El Despertar del Lobo Capítulo 32
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Capítulo 32

—Oh, muchacho, por fin te he atrapado… —Noé Bummer sonrió ladino al interponerse en el camino de Jevrem, había cruzado el velo que divide el inframundo.

Volver al joven fue como si lo hubiesen mandado de una patada al infierno; hubo tortura, ensañamiento, dolor y locura; pero escapar de allá le tomó lo que le pareció un siglo de ruegos a los Lords de los demonios y penitentes; solo para llevarse con él, al que sería el mejor servidor de ellos.

Jevrem se removió. Gritó desesperado, no podía librarse de esa tarántula gigante, con su pito expuesto y su sonrisa pervertida. Los múltiples brazos lo sujetaban con fuerza; lo arrastraba a su telaraña, donde otra criatura arácnida lo esperaba, para entre los dos darse un festín.

—Déjate seducir al mal, nadie te va a escuchar —le susurraba mientras dos de sus patas acariciaban la desnudez del joven alfa, asqueado este por el manoseo del viejo—.

Yo te penetro y tú penetras a otros… Aprende de tu amigo: somos poder.

¡Dominación absoluta en la mente de los débiles!

Todos caerán ante nosotros. —Jevrem gritaba, se negaba, lanzaba golpes infructuosos—.

No te resistas, será rápido. —Lo aplastó en la cama, su rostro pegado a la almohada, profiriendo gritos ahogados, su trasero expuesto, vulnerable a la criatura infernal.

*****

El lobezno lloró al despertar sobresaltado por los gritos que provenían al fondo del pasillo.

La progenitora lo tomó en brazos, para calmarlo, teniéndose ella que levantar de la cama; detrás de la puerta del dormitorio de huéspedes se escuchaba un revuelo; reconoció que los gritos eran de Jevrem y esto la mortificaba.

Al salir, mientras arrullaba a Jevremcito, Sakari y Nashua iban en sentido hacia ella, y los muchachos en su afán hacia el dormitorio del «alfa milagroso».

—Sostenlo unos minutos —Anna le pidió a Sakari, de cuidar a su lobezno, para poder ir hacia donde provenían los gritos. Jevrem tenía pesadillas. Por desgracia, volvieron a atormentarlo, y esta vez debía ser por lo sufrido en alta mar.

—¡Señor, despierta! ¡¡Despierta!! —Castell le daba de bofetones para sacarlo de esa «realidad onírica» en la que se hallaba atrapado como si lo estuviesen torturando.

Jevrem se removía desesperado en la cama; sus garras largas y sus colmillos listos a morder la extremidad del que lograse atrapar si se descuidaban.

Gruñía en un terror que erizaba la piel a Anna y a los que estaban allí, tratando de calmarlo.

¿Qué era lo que estaba soñando que hasta lloraba como un cachorro?

Intercambió miradas con Castell, pero este no sabía qué responderle, sino lo evidente.

—Je… Jevrem —Anna se subió a la cama, para sacudirlo a ver si su voz lo despertaba, pero, de no ser por Castell, que en ese instante la tomó de la cintura y la haló hacia atrás, Jevrem la hubiese rebanado con sus garras.

«Únete al mal».

«Eres maldad pura».

«Eres nuestro».

—¡No! ¡No!

—¡¡Señor, los tiburones ya no se lo van a comer!

! —Hasta Castell asumía que eso era precisamente lo que lo había alterado—.

¡Quédate quieta, Anna!, ¿no te das cuenta de que aún él no despierta?

Está fuera de sí, como aquella vez… —En la casona en Nueva York, Jevrem tuvo una pesadilla que nada tenía que ver con lo que a él le pasó hacía unos meses.

Esto ya no se trataba de un asunto de violación, sino del terror que aún su mente no lograba escapar por la muerte que casi lo atrapa a él.

—Jevrem… —«Amor, sal de dónde seas que estés. Ellos ya no pueden hacerte daño».

El joven alfa frunció el ceño y sacudió la cabeza de manera enérgica; algo decía, no se entendía, pero era factible que profería maldiciones y palabrotas.

Su rostro lo tenía desencajado por la furia y los dientes los tenía apretados como si les riñera a algunos sujetos por el acoso que sufría; al parecer, defendiéndose de los que siempre lo han estado molestándolo desde vivió aquello en la Frontera Norte.

—¡Anna, apártate! —Castell, la increpó, porque ella se acercaba imprudente.

El lobezno lloraba; Sakari y Nashua oraban por el joven alfa, cuya mente perdida pasaba una vez más por aguas turbulentas.

—Lleven a mi hijo a la gruta y aguarden allá hasta que yo vaya por ustedes. Si pasado el amanecer, no he ido a buscarlos; vayan hasta la aldea de Ma-cheil; él sabrá qué hacer. Eviten cruzar estas tierras cuando lo hagan.

