El Despertar del Lobo Capítulo 35
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Capítulo 35

La sombra de un abeto de extensas ramas dentadas se posaba en un extremo del dormitorio.

Anna halló a Jevrem sentado en el sillón ubicado para apreciar las montañas nevadas que se alzaban sobre el lago y la reserva boscosa de Denali.

Se mantenía abstraído mientras su garganta emitía los acordes de una melodía que ella de inmediato reconoció de su infancia.

Su papá solía cantársela antes de dormir, y ella luego la cantaba con sus amigos mientras jugaban por las inmediaciones de los bosques.

Le agradó que Jevrem estuviese calmado como si meditara sobre sus pesadillas.

Él notó su presencia y la escaneó, con detenimiento, como si en ella le faltase algo.

—¿Amamantabas? No te hallé al despertar…

—Sí, me levanté antes del amanecer —caminó hacia él—. Jevremcito… —El tocayo alzó los ojos hacia ella, y Anna titubeó, porque le dio la impresión de que a él no le gustó que le hayan puesto su nombre al lobato de otro macho—, eh… s-suele despertar con mucha hambre.

—No lo culpo. —Sus ojos oscuros y sus labios levemente curvados hacia arriba manifestaban el sabor de los pezones de la hembra.

«¿Le habrá quedado un poco en esas tetas? Aún saboreo sus pezones a leche».

Jevrem apretó los ojos en un modo silencioso de indicarle a Noé, de que él no escucharía sus sucios comentarios. Si Anna supiera la batalla mental que él sostenía «consigo mismo» se espantaría.

—¿Cómo amaneciste? —Ella le acariciaba con delicadeza la mejilla, lisa y fría al tacto; sin haberse enterado de que, en el hospital, lo asearon y acicalaron, antes de marcharse con destino a Denali, pues su cuidado personal era lamentable.

Aun así, y notando que Jevrem se dio una buena ducha, su semblante no mejoraba: ojos hundidos en horrendas ojeras, labios secos y agrietados, mirada apagada...

—Hambriento. —Se mantenía sentado, atento a Anna como si esta fuese la bonita enfermera que tomaría nota de sus signos vitales y de los síntomas que presentara después de la serie de «ejercicios nocturnos» que lo «obligaron» a hacer para mantenerse en forma.

«También estoy con las tripas vacías».

Jevrem lo ignoró.

Anna sonrió.

—Qué bueno que lo digas, porque los muchachos irán de cacería. —Él tensó la mandíbula—. ¿Te animas?

—¿A qué…?

—De acompañarlos.

—¿Con mi pierna así? —Alzó el ruedo del albornoz hasta la altura del muslo y la mostró molesto, pero a la vez con ánimos de correr tras una presa jugosa.

Pero tendría que valerse del bastón que le entregaron en el hospital, y él se negaba a usarlo. Por ahí lo dejó en el dormitorio.

«Hay cazadores humanos, de mucha panza; si atrapan uno, comerás de esa carne durante varios días. Y no tendrás que usar más ese bastón».

—No correrás, estarás en las praderas mientras ellos cazan. Te acompañaré si quieres…

—Seré un estorbo.

«Miedoso escrupuloso. ¿A qué le temes? Ordena a que te cacen un humano, y déjate de melodramas. ¡Recupérate de una vez!».

—Estar encerrado tampoco ayuda —Anna replicó—. Sakari me ha contado de que las carnes de animales no te vigorizarán con rapidez. Aun así, cumplen con fortalecer tu organismo. ¿Qué deseas y te lo conseguimos?

«¡Un humano! ¡Pídelo, tonto!».

—Un venado.

—Por estas tierras hay otro tipo de presas… —Anna insinuaba para que él captara; hasta ella le sugería comer de lo prohibido—. Los muchachos esperan tu aprobación, y te lo traerán.

—Venado.

Anna asintió, y, como él no estaba para charlas amenas, le dio un casto beso en los labios y luego se dispuso a dejarlo solo en el dormitorio.

Antes de cruzar la puerta, se volvió hacia Jevrem.

—¿Sabes qué se me antoja? —Con deliberada intención intentaba despertar su curiosidad—. Darme un chapuzón en el riachuelo; hace mucho que no lo hago. ¿Quieres acompañarme mientras van los demás por el desayuno?

Hizo un mohín, repercutiendo en un jadeó asombrado de su perversa conciencia.

«¡Vamos, a mí se me antoja enterrarme en el culito de esa hembra!».

—No. La… la pierna…

Anna se desinfló.

Ni modo…

Pero fue considerada en no demostrar que su cuerpo aún pedía a gritos ser tomado por él.

Se lo había expresado en la cama: aceptaría el cariño que él le pueda brindar; si eran abrazos, pues abrazos.

Si eran besos, besos entonces. Pronto llegarían los días en que tendrían que alejarse de los demás para saciar las ganas en absoluta intimidad.

