Capítulo 34
Refugiado en la habitación de mugroso motel de carretera, Édgar trazaba en su mente planes concretos, del cual no dejara la vida en ello.
Hasta el momento se ha librado, por los pelos, de sus captores que lo han perseguido desde que huyó de aquel lugar en el que lo tenían como «donante de esperma» para toda hembra que le llevaran a la celda.
Había solicitado a una en específico y no quisieron cumplirle. Pero él la buscaría y la haría suya hasta que esta le sea sumisa.
¿Y cómo hacía para atraparla si el mismo rey de los putos lobos del Clan Brankovic la protegía?
Montana…
Estaba a las puertas del estado, faltaba por recorrer unos cuántos kilómetros, y pisaría el mismo suelo que Anna pisaba, creyéndose libre de él.
—¿Y cómo me acerco sin ser detectado? —preguntó a la araña colgada en el techo, trabajando arduamente en su telaraña, mientras él, acostado en la cama, con apenas puestos sus vaqueros, preocupado de que, hasta ahí, él fuese capaz de llegar.
Los terrenos próximos de la propiedad de Everett Brankovic debían de estar reforzados por un centenar de guardias y toda clase de alarmas y pistolas y cañones de largo alcance que le volarían en pedazos en cuanto descubrieran su presencia invasora. Entonces, ¿cómo atrapaba a Anna?
En Alaska fue fácil dar con ella, vivía en una comunidad de omegas y pordioseros, todos cobardes y sumisos.
Pero el maldito Alfa de Kenai se la estuvo follando mientras él soñaba con hacerla su esposa, y lo desafió a un duelo que él mismo ganó, pero que esa familia tramposa se valió del embarazo de Anna. Del crío que aquel le engendró a ella.
Crío que él iba a matar.
—Te preñaré hasta que tengamos una camada —prometió mientras la araña tejía su trampa mortal.
Pero… ¿cómo lograría dicha meta patriarcal si Anna estaba fuera de su alcance?
Tras lo del ataque orquestado por Everett y sus aliados, Édgar había corrido un tramo del que fue interceptado por un guardia de la Corte de Montana. Este se percató de quién era él, y disfrutó sacarle en cara que Anna vivía en el hogar del rey. Tal vez era su putilla.
—Y lo serás para mí también.
Se devanaba los sesos de cómo atrapar a ese colibrí escurridizo; rodeada de guardias, follándose al rey, al primogénito de este, a los guardias que la cuidan, a todo aquel que la hiciera gemir en voz alta.
Maldita puta que lo hizo perder la cabeza, no hacía sino pensar en ella a diario, de tenerla abierta de piernas y él, encima, follándola sin parar—. Me despellejarán si me descubren.
Él causó la muerte de ese alfa alasqueño. Por lo tanto, no iba a morir a sombrerazos ni a almohadazos.
—Tiene que haber una forma… —Si tan solo contase con alguien que se vendiera para obtener información, que le abriera las puertas, o la sacase de allá…
Encendió el móvil robado a la dueña del Chevrolet, y comenzó a revisar el canal local de la mancomunidad lobuna.
Conocía las claves de acceso, revisó las de su pueblo, las de su ciudad…
, no había noticias trascendentales, solo cuestiones de nombramientos de líderes, enlaces matrimoniales, intercambios de bienes, pactos de sangre. Nada que le importase.
Una publicación permaneció fija en la pantalla del móvil al causar una conmoción en el alfa peruano.
Que los dioses del inframundo se lo llevaran… ¡¿Era cierta la mierda que estaba leyendo?!
—El hijo de puta está vivo. —No debería extrañarle, él también se salvó de los tiburones.
Y si está vivo…
Debía estar en Montana, recuperándose.
Por eso Anna está allá.
Está con él.
—¡Mierda, no puedo ni acercarme! —Ese alfa debía de mantener latente el deseo de cazarlo—. ¿Cómo te atrapo, Anna? —Era poco probable que alguien de allá se dejase comprar, y él tampoco tenía dinero. Y robarlo era arriesgado. No grandes sumas de dinero.
Necesitaba de un aliado que no le arrancara la cabeza, pero… ¿quién?
Extrajo el papel del bolsillo trasero de sus vaqueros. Ahí había anotado una lista de nombres que le podría servir para sus propósitos. La mayoría estaba tachada: cobardes, delatores, mediocres, idiotas…, gente que merodea a la realeza, pero que no son de su agrado.
Y la familia…