Jevremcito; dejarlo al cuidado de sus padres, en aquella villa que era el lugar más seguro del planeta.
Sakari le tradujo a Nashua, y esta sonrió ante la idea.
Dijo algo más y Sakari cabeceó como si no quisiera traducirlo.
Hubo una breve discusión en legua nativa entre ellas.
Ganó Nashua.
Sakari tuvo que traducir.
—Son creencias que han sido inculcadas por sus ancestros... Disculpa, ella dijo… —Calló ante los aromas nuevos que percibía, habiéndose puesto en pie, al mismo tiempo que Emmett.
Ambos se dirigieron hacia la sala. Sakari descorrió la cortina mientras arrullaba al lobato, y luego giró el rostro hacia Anna, quien seguía en el umbral de la cocina.
—Es el Alfa Regional.
Anna sintió un duro golpe en su estómago.
Estiró los brazos, para que la nativa le entregara a su pequeño, maldiciendo para sus adentros el encuentro que se habría de efectuar con ese sujeto.
Los muchachos emergieron de sus puestos de vigilancia y recibieron la caravana de Toyotas negros, provenientes de Anchorage, por una vía alterna que cortaba bastante la distancia entre Denali y la capital.
Ninguno lucía presentable para los recién llegados que se bajaban de sus respectivos todoterrenos; apenas en vaqueros mugrosos y los demás descalzos y a la expectativa.
—Iré arriba —Anna no tenía intenciones de saludar a ese maldito que le marcó la espalda con un látigo y que pretendió dejar solo a su lobezno en la cima de una montaña, para que se lo comieran las águilas, mientras ella luchaba con la abuela, por su custodia.
Se encerraría en el dormitorio y saldría de allí para largarse rápido de la cabaña. Ojalá fuese en ese instante.
Al proponerse subir las escaleras, Jevrem bajaba los escalones, con la vista puesta en la puerta principal. Había pedido que no lo molestaran, pero no tenía el valor para echar a los que lo visitaban.
Sakari y Nashua notaron el bastón que el Retornado usaba, con la reticencia propia de su juventud.
Lucía incómodo; algo torpe al descender las escaleras; un pie, luego el bastón, apoyándose en cada escalón.
Sakari tuvo la intención de acudir a él para servirle de apoyo, pero Nashua la detuvo; el Retornado no agradecería la ayuda, se ofendería por ser tratado como un lisiado.
Anna vaciló en huir a la cocina donde estaría cerca de la puerta posterior. Desechó la idea de desaparecer del radar de los visitantes. Que la vieran, que supieran que ella y Jevrem seguían juntos.
—Mamá… —A los pies de la escalera, Jevrem sollozó al observar a la elegante dama, de hermosa cabellera negra, descender del segundo Toyota.
Radojka olfateó el aire y supo de inmediato que el aroma que captaba provenía del interior de la cabaña.
Hacia allá se dirigió a toda prisa.
—¡Ten clase, mujer, pareces que la pasaste mal durante el viaje! —Damir la criticaba por ser tan impulsiva.
—¡Jevrem! ¡Jevrem! —Sus brazos abiertos y las lágrimas bañando su rostro perfectamente maquillado.
El vuelo desde Serbia fue tan largo que le parecía que el jet que rentó era demasiado lento.
Tantas escalas y protocolos de seguridad, por culpa de unos murciélagos que causaban en todas partes constantes paranoias, provocaron que tardase una eternidad en llegar—.
¡Oh, mi hijo bello! —Lo apretujó fuerte y este sollozó sobre ella, habiéndola extrañado desde que abrió los ojos tras su regreso de la muerte—.
Mi cachorro, mi cachorro bello… Gracias, Licaón, por devolvérmelo. Muchas gracias. Muchas gracias…
—Mamá… —Jevrem le besaba la cien, su progenitora no quería soltarlo por la alegría que la desbordaba.
Anna se separó silenciosa de la madre y del hijo, y se dirigió hacia la cocina mientras el Alfa Regional se aproximaba a la puerta principal, seguido por Vernon, el guardaespaldas que a ella la acosó en el ascensor del hospital, cuando Isabel se quemó por el accidente que sufrió en el helicóptero, junto al señor Everett.
Prefería marcharse, vislumbraba una posible discusión y un ataque inminente hacia ella y su lobezno; las amenazas de ese sujeto de gustos extraños aún se repetían en su mente.
—Sé que prometí no molestarte en tus días de recuperación, pero tu madre me habría vuelto loco si no la traía a Denali —Damir excusó la presencia de ambos mientras ingresaba como todo un aristócrata a la cabaña de su hermano Everett.
Dos pasos más atrás de este y manteniéndose cerca del amo, Vernon notó la presencia de la morena y sonrió complacido de verla allí. Lucía más voluptuosa y sexy…
—Está bien, ella es la excepción —Jevrem le expresó sin enojo, siendo besado en la mejilla por una madre que parecía un ángel que descendió del cielo.
Damir esbozó un mohín, el condenado muchacho le había negado a su propia abuela paterna, de volver a visitarlo, enojado este por todas las verdades que le cantó ella en Unalaska.
Menos mal que Vesna no viajó con ellos a aquella isla, se habría estado quejando sin parar de que su hijastro seguía enamorado de una sirvienta; pues Jevrem no pensaba en lo que esto afectaría a sus medias hermanas con sus respectivos maridos y en el círculo social en el que estos se movían.
