Capítulo 36
¡Hija de puta! ¡¡Mil veces, hija de puta!!
Abby Rose ardía de rabia al observar a Jevrem y a esa malnacida, follando al aire libre.
No lo hacían al pleno, pero era claro que, de la cintura para abajo ambos estaban pegados; la roca le ayudaba a sostenerse a esa zorra que jadeaba por las estocadas del otro que le daba por el culo; sus senos magullados por las manos masculinas y sus labios entreabiertos como si le fallase la respiración.
Casi no lo reconoce, qué lamentable aspecto, parecía un palillo a punto de fracturarse por el esfuerzo.
Su rostro ajado, sus brazos y torso tan flacos…
, que la enojaba que nadie se haya preocupado por alimentarlo mejor.
¿Qué le daban de comer para que siga aún en esas condiciones?
Ya debía de estar sano, de cacería con esos primates que corrieron hacia las tundras.
Al enterarse del traslado desde el hospital hasta Denali, Abby celebró la posibilidad de visitarlo; le había sido imposible si él hubiese estado de reposo en la mansión de Kenai o en Anchorage; la vieja matriarca o el señor Damir no le habrían permitido siquiera cruzar el umbral de la puerta principal.
Tuvo que llenarse de paciencia hasta que no tuviese visitas o cuidadores que advirtieran de su presencia.
La maldita de Isabel y sus cachorros por fin se largaron con el tropel de guardias que los custodiaban.
La poca vigilancia –pedida por Jevrem– le facilitaba a Abby de arriesgarse a visitar a su examante.
Y se encuentra con esa escena…
El auto lo dejó aparcado frente a la cabaña, no tomó medidas de que la descubrieran; su informante le comunicó que no había «ojos observadores» ni «bocas delatoras», ella podría hacer lo que quisiera y nadie la detendría.
¿Qué debía hacer?
Lo pensaba, apenas oculta detrás de un árbol; no era su intención de observar cómo él le sacaba gemidos placenteros a la sirvienta; claramente esta era su desahogo, no tenía otra hembra disponible al alcance, se tuvo que conformar con la que suele acostarse con peones y lacayos.
Con la que le causó todo su sufrimiento.
Gruñó bajo.
Su sangre ardía.
¿Por qué con esa tipa?, que le ha parido al macho que casi a Jevrem lo asesinó; no le guardó luto, siendo la que se divertía a escondidas con el primogénito del Soberano. Le ha gustado follarse a un Brankovic. ¿Acaso también lo ha hecho con Everett…?
Sonrió despectiva. Esa zorra debió haberse acostado hasta con Milenko.
Pensó en qué hacer para separarlos y que fuese definitivo, porque esa hembra era una garrapata que la rascan y extraen, y vuelve por más sangre.
—No lo voy a perder por ti —susurró casi inaudible. No condujo desde Anchorage, para esconderse detrás de un árbol, a ver a esos dos follando frente a sus ojos. Ninguna pulgosa le iba a quitar a su Jevrem.
Se despojó de las ropas, y, decidida a dar batalla de la manera en cómo sabe hacerlo, se dirigió hacia los descarados amantes.
Tal vez fue su perfume o el sonido que produjeron sus pies, al introducirse en el riachuelo, que Jevrem y la omega volvieron su mirada hacia ella.
—Cuando me dijeron que, me esperabas, no pensé que fuese de esta manera —Abby dijo seductora mientras contoneaba sus caderas desnudas a través del agua—, Pero, siendo tú, mi amado alfa, con gusto comparto mi querer con otra hembra. Cumplo sumisa con tus deseos, soy tu esclava, poséeme.
Anna le gruñó.
—¡¿Que yo qué…?! —Jevrem no daba crédito a lo que Abby Rose le había dicho, apenas cabeceaba hacia Anna, para expresarle que él no había hecho semejante estupidez—.
Alguien te ha jugado una broma, Abby, porque yo no fui.
—Ni siquiera tenía fuerzas para sostenerse; apenas se esforzaba en complacer a Anna, menos podría con dos hembras fogosas.
—Está bien, comprendo —actuó como si fuese cómplice de un delito—, espero mi turno cuando lo decidas. ¡Oh, amado mío!, la fuerza del mar no te apartó de mi lado.
—¿De qué coños hablas, pendeja? —Anna se le abalanzó igual de desnuda a la rubia; lo que Jevrem tuvo que interponerse entre las dos. Quizás en otra situación, con una mentalidad diferente y más fuerte, se abría excitado.
—Me aparto obediente para que sigas con tu amante de turno; vendré otro día, si te complace… ¿Cuándo deseas, mi amo, que te visite?, ¿o prefieres que pase contigo la noche?
—¡Lárgate!
—Abby, lo nuestro fue pasión del momento. Ya no tenemos nada. Eres libre de estar con otro macho.
