Capítulo 31 #2
—Si tienes plano el trasero de estar acurrucada allí, ven aquí…
—Erik palmeó su lado del catre, para que ella se acostara junto a él.
Ahí los dos tendrían que apañárselas para conciliar el sueño; él no tenía ninguna intención de dormir en el piso; suficiente con la vez en que estuvo tirado en la otra celda.
—¿Y cuál es la diferencia? Tendría que permanecer encogida, ¡lo ocupas todo!
A menos que duerma encima de ti. —Enseguida se percató de lo que dijo airada.
¡Caramba!, esperaba no lo tomara como una indirecta, porque si él se lo proponía, ella no lo dudaría.
Y utilizaría ese torso inflado de músculos como colchón.
Los pensamientos de Erik se trabaron en esa réplica.
Encima de él…
—Me… —carraspeó, casi le expresa: «pues, acomódate, por mí encantado», pero le ganó la cordura—. Me acomodaré en el piso. El catre es tuyo. —Pese a todo, él era…
Se deslizó un poco la puerta a un lado, y, sin que los jóvenes lobos lo esperasen, a cada uno le arrojaron una revista.
—Para que pasen el rato —Buster Kelly, carcelero recién ingresado a la vigilancia de las mazmorras, les indicó con expresión divertida a los jóvenes engreídos—. Feliz… lectura.
Y, mientras Buster deslizaba de nuevo la puerta, detrás de este se escucharon carcajadas perniciosas de sus compañeros.
Erik, que había atajado al vuelo la revista, se sentó en el acto, sin entender qué era lo que debía leer.
—¡Estos hijos de puta! ¡¡Hijos de puta!! —Zafira reconoció de inmediato el estilo, a juzgar por la portada y el título.
Chicos Sexys.
De edición antigua; unos veinte años aproximado, donde la desnudez masculina estaba en toda su gloria.
Alzó los ojos hacia Erik, y este le devolvió la mirada, igual de estupefacto y sonrojado que ella.
Zafira no fue capaz de observar si a él le dieron el mismo número o una edición parecida.
Ambos volvieron a bajar su atención en las fotos subidas de tono plasmadas en las páginas de la revista. El que Zafira observaba era de un sujeto moreno, de complexión fuerte y tatuajes de anclas y siglas de la naval.
La gorra marinera ladeada en la cabeza.
Cero ropas.
Mostraba el miembro cubierto por las letras de un subtítulo: «Pasión marinera».
—Vaya, qué tetas tan grandes…
¿Tetas?
Zafira mentaba en su fuero interno mil palabrotas. Los malditos fueron tan «amables» de entregarles del género correcto para cada uno. A Erik le tocó el catálogo de las chicas, mientras que, a ella, el de unos chicos de pito grande que la desgarrarían por dentro si alguien así la follaba.
—Dame acá… —le arrebató la revista a Erik, antes de que este se excitara, y ella después tendría que dar más explicaciones a los amos—.
¡Epa, pendejos, llévense estas porquerías!
—Daba sendos golpes a la puerta, y como estos no pretendían abrirla, intentó hacerlo ella por su propia cuenta, para arrojarles las revistas a la cabeza.
No pudo.
La puerta inamovible a pesar de tener las bisagras rotas.
—¿Con qué derecho me quitas la revista? Es mía, entréguemela —Erik fingió estar enojado, solo para cabrear a su amiga. Riñendo se distraería de las imágenes de la hembra que mostraba su desnudes de lo más vulgar. Zafira… Ella…
A ella, él le vio hasta su feminidad más resguardada.
—Intenta quitármelo, y con estas mismas te acomodo los pensamientos —Zafira había enrollado las dos revistas en una como si fuese una porra de policía, lista para dar una zurra a su compañero de celda. Si él se excita: ella se excita.
Y ¡cataplum! Fuego pasional por varios días.
Erik la miró desafiante, con la intención de que eso era precisamente lo que iba a hacer.
—Quiero distraerme un rato. Entréguemela.
—No pretendo ver cómo luego te toqueteas. ¡Asco! Pobre de mis ojos.
—Los míos se deleitaron con lo que vi. Dámela. —Su palma arriba, sin ánimos de discutir. Le placía molestarla; había algo en el brillo acerado en los ojos de Zafira que lo cautivaban.
Obedeció, de muy mala gana.
—Esta no… —Era la de machos en bolas—. La otra. Es mía, me la entregaron.
—Te la arrojaron —como un hueso que le tiran a un perro hambriento.
—«Arrojar», ¿qué importa? ¿Me la vas a entregar o te la tengo que quitar a las malas? Es fácil hacerlo, tus bracitos de palillo no podrán retenerla.
—Muchacho urgido por tetas de humanas. Típico de lobato que aún no conoce de… Eh… —calló por la sonrisa mordaz de Erik.
—Ya he visto el cuerpo desnudo de una mujer.
Zafira puso los ojos en blanco.