A las tres –Andjela, Milena y Jelena– se les complicó cruzar el Pacífico, para ver al mayor, dependían del tiempo que los maridos a ellas les dedicaban.
Los cachorros, el hogar, las galas que organizaban…
Esto debía ser primero, según los dictámenes de las matriarcas o patriarcas de la familia del esposo que desaprobaban las ausencias de las hembras preñadas.
Familias estrictas de la nobleza europea que no hacían concesiones a la realeza de América.
Damir tendría que enseñarles una dura lección de quién era más importante con respecto a las castas. La corona pesaba más que una cuenta bancaria. Si a ellos les daba la gana, creaban fuertes impuestos a los europeos y demás, solo por ser extranjeros…
Observó el bastón y luego evaluó el aspecto flacucho de su hijo.
—Aún de melindroso… —lo increpó, le parecía ridículo que, teniendo los medios para sanar, en un tronar de dedos, lo descartaba por medicina alternativa.
Miró desdeñoso a las nativas.
Sakari esquivó la mirada.
Nashua se la sostuvo altiva.
—Vaya… —Enseguida los ojos estrictos de Damir pillaron a la hembra que estaba más rezagada—, con razón apestaba a perfume de burdel… ¿Qué hace esa omega aquí? —Jamás reconocería el absurdo hecho de que a esta la ascendieron a «beta».
Radojka se volvió abrupto hacia Anna.
Su gruñido atemorizó a la joven madre, al infante y a las dos nativas.
—¡FUERA! ¡¡FUERA!! ¡¿A qué has venido acá, ah? ¡FUERA!
—¡Mamá, no! —La agarró en el acto para que no atacara a Anna—. ¡Ella no tiene culpa de lo que pasó!
—¡¿Cómo puedes defenderla si casi acaba contigo?
! —lo cuestionó estupefacta—. Mira cómo estás: famélico...
¿Cuándo, tú, has lucido de esta manera en una relación con una loba de noble linaje?
¿A qué has venido?, ¿a terminar de matarlo?
—Volvía a increpar a Anna Morris mientras apretaba feroz los dientes.
Damir se alegraba del enojo de su exesposa, porque con ella tendría mayor apoyo para orientar y aconsejar a su hijo, de hacia dónde debía posar su corazón y el pito, en una hembra.
Esa rastrera solo servía para que otros la follasen como a las putas.
—Al parecer, ¿no te bastaron los latigazos que te di? —inquirió, él a Anna, en un acto de soberbia, creyendo que esta pretendía reconciliarse con Jevrem. Qué bueno que llegaron a tiempo, le contaría que…—. ¡Argh!
—¡Jevrem! —Radojka se horrorizó de cómo este arrojó el bastón con el que se sostenía, para abalanzarse furioso sobre su propio padre.
«¡Así me gusta: como todo un lobo alfa!».
—¡¿QUE TU QUÉ LE HCISTE?! ¡¡La lastimaste!!
«Patéalo por haberlo hecho».
—Ella fue la que provocó que…
—Si la vuelves a lastimar, te mato. ¡Te mato!
«Sí, hazlo. Mátalo. ¡Mátalo!».
Anna miró a los lados.
Le pareció escuchar…
—Jevrem, por Licaón, ¡es tu padre! ¡¡Suéltalo, te lo ordeno!!
—Suéltalo, amor.
Él obedeció al instante.
Recibió un fuerte bofetón del progenitor.
—¡Irrespetuoso! Por esto podría mandar a despellejarte: osaste en amenazarme.
—Jevrem le gruñó y él le devolvió el mismo feroz gesto lobuno—.
Azoté a esa sirvienta porque debía hacerlo; según el reto al que las disputantes se sometían.
—Jevrem puso cara de «¿qué disputantes?»—.
Conoces las reglas de la manada: para obtener la custodia de un cachorro, las madres deben derramar su propia sangre.
—Maldita peruana que fue incapaz de matar a esa pulgosa. ¿Tendría que hacerlo él por su cuenta?
Radojka observó lo que esta cargaba.
—Muchacha, ven aquí. —Necesitaba estudiar a ese lobezno. Su aroma era extraño.
Nashua pedía con la mirada a Sakari, de qué era lo que gruñía la progenitora del joven alfa, y esta le traducía en voz baja y a riesgo de ser increpadas por el Alfa Regional que no las tenía en buena estima.
La nativa, al enterarse de la orden de la loba citadina, sacudió la cabeza hacia la joven Anna. ¡No lo hagas!
Anna retrocedía, junto con su hijo, en sentido hacia la puerta posterior. ¡Claro que no lo iba a hacer!
—Anna… ¡Anna! —Jevrem rengueó hacia la cocina, pero fue demasiado lento para alcanzarla—. ¡ANNA!
—¡Jevrem! —Damir lo detuvo y este le gruñó—. No la sigas, lastimarás tu pierna, y será peor para ti. ¡Vernon! —Llamó a su jefe de seguridad y confianza. Este atento al amo—. Ve por la chica y el lobezno, tráelos de regreso.
—Sí, mi señor.
—¡Si los agredes, te mataré! —Jevrem era retenido por el progenitor y Radojka mientras que Vernon fue por la chica.
Sin embargo, Jevrem no se había dado cuenta de que el intercambio de miradas que este sostuvo con el gobernador de las tierras alasqueñas fue de un acuerdo silente que siempre han mantenido entre los dos.
La orden fue:
«Mátalos».