—Tú eres mi macho.
Anna le mostró los colmillos.
¡Jevrem era de ella!
La deformación en las encías daba inicio a que los dientes, de bípeda, cambiarían a los de una loba cuadrúpeda.
Anna estaba severamente cabreada. ¿Cómo se atrevía esa idiota a disputar el amor del macho que ella lloró durante meses?
Sus lágrimas no fueron vanas, sus noches en vela no pasaron eternas, así porque sí; pagó con humillación y ensañamiento la desaparición de Jevrem; no lo iba a perder porque una rubia beta aún no ha aceptado que ya no es del agrado del alfa que se salvó de las fauces de los tiburones.
—¡Eh! ¡Eh! —Jevrem ejerció de escudo protector, tanto para una como para la otra, de modo que estas no se hiriesen entre sí a causa de los celos.
—¡Castell! —llamó al guardaespaldas principal que había escuchado el escándalo acaecido en el riachuelo. Emmett y Langdon venían detrás de este, y sus cejas se arquearon ante lo que observaban. Así que esa era la dueña del auto que hallaron frente a la cabaña.
El guarda atendió a la urgencia del joven amo, y se metió al agua, llevándose mordiscos y zarpazos por parte de la rubia.
Esta gruñía feroz mientras que la morena luchaba por librarse del agarre del amo, quien trataba de inmovilizarla a duras penas; los brazos y el pecho enjuto de este presentaban arañazos, que, para ninguno de sus hombres le pasó por alto que no cicatrizaban con la debida celeridad.
—¡Zorra! —Anna vociferaba lo que por un tiempo tuvo contenido en su ser, conocía a esa rubia desde que le hizo la vida imposible a Isabel, cuando fue la exprometida del señor Everett—. ¡Si te vuelvo a ver, te mato! ¡¡Busca tu propio macho!!
—¡ES ÉL, FUE MÍO PRIMERO! ¡Tú me lo quitaste al meterse en su cama mientras fuiste su sirvienta!
—¡Hija de…!
—¡¡Llévensela rápido de aquí!! —Jevrem le gritó a Castell, harto de la riña entre las dos hembras—. Abby, no puedes volver; no por ella, sino porque ya no siento por ti lo mismo de antes. La «llamada» que habrás «recibido» debió ser para fastidiarnos a los tres; lo siento, no vuelvas más.
Ella se removió del agarre de Castell, y, en pose altiva y orgullosa, a Jevrem le contestó:
—Te cansarás de esa omega; siempre pasa y vuelves a mí, que sé cómo complacerte. Te estaré esperando; ya sabes dónde buscarme.
Esdras quedó idiotizado observando las nalgas redonditas de la rubia, que fue penoso para él tener que ocultar su erección.
Dos, la siguieron, para asegurarse de que no le diera por rodear la cabaña, e iniciar al rato otro enfrentamiento con la compañera del amo. El venado cazado estaba a un costado del vehículo mal aparcado, tuvieron que arrojar la presa allí, al escuchar los gritos y gruñidos.
Ni bien, el amo retornó de la muerte, sus amantes se estaban disputando su atención.
¿Cómo sería cuando la noticia se esparciera por todo el país?, ¿habría que organizar un torneo? En otras latitudes esto era un hecho común, como acá con los duelos.
Al montarse detrás del volante, Abby se acomodó el cabello, con ademanes toscos. Su blusa a medio abotonar, su falda arrojada en la silla del copiloto, entregados por uno de esos primates que la escoltaron hasta su auto.
A través del parabrisas notó que la sirvienta pretendía querer seguir con la pelea. Le mostró los colmillos, y cuando estuvo a punto de bajarse del auto…, una de las nativas cargaba un infante.
El parecido de este le llamó la atención.
¿Dónde ha visto ese rostro?
¿En qué adulto?
Se fijó en Jevrem, podría decirse que es de él: pelo y ojos negros, pero las facciones, la piel más oscura, daba la impresión de que el padre era otro.
Apretó el volante, ¿le habrá endilgado el lobezno a Jevrem?
Hizo que marcaba en su móvil, pero tomó una foto al lobezno en brazos de la nativa. Aún no estaba segura del porqué la tomó, pero algún día, quizás, le serviría de ayuda para perjudicar a esa maldita.
Con una sonrisa, de «luego tú y yo nos la veremos», le expresó a la espantosa hija de un cocinero, quien enseguida tomó a la cría y entró a la cabaña.
Jevrem, envuelto en albornoz, dio una mirada ceñuda a Abby, y fue tras la amante enojada, como un «marido infiel» que necesitaba dar explicaciones a la cabreada de la «esposa».
Al menos, Abby clavó hondo sus colmillos venenosos en el corazón de Anna Morris. Jevrem pronto se dará cuenta que con ese tipo de hembras de nula clase no disfrutará del buen sexo.