Las dos nativas asintieron, y de inmediato se marcharon a prisa hacia el lugar indicado. Jevrem convulsionaba como si de un momento a otro entrase en fase de transformación; su piel burbujeaba, estaba helado, y sus gruñidos eran feroces.

Pero no despertaba.

—No te quedes aquí, Anna, márchate con ellas —Castell le ordenaba a la vez en que Emmett, Wyatt y Esdras, sujetaban los pies y las manos a Jevrem para mantenerlo inmovilizado.

Anna se negaba a obedecer, temerosa de que, al volver, él haya desaparecido.

«¡Sal de allí!», lo animó por segunda vez; sabía que la telepatía no funcionaba de esa forma; ella solo era un receptor y que todo ese proceso sobrenatural se debía a Jevrem, que era el generador de dicho don. Aun así, ¿por qué no intentarlo?

—¡No puedo! —exclamó él como si la hubiese escuchado.

—¿Qué no puede? —Esdras preguntó a Wyatt, y este se encogió de hombros. Quién sabe qué soñaba.

—Despertar, supongo… —El hijo menor de Isabel y Everett solía hablar y caminar cuando estaba dormido. Algún rasgo de sonambulismo en este se estaba manifestando.

Y Wyatt suponía bien, consideró Anna, quien enseguida gateó en el colchón hasta estar a horcajadas sobre Jevrem.

—¡¿Estás loca?! —Emmett lanzó sus brazos hacia la joven, pero Castell lo detuvo, con rapidez, evitando que su preocupación entorpeciera lo que la otra intentaba hacer.

Anna ha estado al lado del amo en las noches de pasión y en las noches de tormenta; conoce cada aspecto, maña, inquietudes, lo que sea que a Jevrem le cause sus crisis, debían dejarla hacer lo que se propusiera.

Confiarían en ella, en el amor que a él le manifestaba.

Anna acunó el rostro sudoroso y nervioso de su amado dormido.

«Despierta, amor —lo animó en tono suave—. Esos tiburones no pueden lastimarte, porque allá eres inmaterial. Tu alma es fuerte y valiente; ven a mí… ven para amarte».

—Anna… —sollozaba, sin darse cuenta de que ella estaba justo allí, sobre a él.

—Ven, amor. «Ven a mí».

—Señorita Mo…

—¡Shist! —Mandó a callar a Wyatt, angustiado este de que Jevrem lograse liberar sus flacuchos brazos, que, para su sorpresa eran muy fuertes.

—Me tiene atrapado, no sé cómo librarme —le respondía atemorizado. Sus ojos cerrados, su cuerpo temblando.

Ese «me tiene», a Anna la preocupó.

—¿Qué ves allí? «¿Tiburones? Ya no te hacen daño, no estás en el mar» —preguntó primero en voz alta y luego con su mente telepática, a ver si en alguna de esas dos formas de comunicarse lograba tranquilizarlo.

Sacudía la cabeza.

El cabello empapado de sudor.

Aterrorizado…

—No son… N-no son… Estoy con él.

¿«Él»?

En lo que Anna podía conjeturar, no eran tiburones los que hacían temblar a Jevrem, bajo sus sábanas, se trataba de una persona. Alguien que le hizo mucho daño reciente.

Esdras y Wyatt, cruzaron miradas interrogantes, ¿de qué coños hablaba? ¿Qué pesadilla tenía?

—Édgar está muerto; no te dejes atormentar por él. Estoy aquí; Édgar no puede separarnos, estamos ahora juntos y nos amamos.

—No es él…

Anna meditó la respuesta. Entonces, ¿quién era el que le causaba pesadillas?

Cerró los ojos. ¿Cuál de los dos malditos violadores era el reacio a desaparecer de los tristes recuerdos de Jevrem para acaba con su paz interna? Vladan o Kroz tendrían que pasar por mil vidas y sufrirlas cada una para pagar las asquerosidades que a él le hicieron.

«No le des más poder sobre ti, ¡lo eliminaste, saliste adelante!» —Sea uno o el otro, tenía que desaparecer de su conciencia dormida.

Él sacudía la cabeza, negándose a ella o al que le hablaba en sueños.

«Abrázame, estoy sobre ti. Aférrate a mí y vuelve».

Las garras se retrajeron. La gelidez que lo azotó dio paso a un aumento de calor corporal que indicaba mejoría, los vasos capilares dejaron de burbujear, los colmillos volvieron a su tamaño normal.

La respiración agitada de Jevrem se apaciguó.

—Ningún fantasma del pasado te atormentará de nuevo, porque yo estaré aquí para espantarlos. Abre los ojos, mi amado, no estás solo. Nunca más…

Emmett y Esdras aflojaron el agarre en los tobillos de Jevrem, aún en alerta ellos por si este les lanzaba una patada mortal. En cambio, Wyatt y Castell, se mantenían firmes, aprisionando los brazos del joven alfa, sin fiarse de esa calma que de repente lo atrapó.