—¿En qué momento esos cochinos te llevaron a un prostíbulo?
—No dije eso.
—Lo insinuaste.
—Conocer no es hacer…
Ella lo miró de reojo.
—¡Ah!, la internet… —Él rio porque ni le atinó—. ¿Asiduo consumidor de vídeos porno?
—Mi mamá me tiene decomisada la computadora y el móvil. Y no…, por ahí no…
—¿Quién te facilita las revistas? ¿Esos tontos?
—Señaló despectiva con el mentón hacia los carceleros, afuera en el pasillo de las mazmorras.
Cualquiera de los hombres del Soberano pudo facilitarle el material pornográfico para que este se autosatisficiera en la soledad de su dormitorio.
Los cambios hormonales, por las que Erik pasaba, fueron drásticos; mil veces peor a las de un quinceañero calenturiento humano.
—Tampoco. Me refiero a verla en «vivo». No es la primera vez que veo a una mujer desnuda.
—Ah…
—Aún no lo he hecho —sin pensarlo lo admitió. No sintió vergüenza. No supo por qué se abrió con ella; otro hubiese mentido de su experiencia sexual.
Zafira procesó un instante la respuesta. ¿Qué fue lo que le reveló?
—Tú aún no… —echó un rapidísimo vistazo a la entrepierna de Erik, y este asintió—.
¡¿Eres…?! —Jadeó—. Con razón esos hijos de puta arrojaron las revistas.
¡Eran para alborotarte las ganas! —Y ella con él, allí encerrada—.
Te daré de revistazos si osas quitármelas.
No me vas a poner en una peligrosa situación contigo.
Él se carcajeó.
—Ya lo estuve.
Le torció el gesto.
—Nueva York es tema superado, no me lo reproches de nuevo.
—Pues, tendré, porque casi pierdo la cordura por ti.
—Como ella puso cara de «¡¿luego yo que hice?
!», él agregó—: Te vi toda… Puedo decir que conozco cada centímetro de tu curvilíneo cuerpo desnudo; me costó controlarme para que el jet no se fuese en picada en el Hudson; esa camisa masculina nada cubrió en ti.
Zafira arqueó las cejas.
—¿Soy la primera hembra que viste des…? —Cuántos corazones latían dentro de su pecho? El palpitar era bastante fuerte.
—Sí. Y gracias por esa visión.
—Idiota. —Tenía que admitir que la confortaba saber que ella fue la primera que él disfrutó ver como macho adulto.
¿Qué habrá pensado en ese momento?
—No volveremos a hablar de esto, ¿entendido? Si lo cuentas… —lo miró con desconfianza—. ¿Le contaste a alguien que viste mis partes? Porque si lo hiciste y esos hijos de puta comienzan a fastidiarme, te doy una paliza.
—Lo sabemos tú y yo —bajó el tono de su voz en una agradable complicidad asentada entre los dos.
El catre recibió de nuevo el peso de Erik, pero esta vez sentado y con la espalda pegada contra la pared lateral que lo colindaba.
Desistió de «distraerse» un rato con la revista pornográfica; eso implicaba que después tendría que masturbarse, y en esa celda no había baño privado, para él desahogarse sin que Zafira lo estuviese observando.
—Siéntate, hay espacio para los dos. —Ella se cruzó de brazos, pese a que no le apetecía estar sentada por más tiempo en el piso. Pero si se acercaba a Erik…—. No te voy a tocar, contigo no pienso perder la virginidad.
Estocada y muerte.
Zafira se sintió dolida.
Conteniendo una increpación por la revelación del primogénito del Soberano, la joven se sentó, con absoluta soberbia en el piso, lo más lejos del desgraciado.
Por supuesto que él no se acostaría con ella, ¿qué era sino la exasistente de la reina María Isabel, que expulsarían en cuanto cumpliese sus seis meses de castigo por su alcahuetería?
Estaría desempleada, dependiendo de sus ahorros durante un corto período, y cuando se agotasen sus recursos financieros, tendría que arreglárselas para no pasar precariedades.
Erik quiso abofetearse.
¿No pudo ser más idiota?
Eso no se le decía a ninguna hembra.
Ni a la terca de su amiga.
—Perdona, no lo dije porque no seas deseable —lo que en ese aspecto era cierto, Zafira era muy hermosa—, pero me gusta Anna. He pensado en ella como mi…
—La primera que quieres follar —lo interrumpió, muy digna para no demostrarle que estaba a punto de llorar—.
Te comprendo; así lo deseé yo cuando conocí a mi primer novio.
Es un bonito momento que se comparte con la persona que nos hace suspirar.
La primera vez… —Ni estando ambos encerrados en una misma celda, ni con un «pequeño incentivo fotográfico», Erik la miraba con deseo.
Una vez que estén libres, esa águila tomará vuelo hacia el nido de la condenada golondrina, mientras que la paloma de plumaje negro volará a rumbos desconocidos, con la tristeza pesando en su alma.