El Despertar del Lobo Capítulo 33
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Capítulo 33

—¿Crees que te libraste de mí, muchacho?

Estoy más cerca de lo que piensas. ¡Estoy en tu mente!

Yo soy tú: tú eres yo… —Rio de la forma más siniestra—.

Serás mi cuerpo y mi sangre, y me saciaré las veces que quiera.

Me gustó tu hembra… ¿Cuándo volvemos a follarla?

Hagamos que se comporte como una zorra. Compartámosla.

El despertar no fue violento, pero sí bastante mortificante para Jevrem, que maldijo en voz baja de que Noé Bummer siguiera en sus pesadillas. Jamás compartiría nada, que él amase, con esa bestia asquerosa ni con nadie, prefería quitarse la vida a perder el control de su ser.

No era como aquella vez, en la que él estuvo dentro de los ojos de un asesino. Sino al revés.

Se percató de que se hallaba solo en el dormitorio.

Las cortinas oscuras tapaban los amplios ventanales que hacían de paredes cristalinas frente a él y la que está a la izquierda de la cama; alguno de los muchachos o Anna debió haberlas corrido para mantener la privacidad ahí adentro; la chimenea tenía resquicios de leños carbonizados, pero aún encendidos, conservando un poco el calor ambiental.

A pesar de esto, Jevrem tenía frío, sus brazos estaban erizados.

Miró la hora en el reloj despertador de la mesita de luz, a su derecha. 6:05 de la mañana.

Ahí fue consciente de que cierta personita debió haber amanecido con él, pero no se molestó, sino que sonrió al pensar en los besos y las caricias que se dieron.

No fue el mejor coito que los dos hayan tenido desde que sostienen una relación romántica y apasionada, pero al hacerlo de nuevo con Anna, le había otorgado felicidad.

El esfuerzo de haber nadado media travesía de mar fue poco para la compensación que él tuvo la noche anterior y las que tendría en los días venideros.

Amaría a su hada en cada dormitorio de la cabaña, en la terraza, en la cocina; y no solo allí, sino también en las montañas nevadas, en el bosque, en el riachuelo, cuyo caudal no los iba a…

Enseguida, algo muy mundano lo sacó de su ensoñación.

¡Estaba que se orinaba!

Se despojó de la frazada. La necesidad de ir a descargar la vejiga, lo hizo levantar de la cama, sin ninguna precaución de dar un paso en falso, pues, al pretender dirigirse desnudo al baño, Jevrem sintió un súbito mareo y una punzada que emergió de su muslo derecho.

La pierna se le dobló, y sus rodillas y palmas apenas se interpusieron para que él no se golpeara el rostro en el suelo de madera.

Las paredes comenzaron a girar y el techo se le vino encima, le costó centrar la mirada en un punto fijo; el cuerpo se le puso rígido y la temperatura de sus brazos parecían témpanos de hielo; se le había bajado los niveles de glucosa, por falta de comida, aunque él ha pasado por largos períodos de inanición y no se ha sentido tan fatal como en ese momento.

Consideró llamar a uno de los muchachos, pero se contuvo. No dependería de ellos para levantarse por un simple mareo; de por sí lo trataban como un lobo de cristal, que si pedía ayuda empeorarían las atenciones sobreprotectoras. En especial de Anna y de las nativas.

Mantuvo su mente serena, si pensaba en Anna, podría llamarla telepáticamente sin querer.

¡Y no quería hacerlo! Así que esperó un rato a que el dormitorio dejase de girar; cerró los ojos, respiró profundo un par de veces y luego aferró su mano en el colchón, con la intención de impulsar su torso hacia arriba para levantarse.

Su estómago se revolvió.

¡Respira lento, profundo!

Aún en esa posición a gatas en la que cayó debilitado, Jevrem se concentró para no descargar su tracto digestivo al lado de la cama; trataba de pensar en sensaciones y lugares agradables que lo distrajeran de comportarse como un cachorro enfermizo.

Aire fresco. Sol. Praderas. Corrientes de agua…

Gruñó. ¡No, agua no! Su vejiga estaba por estallar.

Debía distraer su mente, no empeorar su situación.

Copas de árboles batiéndose suave por el viento.

Nieve que cubre el suelo.

El aroma de los rosales.

La sonrisa de Anna…

Ay, qué bien… Respiró aliviado de no tener que disculparse con el que le tocase limpiar el vómito. Por fin las náuseas mitigaron.