—Vuelvo en un rato. —Se marchó, para darle un último vistazo al lobezno. Sakari la había librado de varias situaciones, haciéndose cargo de su pequeño por unas horas. Le agradecería a Isabel por haberla tomado en cuenta, y a las dos nativas ya vería qué regalos ella les daría por su gran ayuda.

«Qué pasa contigo, no te gusta esa hembra? ¡Se te está ofreciendo como anoche!», Noé recriminó a Jevrem, antes de que este se escudara de nuevo en estúpidas canciones de cuna.

—Cállate —los recursos utilizados para ahogar la fastidiosa voz en su cabeza, perdieron eficacia, por lo mal que él se sentía al darse cuenta de la decepción en los ojos de Anna. No podía complacerla como pareja.

«Tan rico meterse en ese coño prieto. No la habría perdonado, de yo estar vivo, me la habría follado así ella estuviese dormida. Como a ti…».

—¡Cállate! —Si Noé seguía fregándole la paciencia, golpearía su propia cabeza contra las paredes hasta bloquear su voz.

—Disculpe, mi señor, solo deseaba preguntar si se le antoja tomar un cafecito —Wyatt asumió que lo increpaba por entrar al dormitorio sin antes haber tocado a la puerta. El alfa se indignó de tal modo que ni le permitió hablar.

Miró al joven greñudo y sacudió la cabeza.

Wyatt se giró sobre sus talones, para volver a la cocina, de donde –a modo de señas para darse entender– Nashua le había pedido ofrecerle café al amo.

Mientras tanto, Jevrem centró su atención de nuevo en el paisaje detrás de los ventanales, siguiendo con la mirada a Anna, que justo en ese momento pasaba abajo frente a sus ojos en dirección hacia el riachuelo.

Ella se percató de la atención que recibía y le sonrió seductora.

De manera intencionada y arriesgo de ser observada por alguno de los centinelas cuadrúpedos, se quitó la camiseta. Parecía expresarle con la mirada a Jevrem: «Ven por mí, soy tuya. Vamos a pasarlo rico».

«¡Vamos, yo la quiero poseer de nuevo!».

Poseer…

«Sí, poseer».

Ella lo ama, lo ha invitado a poseerla.

«Es lo que te he estado diciendo: ella quiere que la follemos. ¡Vamos!».

Jevrem gruñó con el deseo animal de al menos entregarse a la pasión. Estaba aburrido, alimentándose a medias, malhumorado, débil; en algo tenía que darse el gusto.

«Aquí hay varias hembras, follémosla a todas. Hasta la nativa cuarentona cara de amargada. Pero comencemos con la morenita de bonitas tetas».

El pene de Jevrem se endureció.

Ir por Anna y poseerla.

—Lárgate y no salgas mientras yo esté con ella —le pidió a Noé mientras él se levantaba adolorido del sillón. Lo de la noche anterior tenía que remediarse; se desempeñaría mejor; el ambiente externo, la adrenalina de ser vistos, todo eso lo excitaba.

Deslizó el ventanal y midió la distancia.

Para él, que es metamorfo, cuatro metros no era nada, pero con la pierna lanzando punzadas, comería tierra.

Rodó la mirada hacia el bastón, reposado contra la pared, en uno de los extremos de la cama, para él tenerlo a mano al momento en que se levantara.

«¡Vas a usar esa mierda? —Noé se carcajeó—. Qué patético».

Claro que no lo iba usar, maldito desgraciado, pero tendría que bajar por las escaleras.

«Qué vergüenza de lobo».

Y volvió a carcajearse.

Jevrem se detuvo.

—¡Cállate! ¡¡Cállate!! ¡CALLÁTE!

Las risas de Noé poco a poco se disipaban.

Al salir del dormitorio, Sakari se aproximaba con el crío de Anna en sus brazos.

Se tensó.

La nativa bajó la mirada y apretó más a su pecho, al lobezno, como si cuidara de que no lo fuesen a lastimar. Jevrem pasó rápido por el lado de estos dos, aún no estaba listo para verlo.

Ignoró los buenos días de Parker y Ryder, no correspondió al asentamiento de cabeza de Nashua, a modo de saludo, y ni le dio las gracias a Wyatt por su intención de ofrecerle café; más bien, Jevrem –en su albornoz semihúmedo por la ducha– salió pitado por la puerta posterior de la cocina.

Si alguno de los otros muchachos andaba fisgoneando a Anna, lo despellejaría vivo.

Desvestirse no fue tan varonil como él habría querido que fuese, para estar con su hembra; debía verse lamentable, descubriendo sus costillas marcadas en su torso famélico. Lucía como un zombi que ha pasado hambre durante años y sintiéndose solo a pesar de las compañías.

