Capítulo 37
—¿Por qué estás tan…? Anna, detente. Hablemos.
¡Anna! —la llamaba, desesperado. Ella lo ignoraba, dando fuertes pisadas mientras subía las escaleras, y él, rengueando, trataba de alcanzarla, bastante rezagado por no usar el bastón para apoyarse—.
Anna, por favor, no la pagues conmigo. ¿Yo qué culpa tengo de que ella… ?
—¡Sí la tienes! —contestó, airada, de camino al dormitorio donde alojaron a su pequeño—. Esa tipa aún cree que es de «tu propiedad». No va a ser tan desquiciada de presentarse encuerada para «jugar» con una pareja que no la invitó. La relación entre ustedes dos aún sigue abierta.
—¡Escuchaste lo que le dije a ella!
—Porque yo estaba allí —le replicó mientras abría con la mano libre la puerta del dormitorio; el lobato lloraba por la tensión que percibía de la madre y del extraño que los perseguía—, porque si no hubiese sido así, la habrías recibido gustoso.
«Deja a esta perra y ve con la otra, tonto».
—¡Cállate!
—¡¡No me mandes a callar!!
—No fue a ti, discúlpame.
Noé, se carcajeó, disfrutaba el caos que causaba en esa relación.
—¿Y a quién coños le gritas? Aquí no veo a nadie más, así que… ¡Suelta la puta puerta! —Jevrem impedía que Anna le diese un portazo en la cara, al plantar la mano en la madera. El lobato lloraba. Anna gruñía.
Logró introducirse al dormitorio, con mucha facilidad.
—Por Licaón, Anna, ¿acaso no te das cuenta que Abby Rose vino a causar problemas? ¡No la amo!, ni me atrae para un trío o un simple revolcón. Lo que ella me ofrezca, ya no me atrae, es todo lo que provenga de ti lo que necesito.
—¿Y mi hijo? —le inquirió, recelosa de su declaración—, ¿también lo querrás? Ni siquiera te atreves a mirarlo como si no soportaras su presencia. Y si no lo soportas…, el puente que me conduce a ti está roto.
Él tuvo que esforzarse en posar los ojos sobre la cría. Si la madre le brindaba amor, él tenía que devolverlo por partida doble. Pero le costaba ver ese pequeño rostro.
—Mantengo mi promesa: seré un padre para él.
«Hasta yo me lo creí».
—No te sientas forzado a cumplirla; al parecer, no nace del corazón, sino del deber.
—No te mentí cuando te la hice.
«Jamás prometas lo que aún no se vislumbra».
Los brazos de Anna, arrullaban a Jevremcito, para que calmara el llanto, pero era difícil de que este posara su cabecita en su hombro y se chupase el pulgar hasta quedarse dormido, cuando a la progenitora le ardía la sangre por el cabreo que la comandaba.
—Eso fue hace meses —le recordó avinagrada—, pero ¿qué hay del ahora?
Para nada observo esa convicción que manifestante en Kenai: la esperanza de una familia, juntos; los planes, tu sonrisa, la ilusión en tus ojos…
Los tuyos ahora son tan fríos cada vez que cargo a mi lobezno.
—Evitaba llamarlo por el nombre del tocayo para que este no se incomodara—.
Ni lo tocas ni lo saludas… No espero que lo ames como a un hijo de sangre tuya, pero sí que se note ese aprecio.
Me entristece que tu promesa carece de veracidad.
—Dame tiempo para acostumbrarme.
—¿A qué?, ¿ah? ¿A qué, Jevrem? —Él vacilaba en contestar.
—A su rostro.
Anna comprendió de inmediato. Él necesitaría tiempo para acostumbrarse a ver el rostro de Édgar Ruíz en el lobezno que criaría en adelante. Para acostumbrarse a sonreírle, a abrazarlo y apreciar al producto de una noche de pasión entre su pareja y el sujeto que arruinó su vida.
—No lo odies por ser su hijo…
«Lo odia, perra».
¡Él no!, Jevrem estaba por gritarle a Noé para que dejara de entrometerse en la conversación. Constantemente insultaba a Anna, para desencadenar la furia en él, y causar daño en la relación.
No aguantó permanecer en pie por más tiempo, y, apenado de la debilidad en sus piernas, se sentó en el sillón donde, según lo que percibía su olfato, Anna se acomodó allí, reciente, para amamantar a su lobezno.