Pero faltaba ponerse en pie, y a él le dolían terriblemente las piernas.

¿Y ahora qué iba a hacer? En cuanto pretendiera levantarse, chillaría de dolor, porque tendría que recargar el peso de su cuerpo en una de sus rodillas.

—Arrrgh… —se quejó, su pierna herida se acalambró por el intento que hacía Jevrem de ponerse en pie.

Las náuseas volvían a aflorar, y esta vez sentía que no iba a poder contenerse hasta que clavara su cabeza en el inodoro; la estaba sufriendo a lo grande: ganas de vomitar, ganas de mear, ganas de llorar por el dolor en su pierna.

¡Vamos, que no te descubran así!, se pidió mientras elevaba el torso, determinado a que nadie acudiese a ayudarlo. Tenía que hacerlo por sí mismo, demostrarles que no había mentido, que su condición débil era temporal.

Mano sobre el colchón.

Rodilla izquierda posada en el piso.

Pie en posición.

—¡Carajo! —exclamó, con los dientes apretados, en su esfuerzo de tensar los músculos en los muslos y las pantorrillas, de ambas piernas, al ser inevitable de ocasionarse dolor al levantarse.

Logró subir a la cama.

Ni los mártires celestiales sufrieron tanto como él. Sudó frío y su respiración agitada le empeoraba su debilidad.

Luego hizo un mohín al fijarse que tendría que usar el bastón y este estaba fuera de su alcance; justo en el extremo opuesto a donde él se hallaba sentado.

¡Maldita sea! Por más que se acostara de espalda y alargara la mano hacia atrás, no podría alcanzarlo. El idiota de Wyatt lo dejó allí cuando le asignaron el dormitorio, justo en el lado del que Jevrem tendría que darle la vuelta a la cama para caminar una distancia más larga hacia el baño.

«Dile a uno de tus hombres que cace un humano para ti».

Una voz, que no era suya y que reconoció enseguida, le habló como una entidad maquiavélica desde su mente.

¡Mierda, no!

Jevrem se sobresaltó, echando miradas angustiadas por el dormitorio. ¿Acaso fue…? ¿Esa cosa estaba ahí o él seguía soñando?

«Estoy aquí».

Jevrem se olvidó de hasta las ganas de mear.

—¡No! —Se llevó las manos a los oídos, sin aceptar lo escuchado. Estaba en otra pesadilla del que le costaba despertar—. Te maté, ¡no existes, eres producto de mi imaginación!

«Existo dentro de ti —se jactó de haber evadido la muerte de forma magistral—, me das fuerzas, es lo justo ya que me quitaste la vida».

—¡Estás muerto!

Noé Bummer se carcajeó por la mortificación del metamorfo, que aún creía luchaba con su propia mente.

«Más bien, vivo dentro de tu cuerpo —dijo—. Percibo tu hambre, haces que me duela el estómago».

Jevrem sacudía la cabeza. ¡¿Dentro de él?! ¿Desde cuándo, desde que lo mató? Esa cosa no estaba dentro de su ser; no podría estarlo, porque…

«He visto, tocado y abrazado a los tuyos».

—Eres producto de mi imaginación: ¡no existes!

«Te cansarás de repetírtelo, y yo estaré aguardado a que lo aceptes.

Tú y yo somos uno; de ahora en adelante seré tu voz, tu conciencia.

Así que, tranquilízate y ordena a tus hombres a que te traigan un humano de buena contextura para que te alimentes.

¿Acaso no deseas recuperarte o prefieres seguir siendo el que inspire lástima?

—No existes.

«¡Existo! ¡¡Existo!! Agradece que fui yo el que se apoderó de ti y no mi compañera u otro de los míos, porque te habrían atacado con indescriptibles dolores en tu cabezota.

—Largo…

«No te angusties por compartir tu lamentable cuerpo; aquí dentro hay espacio para albergar dos almas más… Pero me gusta la comodidad y prefiero ser el único que te posea».

—Calla…

«Si obedeces, yo hablo lo menos posible. Como si no existiera. Ordena un humano: ya sabes del tipo que te conviene para que vuelvas a ser el de antes; nadie te lo reprochará».

Nadie.

«Nadie. Todos ansían ayudarte, esperan órdenes».

Jevrem tenía hambre.

«Aliméntate».

Alimentarse…, meditó que él no rompería alguna ley o sus reglas autoimpuestas; era una emergencia, se valía en situaciones extremas; las carnes blandas de un humano lo revitalizarían en cuestión de minutos.