Con expresión silente, Anna les pidió a que lo soltaran. Ella aún sentada a horcajadas sobre su pareja.

«Te amo, vuelve para demostrarte con mis besos y mi cuerpo».

Él abrió los ojos.

Halló a Anna encima de él.

Pelvis sobre pelvis.

—Qué puta pesadilla acabas de tener… —Castell comentó mientras se dejaba caer agotado en el sillón ubicado al costado de la cama—. Me duelen los brazos de la fuerza que hice para sujetarte.

—A mí me dio una afeitada —Wyatt mostró el tajonazo de barba trasquilada que recibió de las garras de Jevrem. Casi le quita medio rostro.

Jevrem solo sentía que su bulto tocaba el centro de su hembra. El roce lo excitaba.

«Demuestra cuánto amor sientes por mí».

Anna sonrió.

¡Oh, qué bien! Lo escuchó. ¡Ella lo escuchó! No estuvo lanzando en vano conversaciones mentales, de algún modo logró entrar de nuevo en sus pensamientos y lo sacó de aquel lugar de terror y perversión.

«Danzaré sobre tu pene toda la noche si eso te da placer».

Él le devolvió la misma sonrisa perversa.

Castell se rascó la cabeza.

—Aquí todos sobramos, menos ellos dos. Vamos… —convidó a sus compañeros, de marcharse del dormitorio. La pareja poseía una conexión que solo él observaba en pocos enamorados, como la del Soberano y su consorte. Jevrem Brankovic tenía suerte de contar con un amor semejante.

—Avísenle a Sakari y a Nashua de que pueden volver a la cabaña —Anna pidió al que deseara concederle ese favor—. Están en la gruta.

Castell asintió y luego sonrió con un destello divertido en sus ojos, expresándole a Anna un silente «disfruten mucho».

En la gruta…

A Jevrem le causaba tristeza que sus pesadillas hayan preocupado a los demás.

Aun así, no se disculpó ni se lamentó. Tenía presente a la hembra posada sobre él.

Los labios de ambos se juntaron tan pronto la puerta del dormitorio se cerró detrás de los muchachos.

El agradecimiento reflejado en los ojos de Jevrem y la sonrisa aliviada de Anna, combinaban en esa comunión de piernas y brazos enredados entre sí.

Supuestamente el lazo telepático se había roto en los dos, pero a la primera en la que lo necesitaban funcionaba a la perfección; incluso, mejor que antes.

Anna le «habló» estando él en un umbral en la que nadie podía acceder, lo sacó de allí y ahora lo tenía a su disposición.

—Volveremos a superar esta crisis —le expresó ella al ras de sus labios mientras Jevrem asentía, no muy convencido de que eso sucediera.

¿Esta vez cuánto le tomará olvidar?—. Cuentas conmigo, con tus amigos y tu familia.

Todos te amamos. Lo que necesitas, lo que desees hablar...

, te escucharemos. Él… Nadie volverá a lastimarte, porque así tengamos que introducirnos en tu mente, para luchar con tus demonios, lo haremos. —Si ella pudo, él lo lograría también.

La bata de Anna se deslizaba hacia arriba, en la medida en que Jevrem la besaba para aceptar dicha promesa.

—Eres mi mejor guerrera… —Le arrancó la braga, sin ninguna consideración hacia la prenda íntima y hacia la joven morena. Le excitaba su amor, su entrega y belleza. Y enseguida su glande se abría paso entre los labios vaginales.

Anna gimió.

—Tu pierna… —pese a lo bien que la hacía sentir a Jevrem dentro de ella, pensaba en lo fatal que la debía estar pasando, aguantando su peso.

—Casi no me duele. —Un empuje de la cadera del lobo, sacó un jadeo ahogado en su amante—. Quédate quieta, me gusta que estés así sobre mí. —Después chillaría, encerrado en el baño, retorciéndose de dolor, pero esa noche él quería gozar con su hada.

Anna abrió un poco las piernas, de modo que su posición no apretara las cicatrices en los costados de los muslos de Jevrem.

Él la sujetó de las caderas, marcando el ritmo pausado que ella debía llevar.

Contoneo. Contoneo. Contoneo...

Labios y sexos unidos.

Anna y Jevrem danzaban sus lenguas y caderas al mismo tiempo, y con prudencias que les permitían soportar el paso de las horas y las heridas infligidas en el pasado.

Así es cómo debían estar siempre, en una infinita fricción deliciosa de sus cuerpos; en la posición que se les antojase en su momento, Jevrem necesitaba que ella lo cabalgara; por su puesto, por la obviedad de su dolor muscular y óseo.

Le permitía que aumentara la intensidad de su contoneo, sus manos dejaron de darle indicaciones, se controlaban en ese instante, magreándole las nalgas, en una promesa que él se hacía para sus adentros de hacerla aullar cuando le perforara el trasero.