Debajo del tejido cicatrizado que afea su muslo, aún sentía los dientes afilados del tiburón que le desgarró sus carnes y casi le arranca la pierna.
—Te aseguro, Anna, de que no albergo ese sentimiento hacia el crío —manifestó—. Perdona mi frialdad, es solo que me recuerda lo de aquella mañana…
Razón por la cual Anna y su lobezno no debían estar allí, era sumamente peligroso mantenerlo cerca de Jevrem.
Sin descargar al pequeño sobre colchón, la joven morena tomó las dos maletas que dejó bajo la cama, y procedió a empacar la ropa. La suya fue la primera.
Toda increpada, por parte de sus padres, ella se la tenía merecida por no haberse asegurado antes de que las condiciones en Denali fuesen seguras, tanto para ella como para su hijo.
—No lo dije para que te marches o te sientas amenazada —a Jevrem le ofendió la actitud que Anna tomaba, aunque no era para menos—.
Anna…, he cometido mis errores, pero nunca lastimaría lo que tú amas.
Je… —carraspeó—, Jevremcito vino de ti; suficiente para que yo lo quiera como mío.
—Él antes así lo sintió; no mintió, era cuestión de acostumbrarse a que ese rostro infantil no lo perturbara jamás.
De la gaveta del armario, Anna extrajo con una mano, las tres camisetas que allí acomodó, y luego las arrojó sin delicadezas en el interior de su maleta.
Cayeron arrugadas. Los dos vaqueros colgados en sus respectivas perchas le prosiguieron con la misma incómoda rudeza.
Ella no se iba a arriesgar a que, el otro perdiera los estribos en un arranque de furia, y agarrara a Jevremcito que aún lloraba, para aventarlo contra el piso, en un acto de venganza.
—Pero no es tuyo y te incomoda. —No debió traerlo, se lo advirtió su padre que no se fiaba de la palabra de un macho malherido, pero ella, ciega de la emoción, voló hacia Jevrem—.
Apenas tienes fuerzas para sostenerte en pie, y yo vuelo hasta acá con mis ansias de amarte y con el hijo de otro a cuestas, del que debes soportar sus lloriqueos.
—Amarte es un regalo, no te marches —la observaba empacar, impotente—. ¿Qué quieres que haga para que te sientas segura con respecto a Jevremcito? Pondré guardias frente a la puerta del dormitorio o dormiré en el bosque. La cabaña es toda tuya.
—Ya te veré si llueve… —Cremallera cerrada en torno a la maleta, no le tomó mucho empacar. Ahora continuaba con la de su hijo, que traía desde pañales desechables hasta mantas para protegerlo del frío.
—Me refugio en la gruta. Allá estaré hasta que consideres que soy digno de tu lobezno.
Con la pericia propia de una madre que debe hacer de todo en la casa, sin dejar de arrullar al infante que se niega a dormir o abandonar sus brazos, Anna cerró con una mano, la maleta de Jevremcito.
Y muy pendiente de los movimientos de Jevrem que seguía sentado en el sillón.
¿Cómo quedarse si le tenía una horrible desconfianza?
—Eso es para que los muchachos me señalen de desconsiderada —replicó ante lo expresado por este—. Démonos unas semanas hasta que seas capaz de…
—No.
—Lo necesitamos —lo miró enojada.
En un gesto del cual no tuvo la intención de que Anna, lo notara, Jevrem se levantó adolorido del sillón. Sentía calambres fuertes en la pierna.
—Ya no quiero estar más tiempo separado de ti —apretó el cinturón de su albornoz, para que no se le abriera, y rengueó hacia ella, angustiado por cómo la alegría del encuentro se tornó en discusiones por celo y por desconfianza.
—No eres el único que sufre, Jevrem —procuró mantener una distancia prudente con él, y esto a Jevrem lo lastimó más que la mordida del tiburón.
Había temor en los ojos de su hada—. También odio tener que tomar esta decisión, pero es lo mejor: estoy cabreada por lo de esa idiota; tú no puedes ni mirar a mi hijo, por más que te obligues a hacerlo y me prometas que no le harás daño.
Estás débil, tienes pesadillas que te tornan violento.
¿Y si despiertas en medio de una y lastimas a Jevremcito?
Me apresuré… Aún no podemos ser una familia común.
—¿Me temes?
—Te considero —sí le temía—. Tómate los días que necesites para recuperarte, y, si lo que necesitas es una hembra, para saciar tus ganas…, llama a —esa bastarda— Abby Rose.