—No está bien…

«Tienes una hembra hermosa y gente a tu lado que podrás perder si no sanas rápido —Noé le aconsejó—. La buena imagen de un alfa lo es todo, porque si demuestras que eres débil, no te respetarán y te liquidarán como a un híbrido infectado por vampiros».

No es así… Jevrem se negaba a ceder al hambre animal que crecía cada vez más dentro de su ser.

«¡Tonto!».

No lo era, pensó el joven, férreo a luchar contra esa entidad que era un remanente de sus propios traumas.

«¡Tonto!».

Se levantó de la cama. ¡No lo iba a escuchar más! Así que, rengueando adolorido y sin cubrir su desnudez, se dirigió hacia donde debió haber ido hacia un buen rato.

—De las montañas altas bajaron tres lobos —comenzó a cantar para que la molesta voz, de Noé, dejase de tentarlo—: uno gris, uno negro y otro blanco.

»El primero traía consigo las bajas temperaturas,

»el segundo la oscuridad convertida en noche, y

»el tercero en la nieve que ese día caería.

«Hazte el tonto, pero sigo aquí».

—¡De las montañas altas bajaron tres lobos!, ¡uno gris, uno negro y otro blanco! —repetía el coro en voz alta para ahogar a esa conciencia invasora, mientras entraba al baño.

«¡La, la, la…!, qué cancioncilla tan pendeja. ¡Canta una de machos!

—El primero traía consigo las bajas temperaturas —continuaba cantando. La vejiga halló rápido alivio en los chorros que él descargaba en la taza del inodoro—, el segundo la oscuridad convertida en noche, y el tercero…

«¡Yo también puedo insistir hasta que cedas ante mí! ¿me escuchaste, tonto? Soporta todo lo que quieras, pero el hambre te enloquecerá. Me encargaré de que cada día ansíes comer carne humana».

—¡DE LAS MONTAÑAS ALTAS BAJARON TRES LOBOS! —Jevrem cantaba a los gritos, tampoco se rendiría tan fácilmente.

«Se me antoja la pierna de una hembra».

—¡UNO GRIS, UNO NEGRO Y OTRO BLANCO!

«¿Qué aldeana humana goza de buena salud, para morderle los muslos? Le abrimos las piernas y nos la follamos un rato. Sería rico».

—EL PRIMERO TRAÍA CONSIGO LAS BAJAS TEMPERATURAS!

«¿Las prefieres lampiñas o peludas?».

Jevrem, cantaba y cantaba….

Y lo haría hasta que Noé desistiera de mortificarlo.

Atendió su higiene personal, quitándose el aroma a sexo. La ducha se le hizo insoportable; se mareaba al mantenerse en pie; las cicatrices apenas entretejían sus carnes.

El albornoz fue la única prenda de vestir que soportó tener encima, sus tejidos absorbían la humedad de su cuerpo.

Anna no retornaba, al parecer debió haberse marchado cuando él se durmió después de ese orgasmo que él calificaría con un mediocre tres estrellas.

Casi no lo disfrutó, por causa de la pierna, pero asumía para su mortificación de que Anna tampoco subió al cielo.

Descorrió las cortinas y luego miró a través de uno de los ventanales que se extienden de techo a piso, por el dormitorio, y apenas fue capaz de esbozar una tenue sonrisa.

Su tío Everett amaba la naturaleza, la traía consigo, le permitía al que ocupase ese u otro de los dormitorios de la cabaña, en observar al pleno el paisaje. A él lo relajaba, por eso ellos le concedieron la habitación principal, era la que parecía una jaula de cristal.

«Buena vista, pero desde aquí no podrás hallar a las presas. Hay que salir a cazar».

—¡De las montañas altas bajaron…!

«¡HAY QUE CAZAR!».

Un millón ciento noventa y nueve mil, más uno es… —calculaba. Noé le insistía en una pugna mental de quien de los dos flaqueaba la voluntad del otro.

«¡Un millón doscientos mil! ¡¡Ha cazar!!».

Jevrem rio, no era su voz interna distorsionada en otra, la que apuró la respuesta. Tan burro no era. La voz le pertenecía a otro que no sabía sumar. A Noé Bummer.

No le corrigió la cifra, sería indicarle que él aún le prestaba atención.

Sin embargo, las tripas del joven alfa protestaron. El deseo por las carnes blandas fracturaba su raciocinio. Pensaba en matar. Matar. Matar… Para luego comer, comer y comer.