Por Licaón…

Sobre una de las rocas inmensas que las aguas del riachuelo bordeaban en su cauce, se hallaba postrada un hada impúdica de los bosques.

Anna disfrutaba de los rayos del sol que se filtraban a través de las copas de los árboles; estaba desnuda, en una placides absoluta. Su cabellera húmeda caía como surcos negros a un costado de la roca, esperando al amante con el que ella había acordado la cita.

Jevrem entró al agua fría. Resintió la baja temperatura mientras que a su amada parecía no afectarle.

—La última vez que te vi te bañabas con ropa… —le recordó de la vez en que Anna se divertía con los gemelos, siendo observados por el extinto Elijah. Los celos en aquella ocasión casi lo dominaron, pese a que la desnudez por esos predios era de lo más natural entre las manadas.

Ella, sin molestarse en abrir siquiera un ojo, para verlo, sonrió ante el recuerdo.

—Y te pusiste de un humor…

—Había tres machos contigo.

Encogimiento de hombros.

Cabello aún esparramado sobre la roca.

Rostro y partes pudendas, de cara al cielo, para que se broncearan con los rayos solares matutinos que se filtraban de las copas frondosas de los árboles.

—Un guardaespaldas y dos cachorros —corrigió en su tentadora postura de diosa del sexo.

Las pisadas vacilantes de Jevrem pasaban por sobre las filosas piedrecillas del lecho, del riachuelo.

El terreno marino que vadeaba era inestable; su columna vertebral se ladeaba un poco, de un costado a otro, por cada paso que daba hacia Anna.

Sus pies se hundían en un tramo y, en el de más adelante, casi le hacen perder el equilibrio.

Se detenía unos segundos para analizar el recorrido; se había vuelto lento y torpe, en una acción que hasta un cachorro era más hábil que él; por supuesto que sabía la causa y el remedio para superarlo, pero no flaquearía; en esto no, todos esperaban a que cediera al hambre de su bestia interna; era la naturaleza metamorfa: alimentarse de los humanos.

—Un idiota baboso y dos lobatos que se dieron un estirón —resaltó, avinagrado.

En aquella ocasión, él estuvo a punto de arrancarle la cabeza al maldito de Elijah y darle de correazos a sus primos, sin importar si el juego allí, de aventarse agua entre ellos, era inocente.

¡A él no le pareció! Esos tres la desearon.

—Eran chiquillos… —Si bien, para Anna, los gemelos pasaron por grandes cambios, uno retrocedió a su edad biológica real y el otro se adelantó más de lo que hubiesen deseado los padres.

—No me lo parecía Erik.

—Celoso… —lo acusó de carecer de fundamentos.

No con estos—. Ni esa vez ni ahora. Te amo.

Además, estoy así solo para ti —le ronroneó, aún sin abrir los ojos.

Por supuesto que los muchachos debían de estar espiándola, pero a ella le daba igual, tenía que sacar del letargo a Jevrem—.

Aunque, debo admitir que me gusta estar encuerada…

Él la tomó de los tobillos, en cuanto cruzó el afluente, y la jaló suave hacia él.

La humedad en la roca permitió que las nalgas de Anna se deslizaran sin lastimarse hacia su pareja.

Esta emitió un gritito divertido. La parte donde se hallaban era la más honda por lo que quedó zambullida frente a Jevrem.

De inmediato, él la alzó para que ella le rodeara la cintura con sus piernas y los brazos se aferraran a su cuello. El riachuelo le permitía sostener a su amada, sin él padecer dolor, al aligerar el peso de su curvilíneo cuerpo.

—Hada impúdica. —La tenía justo a la altura de su rostro.

—Sátiro celoso.

Sonrió ante el apodo asignado.

Literalmente lo fue en aquella obra musical…

—¡Por supuesto que lo soy! —exclamó, socarrón. La desnudez de Anna era para su exclusividad, el que la mirase en esas condiciones, sin su consentimiento, le arrancaba los ojos—. Tus besos, tu desnudez… Nadie debe mirarte como yo lo hago contigo.

La mirada de Anna trasmitía pensamientos internos. ¿Qué habría pasado si Édgar no la hubiese secuestrado: estarían en la actualidad casados o en concubinato?

—Y desde entonces han pasado tantas cosas…

Jevrem odiaba cada contratiempo afrontado, del cual la mayoría fue ocasionada por una persona, que ojalá se esté pudriendo en el infierno.

—Como si hubiesen pasado siglos —confirmó mientras la pegaba mucho más a su pecho—. Todo se siente raro, como una pesadilla…

Recibió en compensación un beso.

—Esa pesadilla ya no nos lastimará. Ahora estamos en un bonito sueño.

—De hadas impúdicas y sátiros celosos —el timbre de su voz enronquecido.

—No —Anna sonrió al ras de sus labios—. De doncellas enamoradas y caballeros nobles…