«Esta tipa ahora me agrada, te permite estar con putas».
Esa no era la solución.
«¡Lo es para un lobo! —Noé le replicó—. El sexo con otras hembras te mantendrá calmado y de buen humor. ¿Quieres estar con ella y soportar al crío? ¡Folla con otras y aliméntate de humanos!».
—Bien —aceptó, reticente, porque el vejestorio lo había obligado a pensar en lo que podría pasar en dichas situaciones—, me alimentaré y ejercitaré hasta que mis músculos logren sostenerme sin tambalearme.
Pero, prepárate, Anna... Porque una vez, yo esté fuerte, iré por ti.
Y todos esos huecos tuyos los llenaré de… —su mirada candente acaloró a Anna.
«Dilo, sin ninguna pena: ¡SEMEEEEEEN! ¡¡SEMEN!! La harás tragar hasta reventar».
Aún no tendría ese placer. Físicamente Jevrem debía tomarse unos meses más, pues la recuperación era lenta. Pero el de la mente, sería la que más tardaría.
«Un loquero no apagará mi voz —Noé le susurró.
¡Claro que sí lo hará! Acudiría al psiquiatra o al chamán que fuese con tal de deshacerse de ese ruido incesante en su cabeza.
«Soy más fuerte que tú, estaré dentro de ti por siempre».
¡Y Jevrem lo era mucho más! Dos tarántulas humanoides no pudieron dominarlo. Ni antes ni ahora… Sus brazos, sus piernas, sus pensamientos, su propia voz aún eran suyos.
Noé gruñó.
«Veremos hasta cuándo podrás resistirte».
Jevrem suspiró en su fuero interno. Odiaba admitirlo, pero tendría que ir pronto a un psiquiatra.
—Solicitaré un helicóptero para que te trasladen a Kenai —comentó derrotado por la discusión con Anna—.
Clever te estará esperando en el hangar…
Ya tendremos nuestros momentos juntos. —Ella asintió, llorosa—.
Iré por ti, Anna. Por los dos. —Oraba a los santos lobunos para que la inquina que él sentía por Édgar Ruíz lo haya superado. Realmente quería ser papá.
—Perdona por no quedarme cuando más me necesitas.
—Tu hijo primero —se mantenía en su sitio para no incomodarlos hasta que la confianza en él sea absoluta.
«Mata a ese mocoso y serás la prioridad para ella».
—Tú y mi hijo son mi prioridad —Anna expresó solemne como si hubiese escuchado la infamia de la voz en la cabeza de su novio—. Si me marcho, es para que tu corazón y tu cuerpo se recuperen. Luego volvemos a ti.
Volver…
Esa posibilidad a Jevrem lo hizo pensar:
¿Volver a dónde?
Él ya no era propietario de la casa en Kenai.
¿Y qué otro lugar lo acogería? Convivir con su mamá en Serbia, ni loco. Estaría bajo la clarividencia de ella y su abuela entrometida, y él aún sin saber cómo bloquear la mente de los ataques psíquicos.
Jamás en la vida compartiría techo con su padre y su madrastra, en Anchorage, son muy dominantes y los tendría respirándole en la nuca, presionándolo a casarse con alguna heredera o con Roxanne Chandler, que ha sido la favorita de su padre desde un principio para integrarse a la familia.
Menos iría a parar con sus medias hermanas y sus cuñados idiotas que solo charlan de dinero.
En Montana, bajo el mandato de su tío e Isabel…, le daba pereza de solo pensarlo. ¿Qué iba a hacer allá?, ¿alfa de qué?, ¿de los lisiados? Sonaba insensible de su parte, pero si él iba a hacer una carga, mejor se mantenía alejado de todos.
Y, ahí en la cabaña, en la que deseaba pasar el resto de su vida, no le pertenecía. La estadía era temporal. Por lo tanto, debía buscar nueva residencia.
Besó apasionado a Anna, mientras el lobato volteó la carita al otro lado, en un leve gruñido por esa cercanía.
Jevrem pugnaba por retener a Anna y hacerle el amor, como solo ellos dos lo disfrutaban, pero tendría que soltarla si esperaba tenerla de vuelta y de forma voluntaria; ambos debían procesar los cambios que se efectuaron en sus vidas y de lo que aún seguían transformando lo cotidiano en hechos dramáticos.